Contenido creado por Martín Otheguy
Locales

Un barco cargado de historias

Los tres uruguayos del Titanic

El próximo fin de semana se cumplen 100 años del hundimiento del Titanic. A bordo del buque más recordado de la historia moderna iban tres uruguayos: Ramón Artagaveytia, Francisco Carrau y José Pedro Carrau, que forman parte de la muestra "Titanic, the exhibition". La historia de Artagaveytia sigue siendo una de las más enigmáticas entre las de las víctimas del naufragio.

09.04.2012 08:09

Lectura: 6'

2012-04-09T08:09:00-03:00
Compartir en

El mexicano Manuel R. Uruchurtu, el argentino Edgardo Andrew, y los uruguayos Ramón Artagaveytia, Francisco Carrau y José Pedro Carrau integran la lista de los latinoamericanos que tuvieron el infortunio de embarcar en el "Titanic", tal y como se recuerda en la muestra "Titanic, the exhibition", organizada por la empresa Musealia.

En la cubierta del Titanic, estos caballeros eligieron pasar su última noche, la del 14 al 15 de abril de 1912, escuchando los acordes que tocaba la orquesta mientras el lujoso transatlántico se hundía frente a las costas de Terranova.

Una de las historias más asombrosas es la del uruguayo Ramón Artagaveytia, descendiente de vizcaínos y que cuarenta años antes se había salvado del recordado naufragio del vapor América en el río de la Plata.

Como pasajero de primera clase, Ramón tenía derecho a una plaza en uno de los botes salvavidas. Sin embargo, decidió no subirse al bote y fue visto por varios pasajeros en la cubierta del barco junto a otros dos paisanos, los Carrau.

Las últimas horas de Artagaveytia concluyen con un enigma. Cuando identificaron su cuerpo, se halló entre sus ropas un reloj de bolsillo, con sus agujas fijas en una hora diferente a la del naufragio (02.25 horas).

Según cuenta Josu Hormaetxea, autor de "Pasajeros del Titanic. El ultimo viaje de Ramón Artagaveytia", "su reloj estaba parado a las 5 de la mañana; eso significa que estuvo a punto de volver a engañar a la muerte, ya que los equipos de rescate a esa hora ya habían llegado".

Tras el desastre del vapor América (en el que Artagaveytia debió nadar hasta la orilla para salvarse), el acaudalado uruguayo sufrió durante años las pesadillas del naufragio. A tal punto que sólo la supuesta seguridad del Titanic logró disipar sus temores.

En una carta a su primo Enrique le explicaba su tranquilidad. "No te puedes imaginar, Enrique, la seguridad que da el telégrafo. Cuando el América se hundió justo delante de Montevideo, nadie contestó las señales de luces solicitando ayuda. Ni siquiera el barco Villa del Salto respondió a nuestras señales de luces. Ahora, con un telégrafo a bordo, eso no volverá a suceder. Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del mundo...". Pese a todas estas certezas, el destino vino a reclamar a Artagaveytia.

Los Carrau, Francisco, de 28 años, y Jose Pedro, de 17 años, que según algunas versiones eran primos y otras eran tío y sobrino, embarcaron en Southampton en el Titanic en un camarote de primera clase, según la Enciclopedia Titánica.

La familia Carrau, de origen catalán, fundó una de las compañías más antiguas de Uruguay, Carrau & Cía, que en la década de 1910 ya estaba "fuertemente consolidada en el mercado contando como engranaje básico a Francisco Carrau Rovira", según la página en internet de la empresa. Francisco era hijo de uno de los fundadores de la empresa, Pedro Carrau.

Junto a ellos, fallecieron decenas de héroes como el capitán del Titanic, Edward Smith, quien dirigió el abandono del buque y luego se encerró en el cuarto de derrota.

Y los ocho músicos de la orquesta del Titanic que pusieron música a una de las mayores tragedias náuticas de la historia.

Otras historias

La Enciclopedia Titánica también registra a la camarera argentina Violeta Jessop, quien logró sobrevivir al naufragio, y a Servando José Florentino Ovies y Rodríguez como cubano pero otras fuentes apuntan que era un asturiano que vivía en La Habana.

La tragedia del viaje inaugural del famoso buque, que zarpó del puerto inglés de Southampton y nunca llegó a Nueva York, mostró todos los aspectos de la condición humana, desde la más extrema generosidad hasta la mezquindad más deplorable.

Entre los comportamientos ejemplares destaca el del único mexicano que viajaba a bordo: Manuel R. Uruchurtu, de origen vasco, un político nacido en Hermosillo, miembro de una familia pudiente y destacada del noroeste de México.

La noche en la que el Titanic chocó con el iceberg, Manuel Uruchurtu fue subido al bote salvavidas número 11, gracias a su estatus de diputado en visita oficial en Francia.

Entonces, - según recuerda en un artículo un pariente suyo, Alejandro Gárate Uruchurtu, miembro de la Sociedad Histórica del Titanic-, apareció la inglesa Elizabeth Ramell Nye, "quien imploró ser incluida en el bote salvavidas, alegando que su esposo e hijo le esperaban en Nueva York".

Manuel Uruchurtu cedió su lugar a Elizabeth y, a cambio, le pidió que visitara a su familia en Veracruz para contarles su destino.

En 1924, Elizabeth cumplió su promesa y viajó a México para encontrarse con la viuda de Uruchurtu. No obstante, tiempo después se descubrió que Elizabeth había mentido ya que ni estaba casada ni tenía ningún hijo, según el artículo de Gárate Uruchurtu.

También tuvo una actitud caballerosa el argentino Edgardo Andrew, oriundo de Río Cuarto, e hijo de ingleses, quien a los 17 años se fue a estudiar a Inglaterra.

Un año después, Andrew escribió a su enamorada Josey diciéndole que no la podía esperar en Inglaterra porque se iba a Estados Unidos en el Titanic, según una investigación publicada hace unos años por el diario Clarín.

La premonitoria carta de Edgardo, dice en su tercer párrafo:" Figúrese Josey que me embarco en el vapor más grande del mundo , pero no me encuentro nada orgulloso, pues en estos momentos desearía que el Titanic estuviera sumergido en el fondo del océano".

Después de que el barco chocará con el iceberg en su cuarto día de navegación, Edgardo salió de su camarote al pasillo y se encontró cono Winnie Trout, quien sobrevivió y fue una voz fundamental para los historiadores, según cuenta Clarín.

Cuando comenzó a hablar en público de la tragedia, casi 40 años después del accidente, Winnie confirmó la versión de los familiares de Edgardo de que el pasajero argentino tenía colocado ya su chaleco salvavidas y viéndola a ella desesperada, se lo cedió para después arrojarse al mar.

Quien sí logró sobrevivir al hundimiento del Titanic es la camarera argentina Violeta Jessop, quien además fue testigo de los accidentes de otros dos de los mejores transatlánticos de su época, todos de la naviera White Star Line.

Violeta, nacida en 1887, en Argentina, de padres irlandeses, pertenecía a la tripulación que sobrevivió a la colisión en 1911 del Olympic con el vapor Hawke, y en 1916 se salvó del hundimiento del Britannic.

En sus memorias, Violeta cuenta que desde el bote salvavidas vio el hundimiento del Titanic y cómo soportó ocho horas de angustia hasta ser rescatada por el Carpathia.

"A medida que el bote descendía, un oficial me dio un bebé para que lo cuide. Y me arrojó un bulto al regazo", contó Violeta, aunque jamás supo quién era ese niño.

En base a EFE