La sentencia cierra el que podría ser el último juicio que se celebre por crímenes del nazismo, 75 años después de la caída del Tercer Reich, dadas las dificultades que entrañan estos procesos por la avanzada edad tanto de los encausados como de los testigos directos de los cargos que se les imputan.

La defensa pedía la libre absolución, mientras que la fiscalía había solicitado tres años - de acuerdo con el código contemplado para menores y en atención a la edad que tenía procesad o-, por considerarlo una "pieza en el aparato asesino" del Tercer Reich.

Los cargos que se le imputaron correspondían al tiempo en que sirvió en Stutthof, un campo de exterminio cercano a Gdanks, en la Polonia ocupada. Fue entre agosto de 1944 y abril de 1945, periodo en que se estima murieron al menos 5.232 confinados. Los historiadores calculan que en total fueron asesinados ahí 100.000 presos, en su mayoría judíos.

El suyo era uno de los denominados procesos tardíos por crímenes del nazismo, de desarrollo complejo, dada la avanzada edad de los acusados y de los supervivientes.

En la última vista antes de la sentencia, el pasado lunes, el acusado había pedido perdón "a todas aquellas personas que pasaron por ese infierno", así como a sus familiares y descendientes. Aseguró, asimismo, que no prestó servicio ahí voluntariamente, sino que fue reclutado por las SS y destinado a ese lugar.

El procesado había admitido a lo largo del juicio que tuvo conocimiento del plan del Tercer Reich de exterminar a los judíos. Alegó, sin embargo, que tenía 17 años al entrar en el campo y no tenía capacidad para prestar ese servicio.

El precedente Demjajuk

Dey llevó durante décadas una existencia normal en Alemania y la Justicia no abrió diligencias contra él por no considerarle responsable directo de crímenes de guerra.

En abril de 2019 se presentó acusación formal contra él tomando como precedente la sentencia contra el exguarda ucraniano John Demjanjuk, condenado en 2011 a cinco años de cárcel por complicidad en las muertes de Sobibor, en territorio de la Polonia ocupada.

Demjanjuk, quien tras la II Guerra Mundial vivió durante décadas en Estados Unidos hasta que fue extraditado a Alemania, asistió a su proceso en una camilla, no llegó a pronunciarse nunca sobre los cargos que le imputaban y murió unos meses después de escuchar sentencia, en un asilo de ancianos.

Su juicio sentó jurisprudencia; le siguieron otros procesos en condiciones parecidas, dificultados por interrupciones debidas al estado del procesado y entre las dificultades derivadas de poder contar con supervivientes con capacidad de reconocer una implicación directa del acusado.

Pese a esas complejidades, la Justicia alemana se ciñe al principio de que el asesinato no prescribe, independientemente de si los procesados estarán en disposición de cumplir su eventual condena.

Con información de EFE