Leydis Aguilera entró al Parlamento uruguayo con una historia que no empezó en la política, sino en la necesidad. Nacida en Cuba, ingeniera en Telecomunicaciones y hoy diputada del Partido Nacional, su recorrido está atravesado por una decisión que cambió su vida: emigrar. No fue una salida excepcional, aclara, sino una más dentro de un fenómeno masivo. “Me vine con una mano adelante y la otra atrás”, resume, como tantos otros.

Su llegada a Uruguay fue hace 16 años. Lo que encontró —según su propio relato— no fue solo un país distinto, sino otra forma de vivir. La posibilidad de hablar, disentir, elegir. Algo que, asegura, en Cuba no existe. Ese contraste atraviesa toda la entrevista: entre una sociedad donde la política se ejerce con libertad y otra donde, según describe, está atravesada por el control, el miedo y la represión.

El día que asumió como diputada, esa historia personal se cruzó con la institucionalidad. “Nunca pensé vivir algo así, ni siquiera en mis mejores sueños: poder estar entrando a la Casa de la Democracia”, afirma sobre su ingreso al Parlamento, un espacio que —para ella— tiene un valor que va más allá de lo simbólico.

Pero la emoción inicial dio paso rápidamente a otra dimensión: la responsabilidad. “Sé que tengo que estar a la altura de la confianza que la ciudadanía deposita en mí”, sostiene. Su desembarco en la Cámara de Diputados no solo representa un logro personal, sino también la posibilidad de llevar a la agenda política temas vinculados a la migración y a la integración, atravesados por su propia experiencia.

De Holguín a Uruguay

Aguilera nació en Holguín, en el oriente cubano. Estudió en Santiago de Cuba y se recibió como ingeniera en Telecomunicaciones y Electrónica, con especialización en electromedicina. Trabajó en el ámbito hospitalario, en una vida que, durante años, transcurrió dentro de los márgenes del sistema cubano.

Con el tiempo, sin embargo, empezó a cuestionar esa realidad. “Al principio uno no se cuestiona nada”, cuenta. Recuerda escenas que hoy resignifica: su madre poniéndole en la mesa pan con agua y azúcar como comida especial, sin que ella supiera entonces el sacrificio detrás de ese gesto. “Después entendés que tu madre se iba a dormir sin comer”, relata.

El proceso de toma de conciencia fue gradual. El acceso a más información, el contacto con otras realidades y la experiencia directa la llevaron a identificar lo que —según afirma— faltaba: libertades.

Ese camino incluyó su participación en una brigada médica cubana, una experiencia que describe como determinante. “Fui víctima de explotación. Me sacaban casi todo lo que cobraba, había control”, afirma.
Ese episodio, que define como “duro y doloroso”, terminó de consolidar su decisión de no seguir siendo parte de ese sistema.

La llegada: “Esto era la libertad”

Aguilera llegó a Uruguay en avión, con visa, pero sin redes ni estructura. Como muchos migrantes, tuvo que empezar desde cero.

Lo que encontró, asegura, fue revelador. No solo por el desarrollo del país —menciona la expansión tecnológica y la infraestructura—, sino por algo más esencial: la vida en democracia.

“Acá podías decir que no estabas de acuerdo con el gobierno, podías hablar, podías pensar libremente sin miedo”, relata.

Ese descubrimiento marcó un antes y un después. También le sorprendió la forma en que se vive la política. Durante la campaña, recuerda, una amiga cubana le preguntó si le pagaban o la obligaban a militar. “No me lo podía creer”, cuenta. Para Aguilera, esa escena resume el contraste entre dos sistemas.

“La gente en Cuba no pide bloqueo: pide libertad”

—Asumiste como diputada en Uruguay después de un recorrido personal muy particular. ¿Cómo fue ese momento de entrar al Parlamento y qué significó para vos en términos políticos y personales?
—Fue una experiencia increíble, algo que nunca pensé vivir, ni siquiera en mis mejores sueños. Poder estar entrando a la Casa de la Democracia, ver a todos los partidos políticos con distintas visiones, fue algo memorable. Y por supuesto que también implica un compromiso muy grande, porque sé que tengo que estar a la altura de la confianza que la ciudadanía deposita en mí. Es una mezcla de orgullo, agradecimiento y responsabilidad.

—Ese primer día coincidía además con debates sobre Cuba. ¿Tuviste oportunidad de intercambiar con otros legisladores sobre esa realidad o todavía no se dio ese espacio?
—No dieron mucho los tiempos. Había mucho movimiento por las fechas y las instancias que se estaban dando. Sí hubo saludos e intercambios informales, pero no conversaciones profundas. Estoy segura de que eso se va a dar más adelante.