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Seré curioso

La tanatoesteticista que “no solo maquilla muertos” y sueña con abrir su propia funeraria

Selene Gutiérrez encontró su vocación casi por casualidad. Dice que en Uruguay se debería invertir en tanatorios y quiere abrir una empresa.

24.10.2026 08:00

Lectura: 34'

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Por César Bianchi

Un grupo de Facebook sobre tanatoestética le despertó la curiosidad. Selene estaba desahuciada y las pocas prendas que podía vender por internet no le daban para mantener a su primer hijo. Entonces, juntó unos pesos como pudo para pagarse el pasaje a Buenos Aires y hospedarse en un hostal de mala muerte. Fue charlando con otras mujeres en la puerta del lugar donde se impartiría el curso que se dio cuenta de que “eso” era lo suyo. Y “eso” era higienizar, poner en perfectas condiciones y, finalmente, maquillar cadáveres para devolverle al cuerpo la dignidad perdida en la despedida final ante sus seres queridos.

La tanatoestética es su forma de vida —aunque suene paradójico—, es su modus vivendi. Tanto es así que no se ve haciendo otra cosa. Sí se imagina graduándose como doctora para tener pergaminos más calificados con los cuales, algún día, poder invertir en su propia empresa fúnebre.

Selene Gutiérrez (36) intenta que el contacto cotidiano con la muerte no contamine su vida fuera de su lugar de trabajo. Para ello, atesora un consejo que le dieron en sus primeras prácticas con cabezas de cerdo: “No te apropies del dolor ajeno”. Fue el tip perfecto para entender que, aunque un día le toque hacerle “un servicio” a un infante desangelado, no dejará de besar, abrazar y hacerle regalos a sus niños.

En esta entrevista, la tanatoesteticista habla de corrupción policial, de lo mucho que falta en el rubro para hacer respetar sus derechos laborales, de la falta de inversores en laboratorios en tanatología y lo mucho que le importa hacer la diferencia y poner “su toque personal” en el trabajo, que va bastante más allá de “maquillar muertos”.   

Foto: Gentileza Selene Gutiérrez

Foto: Gentileza Selene Gutiérrez

¿Quién sos?

Soy una mujer que busca cumplir un propósito y está trabajando para cumplirlo.

Tus padres son argentinos, pero se radicaron en Uruguay antes de que tú nacieras. Ellos siempre fueron comerciantes. ¿Qué negocios tuvieron?

Tuvieron una fábrica de espejos. Después vinieron para acá, siguieron con los espejos, pero terminaron poniendo un kiosco en el Cordón. Y después de eso pusieron un bar, que sigue hasta hoy, en Villa Dolores. O sea, se radicaron en Montevideo y siempre tuvieron negocios acá. Hace veintipocos años nos fuimos a Ciudad de la Costa, pero con el negocio siempre en Montevideo.

¿Y qué los trae a Uruguay, siendo argentinos ambos?

Mi abuelo vivía acá en Montevideo, era fotógrafo y tuvo una familia acá, en Uruguay. Así que primero vino mi abuelo y después estaba mi hermano, el mayor de todos, con un tema: tenías que hacer la formación militar obligatoria. Entonces vinieron para acá, porque no era una posibilidad para mi madre que mi hermano fuera a la “colimba”. Entonces, firmó como desertor y pudieron venir para acá, porque teníamos a mi abuelo viviendo acá. Medio que por fuerza mayor vinieron, pero después ya se quedaron acá, con la fábrica de espejos.

O sea que ninguno de ellos trabajó en el rubro funerario…

Ninguno.

¿A qué te has dedicado vos antes de incursionar en tu trabajo actual?

Después del liceo, hice de todo lo que tuviera que ver con ventas. O sea, trabajar en mostradores, vendiendo, en una fábrica de farmacéutica también. Después, empecé a tener emprendimientos de venta de ropa, venta de maquillaje, venta de insumos de belleza. Y después me metí a la Policía. Ya tenía a mi hijo.

¿A qué edad fuiste mamá?

A los 19. A esa edad estaba estudiando en el liceo; después estuve metida en la internación de mi hijo, porque nació de cinco meses y estuvo mucho tiempo internado. Ahí empecé a trabajar en ventas, en un local de lencería. Y de ahí seguí con las ventas. Ventas como emprendedora, digamos. Vendía para locales y después empecé a comprarle la ropa a mayoristas y a vender por las mías.

Foto: Javier Noceti / Montevideo Portal.

Foto: Javier Noceti / Montevideo Portal.

Y decidiste estudiar para ser agente de Policía. ¿La motivación era tener un sueldo fijo o realmente querías ser policía?

Yo, en realidad, quería ser oficial para poder entrar a Criminalística, que era lo que más me interesaba. Quería ir por el lado de la criminalística. Y para ingresar de oficial te recomendaban que te metieras como agente para cobrar ese sueldo, hacer esa capacitación y después ir como oficial, para que te pudieran dar ese sueldo, que en ese momento eran 10.000 pesos, y me venían bien porque en esa época era mamá soltera. Así que, me metí en la escuela de agentes.

Yo en esa época tenía un temperamento difícil; no aguanté lo que es la instrucción con esas formas que tenían algunos superiores de destrato y todo. Llegué al último día, cuando me iban a entregar el diploma —me iba muy bien en lo curricular—, pero me dijeron algo y exploté. Eso fue en la Plaza de Armas. Me dijeron algo de mi hijo, porque te maltrataban, te tiraban aerosol de pimienta cuando te estabas cambiando.

No entiendo. Te maltrataban como parte de la dinámica curricular, ¿para ver cómo reaccionarías en la calle siendo agente de Policía?

Era un destrato constante y, en mi caso particular, me sacaban todo el tiempo a correr, en pleno verano, por nada. Porque yo no hacía nada.

¿Y qué te dijeron de tu hijo?

Yo era derecha de grupo. Un compañero mío estaba masticando chicle y yo, como derecha de grupo, tendría que haberlo denunciado o disciplinado. Y cuando descubrieron eso, una que ya me venía chicaneando, presionando, me dijo: “Si no prestás atención, tu hijo va a ser un delincuente”. Y ahí exploté. Le quise pegar, pero, claro, estábamos en la Plaza de Armas, que era el “lugar santísimo” de la Policía, todos parados, firmes, nadie podía ni respirar ahí. Me descontrolé y le dije que lo esperaba afuera. Me salió a gritar…

Después tuve una batalla legal con la Policía, porque me sacaron de la escuela un día antes de recibirme y pusieron en un informe que yo tenía todas las notas bajas, que tenía mala conducta… y no era así. Así que, tuve que ir a sumario, citar a todos mis profesores, que fueran con las libretas para corroborar que era todo mentira. Tenía méritos profesionales porque me iba bien (para mí era un nivel bajo de aprendizaje).

Al final, me abrieron un sumario, me mandaron a la Jefatura de Policía. Estuve un tiempo ahí y después, en realidad, me di cuenta de que no era mi ambiente. Era un ambiente muy cerrado y… había mucha corrupción ahí. Estaba muy cerca de Investigaciones, la jefatura en ese momento estaba al lado de Investigaciones. Veía cosas que no iban conmigo y me fui, por salud mental me fui.

En total, estuviste menos de dos años en la Policía, desde que empezaste a estudiar hasta que renunciaste…

Fueron seis meses de instrucción más un año de trabajo. Era como un pase en comisión, porque estaban definiendo mi situación (a ver si me daban el título o no), y eso que yo estaba con toda esta batalla legal. Ahí conocí al que hoy es mi esposo. Me entero de que estoy embarazada y dejé todo, porque me quería casar y salir de ahí.

“Me abrieron un sumario, me mandaron a la Jefatura de Policía. Estuve un tiempo ahí y después, en realidad, me di cuenta de que no era mi ambiente. Era un ambiente muy cerrado y… había mucha corrupción ahí. Veía cosas que no iban conmigo y por salud mental me fui”.

O sea que no esperaste el título. ¿Y en qué terminó tu litigio con la Policía?

Después me citaron del ministerio (del Interior) y yo dije que me quería ir, que quería la baja y me fui. Ese día firmé la baja y me fui. Entre que empecé a estudiar y me fui, pasó un año y medio, capaz que un poco más.

¿Cuál fue el disparador para que te interesaras por la tanatoestética?

El disparador fue el momento en el que estaba, como en una especie de impasse, en que no sabía qué iba a hacer con mi vida. Estaba en un grupo de maquilladores de Argentina —por algún motivo, capaz que para vender productos— y vi una publicidad en ese grupo de Facebook, de una capacitación en tanatoestética en Buenos Aires. En ese momento, no tenía ni siquiera dinero para viajar. Me puse en campaña de recolección. Empecé a vender ropa, de todo, para juntar para el pasaje. Finalmente viajé y me quedé en un hostel malísimo, en pleno verano sin aire acondicionado.

Y todavía, cuando llegué, me dieron billetes falsos y casi quedo en una plaza, porque fue horrible… Pero, bueno, llegué a la capacitación, y en el momento en el que entré me di cuenta de que era lo mío, que era lo que había estado buscando por tanto tiempo.

¿Qué fue lo que te sedujo para darte cuenta de que eso era lo tuyo?

Lo primero de lo que me di cuenta fue que, cuando llegué, todas las que estábamos en la capacitación, en este caso todas mujeres, éramos todas iguales y estábamos en la misma. Hablábamos en la puerta, mientras esperábamos para entrar; hablábamos, sentíamos y pensábamos lo mismo, teníamos la misma motivación. No sabíamos bien con qué nos íbamos a encontrar, porque no era algo que se conociera mucho en ese momento, pero estábamos todas en la misma y muy ilusionadas. Y cuando hablaba con ellas me identificaba mucho, todas habíamos sido mamás o estábamos buscando trabajo.

Y después, cuando entramos, vi lo que teníamos que hacer, y apenas con conceptos básicos, dije: “Sí, esto me encanta”. Era lo que siempre había buscado y desconocía el término “tanatoestética” como lo conozco ahora. Era un ambiente desconocido todavía, pero que iba descubriendo y que me iba gustando cada vez más.

¿Es una vocación hoy en día o simplemente es la forma que encontraste de ganar dinero?

No, para mí es una vocación. Es lo que hago y es lo que voy a hacer, no me veo haciendo otra cosa. Y todo lo que haga de acá en adelante, o desde que empecé en esto, es con el propósito de seguir, de mejorar, de ampliar mis conocimientos.

Foto gentileza Selene Gutiérrez

Foto gentileza Selene Gutiérrez

¿Y qué es lo que te gusta de un trabajo como el tuyo? ¿Qué es lo que más te gusta de higienizar y maquillar cadáveres?

Lo que pasa ahí, en el silencio, cuando hacés un servicio. La forma en que te podés conectar con la realidad sin desconectarte del todo de tu realidad, y poder poner tu 100% en ese servicio. Por más que estés en un modo automático, siempre le vas a poder dar tu toque a un servicio, siempre va a haber algo tuyo en ese final. Como no hay casos que sean iguales uno con el otro, siempre le vas a poder dar tu impronta, tu cuidado, todo lo que quieras aplicar en eso.

Y estás conectada, aunque estés en modo medio automático en todo lo que estás haciendo, siempre te conectás de alguna forma con la situación. No con el fallecido en sí, sino con toda esta situación de que es su final, que hay que dignificarlo, que hay que dar el 100% para que salga bien y que la familia se pueda despedir. Y después, cuando terminás el servicio y ves el encuentro del familiar, de los seres queridos con el fallecido, confirmás todo lo que estabas necesitando confirmar.

Esas expresiones de dolor mezclado con emoción y con alivio, consuelo, eso que podés ver en los familiares es algo que ningún otro trabajo, creo yo, me lo va a poder dar.

“Si me das a elegir entre ser forense y trabajar en una morgue con esto, está bien el tema de poder aclarar y darle un cierre a una investigación, pero lo mío va más por otro lado. Yo creo más en esto del servicio fúnebre en sí”.

Todo lo vinculado a lo forense, ¿te interesaba de antes?

Sí, me llamaba mucho la atención. Hay dos cosas que me apasionan mucho. Lo que pasa en la morgue, las autopsias y todo eso, pero también la criminalística me interesa mucho, pero es más como un hobby, me gustan esos misterios de los crímenes, la mente humana, por qué hace las cosas… Es más criminología que criminalística. Todo el tema de los indicios, todo eso me interesa, pero no te diría que esa sea mi pasión.

Creo que mi pasión va más por este lado. Creo que tengo cierta sensibilidad que para otro tipo de trabajo no se requiere, porque hay oficios algo más técnicos. Para esto hay un factor emocional que siento que va más conmigo.

Creo que todos los que hacen esto te van a decir que siempre quisieron ser forenses o algo así, pero en mi caso, si me das a elegir entre ser forense y trabajar en una morgue con esto, está bien el tema de poder aclarar y darle un cierre a una investigación, pero lo mío va más por otro lado. Yo creo más en esto del servicio fúnebre en sí y no tanto en la morgue como hacer una necropsia de estudios y todo eso, que sí me interesa, me gusta, pero lo otro no se compara. Lo mío es el servicio fúnebre, el servicio.

¿Veías series del estilo, vinculadas a lo forense o a lo funerario?

De chica, los recuerdos que tengo son de la serie CSI —que en ese momento la pasaba el cable—, me acuerdo de volver de la escuela para esperar a que fueran las 19:00 horas para que empezara CSI Miami. También veía Six Feet Under, la de los funerarios; a veces veía Bones… Era como una seguidilla de series que me ponían frente a la tele, y miraba los detalles. Porque la parte que más me interesaba no era la investigación en sí, la parte de la morgue, yo quería ver todos los detalles.

Veía, en ese momento, que siempre eran mujeres las que estaban en la morgue. Capaz que me identifiqué por eso, porque quería ser como ellas. Las miraba y decía: “Ahí viene la escena de la morgue” y me ponía expectante, miraba los detalles. Después, me acuerdo de que yo dibujaba mucho, era muy callada y dibujaba mucho, y los dibujos que hacía eran escenas siempre de algo de eso. Con 10 años yo dibujaba a la profesional, con su túnica, atrás las cámaras de frío, capaz que salía algún pie con el tiquecito ese que se le pone. Y esas escenas las quería poner en el dibujo, pero yo era la profesional en mi dibujo, o sea, no dibujaba a otra, me dibujaba a mí.

Foto gentileza Selene Gutiérrez

Foto gentileza Selene Gutiérrez

¿No viste la serie española Muertos SL?

Sí, la terminé de ver. Me gusta que da otro enfoque a todo esto, hacia el público. Me divierte, porque, además, cuenta cosas muy reales que pasan en la funeraria. Está un poco exagerada, eso sí.

Luego seguiste capacitándote con Miguel Ángel Prieto, un tanatoesteticista y tanatopráctico argentino. ¿Quién es él? ¿Cuánto aprendiste con él?

Miguel es de esos funebreros que no se capacitaron tanto técnicamente, pero tienen muchísima experiencia de cuando eran otros tiempos, cuando se usaban otros procedimientos. Entonces, él tiene una mezcla de conocimiento moderno, pero también tiene esa vieja escuela de funebreros. Él no me formó solamente en lo técnico, él me formó mucho en la destreza que hay que tener en el ámbito funerario, que para una mujer joven todo es difícil, porque muchas veces te encontrás con muchas situaciones de parte de las grandes empresas, sobre todo. Y me dio mucho criterio, me avivó mucho.

Miguel me formó en el tema de las prácticas, me dijo que era muy necesario actualizarse siempre, viajar. E incluso ahora hacemos capacitaciones juntos. La gente que se capacita acá viaja a hacer las prácticas con él, porque tiene eso de que trabajás bajo presión con él; él no te va a dejar ni ir al baño. Ahí te parás y hasta que no sacás todos los servicios, no te vas. Y los servicios son muchos —porque es Buenos Aires—, entonces entran fallecidos todo el tiempo… Trabajás con esa presión de que eso que vos hiciste al ratito va a ir al velatorio. No tenés margen de error.

Me has dicho que este rubro tiene poca teoría, que es muy práctico. Entiendo, entonces, que todo se aprende con el cadáver ahí, frente a ti. ¿Es así?

Acá es así. Aprendés el tejido artificial. En mi caso, no hice prácticas antes de trabajar; se practicaba con cabezas de chancho. A las cabezas de chancho le tenías que hacer como cortes, cosas para reconstruir, suturas en la cabeza del animal, todo eso se hacía en la cabeza del chancho. Hasta que hice las primeras prácticas y ahí sí tuve contacto con fallecidos. Pero sí, no las prácticas acá en Uruguay, donde no se puede hacer prácticas con este fin, tenés que viajar a otro lado.

Cuando fui a Buenos Aires ya ahí tuve las primeras prácticas con fallecidos. Pero no era el primer contacto. Y después, lo técnico en sí, más en Latinoamérica; no se trabaja mucho lo técnico. Los temas técnicos los aprendí mucho cuando tuve un intercambio con la Embajada de Estados Unidos, cuando quedé seleccionada y me mandaron para allá con todo pago y trabajé en un cementerio allá. Y al mismo tiempo, hice cursos de director fúnebre en una funeraria muy buena, y ahí me di cuenta de que no sabíamos nada de todo lo que hacíamos, que no entendíamos mucho el porqué hacíamos las cosas. Quedaba bien, pero faltaba todavía interiorizarnos mucho.

Ellos tienen muchísimos productos y nosotros no contamos ni con el 10% de lo que ellos tienen. Tienen cosas para todo, y nosotros “lo atamos todo con alambre”. Todo es: “consigo acá de la droguería”, “voy a la Facultad de Veterinaria”, “me traigo esta pinza”, pero allá tienen todo lo que necesitan. Estados Unidos tiene mucho nivel en eso.

Y si bien cuando fui allá, fui para aprender prácticas ecológicas, vine con la idea de que no es algo que sirva acá. No es algo que sea muy útil a la hora de los servicios fúnebres. Necesitás químicos potentes y productos de calidad. Acá no se encuentran fácilmente, pero yo viajo a Buenos Aires y los traigo de allá, porque son buenos, y si no, tengo la opción de hacérmelos acá con las cosas de la droguería (muchos colegas lo hacen).

“En Uruguay usamos una parte de la tanatopraxia, la tanatoestética, porque no es una tanatopraxia como tal, un embalsamamiento, pero sí tomamos parte de eso para hacer algo más leve. No va a tener tanta duración como una tanatopraxia, pero para lo que necesitamos en nuestra cultura funciona”.

¿Cuál es la diferencia entre tanatopraxia y tanatoestética?

La tanatopraxia es un conjunto de técnicas que es más invasivo. Vos le cambiás la sangre al fallecido por un químico, y el químico lo que hace es conservar, frenar esa descomposición, todo lo que ocurre después, y le da como un aspecto de “vida” al fallecido, como le da un colorcito rosadito. Para hacer esta tanatopraxia necesitás un tanatorio acondicionado con una camilla, con un drenaje, necesitás hacer aspiración, una bomba de inyección con una presión y un caudal determinado. Se necesita todo un equipamiento que acá en Uruguay no hay.

Entonces acá, en Uruguay, usamos una parte de la tanatopraxia, que le decimos tanatoestética, porque no es una tanatopraxia como tal, un embalsamamiento, pero sí tomamos parte de eso para hacer algo más leve. Eso no va a tener tanta duración como una tanatopraxia, pero para lo que necesitamos en nuestra cultura hoy funciona, porque nosotros hacemos servicios que son cortos.

Y entonces, ¿qué es la tanatoestética?

La tanatoestética incluye lo que es la higiene, la conservación, la desinfección, restauramos. Es todo lo necesario para el soporte de la presentación que es el objetivo de todo, que es el velatorio o la despedida. Lleva una parte estética al final de todo, que no es solo un maquillaje de muertos. De todos los procesos que se hacen, que son como 15 pasos, el maquillaje es uno de los últimos dos, porque no tendría sentido ponerle esos productos a un fallecido que está en descomposición… Si vas después con un maquillaje no vas a cubrir ni vas a llegar a que sea placentero para el entorno, porque va a haber cuestiones inconvenientes que puedan ocurrir, que no tienen que pasar.

Entonces, primero hacemos todo lo otro y, como último retoque, viene la estética. Le pusieron este nombre —tanatoestética— porque no es una tanatopraxia como tal, sino que es algo menos invasivo.

Explicame en tus palabras, ¿en qué consiste tu trabajo?

Primero voy a tener una conversación con la familia que me contrata, le voy a pedir una foto, más o menos actual, de un momento cercano al fallecimiento, para ver el estilo, si usaba la barba larga, si tenía un estilo más sobrio o más compuesto. Entonces, lo primero es tener esa imagen que será mi referencia. A partir de ahí, haré mi trabajo.

Llego a la funeraria, después de entrar al lugar donde está presentado el fallecido —en el 90% de los casos ya en el ataúd— y empiezo con mi trabajo. El primer paso es ponerme todo mi equipo de bioseguridad personal, mi sobretúnica, tapabocas, protección de pelo, de calzado, todo para poder trabajar sin ningún riesgo.

Después, voy a lo que es la higiene del fallecido: evitar que se convierta en un vector de enfermedades, porque a veces se cree que el fallecido no contagia y no es así, entonces tengo que avalar el contacto del fallecido con los familiares que lo vienen a despedir. Así que me encargo de toda la parte de higiene. Trato de hacer una sanitización de toda el área y del fallecido en sí, evitar cualquier rastro que haya tenido de internación, de cualquier secuela que pueda quedar (alguna sangre seca, lo que sea), se limpia. Se desinfecta todo, se deja todo en detalle, bien limpito para que lo puedan despedir.

Después de eso, tengo que ocuparme de evitar inconvenientes como fuga de fluidos: orificios tapados, suturas, taponamientos. Todo eso lleva un ratito para evitar accidentes, como pasa muchas veces. De todo esto no se tiene que notar nada, o sea que, si yo hago un taponamiento, nadie tiene que darse cuenta de que ahí hay algodón ni nada de eso, que no hay suturas en ningún lado. Se trabaja haciendo un masaje con calor para aliviar la rigidez. Acá en Uruguay pasa mucho porque están recién fallecidos y no hay una ventana de tiempo en que se venza esa rigidez, entonces se trabaja con calor, con masajes. Un ratito te lleva el hacer masajes y aflojar (los músculos), porque nosotros lo que queremos es que haya como un aspecto… como que la persona estuviera descansando, como que estuviera durmiendo. Entonces, todo lo que pueda generar un aspecto de dolor o sufrimiento lo tenemos que eliminar. Eso se elimina con mucho masaje en las articulaciones, que los dedos, por ejemplo, queden bien flojitos, que se puedan poner en una posición más pacífica.

Foto gentileza Selene Gutiérrez

Foto gentileza Selene Gutiérrez

Después nos ocupamos de todo lo que son los detallecitos, como la parte de las orejas, que puede quedar un colorcito. Después de todo esto ya pasamos a lo que son retoques: por ejemplo, esmalte en las uñas, retoque de raíces en gente que se teñía. Detallecitos estéticos, pero no maquillaje como tal, sino lo anterior (que esté rasurado o bien afeitado). Después de todos estos pasos, ahí recién hacemos lo que son las cosas estéticas. Hacemos correcciones, y si hay alguna cicatriz que tuvimos que tratar en la sutura, la tenemos que dejar bien cubierta.

Si, por ejemplo, la persona se autoeliminó, que no se vea nada en las muñecas, nada en la cabeza, todo tapadito… Y se cubre con una especie de cera o látex que se usa, que da el aspecto de la piel. O sea, nadie va a ver ninguna herida ni un hematoma ni mucho menos. Eso se reconstruye todo, es algo que tenemos que practicar siempre: el tema de cubrir, de no perder la técnica, de trabajar con los guantes, siempre.

Y después de que está todo cubierto, ahí recién pasamos a la etapa del maquillaje. Es devolver, con un maquillaje natural, el aspecto de una piel viva, con una ruborización, pero no excederse en que quede irreconocible. Tiene que respetar la identidad del fallecido en vida. Si se trata de un hombre, se maquilla, pero no se nota que está maquillado. Lo mismo en una mujer, le podés dar un poquito más de toque, algo que te pidan los familiares, un colorcito, pero no excederte. Y en el caso de los infantes es lo mismo: es un maquillaje que devuelve la tonalidad, pero sin que se note.

Después, son retoques más estéticos de algún accesorio, alguna esencia, que tenga un olor característico acorde a la identidad. Finalmente se hace pasar al familiar, para ver si quiere agregar alguna cosita. Ese es un momento muy emotivo, el reencuentro. Y si ya está todo ok, entonces ahí los familiares me firman una especie de registro que llevo, que avala que hice mi trabajo. Ahí yo me retiro y ellos siguen con el servicio velatorio.

¿Cuánto tiempo te lleva todo ese trabajo?

En promedio me lleva dos horas. Un fallecimiento natural, una hora y media o dos horas. Ahora, si viene complicado porque fue un accidente o algo más violento, demora, porque tenés reconstrucciones que a veces te pueden llevar cuatro horas. Y si es una reconstrucción de un accidente, más todavía. Una vez estuvimos como 14 horas, porque tenés que hacer suturas, esperar que seque, tenés que aplicar todos estos químicos arriba y esperar. Entonces, a veces te lleva mucho tiempo.

“En promedio me lleva dos horas. Ahora, si viene complicado porque fue un accidente o algo más violento, demora, porque tenés reconstrucciones que a veces te pueden llevar cuatro horas. Una vez estuvimos como 14 horas, porque tenés que hacer suturas, esperar que seque, aplicar químicos y esperar”.

¿Y cobrás más, en esos casos?

No, es una tarifa fija porque, claro, el servicio busca no sumarte un problema. Si vos ya tenés todo resuelto en la funeraria, vos me decís qué funeraria es, a qué hora lo van a velar, a las 10:00 de la mañana, por ejemplo. Bueno, yo 7.30 estoy en la funeraria. Te pido la foto y ya está. Entonces el pago siempre es el mismo, porque yo no puedo llegar y decirte: “A ver, dejame ver cómo está y te paso un presupuesto”.

Hoy ofrecés un servicio independiente. ¿Cómo dan contigo y cómo es la dinámica una vez que te llega un mensaje de potenciales clientes?

Hay algunas funerarias que lo pueden incluir en su lista de servicios, que lo pueden ofrecer, pero no son la mayoría. Muchas veces quienes nos consiguen servicios son los empleados de la funeraria, que son los que están en el mostrador, en contacto con la gente. Nosotros vamos a ellos, les dejamos nuestros folletos, y luego les damos una comisión por cada trabajo que ellos nos consiguen. El tema con las funerarias es que ellos te pueden ofrecer trabajo fijo para que vos estés ahí, pero al no requerir toda la gente este servicio, terminás haciendo otras tareas que no te sirven ni económicamente y terminás haciendo cualquier otra tarea, que no es tanatoestética. Entonces, trabajás para todas las personas que te llamen, pero quien te llama es el familiar, directamente.

Me has contado que estás en contacto con otros colegas y se dividen las zonas, como para no “pisarse”. ¿Cómo es eso?

Bueno, es que todos tenemos una vida, pero en lo nuestro es muy incierto todo. Yo puedo arreglar cosas para mañana de mañana, pero hoy a la noche me llaman por un servicio —por lo general, después de las 19:00 ya sabés que te van a llamar para el otro día— y tengo que cancelar lo que tenga. El teléfono tiene que estar disponible porque a las 18:00 o 19:00 ya sabés que, si te llaman, es por eso. Y en la mañana los servicios empiezan temprano, es raro que te salgan de tarde. Pueden salir, pero no es tan común. Entonces vos sabés que, por ejemplo, mi colega cubre todo Maldonado y zonas cercanas. Antes me servía cualquier cosa y trataba de tener trabajos como sea, igual me iba hasta Maldonado.

Hoy yo estoy cubriendo Montevideo y si tengo que ir al Cerro, voy, pero me puede tocar Atlántida. Entonces recorrés mucho. Por eso nos dividimos con dos compañeros más para cubrir distintas zonas de Montevideo, Canelones y Maldonado. Yo cubro mucho Canelones porque me queda más cerca al vivir en Ciudad de la Costa.

Foto gentileza Selene Gutiérrez

Foto gentileza Selene Gutiérrez

¿Cómo afectó la pandemia a tu rubro, y a vos en particular?

Se cortó todo. No prosperé trabajando en Montevideo y se cortó todo el servicio. La gente se seguía muriendo, pero las funerarias tenían un protocolo. El protocolo de Covid era un protocolo internacional que les llegaba a todas las funerarias y al MSP. Acá dijeron: “Vamos a aprovechar que estamos con toda esta situación y vamos a suspender los velatorios”. Hicieron algo horrible… La gente tenía que esperar afuera y pasaban de a cinco, y el resto se quedaba llorando en la calle porque no entraban, porque podían entrar de a cinco personas. Después salían esos cinco y entraban otros cinco. Entonces dejaron de contratar nuestro servicio.

Fijate que el ataúd abierto era imposible, en la pandemia no había. No se hizo protocolo, directamente se suspendió todo. Incluso hacían los velatorios y el ataúd ni siquiera estaba en la sala. Entonces nosotros no teníamos ni entrada ahí. Y después costó mucho retomar los servicios normales. Aquellos velatorios que duraban cinco o seis horas los redujeron a dos por la pandemia, y eso ya quedó así. Hasta el día de hoy, seguís pagando lo mismo, pero por dos horas de servicio. Hay gente que paga el velatorio durante años, y es un servicio corto ahora. Costó mucho que las funerarias de nuevo quieran hacer este servicio.

Veo que es un trabajo con gran incertidumbre, vos no tenés horarios ni días establecidos. Me imagino que estás durmiendo, pero atenta al celular, por si suena…

Sí, estoy atenta al celular en llamadas, por ejemplo, y el entorno tiene que estar atento también. No puede haber un entorno ruidoso, con música, o festivo. Cuando doy capacitaciones, mis alumnos saben que me llaman de esto y todos dicen: “Atendé, atendé”, yo salgo un instante para afuera a atender la llamada, todos ven que estoy hablando y ya saben que tienen que hacer silencio, porque a veces en clase es todo risas.

El entorno de mi casa es exactamente lo mismo. Yo tengo hijos y si están mirando videos o la tele y suena el teléfono, saben que tienen que poner pausa o poner la tele en “mute”, y hacer silencio. En la llamada es muy importante cómo te respondan del otro lado. Yo no puedo decir “hola” a las risas porque te pueden llamar quebrados emocionalmente.

¿Qué te llevás de nutritivo al terminar un servicio?

Una madre o padre que te quiere dar algún consejo, y te quedan grabados. Para mí, que soy madre, me lleva a pensar en aprovechar el tiempo, estar más con mis hijos, porque no sirve vivir amargado por lo que les pasó a los demás, pero sí que te ayude a identificar lo importante de la vida.

¿Cómo es tu vínculo con la muerte? ¿Le tenés miedo? ¿Respeto? Porque… es tu compañera de trabajo.

Es algo por lo que vamos a pasar todos. Tenés que estar preparado para no dejarle la carga a los demás. Hay que hablarlo en vida, para que se respete tu voluntad, pero, por otro lado, para que los demás sepan qué hacer, porque a veces no se habla, y cuando pasa, nadie sabe qué era lo que vos querías.

Yo podría decir: “Yo soy joven, qué me voy a morir ahora…”. Pero voy al trabajo y tengo una mamá joven que atender. O pienso: “Tengo cuatro hijos, no me voy a morir, porque, ¿qué universo va a querer que una madre joven se vaya y deje cuatro chicos solos?”. Y, sin embargo, ves que una mujer joven se murió de cáncer, que tenía cinco hijos… Ves eso y decís: “Pobre, re joven, ni se imaginó que le iba a agarrar esto y en seis meses se la iba a llevar”. Entonces, te despierta eso de decirle a tus hijos: “Chicos, si a mí me pasa algo y me muero, quiero que me atiendan así o asá”. Es algo que puede pasar.

El tema es cuando pienso en los que quedan, que me puedan necesitar y no estoy… Me da como un poco de miedo decir: “No voy a estar para ellos”. Pero, por otro lado, tengo paz y tranquilidad por mis propias creencias de que la muerte para mí es algo… es desconocido. Yo soy cristiana, tengo una mentalidad formada sobre la muerte, sobre lo que pasa después. Todo lo que un cristiano cree, ocurre después del fallecimiento. Eso ya lo tengo incorporado en mí: todo lo que pueda pasar después es en lo que yo creo y lo que veo.

“Yo podría decir: 'Yo soy joven, qué me voy a morir ahora…'. Pero voy al trabajo y tengo una mamá joven que atender. Ves que una mujer joven se murió de cáncer, que tenía cinco hijos… Te despierta decirle a tus hijos: 'Si a mí me pasa algo, quiero que me atiendan así'. Es algo que puede pasar”.

¿Hubo algún caso, algún cadáver, que te haya afectado más que otros? Supongo que los cuerpos de niños, por ejemplo… O un amigo o conocido.

Si es gente conocida, no me afecta tanto la muerte. A la hora de hacer mi trabajo yo voy a estar en modo automático, voy a dar lo mejor, voy a tratar de hacer todo bien. Al estar un poco sensibilizada por esto de lo que es la muerte en sí de la persona, la voy a extrañar, pero si me pongo a pensar en eso, no estoy al 100%, porque yo también estoy haciendo un duelo de esa persona. Aparte de eso, el servicio va a estar bien y lo voy a hacer.

Ya me pasó de tener que atender gente conocida de mi iglesia, que fallecieron. Pero ya me habían pedido antes que querían que los atendiera yo. “Cuando yo fallezca, quiero que vos me hagas esto y esto...”; y después, fallecieron. Muchos por edad, porque eran añosos. Pero voy, hago el servicio, todo bien, pero, claro, lo estoy viendo y no puedo no acordarme de lo que era en vida. Entonces, voy a estar movilizada, siento que voy a dar el 100 en el servicio, pero… yo estoy un poco ahí, lloriqueando, a veces.

Y después me afectan muchísimo los casos de los niños varones. Esto debe estar relacionado por esto de que mis cuatro hijos son varones. Los bebés y otros niños son servicios muy emocionales, siempre lo son. Pero los servicios que incluyen a un varón, siento algo que… hasta me tiembla la mano, porque siento una especie de conexión con ellos, porque siempre te conectás con el entorno. Les miro las manos y me choca bastante.

Cuando me tocan servicios con niños varones, suspendo todo por el resto del día. Necesito hacer un trabajo interno para entender que no es mi hijo y desconectar. Busco sanar lo que acabo de ver, ver los beneficios que saco de esto, que es aprovechar más a mis hijos.

¿Es un oficio regularizado, reconocido por ley, con aportes patronales en regla o todavía falta?

No, falta… Y si bien venimos hace años, ya pasamos por todos lados, por el MSP, por Ministerio de Trabajo, por Necrópolis también. Pero somos muy pocos todavía, entonces no nos dan lugar. Entienden todo lo que planteamos, saben que está mal. Hay una situación que es bastante grave con el tema de las repatriaciones, el Ministerio de Relaciones Exteriores firma que está hecha la tanatopraxia y no hay tanatopraxia en Uruguay. Los otros países reciben este papel firmado con una constancia de algo que no se hizo.

Y es un control muy minucioso, porque incluso a veces en el aeropuerto no te dejan pasar una planta, ¡y estás mandando un fallecido sin un procedimiento correcto de tanatopraxia a países que tienen esos controles rigurosos y no lo saben! Esos países ven el papel y piensan que hacemos tanatopraxia en Uruguay.

Esas irregularidades se cambian con nada, porque los empresarios pueden invertir en un tanatorio. Hay que traer cosas para hacer un laboratorio de tanatopraxia, un tanatorio. No requiere tanto, requiere que se haga, pero no se exige y tampoco se exige nada de la manipulación de un fallecido que tiene el protocolo del MSP y no se hace. Los empleados tienen que estar capacitados para manipular, para trasladar y no… Incluso las intendencias tampoco, porque capacitamos a gente que trabaja en la intendencia y no se les dan tampoco los elementos de bioseguridad, no se enseña cómo hacerlo. Ni hablar de apoyo psicológico para, por ejemplo, gente que hace reducciones en el cementerio. Es un gremio muy quedado, muy poca gente asiste, siempre soy yo sola o yo con algún otro compañero.

¿Te ves haciendo esto por mucho tiempo y jubilándote como tanatoesteticista?

Yo quiero tener mi propia funeraria. Voy a empezar Medicina el año que viene con el fin de capacitarme mucho para lograr más como profesional, porque siento que ese título me puede dar algo que por ahí como tanatoesteticista no estoy consiguiendo. Nunca voy a dejar esto, pero el fin de todo esto es tener una funeraria acá en Uruguay, como se debe, con todo lo que yo quiero, desde lo psicológico hasta lo material.

Tenés cuatro hijos de 7, 12, 14 y 17 años. ¿Cómo le explicaste a tus hijos a qué se dedica la mamá?

Los niños te hacen muchas preguntas, pero hasta donde quieren saber y después ellos siguen con su vida. Les dije: “Yo arreglo a las personas que se murieron para que las pueda despedir la familia, para que vayan y tengan en vista el funeral”, porque están esas palabras como “funeral” o “velatorio”. “Los preparo para la despedida, mamá se encarga de dejarlo todo pronto para que quede con su ropita, con todo lo que usaba y todos se puedan despedir”. Y ahí voy como agregándole detalles a medida que van creciendo.

¿Reflexionás sobre la muerte cuando estás atendiendo un cadáver? O quizás lo hacías al principio y ya no…

Me sigue pasando, porque no hay ningún servicio que sea igual a otro. Si bien estoy en modo automático haciendo mi trabajo, no quiero que se me vuelva rutinario, que se vuelva común, porque siento que es un momento único para las personas. Trato de reflexionar mucho de noche, me gusta analizar todo eso.

¿Qué cosas te hacen sentir viva?

El contacto con los seres queridos. Me hace sentir viva aprovechar el tiempo de estar con mis seres queridos. Antes no, yo era muy antisocial siempre, y esto de dedicarles tiempo a mis seres queridos me hace sentir viva.

¿Sos feliz?

Sí, sí.

Por César Bianchi