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Seré curioso

SERÉ CURIOSO

La resiliencia de Toquito, el chapista que pasó 27 cirugías y al que le faltan ocho dedos

Diego Paredes sufrió el bullying escolar por una malformación congénita. Resignificó su apodo y encontró en su oficio su leit-motiv.

07.03.2026 17:08

Lectura: 13'

2026-03-07T17:08:00-03:00
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Por César Bianchi

Lo confieso: aquel día que seguí un consejo y llegué hasta el corazón del Cerro para dejarle mi auto dañado al chapista recomendado, me sorprendí y me dejé llevar por el maldito prejuicio ese defecto humano que tanto campea— cuando lo vi. ¿Cómo podía ser chapista, si visiblemente carecía de dedos? ¿Me iba a arreglar el auto con los muñones? La realidad —bueno, el propio Diego Toquito Paredes— me darían un mentís que me hizo sentir profundamente avergonzado. En tiempo récord me entregó mi auto en perfectas condiciones. Y había hecho un gran trabajo.

Las charlas hicieron el resto. Supe que lo suyo eran malformaciones congénitas, que no se pudo hacer nada (excepto separar los nudillos), y que las complicaciones incluían sus extremidades posteriores. Me contó el bullying que sufrió, y sobrellevó. Con el tiempo entendí otras cosas, como que Toquito se apropió de un apodo que pretendía ser humillante y lo resignificó. Hoy dice que él no es Diego, es “Toquito Performance”, la misma firma que se tatuó en el brazo derecho, junto a un soplete sostenido por una mano como la de él: con muñones.

Con esta nueva conversación, esta vez sentados frente a frente con un grabador y una cámara encendida, me enteré de otras cosas: qué les contó a sus hijos cuando le preguntaron por qué tenía las manos así, qué le diría a Rafa Villanueva (quien recientemente perdió sus extremidades tras una infección generalizada), y por qué eligió el oficio de chapista de autos: porque la gente le decía que no iba a poder.  

¿Quién sos?  

Soy Toquito Performance, una persona que lucha a diario con la familia.

¿Por qué te dicen Toquito?

Porque tengo un problema de nacimiento en manos y pies, son malformaciones congénitas. Fue un apodo que me puso un grupo de amigos… A lo primero me chocó bastante, ahora le dicen bullying, pero en aquella época era discriminación, simplemente.

Tuve que pasar un proceso de acostumbrarme y siempre me voy a acordar que en ese grupo había uno que era bastante grande, así que no me podía hacer el vivo. Me tuve que adaptar y bueno… Lo empecé a tomar como un chiste y fue quedando “Toquito, Toquito, Toquito”. Inclusive hasta el día de hoy me llaman por Diego y no me doy vuelta. Me dicen “Toquito” y ya sé que es para mí. Me llamaban así por los dedos.

De algún modo, resignificaste el apodo. Lo que nació con una intención de burla, de bullying, lo apropiaste y lo resignificaste.

Exacto.

Naciste sin ocho dedos de las manos…

En realidad, me quedan solo los chicos (meñiques). Yo nací con todos los dedos pegados, en manos y pies (en los pies los tengo igual a los que ves de las manos). Inclusive al día de hoy tengo los dedos chicos de los pies pegados. Me fueron abriendo hasta los nudillos, para poder tener movilidad, más que nada. Solo tengo bien los meñiques, los dedos gordos de los pies (pulgares) los tengo pegados.

No fue un caso de mala praxis médica, entonces…

No, no, no. Mamá era muy chica y esas cosas son una en un millón. Y me tocó a mí.  Me tocó a mí sobrevivir el resto de la vida con eso.

Y te preguntaste, en algún momento: “¿Por qué a mí?”

Por supuesto. Muchas veces miré arriba y pregunté eso. Esa pregunta me la puedo contestar hoy. Me contesto que gracias a eso se forjó el hombre que soy hoy. Un tipo que lucha a diario. Cuanto más dudan de mí, más me esfuerzo. Porque inclusive hasta los clientes les pasa… No es que duden de mi trabajo, sino que se preguntan cómo puedo hacerlo. Entonces, poder demostrar que puedo hacerlo o simplemente levantar una moneda del piso, ya me sirve como aliento.

Cuando uno es niño no es consciente, quizás, de las cosas que lo pueden llegar a hacer distinto a la mayoría de los niños. ¿En qué momento alguien te hizo notar que te faltaban dedos de la mano, que sí tenían los demás niños de tu edad? ¿O te diste cuenta solo?

En realidad, me fui acostumbrando. Al ser de nacimiento te vas acostumbrando. Para mí la gente era así, como yo. Uno al principio piensa que los demás son como uno. En la época más difícil de mi vida, en mi infancia, cuando iba a la escuela de Progreso, allá yo era el raro. Me daban palizas y todo, por eso mismo. Por ser diferente.

Foto: Javier Noceti/Montevideo Portal

Foto: Javier Noceti/Montevideo Portal

¿Te pegaron por tu malformación congénita y no tener dedos bien formados?

Claro. Mi mamá me encontró un día cuando me estaban dando la cabeza contra la columna.

¿Y vos reaccionabas?

No, nada… Era un niño. Imposible, imposible. Aparte no era que me agarraba uno solo, me agarraban dos o tres.

¿Y te costó asumirlo? ¿Te costó asumir que eras distinto a los demás, porque te faltaban los dedos?

Por supuesto. Aún hoy, con 35 años, si me tengo que subir a un ómnibus, meto la mano en los bolsillos. Es algo que me sale natural, para que no me vean.

¿Tuviste, en algún momento, algún grupo de amigos que te hubiese blindado del bullying de otros? ¿Algún amigo o grupo de amigos que te arroparan y te dieran mayor seguridad?

Sí, por supuesto. Me defendían. Por lo menos, en la época de la escuela, me defendían. Por lo general eran gente de clases mayores. Por ejemplo, yo en esa escuela entré en segundo, bueno, Suponete que niños quinto y sexto saltaban a defenderme. Inclusive hasta el día de hoy tengo contacto con algunos.

¿En algún momento le pediste a tus padres si la familia se podía mudar a otra ciudad?

Sí, claro. Pero no hubo caso, era lo que nos tocó. Fue lo que tocó en ese momento. Después nosotros nos vinimos para Montevideo cuando yo tenía 17 años. Ya en la época del liceo fue más leve la cosa. No fue tanto el tema del bullying. Y yo, por ejemplo, me enfoqué más en el estudio. Y cuando empecé en un trabajo, empecé a hacer nocturno y trabajaba en el centro, siendo menor.

Vos creciste con tus dos padres, en un entorno familiar normal. Ellos, ¿qué explicaciones te dieron respecto a tus malformaciones de nacimiento? Cuando eras chiquito y no entendías qué tenías de distinto, ¿qué te dijeron?

Yo soy quien soy gracias a ellos. Lo que luchó mamá y mi padre no tiene nombre. No lo hace cualquiera. Indudablemente yo como padre, hoy, por ejemplo, lo haría por mis hijos, pero no sé si a ese nivel. Yo me rompo el lomo y tengo todos los valores gracias a ellos. La explicación que se pudo encontrar más o menos, que se puede entender, es que mamá era muy chica y fue un problema genético.

¿Qué cosas te impidió hacer la malformación congénita? ¿O nunca fue un impedimento para vos?

Yo cuando entré en esa escuela (en Progreso, Canelones), entré en junio. Repetí ese año porque no podía escribir, porque justo me habían operado la mano derecha, fue la última operación con seis años y medio, más o menos.

O sea, no repetiste por un tema de capacidad ni de conducta. Fue por no poder tomar el lápiz para escribir.

Así es. Y ahí se me atrasó un año. Después del segundo de escuela, volví para atrás.

Y al siguiente año, ¿ya pudiste escribir?

Sí, porque me separaron los dedos. Fue la operación que me abrieron hasta los nudillos de la mano derecha para poder tener movilidad, porque antes no podía ni agarrar un lápiz.

¿Cuántas cirugías te realizaron, Diego?

Un montón, ando arriba de las 27… entre 27 y 29 cirugías, más o menos, en manos y pies. Aparte, no solo que el problema es congénito, sino que me nació el cordón umbilical enredado en las piernas. En el tobillo izquierdo me nació la piel contra el hueso y mediante operaciones e injertos lo pudieron separar, porque, literalmente, el cordón umbilical nació enredado en la pierna izquierda y parte de la derecha.

Me imagino que pudo haberte dado problemas para jugar al fútbol, con lo que implica esto en la socialización con tus pares…

No tengo mucho gusto por el fútbol, pero indudablemente eso ayudó a que no me gustara. Porque no es lo mismo. Hoy yo tengo muchos problemas en las rodillas, porque tengo un pie más chico que el otro, también. Tengo un tobillo súper torcido. Inclusive, hasta el día de hoy, en el taller, por más voluntad que le ponga, hay cosas que no puedo hacer.

Por ejemplo, si tengo que pintar un vehículo mucho más grande que la mayoría, que los que estoy trabajando siempre, ya tengo problemas en las manos, se me empiezan a cansar las manos.

Sos chapista, ese es tu oficio. ¿Te dedicaste a eso porque te tocó apechugar y salir adelante, o había algo de vocación en arreglar autos?

Lo que me trajo a esto fue el hambre. Literal y directamente: el hambre.

Pero podías haber agarrado para cualquier lado, y en cambio elegiste un oficio donde trabajás con las manos... ¿Por qué?

Porque la gente dudaba. En realidad, cuando yo empecé a trabajar en General Palleja esquina Santa Fe —hay mucha gente que me conoce de esa época— yo laburaba en la vereda, haciendo mantenimiento de taxis (cambiaba paragolpes, los re-pintaba). Pensando en los impedimentos que me preguntaste: se preguntaban: “¿Y este cómo va a agarrar el soplete? Se lo tiene que atar, yo qué sé”. Un montón de suposiciones de cómo haría yo para trabajar. Algunos de esos, incluso, son clientes míos al día de hoy. Me gusta superarme. La gente dice: “No vas a poder”. Sí, puedo.

Pero evidentemente también sos “fierrero”. He visto en tus redes que te gusta tunearlos, embellecerlos. ¿Qué es lo que te gusta de tomar un auto para trabajarlo?

Me gusta agarrar autos que nadie haya modificado y hacerlo a mi manera. Me compré una Vitara y la modifiqué. Tengo un Fiat Siena que también lo modifiqué. Son autos que nadie frecuenta modificar porque son autos difíciles o no son a gusto del público. Lo mismo que la Audi: la camioneta Audi también la modifiqué porque no es algo normal que se haga. Si bien lo hacen en otros países, acá no es muy normal. Yo conocía otra camioneta similar a la mía, pero no tan al estilo como la que armé yo. Yo defiendo lo mío: la pintura. Por ejemplo, yo hice todas unas gráficas en los costados en pintura, porque defiendo mi oficio. Entonces, en redes me gusta mostrar mi trabajo.

Foto: Javier Noceti/Montevideo Portal

Foto: Javier Noceti/Montevideo Portal

Sos muy activo en redes sociales, sobre todo en Instagram y TikTok. ¿Qué es lo que te interesa comunicar?

Que todo se puede. Directo: que todo se puede. Que cuando te digan que no...

…Más te “emperrás” y decís: “Yo voy a poder”.

Exactamente. A mí me han escrito varios colegas consultándome situaciones que yo ya he pasado, y me preguntan: “Toquito, ¿cómo puedo solucionar tal cosa?” Y me encanta eso. Me gusta la parte de enseñar, porque, claro, yo lo tuve que aprender “a lo bruto”, hablando claro. Yo vine a hacer un curso de pintura tres años después de tener el taller. Para mí es increíble que un colega me escriba para que lo ayude con algo.

¿Te interesa poder monetizar tu trabajo en las redes, o es solo un hobby? Porque para mucha gente, las redes son una herramienta laboral, una forma de generar ingresos…

Por el momento lo hago como pasatiempo, como hobby, porque me gusta. Inclusive todos los videos que has visto los edito yo. Paso un montón de horas y lo hago todo yo, a cómo me salga y lo que el corazón dicta, por así decirlo. Hasta la edición de la música, me gusta una canción, veo que combina con el video así.

¿Qué dicen tus clientes cuando te conocen por primera vez? Llegan a dejarte su auto para que vos hagas chapa y pintura, y resulta que al chapista le faltan ocho dedos de las manos.

¿Vos qué sentiste cuando me trajiste tu auto por primera vez?

Desconfianza. No imaginé que pudieras trabajar tan bien, a pesar de tus problemas físicos de nacimiento. 

Es eso: al principio se asombran: “¿Y este loco es chapista?”.

Cuando vine a buscar el auto y lo vi, pensé: “Es un crack”.

Bueno, la mayoría me dice que soy un ejemplo de vida. O que soy “un grande”. Yo no me considero mejor que nadie, y siempre digo lo mismo… Inclusive hoy de mañana estaba hablando con otro colega que me agradecía por haberle contestado ciertas preguntas. Y yo lo primero que le dije fue: “¿Quién sabe las vueltas de la vida?” Capaz que mañana yo preciso algo de vos. Porque es así, la vida para mí es una rueda.

Vivimos en una sociedad con mucho prejuicio, donde se sacan conclusiones por la imagen que ven. Y a veces el tipo es un fenómeno, ¿me explico? Y bueno, ahí está parte de lo que me gusta comunicar, lo que vos me preguntabas. En redes me gusta comunicar que se puede, que no hay impedimento de nada.

¿Recordás cómo fue la primera vez que tus hijos Tadeo (14) y Catalina (4) te preguntaron qué te pasaba en las manos?

Mirá, hay una anécdota que pasó en el jardín. Cuando Tadeo empezó a ser curioso le dije que un tiburón me había mordido las manos. Un día, en la escuela le tocó un paseo. ¿A dónde? A la playa. ¡No se quiso meter al agua por culpa mía! Por miedo a que haya tiburones.

Después tuve que decirle que no, que era mentira, que fue una joda. Con Catalina me pasó totalmente lo opuesto. Ella como que es más avispada… Viste cómo vienen las nuevas generaciones, cuan más chicos son, parece que fueran más rápidos... Y cuando le dije lo de los tiburones, me dijo: “No te creo papá, eso es mentira”. Me lo preguntaron una vez sola y después nunca más.

Ellos se acostumbraron desde que nacieron a verme así. Entonces, yo para ellos soy “normal”.

Como habrás visto, el comunicador Rafael Villanueva ha perdido sus extremidades tras una infección generalizada. La amputación fue necesaria para salvarle la vida. Vos naciste sin las extremidades superiores y con complicaciones en las extremidades inferiores. ¿Qué mensaje te gustaría darle, si él pudiera leer esta nota? 

Que no se achique por nada. Y que, si él precisa algo de mí, estoy.

¿Cuál es tu sueño, Toquito?

¿Mi sueño? Seguir creciendo. Porque creo que en la vida no hay techo. El único techo es la muerte. Y siempre procurar que mi familia esté bien. Porque para eso trabajo, para eso me rompo el lomo: para que mi mujer y mis hijos estén bien.

¿Sos feliz?

Sí, tengo todo. Menos plata, tengo todo.

Por César Bianchi