La pesadilla de Osvaldo Cardoso: entró por una operación de vesícula y terminó vegetativo
El hombre es argentino y trabajaba en Fray Bentos. Terminó cuadripléjico, sin control de esfínteres, sin poder deglutir y ciego.
Por Joaquín Symonds
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En mayo de 2022, Osvaldo Cardoso se sintió mal. Vivía en Fray Bentos, pero es argentino y había llegado a Uruguay por trabajo; su familia —esposa y cuatro hijos— se había quedado en Entre Ríos.
La noche en la que enfermó, llamó a su esposa Ana y le dijo que le faltaba el aire, que se sentía mal y no le daba el cuerpo ni siquiera para manejar. Osvaldo fue junto a un compañero de trabajo al sanatorio Amedrín y, tras algunos estudios, determinaron que debía operarse por un cálculo en la vesícula.
Osvaldo era una persona sana. Salía a correr, practicaba taekwondo y se cuidaba en la comida. Entró al block quirúrgico el 20 de mayo de 2022. Lo último que vio fue a Ana, quien lo saludaba cuando lo ingresaron con la camilla en el ascensor: “Te espero acá, no te va a pasar nada”, prometió su esposa.
El proceso duraría una hora; era sencillo y no había ningún indicio de que se pudiera complicar. En fin, lo que es una operación de vesícula.
Pasaron tres horas desde que Osvaldo ingresó. Ana estaba en otro piso y, junto con el compañero de su esposo, se preguntaba qué pasaba, por qué demoraban. Nunca sospecharon nada.
En determinado momento, bajaron por el ascensor el cirujano y la anestesista. Ana no sabía quién era la mujer, pero fue ella la que le comunicó que su esposo iba a quedar con secuelas y no le podía decir de qué magnitud.
La pareja de Cardoso no entendía nada, hacía muchas preguntas que no eran respondidas por la profesional, que, en todo momento, se mostró “muy nerviosa”.
El cirujano intervino para preguntar si Cardoso tenía problemas de corazón, diabetes o hipertensión. La esposa le respondió que ellos tenían todos los exámenes prequirúrgicos y que no era ella quien debería responder esa pregunta. El médico se quedó callado y se retiró junto a la anestesista.
La familia de Osvaldo no supo en el momento cómo se llamaba la anestesista, pese a que Ana le preguntó su nombre en varias ocasiones durante la breve charla que mantuvieron.
Ana pudo ver a Osvaldo un día después de la operación. La imagen que encontró cuando ingresó a la sala no se la va a olvidar jamás: muchos cables, una traqueotomía y su esposo completamente ido por la sedación. No era Osvaldo, dice.
Ese día no obtuvo respuesta clara sobre qué había sucedido. Durante la estadía de Osvaldo en el CTI, Ana conoció a la nurse, pero a los dos días la dejó de ver. Como no tenía ropa, fue a una tienda y a quien la atendió le contó lo que le había pasado a su esposo.
A raíz de esa charla encontraron a la anestesista en las redes sociales; luego se enteraron de que se había recibido hacía poco. Ana logró, además, obtener el número del celular de la nurse que estuvo en el block, pero, cuando la llamó, le respondió que ella no podía dar información porque estaba bajo secreto profesional.
Un raid
El estudio Pedro Montano es quien defiende a la familia Cardoso luego de que Ana hiciera la denuncia. Antes de hacer el reclamo formal, fueron varios los intentos por trasladar a Osvaldo a Argentina, pero desde Amedrín le respondieron que la mutualista del vecino país era la que debía pedir el traslado.
Los abogados debieron intervenir para intimar al sanatorio uruguayo para que concediera el traslado, algo que finalmente sucedió. Sin embargo, el centro asistencial argentino no recibió al paciente “porque ya no había nada para hacer”.
Un médico amigo de la familia accedió a los estudios más recientes de Osvaldo en 2022. La respuesta fue que había un daño cerebral importante, que no era curable y que iba a quedar en estado vegetativo.
Uno de los cuatro hijos del matrimonio buscó clínicas que recibieran a su padre. El tiempo pasó, y precisamente cuatro meses después de la operación lograron llevar al hombre a Entre Ríos.
El primer lugar adonde llegó Osvaldo fue la Clínica Parque, en Crespo, Entre Ríos. El médico, al evaluarlo, les advirtió: “No sé qué les han dicho a ustedes, pero este hombre está en estado vegetativo”.
Actualmente, solo tiene reacción al dolor y reconoce las “voces familiares”, pero no comprende qué le dicen. “Yo llegué a pensar que Osvaldo estaba enfermo y no me lo había dicho. Todo lo que nos pasa es desgarrador, no se lo deseo a nadie”, considera Ana.
En la Clínica Parque le dieron estadía por 15 días y luego fue a la Caise en Paraná. Allí estuvo un año y seis meses, tiempo en el que lo sometieron a una serie de tratamientos estrictos.
La familia se debía encargar, además del pago mensual, de la compra de medicación, pañales y cualquier otro implemento que los médicos consideraran necesario. Ana se instaló ese año en Paraná, porque entre las exigencias del centro estaba la necesidad de que un familiar estuviera presente para recibir informes médicos diarios, porque Osvaldo estaba en el sector de los pacientes más graves.
Los profesionales de la clínica detallaron a la familia todo lo que tenía Osvaldo y les aseguraron que nada de eso iba a cambiar.
Estaba ciego, cuadripléjico, no iba a poder deglutir más; se le había formado una escara gigante en la zona lumbosacra y el hueso de la zona había quedado al descubierto; no poseía control de esfínteres. El único aspecto “positivo” es que tenía estímulo al dolor y que escuchaba, pero no podía “entender un simple mensaje”. Ese fue el diagnóstico final.
La Justicia
El único avance claro en la causa llegó dos años después de que se hiciera la denuncia y luego de que la defensa de la familia Cardoso pidiera un cambio de fiscal, al entender que el Ministerio Público había encajonado la causa.
La actual fiscal Guillermina Chouhy, de Flagrancia de 1º Turno, logró que, en noviembre del año pasado, imputaran a la anestesista por lesiones gravísimas y usurpación de título. Se le prohibió la salida del país y trabajar en su especialidad.
El juicio debería haber empezado la semana pasada. Sin embargo, la imputada argumentó que se encuentra transitando problemas psiquiátricos y el proceso está estancado, dado que, sin su presencia en las audiencias, no se puede comenzar.
La última vez que Ana vio a la médica fue en la audiencia de imputación, cuando le dio la mano. “Fue lo que me salió. Yo quiero que se haga justicia, no solo por Osvaldo. Es el papá de mis hijos, nada volvió a ser como antes. Además, esa mujer es un peligro para la sociedad. No quiero que exista otro Osvaldo”, considera.
Ana se dormía y, cuando se despertaba, pensaba que todo lo que le había sucedido era parte de una pesadilla. A sus hijos les pasó algo parecido: tuvieron que ver psicólogos y psiquiatras, y dos de ellos sufrieron ataques de pánico.
Un CTI en casa
En la clínica Caise, cuando le dieron el alta médica, le dijeron a la familia de Osvaldo todo lo que debían tener para que pudiera estar en la casa. Ana tuvo que construir una pieza, un baño, comprar una cama ortopédica, una bomba de alimentación y un elevador de personas, porque el cuerpo actualmente es un peso muerto.
“Acá es una internación. Es un CTI, medicación que quedó para toda la vida. Mi vida, nuestra vida, fue un antes y un después”, comenta Ana.
La realidad le cambió en cuestión de tres horas. Hace cuatro años y medio que Ana tiene la misma rutina; vive en la misma pesadilla que nunca termina. El 5 de noviembre empieza el juicio civil, cuya solicitud fue presentada en plazo, porque la familia no estaba de acuerdo con el reclamo de dinero.
Ana sabe que la pesadilla va a seguir, que los contratiempos surgen todos los días y que la vida de Osvaldo ya no es aquella que perdió hace cuatro años. Lo único que pide es que no la dejen, que la sociedad recuerde lo que le pasó a su esposo.
Antes de todo, el matrimonio trabajaba, era feliz y tenía un buen pasar económico. A veces, el contraste entre el pasado y la realidad le da a Ana y a sus hijos golpes bajos.
Por Joaquín Symonds
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