La historia de Efuka Lontange, el africano que hace 17 años difunde cultura en Uruguay
Llegó desde Mbandaka; es coreógrafo, músico, escritor y activista de los derechos humanos. Fundó el primer Ballet Africano de Montevideo.
Efuka Lontange tiene 69 años, nació en Mbandaka, República Democrática del Congo, y hoy es uno de esos nombres que varios uruguayos ya reconocen aunque sigan pronunciando con cuidado. Coreógrafo, músico, cantante, autor y activista de los derechos humanos, lleva 17 años viviendo en Uruguay y dedicando cada uno de esos años a compartir su historia y la cultura africana con quienes quieran escuchar: medios, escuelas, niños, instituciones. Su vida es un mapa de tres continentes.
Creció con su bisabuela materna, a quien llamaba mamá Bolewa, porque sus padres eran muy jóvenes cuando él nació, su madre tenía 15 años y su padre 22. Ella era n'anga, término de la tradición bantú que designa a quien ejerce como curandero, médico tradicional, guía espiritual o adivino usando hierbas y saberes ancestrales. Cuando se adentraba en la selva a buscar plantas, Efuka la acompañaba. “Todo lo que tengo hasta ahora es por la crianza de ella, con ella aprendí a tocar tambor, a cantar, a bailar, escuchar, hablar de cuentos, proverbios”, recuerda en diálogo con Montevideo Portal.
A los 13 años, su padre, diplomático, llevó a su familia a Irán. El contexto era el del final del régimen del Sha Mohammad Reza Pahlaví, cuya caída en 1979 abrió paso a la República Islámica liderada por el ayatolá Jomeini. Efuka vivió allí apenas unos años antes de mudarse nuevamente, esta vez a París, donde pasaría 40 años de su vida.
Se quedó en Francia a los 18 años, cuando su padre volvió a cambiar de destino, porque tenía amigos y una vida que construir. Se instaló en una residencia universitaria y estudió Relaciones Internacionales, hasta que en segundo año tuvo un conflicto con un profesor que lo marcaría para siempre.
“Tuve problema con un profesor porque yo no acepto la expresión de que ‘Europa ayuda a África’, porque para mí no es la realidad”, cuenta. No volvió más a la universidad.
EL ESPÍRITU, NO LA ESTÉTICA
Lo que sí siguió fue la danza. Desde antes de ese quiebre académico ya integraba una compañía de danza africana como coreógrafo. Y lo que había aprendido en las aulas, afirma, lo ponía en perspectiva frente a lo que había recibido de su bisabuela.
“Todo lo que aprendí en la universidad sentía que no me servía de nada (risas), sí me servía para entender el mundo pero hay mucha injusticia en el mundo, para afrontar esta injusticia tengo lo que viví y aprendí con mi bisabuela”, dice.
En paralelo, se convirtió en activista por los derechos humanos. El punto de inflexión fue la ocupación y posterior desalojo de la Iglesia de Saint-Bernard de la Chapelle, en París, donde inmigrantes indocumentados reclamaban regularización. Un compañero de danza comentó que se necesitaba alguien de África que supiera leer y escribir para ayudar con los papeles. Efuka se ofreció. Ahí comenzó un activismo que no abandonó más.
Ese activismo fue el puente que lo llevó a Uruguay. En 2006, un colectivo de artistas y educadores uruguayos realizó una gira de tres meses por escuelas rurales de música de toda Francia, en representación del país y del candombe. Efuka aparecía en los medios franceses. Artistas del Mundo Afro que estaban en esa gira lo vieron en televisión, lo buscaron y lo invitaron a Montevideo.
Aceptó. Pero antes de viajar, junto a esos artistas uruguayos, crearon la asociación Triangulación Kultural, un proyecto de intercambio cultural entre tres continentes: África, América y Europa.
En Uruguay, la asociación impulsa proyectos culturales y educativos para difundir la cultura afrouruguaya a través de talleres en escuelas, materiales pedagógicos, exposiciones, documentales y producciones musicales. “Aún sigue en pie con intercambio de información, trabajamos mucho con el intercambio de información”, explica Efuka.
Su primera visita fue en 2007, en plena temporada de Llamadas y Carnaval. “No vi nada”, lamenta, porque estuvo todo el tiempo yendo de ensayo en ensayo. En 2009 lo volvieron a invitar, y esta vez decidió quedarse más de dos meses, un año o dos, para conocer de verdad el Uruguay. El idioma fue la única dificultad. No fue a ningún curso, aprendió el español junto a las personas.
En Montevideo empezó a dar clases de danza africana y fundó el primer Ballet Africano de Montevideo, porque “la mayoría de gente quería saber de la danza africana, gente puede conocer y aprender”. El nombre generó cuestionamientos, ya que el término ballet suele asociarse a la danza clásica europea, pero Efuka sostiene que la palabra existe en varios contextos culturales y no le pertenece a nadie en exclusiva.
“Yo no miro la palabra 'estética' porque no existe en África, pero 'espíritu' sí”, dice con respecto a su concepción de la danza africana.
En la República Democrática del Congo, la danza está en todos lados, en la alegría y en el duelo, en la lluvia y en la cosecha. Efuka no fue a ninguna escuela de danza ni de música, aprendió viendo y viviendo.
“El mismo espíritu y dinámica que tenemos en el Congo con la danza, hay en Senegal, en Burkina Faso, Nigeria. Cada país de África hay danza tradicional, no son los mismos ritmos ni los mismos movimientos pero el espíritu es el mismo”, dice.
CULTURAL Y POLÍTICA
“Yo no puedo separar la cultura de la política porque soy activista, pienso que la cultura puede ayudar a cambiar mucha cosa social, económica y política porque la cultura te da una abertura que no hay en política. La política es la división: derecha, izquierda o medio. La cultura no es así”, explica Efuka acerca del enfoque de su activismo.
Sobre Uruguay menciona que “es un país multicultural, pero con el dominante de la cultura occidental europea que no da la posibilidad a las otras culturas a respirar”, pero reconoce su potencial.
“Es un país que tiene muchas oportunidades y que la gente no se da cuenta, que es un país chiquito que tiene mucha posibilidad si se abre, tanto internamente como hacia afuera”, dice.
Sobre el racismo, Efuka habla con la perspectiva de quien vivió 40 años en Francia. Allí lo experimentó desde lo que describe como “el espíritu supremacista blanco”, esa idea de que la civilización universal es solo la europea. En Uruguay también encontró racismo, pero su respuesta es otra. “Acá puedo encontrar un racista pero yo quiero educar a esta persona de una manera positiva, no voy a enfrentar”.
EL ÁRBOL Y SUS FRUTOS
Irónicamente, el hijo que no quería seguir los pasos diplomáticos de su padre terminó ejerciendo una forma de diplomacia cultural entre África, Europa y América. “Es verdad, los dos años de universidad me ayudaron”, admite con humor.
Su hijo mayor, nacido en Francia junto a sus otros dos hijos y sus cinco nietos, también eligió la coreografía. “Yo no quería porque yo no quería ser como mi padre, pero él eligió eso, aprendió con mis amigos, no conmigo”, dice.
Hoy, Efuka no extraña ni París ni Mbandaka ni Teherán. Piensa en sus hijos y nietos, pero el celular los mantiene conectados y ellos mismos le dicen que se quede en Uruguay porque lo ven bien.
Decidió quedarse porque en su primera visita, en 2007, comprobó que no había nada de África en el país. “Si me voy que haya cosa que se quede acá, que la gente puede seguir en eso”. Su impacto fue real, hoy hay clases de danza africana tanto en Montevideo como en el interior del país.
El próximo desafío que visualiza es la integración entre las comunidades africanas en Uruguay, que la Asociación Civil Africanía, que ya tomó legitimidad, logre que los africanos radicados en el país se sientan parte.
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