La cruz del papa: el símbolo que dividió al país y sigue en pie 39 años después
El monumento erigido para la misa de Juan Pablo II en 1987 generó un intenso debate político que quebró a las tres bancadas parlamentarias.
Por Avril Andrés
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Fue pensada como la pieza central de un altar que se iba a desmontar después de la misa de Juan Pablo II en 1987. Una frase del expresidente Sanguinetti, una votación ajustada y una ley la dejaron para siempre junto a la terminal de Tres Cruces. Quiénes la construyeron, quiénes pelearon por ella y por qué todavía cuesta explicarla.
En la escuela uruguaya hay una palabra que se aprende casi en sílabas: se-cu-la-ri-za-ción. Con ella viene la idea de un Estado laico, que no abraza ninguna religión y respeta a todas. Y, sin embargo, al lado de la terminal de ómnibus más importante de Montevideo, sobre avenida Italia, una cruz de hierro blanco de 24 metros de alto está instalada ahí desde 1987, con una ley que la protege como monumento.
La contradicción salta a la vista de cualquiera que llega de afuera. “No deja de ser muy sorprendente cuando uno recibe una visita, le explica que el Uruguay es un país muy laico y lo primero que se encuentra es esa enorme cruz en avenida Italia”, dice a Montevideo Portal la historiadora Susana Monreal, profesora emérita de la Universidad Católica del Uruguay. “Entonces, es muy complicado de explicar tanta cosa; se vuelve complejo”, agrega.
Para entender cómo llegó a quedarse ahí, hay que volver a un altar armado a contrarreloj bajo la lluvia, a una frase presidencial dicha ante la prensa y a meses de discusión que pasaron por la Junta Departamental, el Senado y la Cámara de Representantes. Y a un detalle: la cruz no fue hecha para quedarse.
SIETE TONELADAS Y MEDIA PARA UNA MISA
En marzo de 1987, el diario El Día anunciaba que la misa campal que Juan Pablo II oficiaría el 1º de abril en Tres Cruces sería “el acto central de la estadía de 20 horas en el país”.
Para ese momento se preparaba un escenario a la medida. Un estrado donde el papa pudiera celebrar la misa junto a los obispos de su comitiva, los obispos uruguayos, los visitantes de otros países y los más de 400 sacerdotes que, según la prensa de la época, tenía entonces el país.
De eso se encargó una comisión técnica coordinada por el presbítero Julio Delpiazzo, con la colaboración del nuncio, que era arquitecto de profesión. El diseño del altar llevó la firma de los arquitectos Juan Carlos Dugonjic y Leonardo Aguerre y la coordinación de las obras quedó a cargo del arquitecto Juan Pedro Tanco. En el equipo también trabajaron los arquitectos Antonio Cravotto, Juan Pablo Terra, Francisco Collet, Ana Lía Rovascio y Lucía Ramos, y el ingeniero Eduardo Pedoja, según indicó el diario El País, el 13 de febrero de 1987.
Foto: Archivo histórico de la Iglesia católica Montevideo
La cruz era el esqueleto de todo ese montaje, la estructura que sostenía el altar y el estrado. Pesaba 7.500 kilos, medía 24 metros de alto y 8 metros de ancho, y la fabricó la empresa metalúrgica Cades SA. Su presidente, Alberto Schroeder, contó a El País que el proyecto original era todavía más ambicioso.
“Los trabajos insumieron 1.100 horas de trabajo hombre, efectuados con equipos de soldadura automáticos. En un principio, la cruz tenía 30 metros de altura, pero surgieron variaciones que determinaron que su medida definitiva fuera de 24 metros”, contó.
Era tan grande que no se podía terminar bajo techo. Los brazos se le colocaron al aire libre, en la esquina de avenida General Flores y bulevar Artigas, y para moverla hasta Tres Cruces se usó la chata más grande del país, cedida por UTE.
Hicieron falta dos grúas y varios hombres tirando de cuerdas para levantarla, mientras dos ingenieros del ente supervisaban la parte más delicada, apoyar sus cuatro puntas de hierro sobre los pilotes que iban a cargar con el peso.
De esos días sobrevive también una anécdota que cuenta Nelson Villarreal, docente de la Universidad de la República y de la Universidad Católica. Según recuerda, la cruz se hizo “en un galpón en el Ejército y cuando la iban a sacar, no la podían sacar, tuvieron que romper una pared para poder sacar la cruz que habían hecho”.
La base del estrado era la estructura metálica de un puente Bailey del Ejército. El cronograma original preveía 21 días de trabajo y terminó reducido a 14, con un pronóstico de hasta 48 horas de lluvia que se transformaron en más de 72. Hubo que trabajar de noche y bajo la lluvia, según relató El País en mayo de ese año.
La improvisación llegó hasta la última noche. Tanco contó que a la madrugada del 1º de abril, a las 02:30 horas, hubo que techar la tribuna de prensa con andamios tubulares, con ayuda de personal del Ejército. También indicó que había una gotera en el techo del altar y que el fieltro del caminero estaba empapado. Se secó, dice la crónica, “a lampazos y buena voluntad”.
UN ALTAR CON ALAS
El resultado impresionó a quienes estuvieron ahí. Gonzalo Estevez, sacerdote desde hace 42 años, lo describe a Montevideo Portal: “El eje del altar era la cruz del papa y el altar se extendía hasta la acera de bulevar [General Artigas] de un lado y del otro. Es decir, tenía un enorme toldo blanco, eran como unas alas maravillosas, y escaleras”. Calcula que había unos 20 escalones entre la calle y el altar, una mesa de piedra que, estima, medía por lo menos 2,5 metros de largo.
Ese altar no desapareció. Según Estevez, es el que hoy está en el santuario del Cerrito de la Victoria, junto con el ambón desde donde se leyeron las lecturas. A un costado, apoyada sobre una mole de mármol gris, estaba la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres, que llegó desde Florida para la ocasión.
Para el sacerdote, la elección de Tres Cruces tampoco fue casual. A su entender, era un lugar desde el cual “era muy fácil desalojar inmediatamente al santo padre, pero también a la gente”, que permitía “una salida ordenada y segura” ante cualquier imprevisto y que quedaba en zona de hospitales.
Foto: Archivo histórico de la Iglesia católica Montevideo
Los organizadores también quedaron conformes. “Fue para nosotros un desafío grande porque construir el altar y la cruz era algo inédito en el país; tenía que tener ese tono espiritual y que coincidiera con la connotación de sobriedad y elegancia, que es en lo que el Uruguay se destaca en todas sus manifestaciones artísticas”, dijo Tanco a El País días después.
El mismo diario recogió la opinión de monseñor Marini, maestro de ceremonias, que venía de ver los preparativos en Chile y Argentina: “Esto es lo mejor de todo lo que he visto”, afirmó.
La misa se celebró en la mañana del miércoles 1º de abril. El historiador Gerardo Caetano, en su capítulo sobre el tema en el libro Laicidad en América Latina y Europa, la ubica entre las manifestaciones públicas más multitudinarias de la historia del país, al punto de que algunos observadores la compararon con el acto del Obelisco de noviembre de 1983 contra la dictadura.
Entre esa multitud hubo también un reclamo que el poder político prefería no ver. Villarreal recuerda que integrantes del Servicio Paz y Justicia (Serpaj), junto con militantes cristianos y no cristianos, levantaron una pancarta con la pregunta “¿Dónde están los desaparecidos?”, en pleno debate por la Ley de Caducidad.
“Venían los policías, nos sacaban la pancarta de manera muy diplomática, que quede claro: no hubo ningún tipo de represión, pero sí la discusión era qué se le mostraba al papa”, relata.
“DEBERÍA QUEDAR”
Todo estaba pensado para que la cruz durara lo que la visita. “Así como la habíamos montado en poquitos días, la íbamos a desmontar”, resume Estevez.
Pero ese mismo miércoles, después de la misa, el presidente Julio María Sanguinetti habló con la prensa y lanzó la idea de que la cruz “debería quedar (emplazada) en Tres Cruces, como recuerdo de esta circunstancia histórica, que recordará no solo a la comunidad católica, sino a todos los hombres de buena voluntad”, según las palabras que reproduce Caetano.
Sanguinetti dijo que la visita había unido “a todos los uruguayos en un sentimiento común de tolerancia y de respeto” y descartó que su propuesta pudiera generar conflicto.
“El viejo concepto de una Iglesia libre en un Estado libre en el Uruguay no es una propuesta, sino una convivencia libremente asumida”, agregó. El pronóstico no se cumplió.
Sobre cómo nació la idea, las versiones no coinciden del todo.
La historiadora Monreal no duda: “Lo que sí recuerdo perfectamente es quién propuso que la cruz se quedara, como recuerdo de la visita del papa, fue el presidente Sanguinetti”. Estevez también se la atribuye, aunque deja abierta la puerta, “no sé si a partir de la pregunta de un periodista o por propia iniciativa”. El sacerdote cree que la visita “impactó mucho” al presidente, a quien define como “un agnóstico de manual uruguayo”.
En cambio, Caetano menciona que Sanguinetti no estuvo solo. Casi al mismo tiempo se pronunciaron en el mismo sentido el senador nacionalista Alberto Zumarán, excandidato presidencial en 1984, que según el historiador ya había insinuado la propuesta días antes, y el edil herrerista Jaime Trobo, que anunció un proyecto en la Junta Departamental. Ese mismo día, la Junta Departamental de Lavalleja pidió que, si la cruz se retiraba de Montevideo, fuera instalada en el cerro del Verdún.
la cruz que nadie quería discutir
Lo que siguió fue una pelea que atravesó partidos, diarios e instituciones. El 8 de abril, la Conferencia Episcopal del Uruguay oficializó, en una nota al intendente de Montevideo, Jorge Elizalde, la donación de la cruz “al pueblo y gobierno del departamento de Montevideo” para que fuera “perpetuo monumento histórico en el lugar de su emplazamiento original y actual”. La carta tenía una condición, si se cambiaba ese destino, la cruz volvería a manos de la Iglesia.
Al día siguiente, el 9 de abril, la Junta Departamental trató la iniciativa de Elizalde para que la cruz siguiera en Tres Cruces. Después de un debate largo y por momentos ardoroso, los ediles la rechazaron por 21 votos contra 10.
La masonería también habló. La Gran Maestría de la Gran Logia emitió un comunicado en el que sostuvo que “de ninguna manera es aceptable la exhibición en sitio público de un símbolo religioso que congrega a su alrededor a solo una parte de la sociedad uruguaya y que, por tanto, no debe imponerse al resto de la población” y recomendó entregar la cruz a la Iglesia para que la ubicara en un predio propio.
El 7 de mayo, con la cruz todavía en pie, la polémica volvió a la Junta. Varios ediles se quejaron de que no se había cumplido lo resuelto en abril y rechazaron lo que entendían como “presiones indebidas de la Iglesia católica”, relató Caetano. Por 18 votos en 31, la Junta envió a la intendencia una minuta exigiendo el “inmediato cumplimiento” de su decisión. Para entonces, el asunto ya había saltado a otra cancha: el Parlamento.
una ley para un símbolo
Como otras veces en la historia uruguaya, la salida fue una ley. El proyecto lo presentó Gonzalo Aguirre en el Senado y proponía mantener la cruz “en su emplazamiento original y con carácter permanente, en calidad de monumento conmemorativo” de la visita.
“No se mantendría como símbolo religioso ni como adhesión del Estado a una determinada religión”, sino como “monumento conmemorativo de un acontecimiento histórico”, escribió.
Caetano describe un Senado en el que hablaron prácticamente todos los presentes y en el que muchos legisladores confesaron su “desconcierto y perplejidad” y hasta admitieron que hubieran preferido no tener que debatir el tema.
El proyecto pasó por 19 votos en 31. Los senadores del Partido Nacional votaron en bloque a favor y los del Frente Amplio, en bloque en contra. El Partido Colorado fue el único que se partió: ocho de sus senadores votaron por la cruz (entre ellos Batlle) y seis lo hicieron en contra.
En la Cámara de Representantes, el debate de los días 9 y 10 de junio tuvo asistencia inusual y discursos largos. Según Caetano, la mayoría de los diputados aclaró que hablaba como ciudadano y no por disciplina partidaria, y muchos contaron su propia relación con la fe.
La Cámara aprobó la ley por 48 votos contra 41. Otra vez los colorados se dividieron, pero esta vez hubo disidentes en las demás bancadas: el nacionalista Ricardo Rocha Imaz votó en contra y, desde el Frente Amplio, el demócrata cristiano Héctor Lescano votó a favor.
El obispo emérito de la diócesis de Canelones, Alberto Sanguinetti, señala en un capítulo del libro Amor, verdad y gratuidad que los representantes políticos, al tomar la palabra en el Parlamento, se sentían “urgidos a definir su propia postura religiosa” y a determinar el lugar de la religión y el catolicismo en la historia y la sociedad uruguaya.
“Resulta sumamente significativo que un gran número de los legisladores sientan que para tratar este asunto deban declarar su postura religiosa”, resaltó el obispo.
de juan pablo ii a león xiv
La cruz quedó, y con los años sumó compañía. En 2005, tras la muerte de Juan Pablo II, se colocó a su pie una estatua del papa que antes estaba en el santuario de Jesús Resucitado, a pocos metros del shopping Tres Cruces. Fue una iniciativa de monseñor Nicolás Domingo Cotugno Fanizzi que, según Monreal, "fue discutida", pero ahí quedó.
Foto: AFP
Para Lescano, “las dos visitas del papa Juan Pablo II a nuestro país fueron realmente un gran acontecimiento histórico” y la cruz es la huella física de la primera. Estevez lo dice a su manera: “La cruz la tenemos hoy gracias a que primero hubo voluntad de levantarla para desarmarla”, y luego a la iniciativa de Sanguinetti, que permitió conservarla “como recuerdo de la primera misa”.
Casi cuatro décadas después, con una nueva visita papal en el horizonte, el sacerdote Estevez no cree que se pueda repetir aquella escena. “Era un altar increíble, magnífico”, recuerda. “Verdaderamente, no creo que en esta visita del papa León podamos hacer nada semejante a eso”.
Mientras tanto, los ómnibus siguen entrando y saliendo de la terminal, y la cruz que iba a durar unos días sigue ahí, sobre avenida Italia, cuidada por la Iglesia y protegida por una ley de la República laica.
Por Avril Andrés
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