Perfiles

De torres, panoramas y consistorios

Julio Herrera y Reissig, el poeta maldito morfinómano que murió creyendo que no hizo nada

Hoy con una calle a su nombre, el literato uruguayo vivió una vida llena de enfermedad, literatura y decadencia que es menester rescatar.

07.04.2021 10:47

Lectura: 58'

2021-04-07T10:47:00
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Por Federica Bordaberry

El camino de las lágrimas (Los parques abandonados)

 

Citándonos, después de obscura ausencia,

Tu alma se derretía en largo lloro,

A causa de quién sabe qué tesoro

Perdido para siempre en su existencia.

 

Junto a los surtidores, la presencia

Semidormida de la tarde de oro,

Decíate lo mucho que te adoro

Y cómo era de sorda mi dolencia.

 

Pesando nuestra angustia y tu reproche,

Toda mi alma se pobló de noche...

Y al estrecharte murmurando aquellas

Remembranzas de dicha a que me amparo,

Hallé un sendero matinal de estrellas,

En tu falda ilusión de rosa claro.

 

Faltaba solo un año para su muerte y todavía no había publicado ningún libro. Se le había ofrecido un trabajo en una compañía de seguros de vida, que necesitaba para no pasar hambre, cuyo contrato firmó el primero de enero de 1909.

Le pidió a uno de sus hermanos, Carlos, que lo pasara a buscar en su carruaje. También le pidió que lo esperara afuera de la casa de Carlos Roxlo, el hombre a quien le había dedicado uno de sus mejores poemas y quien lo había despedido de un diario. Intentaría venderle un seguro de vida para cobrar comisión.

Carlos lo hizo: lo buscó, lo esperó y lo vio salir contento. Asumió que había vendido un seguro, que había sido exitoso en aquella tarea, pero de todas formas se lo preguntó. Le dijo que sí, que le había ido muy bien en lo de Roxlo, pero no porque hubiera vendido algo, sino porque habían estado charlando sobre literatura.

Julio Herrera y Reissig fue, antes que nada, un poeta.

 

***

 

Revista Número. Año seis, número veintisiete. Diciembre de 1955.

 

Idea Vilariño analizó las rimas en la poesía de Julio Herrera y Reissig. Uno de sus primeros párrafos dice:

La poesía de Julio Herrera -no es ningún secreto- es de una gran riqueza tímbrica. Se mueve con completa soltura entre las rimas más difíciles del idioma; maneja las aliteraciones con natural maestría. El análisis de sus mejores poemas los revela como casi inagotables en cuanto a combinaciones sonoras, sea a lo largo de cada verso, sea atravesando las estrofas o los poemas enteros.

Termina, define, remata escribiendo:

En Herrera, especialmente, por más lejos que se lleve el examen, nunca se saldrá defraudado.

 

Correspondencia de Idea Vilariño y Ángel Rama

 

Las cartas que aquí se publican documentan el intercambio sostenido entre Ángel Rama e Idea Vilariño respecto a la edición del tomo Julio Herrera y Reissig para la Biblioteca Ayacucho. Fundada y dirigida por Ángel Rama en su exilio venezolano, esa colección de clásicos latinoamericanos se creó en 1974, con el apoyo del presidente Carlos Andrés Pérez y publicó su primer volumen, dedicado a Simón Bolívar, en 1976; en 1982 ya había alcanzado los cien libros editados. Idea fue prologuista del tomo de Herrera y traductora de William H. Hudson. A principios de 1976, Rama le envió el contrato y la definición del trabajo sobre Herrera (carta del 11 de febrero), pero hubo varias dificultades y recién se publicó en 1978. Del intercambio epistolar, que naturalmente deriva al comentario de la situación personal y política, elegimos estas tres piezas que discuten la poesía de Julio Herrera y Reissig.

 

Carta 3: de I. V. a A. R. 61 de julio 1976

 

Querido Ángel: Mirá qué hojas encuentro. Tardé unos días en contestarte, pese a tu urgencia, porque recogí tu carta cuando ya me venía para Las Toscas. Lo más que pude hacer fue alcanzarle a Alicia la cronología y las novedades. Es claro que esta carta tuya (del 15 de julio [en realidad es junio]) debió habernos llegado al mismo tiempo que el contrato, y supongo que sólo tus problemas de salud la postergaron. Estuvimos trabajando un poco a tientas, esperando siempre carta que aclarara o un ejemplar de la colección que pudiera ser una guía. Ya remití a Alicia la selección de prosa que, creo, tiene mucho interés: los tres cuentos, ocho cartas importantes, tres ensayos de estética, fragmentos del Epílogo y la Polémica por el robo de un diamante. El problema se le plantea a Alicia que se siente con los días contados, pero no hay duda de que así sí quedará en el libro una imagen acabada y más diversa. Alguien tendrá que escribir un día un estudio sobre la vida y la personalidad, o una biografía con toda la barba, de Herrera; es un trabajo fundamental que está por hacer, aunque no veo quién tenga uñas para guitarrero. Lo que hay es risible. Y lo mismo pasa con Delmira y con todo nuestro 900. La selección de poesía respeta -excluyendo los poemas románticos- todas las secciones. Simplemente he dejado caer de los Éxtasis, de los Parques, los poemas peores, endebles, reiteratívos, ivos; [sic] queda así un conjunto amplio, excelente y nada mutilado. Van todos los poemas largos: Las Pascuas, La muerte del pastor, La tertulia, La vida, Ciles, etc. No me decís nada de cómo estás. Las informaciones dicen que muy bien. Me alegro infinito, pero contá un poco. En cuanto a lo que te pedía, qué le vamos a hacer. Supongo, en cambio, que después de éste, te acordarás si hay algún otro trabajo posible. Se me ocurre ¿no sabés de alguna editorial universitaria que pague y que pudiera interesarse en mis trabajos sobre ritmos, etc? En realidad tendría que dedicarme a eso en vez de hacer tanto trabajo rutinario y ajeno. Es lo único que sé hacer muy bien y nadie sabe hacer más que yo -que yo sepa-. Y es más interesante de lo que vos crees o conocés. Pero tal vez ya te hablé de eso. Es una idea recurrente. Cada tanto me acuerdo de mis hallazgos geniales y lloro por estar traduciendo cualquier macana. Tengo el curso sobre Darío que di en Humanidades. En fin... El prólogo, con ciertos entorpecimientos, va saliendo. Si fuera para aquí sería más fácil. Me inhibe no saber qué saben los posibles lectores; si debo volver sobre los eternos y aburridos asuntos de la influencia de Lugones, de la de Samain, por ejemplo, o si hay que dar todo por sabido y largarse. Me entorpecen tantas otras cosas que pesan y pisan y patean y muelen el alma. Pero, como ya te dije, en este mes queda listo. Si ves que quede algo por aclarar, escribí pronto. Este fin de semana iré a Monte y me conectaré con Alicia. Cariños. Palacio Salvo 848, ap. 545

Título: Correspondencia Idea Vilariño - Ángel Rama: acerca de la edición de la poesía de Julio Herrera y Reissig en la Biblioteca de Ayacucho

***

 

Nació el 9 de enero de 1875 y, a partir de ese día, faltarían 35 años para que muera. Los Herrera eran una de las familias patricias de Montevideo, del Partido Colorado, y su tío todavía estaba en sus esplendores políticos. De ese mismo tío, Julio Herrera y Obes, se sospechó que fuera su padre.

Existe el rumor, o la posibilidad, de que Julio Manuel Julián Herrera y Reissig fuera, en realidad, hijo de Julio Herrera y Obes y de otra mujer de apellido Reissig, la hermana de Carlota, su madre. Existe la posibilidad de que haya sido fruto de un romance y que, por cuestiones de honor y dignidad hijas de su época, lo hayan adoptado sus tíos.

Pero es solo una posibilidad. 

Nació en la casona de su padre, Manuel Herrera y Obes, en el Prado. También fue el sexto hijo y dieron las casualidades para que naciera el mismo día que su tío Julio.

Los primeros siete años de su vida los pasó en esa casa, en un jardín de 96 hectáreas. Vivió, desde siempre, una enfermedad cardíaca que funcionó como bomba de tiempo. Cuando se fue de la casona del Prado, le quedaban 28 años para morir.

Su padre vendió la casa, siendo el único de sus hermanos que no se dedicó a la política y sí a los negocios y a ser bancario. Y aunque esa profesión le alargaría la dignidad económica hasta el final de su vida, cuando quebró el Banco Herrera Eastman, se fundió y tuvo que vender la quinta, lo que significó el final de los lujos de Julio Herrera y Reissig y toda su familia.

Si pasaron pocas cosas mientras Julio crecía, las mudanzas constantes fueron símbolo de la decadencia en la que se fue hundiendo la familia Herrera. Esa idea proviene de una de las pocas biografías que hay de Julio, escrita por Aldo Mazzucchelli. La tituló La mejor de las fieras humanas y la publicó en 2009.

Gracias a esa biografía es que se sabe mucho más sobre Julio.

Del Prado, él y su familia se irían a una casa modesta entre Cordón y La Aguada. Esa ya no existe. Después, irían a una en Mercedes 1516. Esa existe y hoy es un hotel con un toldo verde en la entrada, dos pisos con paredes de color crudo y ocho ventanas que dan a la calle con rejas de hierro.

En la biografía de Mazzucchelli aparece un Julio apegado a su madre, pegado a su hermano Alfredo, un niño que sabía imaginar y que caminaba con los pies abiertos. Era atropellado y nervioso, pero también melancólico.

A los siete fue que empezó a educarse con curas salesianos en el colegio parroquial de Cordón. A los 14, seguiría en el colegio del Sagrado Corazón de Jesús. A los 16 se pasó al San Francisco e hizo cuarto de liceo. A los 17 dejó su educación formal y se convirtió en autodidacta.

A 18 años de su muerte empezó su desorden.

La presidencia de su tío coincidió con el final de su adolescencia y, el primero de marzo de 1890, fue electo presidente de la República.

Durante ese mandato, a pedido de su tío, Julio fue contratado para hacer tareas administrativas ínfimas en la alcaldía de la Aduana. Cobraba quince pesos mensuales y, lejos de la muerte y de la falta de dinero, renunció a los pocos meses. Su primer empleo fue público y aduanero. De ahí se llevó algunas cuartillas de papel membretado que, más adelante, le sirvieron para escribir.

En esos años, su corazón empezó a volverse incómodo, latía con deficiencias, pero no tuvo grandes episodios. Ese corazón lo molestaría el resto de su vida.

El año en que empezó a trabajar, murió su hermano Rafael tras una epidemia de tifus que se extendió hasta otoño de 1894. Él se contagió y, apenas salvado, los médicos recomendaron que Julio se alejara de la ciudad para evitar una recaída que podría ser mortal. A pedido de su tío presidente, una vez más, marchó a la estancia del General José Villar, la figura central del Partido Colorado en Salto.

Ahí estudió francés, con un profesor particular, y empezó a aparecer la guitarra, un instrumento que apretó fuerte, incluso, antes de morir.

Entre 1895 y 1897 no se sabe prácticamente nada de Julio, solo que vivió con sus padres en una casa en la calle Río Negro, entre 18 de Julio y Colonia, frente a la actual Plaza del Entrevero. Esa casa tampoco existe.

También se sabe que apareció su primer amor, una mujer llamada Celia, y esa amante que duraría casi toda su vida, Zoraida Vázquez. En 1896 le quedaban solo 14 años de corazón funcional.

 

***

 

Por 1897, la familia Herrera y Reissig vivía en San José 119. Esa fue demolida y ya no existe. En aquel momento sirvió de centro de tertulias literarias para los hijos que tenían sus cuartos separados de la casa. A ese lugar de reunión se le llamó El Cenáculo.

Victor Hugo les sirvió de piso romántico: Julio y sus amigos eran utópicos, revolucionarios y leían Les Miserables. Mientras él se involucraba en la vida poética y política, la crisis de su tío ya estaba instalada. 1897 fue el año en que asesinaron a Idiarte Borda, presidente de la República por ese entonces, y es el mismo año en que Julio Herrera y Obes se exilió en Buenos Aires, ya por tercera vez.

A doce años de morir y la semana previa a su cumpleaños, Julio escribió su primer poema y fue el primero que publicó en su vida. Empezó una serie poética cuya esencia fue política y confrontativa, gracias a ese carácter romántico y revolucionario.

La dictadura lo escribió contra una pared, de pie, afuera de lo de su tío exiliado que todavía funcionaba como centro de reuniones políticas de su sector. Fue Picón Olaondo el que le prestó esa hoja que sería la primera y sería Olaondo uno de los pocos que estaría durante los siguientes doce años.

El soneto se publicó en el diario La Libertad, dirigido por Eduardo Chucarro, el lunes 10 de enero de 1898 y funcionó como epígrafe de un editorial. Le siguieron otros poemas: Miraje en La Razón, Salve España, Fosforescentes, Canto a Lamartine, Delirio y Nocturno.

Una de las ideas que defiende Mazzucchelli en su biografía es que, a diferencia de como se ha dicho en varias ocasiones, Julio Herrera y Reissig fue un poeta que participó de la política, aunque no siempre de la partidaria.

Los meses que siguieron fueron de militancia. Hasta el día del golpe de estado de Lindolfo Cuestas, se le habían publicado siete poemas. Con 23 años escribió la Geografía de la República Oriental del Uruguay. Ese fue su primer trabajo serio en prosa en el que estuvo trabajando durante todo 1897.

Un día antes de ser nombrado secretario adjunto del nuevo Director Nacional de Instrucción Pública, por José Pedro Massera, apareció un artículo en el diario El Día al respecto de su Geografía. Hoy, el manuscrito está perdido.

Se estrenó en un mundo literario bastante conservador y del que se escapaban, con suerte, escritores como Roberto de Las Carreras, José Enrique Rodó, Acevedo Díaz y María Eugenia Vaz Ferreira. Su poesía fue, en un principio, política, militante y conservadora. Encontró un espacio en el diario La Razón, que era de un primo de su padre, y se inauguró con Miraje. Ese poema dio lugar a la primera crítica publicada de Julio Herrera y Reissig.

El 10 de mayo de 1898 se publicó el poema Salve España, también en La Razón. La guerra de la Independencia de Cuba, el episodio más importante de aquel momento obligó a todos los que se llamaban intelectuales a pronunciarse. Esta fue la forma de hacerlo de Julio y se sumó al coro que lideró Rodó.

Aunque temporalmente y por única vez. Su historia con Rodó sería compleja.

El 20 de junio, Julio vio un folleto de 16 páginas publicado con su firma. Su título era Canto a Lamartine, el nombre de uno de sus poemas. Los talleres de La Nación habían impreso dos tiradas: una para suscriptores, en dorado y blanco, y otra para el público general, en gris y negro.

La Biblioteca Nacional guarda un ejemplar que tiene, escrito por el propio Julio, lo siguiente: Al distinguido Literario, autor de La vida nueva, José E. Rodó. Lo firma el 21 de junio de 1898 y, así, empieza una estrategia consciente alrededor de la construcción de su personaje que duró toda su vida. Una suerte de publicidad personal.

Tuvo la costumbre de hacerlo editando fechas y los contenidos de sus poemas para su beneficio propio. Y fue un poeta, más bien, oral. Le gustaba recitar sus versos y casi que los componía mentalmente antes de pasarlos al papel.

Julio empezó a convertirse en un fenómeno al que incluso, Samuel Blixen, que era la voz crítica más autorizada de la ciudad, mencionó en abril de ese año, cuando sus poemas no aparecían solo en La Libertad, sino en otros diarios de mucho mayor tiraje como El Día y La Razón.

A partir de ahí, el fenómeno Julio Herrera y Reissig se fue silenciando. También su familia que pasó de ser una familia poderosa, adinerada y política a ser solamente una de las familias antiguas de Montevideo.

En junio de 1899, Julio cumplió un año de empleado público y se le dio un despacho en la sede de la Dirección Nacional de Instrucción Pública, en la esquina de Cuareim y 18 de Julio. Esa oficina ya no es oficina.

Ese año y el siguiente serían, según Mazzucchelli, de preparación. Preparación antes de convertirse en ese Julio irónico, desafiante, excesivo y, por ello, excelente poeta.

Lo que le dio más experiencia en el mundo literario fue, probablemente, La Revista. Su propuesta estaba en hacer una revista que juntara ciencia y arte y, a mediados de 1899 se puso a buscar colaboradores y suscriptores. El 11 de julio, le escribió una carta a Rodó pidiéndole colaboración en su proyecto.

Esa carta se la mandó a todo el resto de los colaboradores, pero sabía que a Rodó tenía que escribirle, además, personalmente. Y lo hizo. A los tres días le mandó una carta que ni si quiera fue respondida. En ese momento, Rodó estaba trabajando en su Ariel y, cuando lo publicó, tampoco envió un ejemplar a La Revista.

Julio se sintió visto como un poeta menor por Rodó. A partir de ahí, cuando cruzaran sus caminos sería desde lugares opuestos.

La Revista se anunció en El Día y en El Nacional. Abrió horario de oficina de 9 a 12 en su casa de San José, en el Cenáculo, y por la tarde cerraría porque sería hora de trabajar en la secretaría.

El primer número apareció el 20 de agosto de 1899 con 32 páginas. En ese primer número, el editorial de Julio fue sobre fútbol, respondido por Pedro Manini Ríos, cuya respuesta se le daría lugar en la primera página del segundo número de la revista. Manini, en defensa de la riqueza del fútbol como deporte, había sido uno de los fundadores, tres meses atrás, del Club Nacional de Fútbol.

Todos los números de La Revista, están disponibles acá. (http://www.periodicas.edu.uy/v2/minisites/la-revista/indice-de-numeros.htm)

Para el segundo número de la revista, la familia de Julio se había mudado a Cámaras 96, calle que ahora es Juan Carlos Gómez, al 1420. Hoy, esa casa está ocupada por una agencia de viajes y un café, pintada de bordeaux, con seis ventanas que dan hacia afuera y cuatro con marco blanco. Las del piso de arriba y, el propio piso de arriba, están enmarcadas con una reja baja, a modo de balcón breve.

Ahí tuvo una torre, que sería un segundo cenáculo y donde se empezó a forjar literariamente. La mayor parte de su obra se escribe en libros contables o planos del proyecto portuario que sobraban y que él reciclaba. La construcción de La Revista le permitió ejercer la crítica, decidiendo qué contenido era bueno y cuál no.

El 5 de diciembre publicó Holocausto, su primer poema dentro de su estética moderna. Empezó a leer a Baudelaire, a Rubén Darío, Horacio, Pablo el Silenciario, Meleagro, Antípater, Safo, Chateaubriand, los hermanos Grimm, la Ilíada. Un poco a Petrarca. Con ellos empezó una transformación intelectual que lo haría, esencialmente, Julio Herrera y Reissig.

Y en 1900 llegó a su vida Roberto de Las Carreras.

La tercera semana de febrero, antes de que saliera el cuarto número de La Revista, sufrió un ataque de asfixia de tan grave que los médicos lo encontraron en estado agónico. Declararon que estaba amenazado de muerte por una afección cardíaca incurable.

La morfina llegó ahí. Nunca se iría.

Siguieron su enfermedad El Día y La Razón en la sección Sociales. A mediados de marzo, ya estaba en imprenta la primera obra de Roberto de las Carreras, Sueño de Oriente. Ese libro lo haría famoso y lo desprestigiaría, al mismo tiempo. Sin conocerse aún, De las Carreras mandó una parte de su libro a Julio para que lo leyera, con intenciones de que apareciera en La Revista. Tras la lectura, Julio fue a conocerlo a su casa, a pocas cuadras de la suya en la Ciudad Vieja.

La Razón y El Día anunciaron, ambos, de la partida de Julio a un castillo a los pies del Cerro Pan de Azúcar, a la casa de Francisco Piria. A ese viaje lo acompañó Roberto De las Carreras y fue ahí donde sellaron su amistad.

Mientras estuvieron allá, a donde llegaron en tren, se efectuó la publicación de Sueño de Oriente. En vísperas de Semana Santa, ya estaban de vuelta en Montevideo y se puso a la venta el libro de De las Carreras, un libro explícito en deseo sexual.

Su amistad provocó un alejamiento entre Julio y parte de sus familiares directos, en especial su hermano Manuel. El quiebre que manejó en ese año es general: salud, estética, amistad, trabajo, valores.

El 25 de abril, La Revista publicó una crítica de Sueño de Oriente. Por más que encontraba sus puntos fuertes, Julio también mencionó los débiles, marcando una postura de igual a igual con su amigo literato.

Una tarde, durante ese otoñó, entró a su despacho una chica llamada María Eulalia Minetti. Venía de una escuela rural remota de Molles de Quinteros, que tenía a su cargo a pesar de ser interina. Apareció en Montevideo por un trámite, el de rendir examen para efectivizarse como maestra de primer grado y con ella empezó un vínculo amoroso que, al año siguiente, se convirtió en convivencia parcial. Fue un concubinato de carácter silencioso, por el escándalo que pudo haber significado.

Unos días después, perdió su independencia. Abandonó el cargo a la renuncia de Massera y volvió a su familia para poder mantenerse. Herido, en su autoestima, empezó a escribir y el resultado fue Cosas de aldea.

Al escribirlo, formuló juicios sobre algunos problemas de la burocracia. A partir de ahí, se desató un género propio en el que se hizo cada vez más experto: el ataque irónico. Aunque con ello no hizo nada, solo se lo leyó a algunos amigos cercanos y terminó por regalárselo a su hermano Carlos.

Poniendo en riesgo su corazón, decidió dejar de publicar La Revista a fines de ese año. Tampoco tenía más dinero para sustentar su emprendimiento, que antes mantenía trabajando en la Secretaría. El último número salió el 10 de julio, que era el número 13 del segundo tomo. A esa altura tenía, aproximadamente, 560 lectores.

Esta revista es la explicación de por qué Julio Herrera y Reissig se fue haciendo conocido en el ambiente literario sin tener una obra para publicar. Hasta ese momento, su obra era un puñado de poemas dispersos por la prensa uruguaya y tres ensayos.

A fin de año rompió lazos con el Partido Colorado. Existió un Julio que se movió en posición al centro unificador de la juventud colorada, tanto desde el colectivismo (sector de su tío), como desde un grupo intelectual cercano al anarquismo.

Se lanzó a hablar en un acto político en el mismo grupo de juventud que mostraba armas en un teatro y se enfrentaba a la policía. Tomaban para sí la muerte de Tomás Gomensoro. El discurso fue el 19 de diciembre por la noche, en el local de la Sociedad Francesa.

Dentro de un Partido Colorado fraccionado, a los colectivistas los habían dejado afuera de los acuerdos y el discurso iba sobre eso, sobre la pureza de los valores y de mantener una dignidad que valiera más que el poder. Sus palabras se basaron más en principios que en conveniencias.

Rodó se posicionó del otro lado, a favor de Cuestas.

Él, a diferencia de Rodó, no tenía una obra para estar tranquilo en términos de su futuro como escritor o intelectual. A él no lo conocían en España, fue director de una revista que duró demasiado poco, se encontraba en un concubinato escandaloso con María Eulalia, marcó su postura política con tendencias anarquistas y se hizo amigo de Roberto de Las Carreras.

Años después de la muerte de Julio, Teodoro Herrera y Reissig escribió en la revista mensual Hiperion, la número 87, que, aunque no se conocían, Roberto apareció al día siguiente tuteándole. Se hicieron inseparables. A ello, agregó que de Las Carreras logró efectuar una especie de poda intelectual en sus alas de poeta.

En su inconciencia o su valentía, Julio cortó lazos para siempre con todo lo que podría haberlo ayudado y darle un futuro fácil. A partir de ahí, no se lo vio más en los grupos de dirigentes políticos.

Se aisló y empezó a perder conexiones, su mundo se achicó al suyo y al de unos pocos amigos.

 

***

 

A nueve años de morir, entró el otoño de 1901. Julio empezó a escribir el Tratado de la imbecilidad del país por el sistema de Herbert Spencer y con Roberto de Las Carreras tenían más planes juntos que tiempo. Durante esa época, en esa habitación que supo ser la oficina de La Revista, siempre había papeles en el piso y un armario donde Julio guardaba su obra y sus cosas. Fue el sustituto de un escritorio y de una biblioteca.

Publicó Las pascuas del tiempo en el Almanaque Artístico del Siglo XX, una publicación que dirigían sus ex ayudantes de La Revista. Haber aparecido entre esos textos es otra prueba de que Julio le hizo creer a todo el mundo que era un gran poeta, sin tener una gran obra que lo respaldara.

Por ese tiempo ya tenía dos amigos con los que, además de Roberto de Las Carreras, tenía asiduidad. Uno de ellos era Horacio Quiroga y, el otro, Edmundo Montagne, un poeta y anarquista que nació en Montevideo, pero que se radicó en Buenos Aires desde niño. Con este último manejaron una amistad, sobre todo de correspondencia, que tuvo su mayor intensidad entre 1901 y 1902.

Pero fue Quiroga quien le mostró la bohemia vivida, no leída. En Cerrito 113, estaba el Consistorio del Gay Saber. La decadencia que manejaban Quiroga y sus compañeros literarios era la del hambre, la del alcohol y de las drogas. El propio Quiroga consumía cloroformo, opio, éter y abría las puertas de su casa a la prostitución.

Esa casa existe.

Hoy es un edificio, más largo que alto, de color celeste o verde, dependiendo del día, con muchas puertas y ventanas de madera, en la punta de la Ciudad Vieja.

Ese consistorio fue, para Julio, la inauguración de un lugar de reunión y tertulia que podía ser decadente e interesante al mismo tiempo.

Aunque Julio salía a pasear poco, por esos años frecuentaba el café Polo Bamba con de Las Carreras y con Quiroga. En otoño de ese 1901, Julio y de Las Carreras se juntaban a diario a discutir una obra que tenían entre manos y de la que cada uno se propuso escribir partes distintas. Y ese trabajo que obviamente sería crítico, empezó a ser percibido por el resto de la cultura como una conspiración que podría llegar a afectarlos.

Apareció un episodio de insultos epistolares que se publicó en varios diarios que oponía a De Las Carreras con Álvaro Armando Vasseur, otro poeta. Era Julio quien escribía las cartas de Roberto, o lo ayudaba a hacerlo, y las plagaba de insultos irónicos que terminó en una convocatoria a duelo a la que asistió el propio Julio como padrino de de Las Carreras.

Ese invierno se tiñó de intercambios entre el Consistorio del Gay Saber, Julio y Roberto. Era en la casa de él o en la de ellos, pero las visitas eran firmes y constantes. Trabajó en un libro de poesía que creyó que podría publicar al terminar y lo llamó el Libro rojo. Ese era el nombre privado de la obra, pero Quiroga se adelantó y anunció al público, una vez más a través de la prensa, que se llamaría Los maitines de la noche.

Julio corrigió tanto ese libro que le llevaría toda la vida y nunca apareció como tal.

Empezó a firmar bajo el nombre de Julio Herrera y Hobbes, en vez de su apellido materno, o su apellido paterno original. Julio dejó entrever en cartas que tomó su decisión debido al vínculo entre el Obes y Hobbes, como si uno fuera una suerte de deformación hispánica del otro y estuviera relacionado, de alguna manera, al escritor de Leviathan.

Mazzucchelli encontró que, aunque el apellido hubiera sido deformado por cuestiones migratorias, no hay ningún vínculo familiar de los Obes hacia los Hobbes. Julio no fue, en absoluto, familiar de Thomas Hobbes.

En octubre de ese año, se alejó cada vez más de su generación de escritores. Escribía mucho y se acostumbró a la morfina porque sus crisis cardíacas empezaron a ser cada vez más repetidas. También, y ayudado por el Consistorio, apareció el gusto por la experimentación con esa droga.

En ese tiempo, María Eulalia quedó embarazada de la primera y única hija de Julio.

Prueba de dónde se encontraba a nivel cultural esa pareja de amigos, fue la carta que envió de Las Carreras a Julio, abierta para que la levantara la prensa, pero solamente lo hizo uno diario de poco tiraje y anarquista. Estaban consumidos el uno en el otro y solos, alejados. Escribían mucho y publicaban muy poco, y solo lograban que se hablara de ellos a través de escándalos.

Aparecieron sonetos bajo el título que Quiroga había previsto, Los maitines de la noche. Los nombres de los poemas eran genéricos: Enero, Mayo, Julio, Octubre. Quiroga, por su lado, estaba publicando Los arrecifes y, de a poco, la distancia entre ellos empezó a crecer.

En los últimos meses de 1901 la familia Herrera y Reissig se mudó a la calle Ituzaingó, donde meses más tarde se instaló la Torre de los Panoramas. No existía ese concepto mientras existía el Consistorio y, de hecho, nunca fueron fenómenos simultáneos.

Para ese grupo de poetas, la literatura empezó a ser un tema de risa y de burlas, una ciencia que perdía esa calidad solemne y religiosa que al principio le habían dado Quiroga y Herrera.

Sin embargo, todo ese crecimiento literario se terminó en el episodio famoso en el que a Quiroga se le escapó un tiro y terminó matando, por error, a su amigo Federico Ferrando. Con ello se puso fin a la soberbia y al exceso. Al mismo tiempo, aparecieron otros problemas en la vida de Julio que lo hicieron cambiar de rumbo: la salud, que iba en deterioro constante, y el nacimiento de su hija.

Las personas a las que se cerró después de Quiroga fueron Montagne, por carta, y Roberto de Las Carreras. Pero también hubo un grupo de artistas y, a través de ellos, Julio tomó contacto con la última casa en la que vivió y la casa en la que iba a morir. Faltaban ocho años y él no lo sabía.

Ahí funciona, al día de hoy, una Ferretería y Barraca que mantiene, sobre el lado izquierda de una puerta alta de madera, una inscripción que lee: "En esta casa de Buenos Aires 375, el poeta compartió veladas con los pintores P. Blanes Viale, J.P. Montero y V. Puig, entre otros. En la casa de Buenos Aires 377 (ex 124), el poeta escribiría su Tertulia lunática para luego morir en una de sus habitaciones".

Esa casa se transformó en un espacio abierto de atelieres donde pintaban artistas como Blanes Viale, Vicente Puig, Carlos María Herrera, Carlos de Santiago y Enrique Lerena Juanicó. Fue el lugar que se abrió para sus sociales después de la muerte de Ferrando y los previo al nacimiento de su hija.

En setiembre apareció el Tratado de la imbecilidad y la poesía empezó a tener más lugar en su producción literaria. Quizá, se había sacado la prosa de encima.

Soledad Luna nació en invierno de 1902. En ese período, Julio estuvo casi siempre enfermo y nunca dejó de estarlo después de ese ataque dos años antes. Aunque tuvo períodos de calma, la muerte siempre fue una amenaza presente.

El 8 de julio, a las dos y media de la mañana, nació su hija en la casa de María Eulalia. Picón Olaondo fue el encargado de conseguir y llevar a la partera. Estaban presentes solo sus íntimos amigos: Miranda, Vallarino, Picón, De Las Carreras y Aratta.

Ya curtía su melena con raya al medio, barba rubia y bigotes de intelectual. Así, se fue el 17 de julio, después de almorzar, al juzgado de la sección 17. Era una jurisdicción alejada del Centro y de cualquier persona conocida para él.

Cuando se presentó, dijo que se llamaba José Herrera, que tenía 23 años, que era soltero, argentino, estudiante y que vivía en esa sección. Después dijo que la niña nació en Constituyente 375.

Solo dijo la verdad en cuanto a que nació el ocho de ese mes, que era hija natural suya y su apellido. De la madre dijo que era desconocida, con intención de preservar su honor. Picón Olaondo y dos testigos más firmaron el acta. La madre inscribió también, por separado, a su hija.

Durante su vida, estuvo en muy poco en contacto con Soledad Luna, aunque la presentó en sociedad como su hija. Se encargó económicamente de ella lo que pudo, que no fue mucho, porque su profesión de poeta no le permitió encargarse ni de sí mismo.

Apareció publicado el Epílogo Wagneriano a La política de fusión en la revista Vida Moderna, de Raúl Montero Bustamante. Debió haber sido el prólogo del libro, pero apareció como publicación. El libro, La política de fusión de Carlos Oneto y Viana, trataba sobre la política después de la Guerra Grande. El término "wagneriano" provenía de una referencia a Richard Wagner, un hombre que en el novecientos en el Río de la Plata, significaba un ser de tono críptico y crítico, que se asociaba al arte elevado que se supondría que el público común y corriente no comprendería.

En su prólogo/carta/crítica aparecieron decenas de páginas que referencia autobiográfica hasta que, en algún momento, se acordó de reseñar el libro. Es ahí donde volvió a firmar como Julio Herrera y Reissig, dejando de lado el Herrera y Hobbes.

Si sus escritos podían tildarlo de anarquista, un atacante de las costumbres burguesas, su pinta siempre impecable podía ayudar a compensar con un personaje mucho más complejo que aún mantenía hábitos de verse impecable.

Sin embargo, con Roberto de Las Carreras despreciaron y se alejaron de la sociedad política. Hicieron un dúo que se basó en el trabajo de la ruptura y la exhibición. No eran parte de nada, ni de nadie, ni siquiera de su propio grupo, de ellos dos. Dejarían de ser amigos en unos años.

1898 fue de militancia, de política y de romanticismo. 1899 tuvo que ver con el trabajo formal, con la introducción al mundo cultural como director de La Revista y un paso marcado dentro del tipo de estética que lo definiría. 1900 fue la primera depresión, el primer trabajo perdido, el roce con la muerte y el encuentro con Roberto de Las Carreras.

1901 y 1902 fueron los años de florecimiento de su lenguaje poético y la lectura de Rimbaud, de Samain, de todos los franceses y de Lugones.

1903 sería la construcción de ese poeta misterioso y anárquico que vivía en la Torre de los Panoramas.

La primera vez que se oficializó la Torre como lugar de reuniones y tertulias literarias fue gracias a De Las Carreras, que habló al respecto en un diario. En aquel entonces, había un cartel improvisado en la entrada que decía "Se prohíbe la entrada a los uruguayos". Había grabados, recortes de revista y una foto de Mallarmé. Le subieron una mesa de mármol y madera.

Hoy, ese edificio de color blanco, con muchas ventanas enrejadas en ambos pisos, es la sede de la Academia de Letras. Tiene algunos vidrios rotos y, sobre cada ventana, azulejos blancos y azules.

Mazzucchelli propone que, a pesar del misticismo que se encontraba detrás de ese cenáculo literario, a nivel literario no dio muchos frutos reales. Se juntaban y escuchaban a uno o dos que tenían genio. Lo que sucedía ahí era, más bien, un monólogo de Julio o de Las Carreras, más que una conversación.

Era un altillo bastante decadente donde los que más asistían eran admiradores de Julio, a los que fue apadrinando de a poco. Ayudando a otros curiosos, sin oficio de poetas, el mayor atractivo de la Torre terminó siendo Julio recitando sus poemas. Pero a sus aprendices los sobre aplaudía, a todos, aunque no todos eran sin talento. Asistían a sus reuniones Alberto Nin Frías y el poeta argentino Ernesto Mario Barreda.

Pedía al servicio de su casa que le subieran un té todas las tardes. Lo cierto es que el servicio lo prefería a él antes que a su familia porque era el más amable.

En su biografía, Mazzucchelli describió 1903 como el año esencialmente poético en su carrera. Su obra logró despegar, consiguió escribir algunos de sus mejores poemas y su imagen se desplazó hacia la de crítico intelectual.

Apareció en el Almanaque Artístico del Siglo XX varias veces y, en sus colaboraciones, hizo énfasis en sus traducciones de los poemas de Samain y Baudelaire. En junio de ese año publicó doce sonetos. Fue la primera vez que reunió tantos poemas en una sola tirada. En julio, expuso su primer relato de nombre Aguas del Aqueronte que, en otra versión, se llamó Delicias fúnebres. Ese cuento tiene gajes autobiográficos, con un personaje principal adicto a la morfina.

Por esos meses también apareció su manifiesta de la diéresis silenciada y la republicación de Ciles alucinada en Vida Moderna. Delmira Agustini, muy joven aún, cumplía tareas de redacción en esa revista importante del Montevideo del Novecientos. Con un tiraje de 7500 ejemplares, Agustini escribió una presentación de Herrera y Reissig.

A comienzos de setiembre, Florencio Sánchez había viajado a Montevideo para publicitar su obra nueva y, en una de las visitas a la Torre, la leyó a los contertulios. Esa obra era M´hijo el dotor.

Julio publicó tres poemas más para fin de año. Su lugar en La Alborada y Vida Moderna consagraron a Herrera y Reissig como figura poética.

A siete años de morir, su faceta de poeta volvió a agarrar notabilidad pública.

Habiendo terminado su relación con María Eulalia, la madre de su hija, continuó su camino entre mujeres. Zoraida Vázquez se mantuvo ahí, y se mantendría hasta que las cosas se pusieran más serias con Julieta de la Fuente. La conoció en diciembre de 1903, a siete años de morir, y se casó con ella a dos años de ese último día.

Antes de conocerla por primera vez en un banco del Parque Urbano, hoy Parque Rodó, hubo un intercambio de cartas. Pero lo seguiría habiendo una vez conocidos, estando cerca o lejos. Julio escribía muchas cartas, a toda hora y casi todos los días.

1904 fue cuando publicó dos críticas que son las principales y las más largas de su obra. Las llamó Líricas. Una, Lírica autumnal, dedicada al libro de César Miranda, Letanías simbólicas. La otra, Lírica invernal, dedicada al primer libro de Paul Minley, Mujeres flacas.

En lugar de hacer crítica literaria en referencia a los libros, hizo crítica social refiriendo a ellos. Ambos se publicaron en La Razón y en la primera página del espacio editorial.

Lírica autumnal, pulida durante 6 meses, apareció en cuatro entregas sucesivas de mayo. El propósito de este texto fue, al igual que toda su obra, el de liquidar falsas distinciones y exigir, a través de la ironía, que la práctica artística se ajustara lo más posible a los ideales proclamados.

Si Lírica autumnal es un texto híbrido entre el poema en prosa, la autobiografía y el ensayo teórico, Lírica invernal es un ejemplo aún más acabado de la excelencia a la que llegó Julio en este género.  

Para el invierno de 1904 ya estaba distanciado de Roberto de Las Carreras. Empezó una competencia directa cuando de Las Carreras emuló una crítica, un texto propio, también sobre el libro de Minelli y también en La Razón.

Por ese entonces, Julio ya era muy amigo del músico Eduardo Fabini, con quien pasaba muchos domingos en expedición a la quinta de su hermano Carlos, por Trouville. A veces, se complementaban y, cuando Eduardo tocaba algún instrumento, Julio recitaba poesía.

Con un país en guerra civil, Julio se fue a la ciudad de Minas. Ahí conocía a su hermano, que trabajaba para el gobierno local como encargado del Mercado de Frutos, a Alfredo Varzi, juez letrado en la ciudad y escritor y, en mayo y junio, a Francisco Aratta.

Aunque a Aratta lo vio, se mantuvo alejado de los problemas que se había construido con los minuanos cuando lo habían acusado de robo y lo habían echado de la ciudad. Sobre todo, acompañó a su hermano que estaba enfermo, pero leve. Allá vivió banquetes, aburrimiento y caminatas por los cerros donde encontró paz y, al parecer, quedó impresionado.

Cuando volvió de Minas empezó a trabajar en Los éxtasis de las montañas, una serie de poemas que se alargaría en los seis años de vida que le quedaban.

Un viernes de agosto, junto a su amigo dramaturgo y estudiante de medicina, Andrés Demarchi, Ernesto Novelly y otros, participaron de un ensayo teatral que terminó en una cena. Días después, se reunieron a festejar el éxito de la pieza. En ese entonces, se publicó en La Razón, un texto escrito por Julio bajo el título de Brindis por Andrés Demarchi, uno de los pocos textos donde Julio habló de su propia Torre.

En setiembre, la Torre dejó de existir por la partida de Julio a Buenos Aires. Se fue un 17 de ese mes, con la guerra ya terminada, con Saravia muerto y con Batlle y Ordóñez siendo presidente.

Cruzó el Río de la Plata, en parte, por la presión de su familia. Querían que dejara de ser una carga económica, dada su situación, y que lograra un puesto de éxito en una ciudad que tenía mucho más para ofrecerle. En su casa, la situación caía en la decadencia: enfermedad, vejez y cada vez menos dinero.

 

***

 

Herminia, hermana de Julio, a los 22 años ya estaba instalada en Buenos Aires. El mismo 17 de setiembre, a Julio le llegó un telegrama de su hermana diciéndole que apenas pisara la ciudad, se fuera al hotel de Alberto B. Martínez, un tío de su padre, en Lavalle 1194.

Sin poder despedirse de Julieta De La Fuente, abordó el vapor de la carrera y demoró toda la noche. Llegó a un Buenos Aires sin Avenida 9 de Julio y sin Obelisco, a un Buenos Aires donde no conocía ni una calle, ni nadie lo conocía a él.

Casi diez días después, Julio se mudó a una pieza en Lavalle 1161, en la vereda de en frente al palacete de los Martínez, donde duró solo unas semanas. Ese cuarto en el que vivió un tiempo, al parecer, tenía mala iluminación, mugre, vecinos indeseables y ruidosos y muebles en mal estado.

Durante su estadía le mandó cartas a su novia, Julieta, pero también a Eduardo Fabini, su amigo. El lunes 3 de octubre empezó a trabajar en la Oficina del Censo que funcionaba en el edificio del Correo, en aquel entonces en la calle Bolívar.

En Buenos Aires no lo felicitaban por sus poemas, lo felicitaban por su puesto de trabajo nuevo. Para él, en vez de halago, era una ofensa.

En noviembre se mudó, definitivamente, a un edificio en Defensa 487, que compartiría con Dante Conti. Fue un lugar que tuvo la ventaja del precio, de quedar a un par de cuadras de la Oficina y de la buena convivencia.

A partir de ese mes, ya lo empezó a rodear un grupo de escritores y periodistas. Participaba regularmente de las tertulias en lo de Martínez y hasta armó la suya propia. Allá frecuentaba a los escritores Naón, Bernárdez y Maciel. Naón ya le había dedicado un poema a Herrera tres años atrás.

En materia de publicación, su primer logro fue colocar una crónica de tono feminista y humorístico, Contra el Censo, en El Diario de Buenos Aires.

En una carta, Ylla Moreno le confesó que Montevideo estaba postrado, aburrido, decadente. El Cenáculo se juntaba, a veces, en casa de Ylla, pero él estaba enfermo, así que se veían cada vez menos.

Si hay algo que Julio hizo, constantemente, durante su estadía en Buenos Aires fue escribir poesía. Y ahí empezó a encontrarse con sus sonetos Los éxtasis de las montañas. Generalmente, escribía de noche.

Su enfermedad cardíaca empezó a ponerse más grave y, a partir de noviembre, con una tertulia en su casa, frecuentada por personajes sin relación con la poesía, su vida en la calle Defensa tomó tintas de poesía, morfina, encierro y bohemia. Y estaba lejos de ser un empleado modelo, faltaba con frecuencia al trabajo.

Había publicado algunas poesías en El Diario, en Buenos Aires, y fue eso lo que le abrió una puerta que duraría hasta su muerte. El Diario Español apareció desde febrero de 1905 y se convirtió en su principal canal de publicación y producción. Su director era Justo López Gomara y, aunque le pagaron poco, fue un ingreso fijo que cuidó siempre.

Tres colaboraciones mensuales equivalían a un poco más de un sueldo mensual de un jornalero en la construcción o en la fábrica y, a pesar de eso, fue un lugar de varias poesías inéditas y un par de crónicas. Publicó el cuento Madmoiselle Jaquelin, sobre una señora mayor que vive en el segundo piso de su edificio y lo enamora tocando el piano. También apareció Eppur si mouve.

Mientras le mandaba cartas a Julieta, algunas subidas de tono, se enamoró de varias mujeres en Buenos Aires. Una fue Claudina, que tocaba el arpa en casa de los Martínez. Otra, y con la que tuvo una relación más intensa, fue Malena. Ella fue su amante fundamental en la ciudad porteña. Incluso, le dedicó dos poesías: Consagración y El enojo.

A final de febrero, Julio volvió a Montevideo y no se despidió de Malena. Le mandó una esquela diciendo que no iba a poder ir. Ella no tenía idea que era una despedida y, la próxima vez que lo vería sería en su entierro en el Cementerio Central. Julio escuchó (o leyó en alguna carta) que Julieta había estado conversando con Emilio Frugoni y, quizá, esa haya sido una de las razones de su vuelta. Pisó suelo montevideano el primero del siguiente mes.

El 5 de marzo, con Julio en Montevideo, se publicó El círculo de la muerte, que escribió el poeta y dejó pronto antes de volver. Fue un ensayo de reflexión historiográfica y teórica sobre la estética.

En Montevideo, algo se había roto. Su vida no funciona igual que antes, la Torre de los Panoramas ya no era visitada, él no era casi visitado y puso fin a su relación con Zoraida Vázquez para encarar seriamente su relación con Julieta. Esa ruptura lo angustió mucho y más lo hizo cuando Zoraida decidió casarse con otro hombre. En ese tiempo escribió el poema Sepelio.

Se peleó con el padre de su novia, quien desconfiaba de las intenciones de Julio y quien obviamente leyó las cartas que le mandó a su hija desde Buenos Aires. Se pelearía hasta 1906, cuando el 15 de febrero su suegro murió y, después de eso, no quedaron grandes oposiciones al noviazgo.

De Buenos Aires, Julio se trajo un espacio de publicación permanente, El Diario Español, romances, memorias, un grupo de amigos intelectuales y también poemas. Escribió estando allá los Sonetos Egológicos. El 2 de abril publicó esa serie de poemas bajo el título general de Las manzanas de Amarillys que, más tarde, formaron parte de la serie Los éxtasis de la montaña.

Aunque su éxito empezó a caminar, nunca fue un poeta masivo. En un contexto literario sin dinero para sus protagonistas, su familia empezó a enfermar. Su hermana, su madre y su padre cayeron en decadencia por diferentes razones y, de a poco, empezaron a convertirse en una carga.

Entre angustias y con pocos amigos que realmente lo visitaran, Julio escribió Las clepsidras y su Blanca berceuse, su canción de cuna final.

 

***

 

1905, cuando le faltaban cinco años para morir, fue de los peores años de su vida: las peleas con el padre de su novia, su enfermedad, la decadencia de su familia y la imposibilidad de, de ahora en más, poder dedicarse solo a las letras. Más allá de su sueldo breve, pero estable, de El Diario Español, Julio tuvo que embarcarse en una serie de proyectos, algunos más extravagantes que otros, para generar algún tipo de estabilidad económica.

El primero apareció en setiembre de 1905. Se dirigió al diario El Uruguay, cuyo director era Benjamín Fernández Medina y negoció con él para que lo contratara. Julio empezó su carrera como cronista de la sección Sociales entre finales de 1905 y principios de 1906, intentando darle un aire literario a sus publicaciones.

Ese espacio en los diarios, era un área de gran importancia en la organización social de los Novecientos. Era la forma de enterarse qué pasaba y era, como se vio hasta ahora, un espacio donde los intelectuales intercambiaban cartas o expresaban opiniones. El Uruguay era un diario colorado, del sector de Batlle y Ordóñez y Julio debutó entre Oneto y Viana, Ángel Floro Costa, Carlos Manini Ríos e, incluso, colaboró con una nota Samuel Blixen.

Su primera publicación fue el 22 de setiembre, era una nota que comentaba el proyecto de transformación de Plaza Independencia. Firmaba sus columnas con el pseudónimo Lohengrin y obtuvo del director una especie de patente para escribir su opinión sobre la ciudad y sus cambios. Durante los tres meses que duró El Uruguay, Julio mostró su curiosidad y su pasión por  la ciudad de Montevideo.

Mientras escribía en El Uruguay, alguien creyó o inventó que Julio se había vuelto loco. A principios de octubre, varios diarios y revistas porteñas contaban que Julio había perdido el juicio y que se lo había mandado a un psiquiátrico. Fue Aratta quien mandó una carta desmintiendo esa noticia, cosa que se publicó el 6 de octubre en El Diario Español. También en octubre y también en ese diario, aparecieron algunos sonetos de Los maitines de la noche.

El año cerró, para Julio, con la publicación de uno de sus textos en prosa. Se trataba de un prólogo para el libro Palicedes i púrpuras de su amigo argentino Carlos López Rocha. Se tituló Syllabvs. A.B.C.D.E.F.G.H. y se anunció en El Uruguay y en El Siglo.

Pero 1905 también dejó la inclusión de 19 poemas de Julio en El Parnaso Oriental, la primera gran antología de poesía uruguaya que publicó Raúl Montero Bustamante en Barcelona. Ese libro fue una muestra de la relevancia cultural de la figura de Julio en esa época.

En los primeros días de 1906, consiguió una changa en un diario nuevo, La Prensa, tras haberse cerrado El Uruguay. El primer número apareció el 16 de enero y ya incluía una colaboración de Julio, un soneto llamado Noche que no era inédito, ya lo había mandado a El Diario Español. A partir de ahí, volvió a tomar el rol de cronista de Sociales y publicó, en total, siete siluetas, además de gacetillas anónimas, hasta el 31 de marzo.

En marzo fue que dejó de trabajar y, para ese momento, su obra poética ya tenía volumen, aunque se daba a conocer de manera dispersa, en diarios y revistas. En La Prensa cobraba poco y, según la biografía de Mazzucchelli, quizá por eso el orgullo lo mantuviera de mandar poemas inéditos.

En 1906 apareció otra mentira. Decía el diario La Prensa que Julio se había pasado al Partido Nacional y enseguida se desmintió en La Tribuna Popular con un texto donde reafirmó que aún sin dinero, sin trabajo y sin respaldo de prácticamente nadie, no quería nada de la política si eso implicaba entregar su independencia.

En un ida y vuelta de diarios, Julio pasó a ser un trofeo de guerra entre bandos políticos. A La Democracia, en especial, le interesa dejar bien en claro que la independencia de Julio implicaba, también, no ser colorado. Julio estaba negociando su ingreso como redactor de la planta de La Democracia, un diario blanco.

En todo esto hubo un cierto orgullo partidario y quedó claro el primero de mayo cuando La Democracia publicó un anuncio de que Julio era parte de la redacción. El trabajo de Sociales iniciado en El Uruguay, continuado en La Prensa, pasó a La Democracia.

Estando ahí, accedió a publicar poemas dirigidos a un público distinto de aquel al que dirigía su mejor obra. Estrenó el 15 de abril con un poema llamado El beso, del cual aclaró su temática en un texto previo.

1906 también fue el año en que Carlos Roxlo volvió de Buenos Aires, asumiendo su posición de secretario de redacción en La Democracia. El director, Luis Alberto de Herrera, viajó a Estados Unidos el 15 de julio y, quedando Roxlo a cargo, una de sus primeras medidas fue terminar con el contrato de Julio para recuperar el control del área de Sociales. Él le había dedicado su poema La vida, uno de los más largos hasta el momento.

Llegado el otoño, también llegó el final de su amistad con Roberto de Las Carreras. Fue un final público y polémico, como también fue su amistad. Roberto se había cruzado con el poema La vida en La Democracia y escribió una carta a Eduardo Ferreira, de La Tribuna Popular. Escribió sobre ese Julio nuevo, ese que escribía para las secciones de Sociales, ese que le dedicaba tiempo a su novia y ese que bajaba la calidad de su poesía para mayor consumo de los lectores. A De Las Carreras le parecía una traición a aquello que habían sido alguna vez. Y lo era.

El 18 de abril, Julio se desayunó esa publicación y respondió con otra titulada Palabras del buen ladrón en La Democracia, el 19 de abril. Ahí ventiló asuntos privados e, incluso, acusó a De Las Carreras de plagio.

En 1907, el 19 de enero, apareció un reportaje de la revista más popular en Argentina, Caras y Caretas. El título era Los martirios de un poeta aristócrata, escrita por Juan José Soiza Reilly, que se dedicó a contar el estilo de vida de Julio.

A partir de ese reportaje, con esa consigna, fue que apareció la foto de Julio inyectándose morfina que, en realidad, era una foto actuada y la morfina era agua. La foto la hicieron porque fue idea de Julio quien, quizá, sí quería mostrar ese lado suyo para seguir publicitando su personaje de poeta oscuro y misterioso.

Lo que le siguió a 1907 es la publicación de El baño, soneto parte de Los éxtasis de las montañas, en la revista montevideana Apolo. Después llegaron Las clepsidras, otro grupo de poemas, y La Nueva Atlántida.

Fue otra revista generada por Julio, para la cual pidió ayuda a Aratta y a Vasseur en menor medida, que se imprimió a finales de abril. Abarcó temáticas dentro del pensamiento científico moderno, pero también incluyó algo de literatura. Hubo buenos colaboradores, una gran cantidad de suscriptores y de publicidad, y la segunda edición hubo aún más.

Cuando Julio parecía estar mejorando en cuanto a sus proyectos, y con solo tres años de vida restantes, el 7 de julio murió su padre, Manuel Herrera y Obes. Manuel, su hermano, empezó a hacerse cargo de la situación familiar y la Torre de los Panoramas quedó oficialmente clausurada. De todas formas, ya no iba casi nadie.

Ocupó junto a su madre y sus hermanos una casa modesta en un edificio construido como inversión para alquiler de empleados e inmigrantes. El edificio quedaba sobre la calle Washington 64, actual 213. El 12 de marzo de 1908, murió Luisa Herrera y Reissig, hermana de Julio.

Ese año siguió con Los éxtasis de las montañas y con Los parques abandonados. Escribió 19 opúsculos que publicó desde noviembre de 1907 hasta enero de 1908 en el diario El Eco Del País, dirigido por Martín Aguirre. El Ministro de Hacienda de Claudio Williman, sucesor de Jorge Batlle y Ordoñez, era Blas Vidal y Julio defendió su gestión en sus artículos que cumplían el rol de ser ensayos de economía política. 

En ellos, emprendió una larga campaña pública para defender algunos puntos del nuevo gobierno colorado. Para hacerlo, se creó un alter ego llamado Eugenio Sabio que tenía una visión más liberal y que se animó a hacer una defensa a las prostitutas y su situación laboral.

A final de 1907 conoció a un joven de 18 años que se volvió su amigo en los tiempos más oscuros, Natalio Botana, que había luchado en Masoller con Saravia. En la biografía de Mazzucchelli, Botana aparece como el niño mimado de Julio, a quien le regaló una primera edición de René Francois Armand Proudhomme. Él se encargó de que se publicaran poemas suyos en El Eco Del País y Julio le dedicó alguno. Tuvieron el hábito de ir al hipódromo más de un domingo.

Al año siguiente, Julio fue contratado por una compañía de seguros nacional, competidora de las extranjeras que Julio había criticado a través de Sabio en los opúsculos. Se trataba de La Uruguaya, que lo empleó como corredor a comisión.

En marzo de 1908, a pesar de la debilidad que venía sumando su enfermedad, Julio se propuso escribir una obra de teatro para mandar a un concurso que tenía paga. A esa altura, estaba viviendo en la calle Buenos Aires, en un apartamento que le prestó la familia de su novia. La obra se llamó La Sombra que recién se publicará íntegra en 1961, bajo dos lugares y con nombres distintos: La sombra, para Roberto Ibáñez y Alma desnuda, para Roberto Bula.

Aunque el concurso prometía un grado de seriedad altísimo por el talante de sus jueces, la entrega de premios nunca se efectuó.

 

***

 

En 1908 estaba cada día más pobre. En mayo participó, como convocante, en la formación de una Sociedad de Autores y en mayo también decidió que se casaba con Julieta de La Fuente. El casamiento estaba previsto para el 16 de julio, pero se fue posponiendo para unos días más tarde. Julio, entonces, precisaba ganar un sueldo estable con urgencia.

El casamiento no fue una ceremonia solemne, sino que fueron los familiares a la iglesia y, después, hubo un festejo con muy pocos amigos que tampoco traían vestimenta formal. Se postergó dos veces y terminó siendo el 22 de julio, lo que, según Mazzucchelli habla de los pocos invitados que había que les permitía el cambio de fecha sin problema alguno.

En el acta de matrimonio, Julio se puso de profesión la palabra "literato". Si su mejor amigo de ese entonces, César Miranda, estaba presente, otras personas tan importantes como su madre no lo estuvieron. A esa altura, Carlota Reissig sufría de una ausencia mental completa, sin reconocer a sus propios familiares, y murió unos días después.

Los testimonios en el libro de Mazzucchelli coincidieron en lo amargo del dolor de Julio y todo lo que lloró esos días.

Una vez casado, la vida de Julio entró en una faceta más simple. Se recluyó en su habitación en la calle Buenos Aires, cultivó una barba de hombre maduro, escribió mucho e invitó poco a sus amigos a visitarlo. Tuvo un gato llamado Holofernes que lo acompañó.

Le quedaban solamente dos años de vida.

Su dimensión pública tomó un camino diferente, por entonces. Julio pasó a ser no solo un poeta, sino un misterio literario al que había que ir a visitar antes de morir. En esa línea, conoció a Alberto Zum Felde.

Julio escribió sus Sonetos vascos y los fue publicando en El Diario Español, esa fuente de ingreso constante, sin ese título y como parte de la serie Los éxtasis de las montañas. Sus investigaciones lingüísticas se volvieron extrañas y apareció, por ejemplo, al reverso de un manuscrito un juego de palabras con el nombre de Miranda:

César Miranda Cansa de Mirar Cae de Minas Casa de Minas Cana de Mirar Corre Gira Mandare a Cira Cansa Mandarin Cesar de Mirar Mirar a Manda ir Cesar Mandar ir Cesar.

Si en 1906, Julio había empezado a interesarte por el espiritismo, la ciencia de la comunicación con espíritus, en 1908 fue gran parte de su vida. Las pocas veces que salía de su casa incluía reuniones de esa naturaleza. Llegó a realizar sesiones espiritistas con médiums en su propia casa.

En realidad, tampoco salía mucho de ella, porque el dinero y la salud no se lo permitían. Cuando lo hacía, compraba unos panes dulces en la panadería de la vuelta y se tomaba un cafecito en el Polo Bamba. Para los que lo veían rara vez, pasó a ser una especie de leyenda. Pero, con o sin fama, la enfermedad no lo perdonó nunca y en esa época la morfina se volvió cada vez más frecuente y más necesaria. Llegó el punto en que se la aplicaba en cualquier parte del cuerpo.

El final de 1908 se acercó con un texto que publicó en la prensa, en diciembre, que era un saludo a un trabajo de Ricardo Sánchez, conocido suyo. Con una invocación a Saturno entremezclada, el saludo terminó por ser, más bien, un manifiesto disimulado.

En ese mismo diciembre, dos amigos de apellido Falco y Facio lo recomendaron ante La Uruguaya, una compañía de seguros de vida. Como no tenía tiempo para que llegara su primer cliente, y su primer comisión, Julio pidió un adelanto a la compañía sin siquiera haber firmado un contrato. Necesitaba hacer compras para las fiestas de fin de año y, al no recibir su adelanto a tiempo, le escribió al gerente una carta con el tono de alguien que estaba harto de que el dinero le complicara la vida.

Firmó el primero de enero de 1909, a un año de morir, y la primera persona a la que intentó venderle un seguro fue a Carlos Roxlo.

Un importador de vinos, Campá y Pintos, Comisiones y Consignaciones, que vendía una serie de pipas de vino francés, convenció a Julio de que comprando las que tenían almacenadas y embotellando vino, tenía un gran negocio entre manos. Aunque Miranda le anticipó que preveía un fracaso, lo acompañó.

Y así fue,  las ventas de vino no fueron lo esperado, hubo una estafa del distribuidor y las botellas restantes fueron consumidas por su familia.

Mientras que sus hermanos figuraban como jefes de hogar en sus casas, en las guías, la casa de Julio figuraba bajo el nombre de su suegra. Eso era un síntoma de un Julio dependiente, que vivía en la casa de la familia de su mujer, que no podía conseguir un trabajo estable y digno, y no podía hacer negocios fructíferos. En abril de ese año, le pidió a César Miranda 25 pesos para pagar el alquiler y agregó que era él quien debía hacerse cargo, por una cuestión de dignidad.

Envió sonetos de la segunda serie Los éxtasis de las montañas que, en el diario, anunció como Sonetos egológicos.

En esos días redactó un decreto, arrogante, que fue una reacción a las polémicas del año anterior, o quizá a Rodó quien, finalmente lo reconoció incluyendo solamente tres poemas, y no de los mejores, en una antología de poesía iberoamericana que preparó para la Biblioteca Internacional de Obras Famosas. Fue, más bien, un desahogo frente a si situación personal, ya dramática, que firmó como si estuviera en la Torre de los Panoramas, una torre que ya no era hacía años.

La última aparición en público, cada vez más cerca de su muerte, fue en una ocasión extraña. En mayo se cumplió el primer aniversario de Alcides de María, un escritor criollo popular y creador de la revista El Fogón. Se hizo, en el Cementerio del Buceo, un homenaje en su memoria. El organizador era Aratta, el amigo de Julio y posiblemente solo por eso se explique que Julio fuera el orador más importante habiendo evitado emplear lenguaje gauchesco en toda su obra.

Leyó el 23 de mayo, en el cementerio donde le confesó a Julieta que le hubiera gustado ser enterrado, su Elogio a Alcides de María.

El invierno lo derribó y el 10 de julio de 1909, La Razón informó que Julio estaba en cama. El 18 de agosto, tuvo un episodio de crisis cardíaca que lo dejó inconsciente, del cual se recuperó en un período largo.

El Liberal, que informó llamándolo "el primero de nuestros poetas" se molestó con el silencio de los colegas y de los diarios. Pasando la mayor parte del tiempo en su cama, frecuentó la guitarra, ese instrumento que lo acompañó siempre, pero nunca fue protagonista.

En los años anteriores Julio había pensado mucho en ordenar su obra que, según él, serían catorce o quince libros, pero ese orden nunca llegó.

En octubre, logró una versión final de un poema importante que, hasta noviembre de 1909 se llamó La torre de las esfinges y, abajo, un texto especificaba "Tertulia lunática". Agregó un subtítulo, "Psicologación morbo-panteísta", que fue su segunda elección, no la primera, pero fue la que permaneció.

Finalmente, el poeta estuvo por publicar con Orsini Bertani un libro donde reuniría todos sus trabajos conocidos y algunos inéditos.

Al morir el hijo de Bertani, se postergó el trabajo sobre Los peregrinos de piedra, el libro que hubiera reunido las obras de Julio. Fue esta demora la que hizo que Julio nunca haya visto en vida su propio libro. Por esos días, raramente se levantaba de la cama y corregía su libro de manera obsesiva, ayudado de a ratos por Miranda.

En algún momento trabajó delirando por la infección que le produjo una de las inyecciones de morfina, pero la ansiedad no se le calmó.

A mitad 1909, lo visitó Andrés Demarchi. Lo vio en aquel estado físico, en ese estado de salud y de pobreza, y decidió escribir una carta al presidente Claudio Williman. Aunque la carta se publicó en La Razón, la gestión de intentar darle un soporte económico a Julio en los últimos años de su vida, no tuvo ningún éxito.

Julio, por su parte, había intentado que su único amigo cercano en la Cámara de Diputados, Oneto y Viana, intercediese por él para conseguir algún medio de vida. Las primeras gestiones, del mes de julio, no dieron resultados.

Escribió, con las pocas fuerzas que tenía ya, una carta de desahogo que, para bien suyo, nunca envió. Ahí dijo:

... que a mí no me han hecho, sino que soy; que es más lo que merezco, que lo que he pedido, y que siempre daré más de lo que se me ha dado.

A finales de 1909, el presidente recibió a Julio en su residencia de Pocitos, en Avenida Brasil y Ellauri, a las diez y media de la mañana. En el acuerdo presidencial del 5 de febrero, Julio fue nombrado titular de un cargo ínfimo, subarchivero bibliotecario del Departamento Nacional de Ingenieros.

En marzo de 1910, ya no quedaban años para que viviera, ya no quedaban años para su muerte. El corazón empezó a dejar de contenerse.

El día antes de morir, le confeso a sus dos hermanos Carlos y Teodoro, "este es el final, qué malo es morir así, sin haber hecho nada". Le pidió a Julieta que le permitiera ver a su hija, pero esa reunión nunca llegó a ser y, a las seis y media de la mañana del 18 de marzo, el corazón de Julio se agotó.

Dejó de latir veinte minutos después de salido el sol.

 

***

 

Hoy, en su nombre, existe una avenida que empieza en Avenida Julio María Sosa y termina en 21 de setiembre, o viceversa, en Punta Carretas. Es la calle sobre la que habita la Facultad de Ingeniería y una de las que atraviesa el Parque Rodó. Está apoyado, también, el Estadio Luis Franzini, el Museo Nacional de Artes Visuales y algunas canchas deportivas.

Quizá, sea irónico, o verdadero, que José Enrique Rodó tenga otorgado un parque inmenso y que Herrera y Reissig sea una avenida que lo cruza, apenas, en unas cuadras. 

Por Federica Bordaberry