Juan Pablo Cibils: “Nunca tuvimos adolescentes tan conectados y tan solos”
El psicólogo presenta "Adolesienten re-cargado", un libro sobre redes, IA, apuestas, pornografía y el rol de los adultos.
Por María Noel Domínguez
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El psicólogo Juan Pablo Cibils acaba de publicar Adolesienten re-cargado, su segundo libro sobre adolescencia, y desde el arranque aclara que no es la continuación del anterior, sino otro libro. El mundo cambió —y con él, los adolescentes que lo habitan— y eso justifica volver al tema. En diálogo con Montevideo Portal, Cibils recorrió los fenómenos que dan forma a la adolescencia actual: redes sociales, pornografía de acceso libre, apuestas en línea, inteligencia artificial y la ansiedad vocacional que genera un futuro cada vez más incierto. Su tesis central es que los adolescentes no están peor que antes, pero sí están siendo más exigidos. Y que los adultos también, aunque con una diferencia crucial: los jóvenes lo viven con mayor fragilidad y sensibilidad.
El concepto de "recargados" atraviesa todo el libro y no aplica solo a los adolescentes. Los adultos también cargan con responsabilidades, dinámicas laborales, culpa, incertidumbre sobre cuánta pantalla es demasiada y dificultad para poner límites. Ese agotamiento tiene consecuencias concretas: el adulto pierde autoridad, paciencia y tolerancia, y termina cediendo con un "Ta, hacé lo que quieras", justo cuando el adolescente más necesita que alguien sostenga una postura. Cibils señala que las necesidades de fondo de los jóvenes no cambiaron —la búsqueda de pertenencia, la construcción de identidad, la necesidad de ser aceptados—, pero el escenario en que esas necesidades se despliegan es radicalmente distinto: uno en el que el adolescente está disponible, expuesto y comparándose de forma casi permanente. La paradoja que el libro subraya es que nunca tuvimos adolescentes tan conectados y, al mismo tiempo, tan solos, con indicadores de depresión y ansiedad que no dejan de crecer.
Sobre la prohibición de redes sociales —un debate que ganó fuerza a partir de experiencias como la de Francia— Cibils es claro: prohibir aleja de la oportunidad de enseñar a vivir con la tecnología. La pregunta relevante, dice, no es cuánto tiempo pasa un adolescente en la red, sino qué hace cuando está ahí y qué contenidos consume. No es lo mismo dos horas scrolleando sin rumbo que dos horas aprendiendo algo o ejerciendo la creatividad. En esa misma línea aborda la pornografía: lo más peligroso no es el acceso en sí, sino que ocurre cada vez más temprano y sin ningún acompañamiento adulto, lo que puede dejar marcas en cómo el joven construye su sexualidad y su afectividad. Si el adulto no sabe lo que su hijo mira o consume, pierde la oportunidad de acompañar. Lo mismo aplica a los algoritmos: al segmentar y repetir contenido afín, reducen la diversidad de vínculos y terminan relacionando al adolescente solo con personas muy parecidas a él, empobreciendo la riqueza del encuentro con la diferencia.
El libro también propone herramientas concretas. En términos de comunicación, Cibils sugiere no limitarse a preguntarle al adolescente cómo le fue en el liceo, y animarse a pedirle que enseñe cosas que le gustan: a qué juega, qué lo entretiene. Eso acerca. En términos comunitarios, propone construir acuerdos entre redes de padres —acordar a qué edad se entrega el celular, establecer que en ciertos cumpleaños no hay dispositivos— y señala que los centros educativos tienen la responsabilidad de convocar esas conversaciones, porque no es algo que se pueda resolver desde un grupo de WhatsApp. El deporte aparece como un factor protector de salud mental respaldado por evidencia: enseña a trabajar en equipo, a seguir a una figura de autoridad, a tolerar la frustración y a desarrollar habilidades con esfuerzo, siempre que no se convierta en una fuente de presión que le quite el disfrute. Y frente a la etiqueta "generación de cristal", Cibils la rechaza: ve jóvenes que hablan de salud mental con una naturalidad sin precedentes y que tienen una sensibilidad y creatividad notables. Lo que tienen, dice, es un contexto más exigente. Y ante eso, lo que no pueden hacer solos es pausar, parar, desconectar. Para eso siguen necesitando al adulto.
Esta es parte de la charla con Montevideo Portal.
El libro anterior hablaba de adolescentes y este incorpora todo lo que tiene que ver con tecnología e inteligencia artificial. ¿Es una continuación?
No, es otro libro. Mucha gente me pregunta si es el segundo tomo, y no lo es. Sigo pensando sobre adolescencia, pero el mundo siguió cambiando y hay otras realidades a las que los adolescentes de hoy se enfrentan. Esas nuevas realidades tienen que ver con el concepto de estar recargados, de ahí el título.
Hay datos preocupantes: depresión, consumo, pornografía. Los adolescentes parecen más vulnerables que antes.
La pregunta importante no es si están peor que antes, sino entender que el mundo en que están ha cambiado. Hay indicadores de malestar psicológico claros: mayores índices de ansiedad, depresión. También hay fenómenos nuevos como las apuestas en línea. La lógica no debe ser verlos como que están peor, sino que están siendo más exigidos. El contexto actual les exige estar disponibles casi permanentemente, compararse de manera constante y vivir bajo una exposición que no tiene pausa. Eso es lo que hace que todo cambie tanto.
Pero antes decías que, al final, los adolescentes no estaban tan perdidos.
Las necesidades de los adolescentes siguen siendo las mismas o muy similares: la búsqueda de pertenecer, la construcción de identidad, la necesidad de ser aceptados. Lo que cambia es cómo eso juega con la inteligencia artificial, las redes sociales, las apuestas, la pornografía, el consumo y, también, con los propios padres.
El libro también señala que los padres estamos complicados, también conectados, expuestos.
Los padres también son otros padres. También conectados y expuestos. Los padres pierden autoridad, paciencia, capacidad y tolerancia para enfrentar una discusión. Rápidamente aparece el "Ta, hacé lo que quieras". El título "recargado" también tiene esa lectura: no solo representa el mundo adolescente, sino el mundo que los adultos habitamos. Estamos recargados de responsabilidades, de dinámica laboral, de culpa, de dudas sobre cómo acompañar a los adolescentes con las pantallas, con los límites. La diferencia clave es que en ese mundo recargado para todos, los adolescentes lo sienten con mayor sensibilidad, por su fragilidad particular.
Hay países, como Francia, que directamente prohíben las redes sociales para menores. ¿Tiene sentido esa discusión?
La discusión tiene que ir más allá de cuánto tiempo se usa la red, ir hacia qué se hace cuando se está en ella. No es lo mismo pasar dos horas haciendo scroll sin sentido que pasar dos horas aprendiendo algo nuevo o estimulando la creatividad. No hay que demonizar la tecnología: hay evidencia de que el uso excesivo afecta cosas importantes, pero también es parte del mundo en que vivimos y donde estos adolescentes van a vivir. Una postura prohibicionista aleja la oportunidad de enseñarles a vivir con ella. Hay que enseñar habilidades digitales y habilidades sociales que se ponen en juego con la tecnología. Por ejemplo: te sacan de un grupo de WhatsApp o hacen un sticker tuyo que te ofende. Eso genera enojo, malestar, el impulso de reaccionar. Lo despertó la tecnología, pero en el fondo son habilidades que el adolescente tiene que aprender a gestionar.
El capítulo sobre pornografía es de los más impactantes del libro.
Junto a las cosas positivas que trae el acceso a la tecnología, como construir un espacio propio, crear, explorar, está también el acceso sin filtros a la pornografía. Las consecuencias del acceso temprano son varias: se adelanta la edad de inicio, hay cero acompañamiento adulto y lo más peligroso es que el adolescente puede comenzar a construir una imagen que deja una marca en cómo vive su sexualidad y su afectividad. El mensaje central del libro es que la pornografía no tiene que ser quien eduque sexualmente a tu hijo. Si el adulto no sabe qué mira o consume su hijo, se pierde la oportunidad de acompañar.
El libro siempre da herramientas. ¿Cuál es el diagnóstico más duro que encontraste al escribirlo?
Los números de depresión y consumo crecen, especialmente a nivel de depresión adolescente. Nunca tuvimos adolescentes tan conectados como ahora y, al mismo tiempo, tan solos. No le echo toda la responsabilidad a la tecnología, eso me parece simplista, pero sigue siendo necesario el encuentro cara a cara. Hay habilidades que se construyen solo en relación con otro, cara a cara: manejar un silencio, alojar una frustración, manejar un enojo, dar y recibir puntos de vista. Esas habilidades no se construyen detrás de una pantalla ni guiadas por algoritmos. Los algoritmos repiten lo que uno quiere escuchar y a nivel social segmentan con quiénes uno se vincula, siempre personas muy parecidas a uno. Se pierde la riqueza de la diversidad y de enfrentarse a lo diferente.
El deporte aparece también como tema central.
En el libro anterior no tuve oportunidad de mencionarlo; en este sí. El deporte es un factor protector en salud mental, hay evidencia que lo fundamenta. Hace muy bien en general: enseña a trabajar en equipo, a seguir a una figura de autoridad, a manejar normas y límites. Pero hay una pregunta que los padres deben hacerse: ¿la práctica deportiva sigue siendo un disfrute o se convirtió en una presión o exigencia con la que el adolescente ya no se siente seguro ni disfruta? Eso ocurre en dinámicas que me toca acompañar frecuentemente, por eso lo traje al libro. En el deporte el adolescente puede mostrarse, tener experiencias de logro, desarrollar habilidades que requieren entrenamiento y sacrificio. Pero ese sacrificio tiene que ir de la mano de que la experiencia siga siendo de disfrute. Si eso se mantiene, se está cuidando la salud mental del adolescente.
La inteligencia artificial también cambió la pregunta sobre el futuro vocacional. Los adultos ya no pueden garantizar certezas sobre qué profesiones van a existir.
Eso genera una ansiedad terrible. Muchos adultos me dicen: "Qué espectacular tener tantas opciones hoy, me encantaría ser adolescente hoy". Y yo les explico que tener muchas opciones también genera mucha ansiedad: elegir implica muchas cosas. La decisión vocacional sigue siendo una temática muy importante en el mundo adolescente. El libro aporta una mirada crítica a la visión exitista que los adultos tienen y transmiten. Hay mensajes que muchos adolescentes reciben y que son muy poco saludables: "A los quince ya tengo que saber qué voy a hacer cuando sea grande", "No puedo fallar", "No puedo equivocarme", "Tengo que hacerlo bien". Eso genera mucha presión y exigencia. Los carga. Los recarga.
¿Cómo dialogar con un adolescente que responde en monosílabos?
Conversar con un adolescente es un desafío. Hay que tener presente que hay otros tiempos, otros códigos, otras formas. El adulto no necesita hablar en el mismo lenguaje que el adolescente ni saber usar TikTok como lo hace él. Lo que sí necesita es saber estar presente emocionalmente, estar disponible cuando el adolescente lo necesite, y saber leer lo que dice: leer silencios, entender lo que quiere decir incluso cuando solo responde "Sí", "No", "Me fue bien", "Me fue mal". Un consejo concreto: no solo preguntar sobre cómo le fue en el liceo. Si siempre preguntás solo por eso, no te sorprendas si siempre responde con monosílabos. Preguntale por sus intereses, pedile que te explique y te enseñe cosas que le gustan. Siempre con el límite de que el adulto sigue siendo el adulto: en algún momento del día le tenés que mandar hacer algo que no va a querer hacer. Está bien poner límites y no tener miedo a ponerlos, decirlos con seguridad, aunque el adolescente ponga mala cara o cierre la puerta del cuarto.
¿Se perdió el círculo virtuoso entre institución educativa, padres y adolescentes?
Es una necesidad poder construir y trabajar en red, incluso con otras familias. Cuando el hijo va a la casa de un amigo el fin de semana, es importante saber qué límites y pautas maneja esa familia. Cuando hay diferencias entre casas y hay un "En casa de Pablito puede hacerse tal cosa, acá no", y eso tiene un sentido y un porqué, el adolescente puede quejarse, pero en el fondo lo va a entender. Lo fundamental es saber dónde está y con quién está. Construir acuerdos con otras familias es clave: a qué edad se entrega el dispositivo, que en los cumpleaños no se llevan celulares. Esas prácticas parecen simples, pero no son fáciles de instrumentar desde un grupo de WhatsApp. El centro educativo tiene una misión muy valiosa: convocar a las familias para que eso se dé.
Hay quienes hablan de "generación de cristal" para describir a los adolescentes de hoy. ¿Compartís esa lectura?
No creo en la generación de cristal. Veo adolescentes que, como nunca antes, hablan de salud mental. Tienen una sensibilidad espectacular y una creatividad puesta en muchas cosas. Llamarlos generación de cristal los limita y los etiqueta en algo que no los representa. Sí son una generación que vive en un contexto mucho más exigido. Ser adolescente hoy implica vivir bajo una exigencia muy alta, por eso lo de recargados. Los adultos también lo estamos. Es fundamental pausar, parar, desconectar, especialmente en adolescentes que por su fragilidad y sensibilidad no pueden hacerlo solos. El adolescente no va a poder autorregularse y va a seguir necesitando de vos para acompañar y estar presente.
¿Cómo fueron las primeras reacciones de los lectores?
Me sorprendieron bastante. Recibo muchos comentarios sobre lo actualizado que está el libro. Adolesienten fue un libro más sobre comenzar a hablar desde mi rol sobre la adolescencia. Adolesienten recargado pinta dinámicas y realidades que los padres se sienten muy identificados al leer: cigarrillos electrónicos, apuestas, pornografía, inteligencia artificial, cosas que a padres, madres y educadores les pasan en lo cotidiano. Con el libro no busco describir al adolescente, sino tratar de darle alguna herramienta más a este adulto para que lo pueda comprender mejor.
El libro
Grijalbo
Los adolescentes no están en silencio.
Están hablando… en un idioma que los adultos dejamos de entender.
En un mundo atravesado por la hiperconexión, la exigencia constante y la necesidad de responder rápido a todo, la adolescencia se volvió un territorio más complejo que nunca.
Ansiedad, soledad, sobreestimulación, presión social, consumo digital, cuerpo, identidad, vínculos. Todo ocurre al mismo tiempo. Y, muchas veces, sin adultos que logren acompañar de verdad.
En Adolesienten re-cargado, Juan Pablo Cibils propone un cambio de mirada: dejar de preguntarnos solo qué les pasa a ellos y empezar a preguntarnos qué nos pasa a nosotros cuando intentamos entenderlos.
A partir de su experiencia clínica, educativa y familiar, el autor construye un mapa claro y profundamente humano para atravesar la adolescencia actual sin simplificaciones ni etiquetas vacías. Este no es un libro de diagnósticos rápidos ni de recetas mágicas. Es una invitación a escuchar mejor, a mirar el contexto y a sostener el vínculo, incluso cuando incomoda.
Con un lenguaje cercano y escenas reales, el libro aborda temas urgentes como la salud mental, el impacto de las redes sociales, las apuestas online, la sexualidad digital, el consumo, la soledad, el cuerpo y la dificultad de convivir en un mundo acelerado. Pero, sobre todo, pone el foco en algo esencial: la relación entre adolescentes y adultos.
Porque acompañar hoy no es controlar más ni saber más. Es estar. Es tolerar no tener todas las respuestas. Es aprender a escuchar sin apurarse a corregir.
Adolesienten re-cargado no busca tranquilizar. Busca incomodar lo suficiente como para abrir una conversación real. Porque tal vez los adolescentes no estén perdidos. Tal vez estamos mirando desde el lugar equivocado.
Por María Noel Domínguez
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