Por Bautista de León y Santiago Márquez
Tanto históricamente como hoy en día, la República Islámica de Irán suele aparecer en el radar internacional por su peso estratégico, por su programa nuclear o por sus conflictos con Occidente. Pero antes que todo es un país inmenso, poblado y diverso, mucho más de lo que sugiere la imagen compacta y hermética que suele proyectar hacia afuera.
Con casi 92 millones de habitantes y 31 provincias, divididas en alrededor de 1,65 millones de kilómetros cuadrados, Irán es unas 9,3 veces más grande que Uruguay y tiene una población unas 26 veces mayor. Esa sola comparación alcanza para poner una primera idea sobre la mesa. No se trata de un bloque uniforme, sino de un territorio amplio en el que conviven grupos humanos distintos, con lenguas, tradiciones y pertenencias propias.
En este punto conviene precisar de qué se habla cuando se hace mención a la etnia. Esto no equivale a una nacionalidad, a una religión ni a una raza. Según la Real Academia Española, una etnia se refiere, más bien, a una comunidad que comparte rasgos históricos, culturales, lingüísticos, religiosos o territoriales, y que se reconoce a sí misma dentro de esa tradición común. Y, en Irán, esa definición resulta especialmente útil, ya que la diversidad interna no se agota en una cuestión de origen. También se expresa en la lengua que se habla, en la región que habita mayoritariamente cada grupo y en la forma en que se relaciona con la mayoría persa y chií del país.
La mayoría de la población iraní se concentra en la mitad occidental del país y en sus grandes ciudades. Su capital, Teherán, es el principal centro urbano, con unos 9,6 millones de habitantes. Le siguen Mashhad con 3,4 millones e Isfahán con 2,3 millones. Luego aparecen otras ciudades relevantes como Shiraz, Tabriz, Karaj, Qom y Ahvaz. Esa concentración urbana convive con una distribución territorial muy marcada de las etnias principales. Dicho de otro modo, Irán tiene un centro estatal muy definido, pero, alrededor de ese centro, se despliega un mapa humano mucho más complejo.
Según el medio catarí Al Jazeera, los persas constituyen el grupo étnico mayoritario. Representan cerca del 61% de la población, lo que equivale a unos 56 millones de personas. Solo ese dato permite otra comparación útil: la población persa de Irán por sí sola es alrededor de 16 veces mayor que la población total de Uruguay. Los persas predominan, sobre todo, en la franja central del país y en buena parte de las grandes ciudades, en especial en el corazón político, administrativo y económico iraní. Su lengua, el persa o farsi, es la lengua oficial del Estado, de la educación, de la burocracia y de la vida pública nacional. En términos religiosos son mayoritariamente musulmanes chiíes duodecimanos, la rama oficial del país. Por número, por centralidad territorial y por peso institucional, los persas son la columna vertebral de Irán.
El segundo gran grupo es el de los azeríes. Según el mismo medio, estos son alrededor del 16% de la población, es decir unos 14,7 millones de personas. También aquí la escala ayuda a dimensionar: si los azeríes de Irán fueran un país independiente, tendrían una población más de cuatro veces superior a la uruguaya. Predominan en el noroeste iraní, sobre todo en las provincias de Azerbaiyán Oriental, Azerbaiyán Occidental, Ardabil y Zanjan, aunque además tienen una presencia fuerte en Teherán y en otros centros urbanos. Hablan azerí, una lengua turca, lo que introduce un contraste claro con la mayoría de las personas que hablan persa. Sin embargo, en el plano religioso son mayoritariamente chiíes, como los persas. Esa combinación de diferencia lingüística y cercanía confesional vuelve a los azeríes un caso central para entender la diversidad iraní sin caer en simplificaciones.
Los kurdos representan cerca del 10% de la población, es decir, alrededor de 9,2 millones de personas. Se ubican sobre todo en el oeste y noroeste del país, en las zonas próximas a la frontera con Irak y Turquía, con fuerte presencia en Kurdistán, Kermanshah, partes de Azerbaiyán Occidental e Ilam. Su implantación territorial es una de las más claras dentro del mosaico iraní. Hablan distintas variantes del kurdo y conforman una comunidad de fuerte continuidad histórica en varios países de la región, no solo en Irán. En materia religiosa, la mayoría de los kurdos iraníes es suní, aunque existen también comunidades chiíes. Esa diferencia respecto de la mayoría chií nacional los vuelve particularmente relevantes para entender cómo se cruzan etnia, lengua, territorio y religión dentro del país.
Los luros, por su parte, son alrededor del 6% de la población, lo que equivale a unos 5,5 millones de habitantes. Es un grupo numeroso y sin embargo menos visible en el debate internacional que los persas, azeríes o kurdos. Predominan en el oeste y sudoeste, en especial en Lorestán, Kohgiluyeh y Boyer Ahmad, Chaharmahal y Bakhtiari y zonas contiguas de la cadena de los Zagros. Sus lenguas pertenecen al conjunto iranio y guardan cercanía con el persa, aunque conservan rasgos propios. En términos religiosos son mayoritariamente chiíes. Su caso resulta importante porque rompe otra imagen demasiado cómoda. La diversidad iraní no se distribuye solo entre el centro persa y las periferias fronterizas. También existe una diversidad profunda dentro del propio oeste iraní, donde los luros ocupan un espacio histórico y cultural propio.
Los turcomanos tienen un peso demográfico menor, pero aun así forman parte de la arquitectura étnica del país. Abarcan cerca del 2% de la población en varias estimaciones amplias sobre grupos túrquicos y dentro de las cartografías específicas aparecen como una comunidad menor pero definida. Predominan en el nordeste, sobre todo en Golestán y en áreas cercanas a la frontera con Turkmenistán. Hablan turcomano, otra lengua túrquica, y en términos religiosos son mayoritariamente suníes. Aunque su volumen es menor que el de persas, azeríes, kurdos o luros, su localización territorial es clara y refuerza la idea de que las zonas fronterizas iraníes concentran buena parte de su pluralidad étnica y confesional.
Los árabes se ubican en alrededor del 2% de la población, es decir cerca de 1,8 millones de personas. Su principal zona de predominio es el sudoeste, sobre todo en Juzestán, una provincia estratégica tanto por su ubicación limítrofe con Irak como por su peso energético. También existen comunidades árabes en partes del litoral del Golfo. Hablan variedades locales del árabe y su composición religiosa es más mixta que la de otros grupos. En varias zonas predominan los chiíes, aunque también existen comunidades suníes. Esa mezcla ayuda a matizar cualquier lectura demasiado lineal. En Irán no toda etnia se corresponde con una sola adscripción religiosa. En algunos casos, como el árabe, la diversidad interna también cuenta.
Por otro lado, los baluchíes representan también alrededor del 2% de la población, unas 1,8 millones de personas. Predominan en el sudeste iraní, sobre todo en Sistán y Baluchistán y en algunas franjas contiguas hacia Kermán y Hormozgán. Es una de las implantaciones territoriales más nítidas del país, porque se asienta en una vasta zona fronteriza con Pakistán y Afganistán. Hablan baluchí y son mayoritariamente suníes. Esa doble singularidad, étnica y religiosa, los distingue con claridad de la mayoría persa y chií del país.
Aunque su peso porcentual es menor que el de los grupos principales, su ubicación geográfica y su identidad lingüística los convierte en una de las comunidades más definidas del mosaico iraní.
Bajo la categoría de otros queda reunido un conjunto heterogéneo de comunidades que, sumadas, representan una porción menor pero significativa del total nacional. Allí entran distintos grupos túrquicos no azeríes, además de comunidades del litoral del Caspio como gilakis y mazandaraníes, y también minorías históricas más pequeñas como armenios, asirios, georgianos, circasianos o mandeos. No forman un bloque homogéneo ni responden a una sola tradición lingüística o religiosa. Algunos se distribuyen en el norte del país, otros en zonas urbanas y otros en áreas costeras o de montaña. En términos religiosos, predominan distintas variantes del islam, pero también aparecen minorías cristianas, judías, zoroastrianas y mandeas. La categoría “otros” sirve para ordenar, pero también puede esconder. Detrás de esa etiqueta subsiste una capa adicional de diversidad que confirma hasta qué punto Irán es mucho más que la suma de sus grandes grupos mayoritarios.
Si se mira el conjunto, el cuadro es el de un país con una mayoría clara, pero no excluyente. Persas en el centro. Azeríes en el noroeste. Kurdos en el oeste. Luros en el oeste montañoso y sudoeste. Turcomanos en el nordeste. Árabes en el sudoeste. Baluchíes en el sudeste. Y otros grupos repartidos en áreas específicas del norte, del sur y de varias ciudades. En paralelo, la mayoría persa, azerí y lura es sobre todo chií, mientras que kurdos, turcomanos y baluchíes son en buena medida suníes, y los árabes presentan una composición más mixta. Esa superposición entre etnia, lengua, religión y territorio es una de las claves más útiles para entender la complejidad iraní.
En definitiva, Irán no puede explicarse solo desde su régimen, su política exterior o sus conflictos. También debe leerse desde su trama humana. Esa trama muestra un Estado de escala continental para los parámetros regionales, con un centro persa muy sólido y con periferias densas, numerosas y culturalmente diferenciadas. Muestra, además, un país donde la mayoría existe y pesa, pero no alcanza para borrar la pluralidad interna. Entender sus etnias es, en el fondo, entender cómo está hecho Irán por dentro.
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