Fotos: Javier Noceti / @javier.noceti

La tapa del libro Imposible que lo olvide. Los desaparecidos de ayer y de hoy siguen vivos (Penguin Random House) lo tiene a él, al autor, Jorge Gestoso, mirando de frente al lector, con sus ojos claros y una media sonrisa, de traje y corbata azul sobre una camisa celeste. En un rato posará con su libro en sus manos: Gestoso mostrando la tapa con Gestoso en ella, como si estuviera mirando a cámara.

El libro —he aquí el motivo de la entrevista, en una sala de la editorial— es una suerte de ensayo sobre cómo recuerda él la dictadura en Uruguay, la cobertura de los medios una vez reinstaurada la democracia, una investigación suya que quedó inconclusa, las presiones de CNN, el medio para el que trabajaba y del que era la cara visible, para que abortara un informe periodístico, y un despido abrupto. Es más, el libro comienza con el relato de la interrupción de su contrato laboral, cuando él estaba en la cresta de la ola.

Gestoso (71) narra los pormenores de su investigación llamada “la doble desaparecida”, y cuenta cómo siguió el rastro de un cadáver hallado en el Río de la Plata hasta dar con el hijo y la madre de esa mujer argentina, María Rosa Mora. El autor se emocionó visiblemente al recordar cuando los acompañó a ellos al cementerio montevideano, a despedir, por fin, a María Rosa, quien alguna vez fue una desaparecida y luego fue sepultada como NN.

Además, el experimentado periodista repasa cómo siete expresidentes de izquierda en América Latina fueron —a su juicio— víctimas del lawfare o la guerra judicial y, para actualizar la entrevista, ayer amplió su parecer respecto a CFK y el peruano Pedro Castillo, recientemente destituido. Castillo, dice, como antes Evo Morales, Rafael Correa, Lula da Silva, Dilma Rouseff o Fernando Lugo, “llegaron al gobierno, pero nunca tuvieron el poder”. “Porque para tener el poder se necesita tener el control de tres cosas: del dinero, de las armas y de la palabra, o sea, de los medios de comunicación. Entonces, como ellos (la derecha) controlan esas tres cosas, ellos nunca dejan de tener el poder, así gane un Evo Morales”, dijo.

"Le entregué a mi jefe (de CNN) los dos capítulos que faltaban (entre ellos el de “la doble desaparecida”), y dos semanas después viene la noticia de que tomaron la decisión de que querían terminar mi contrato. Nunca publiqué ese libro"  

¿Cuándo se dio cuenta de que quería ser periodista? ¿Cómo se despertó esa vocación?

Cuando llego a Estados Unidos. Tenía 32 o 33 años. Prendí la tele y no encontré nada de América Latina. Pensé: “¿Cómo es el cuento este? Yo quiero seguir conectado a mi cultura”. Había un solo canal latino, de pésimo nivel, una cosa muy baja. Pensé: “Yo lo puedo hacer mejor que esta gente”. Hice los contactos, mandé una prueba en cassette, y un tiempo después me proponen ser el presentador de una cadena que hoy se llama Telemundo, que es propiedad de NBC, y ahí arranqué.

Empezó allá arriba…

Arranqué de lector de noticias, ahí empezó el proceso. Y de pronto, empecé a darme cuenta de que lo que yo estaba leyendo no tenía nada que ver con mi cultura. “Yo le estoy hablando a una audiencia y tengo que representar el pensar, el sentir, el llorar de mi audiencia, y esto que está escrito está escrito desde el Norte para el Sur. Esto no es representativo”. Ahí empecé a tomar conciencia del divorcio ideológico, cultural y comunicacional del Norte con el Sur.

Acaba de lanzar el libro Imposible que lo olvide. Los desaparecidos de ayer y de hoy siguen vivos (Sudamericana, Penguin Random House), pero el libro comienza con el relato de cómo la CNN lo desvinculó tras un documental que usted produjo, una investigación que fue premiada por la Universidad de Columbia de Nueva York. ¿Por qué comenzar el libro narrando los pormenores de la decisión de la CNN de interrumpir su contrato laboral?

Quizás porque fue lo más sorpresivo que me ocurrió. Todo iba bien, espectacular, con mi carrera, no había ningún indicio de que hubiera algo que pudiera surgir de una manera imprevista, y de pronto, me llama mi jefe a su oficina y me dice que el contrato que teníamos desde hacía cinco meses y era de tres años, lo quería terminar. Esto fue en 2002. Me argumentó que la decisión era por problemas económicos.

Y no le pareció creíble…

Cuando tú trabajás en una empresa en donde todo tiene un departamento legal, todo lo que tú digas que no podés probar, te puede meter en un lío. Entonces, yo no puedo afirmar que eso no era cierto. Sí puedo decir que (la decisión) me sorprendió grandemente, que mi carrera en ese momento había sido galardonada hacía poco como el mejor presentador de noticias de habla hispana… Y una cosa más, que digo en el libro y repito: mis allegados, la gente que estaba alrededor mío, dijo: “¿No habrá sido por tu libro, el libro que estás por sacar?”.

A propósito, antes de la decisión de CNN de apartarlo, usted estaba escribiendo un libro con sus experiencias periodísticas que —tengo entendido— no llegó a publicarse. ¿Qué tuvo que ver la publicación de ese libro en la decisión de la empresa?

El libro que yo escribí tuve que someterlo a juicio de la empresa, y me faltaban uno o dos capítulos para terminarlo, que me estaba pidiendo la casa editorial. Le entregué a mi jefe (de CNN) los dos capítulos que faltaban (entre ellos el de “la doble desaparecida”), y dos semanas después viene la noticia de que tomaron la decisión de que querían terminar mi contrato. Nunca publiqué ese libro.

Vayamos al grano: este libro, Imposible que lo olvide: Los desaparecidos de ayer y de hoy siguen vivos narra su visión personal y profesional de los desaparecidos en Uruguay. ¿Por qué? ¿Qué lo motivó a escribir este libro?

Una conciencia personal, por cuestión profesional y ética. Un desafío que yo tengo conmigo mismo desde el punto de vista profesional y ético, que es: todas las monedas tienen dos caras y acá hay una parte de la historia de mi región y mi país que no se contó. Entonces el libro cuenta la otra cara de la moneda: lo que los medios de comunicación y el poder se encargaron de que no hubiera una conciencia. Y citando fuentes como el premio Nobel de la paz, Rigoberta Menchú. Ella afirma: “Acá hubo un genocidio”. En Centroamérica se mataron entre 100.000 y 200.000 personas, en Argentina 30.000, en Chile 3.000, en Uruguay menos de 300, pero acá se eliminó a una categoría que llamaban desde “subversivos” hasta “disidentes”, y bajo esa categoría se decidió exterminarlos, hacerlos desaparecer. Ahí viene la idea de genocidio.

El Holocausto judío, la comunidad judía, se ha encargado a través de las generaciones de que esa experiencia esté presente en la vida de esa comunidad y del mundo entero, para que no se vuelva a repetir. Acá nosotros vivimos un capítulo diferente, pero un poco con los mismos principios: había que hacer desaparecer a quienes los militares declararan que no les servían, y los mataron, y los hicieron desaparecer. Y de eso no hay todavía una conciencia colectiva, una memoria colectiva, para que tus hijos, mis hijos, mis nietos, digan: “Yo vuelvo de una región donde, en un momento, se ejecutó un genocidio. Y se hizo por tal motivo, por tal otro, por tal otro. Y eso no puede volver a ocurrir nunca más”.

¿Por qué dice que Enrique Tarigo, exvicepresidente del primer gobierno de Sanguinetti (1985-90) “encubrió” a los represores? Es más, lo tilda de “cínico” e “hipócrita”.

Cínico, hipócrita; cínico, hipócrita; cínico, hipócrita. Todas las veces que sea necesario. Porque un hombre que negoció en el Pacto del Club Naval, que negoció las condiciones del paso de la dictadura a los primeros pasos de una democracia, él no puede estar ajeno a que a esa altura hubo torturas y desapariciones. Hubo un pacto de silencio de los militares. Y el hombre (Tarigo) sabe, cuando se enfrenta a mí, en 1989, unos días antes del referéndum por la Ley de Caducidad, sabiendo que había un pacto de silencio para que el genocidio capítulo Uruguay se ejecute. Y tuvo el cinismo y la hipocresía de dar vuelta la cosa, y dijo: “Ha de ser que usted no supo hacer hablar a los militares”. El tipo que representa al Estado, que representa el interés de la justicia de todos los uruguayos, de que todo se tiene que aclarar, dice que yo no tuve la habilidad de hacer hablar a los militares. ¡La madre del cinismo y todos los hipócritas!

Usted comienza su investigación, a propósito de los desaparecidos en la dictadura uruguaya (y otras), y se encontró con obstáculos varios de la empresa para la que trabajaba...

Primero, me costó aprobar (la investigación). Yo en ese momento estaba por renovar el contrato —por lo general, son por tres años—, y yo dije que en los próximos tres años me interesaba hacer una investigación sobre los desaparecidos. Allí como que “cantinflean”, tuve que insistir, insistir, hasta que lo admitieron. Primer obstáculo, no saber ni por dónde empezar. Había un corresponsal en Chile que dijo: “Hay un militar que dice que enterró en el medio del desierto de Atacama, y después los desenterró y los enterró en otro lugar del desierto”. Mandamos un reportero, grabó 10 horas con el tipo y estamos empezando a ver la segunda parte, cuando me llama mi jefe y me dice: “¿Sabés una cosa? Se nos terminó la plata. Con eso que tenés (eran 10 horas), hacete una notita de 3 minutos y la metés en el noticiero”. Y a partir de ese momento, el equipo de periodistas, que éramos todos latinoamericanos, tomamos esta investigación como propia, y la seguimos por las nuestras.

Y la frase que existía, que no está escrita en ningún lado, es que la segunda al mando, una mujer por la que hacíamos las reuniones editoriales en inglés, porque era la única que no hablaba español, decía que esta investigación era “el capricho de Gestoso”.

"(El ex vicepresidente Enrique) Tarigo tuvo el cinismo y la hipocresía de dar vuelta la cosa, y dijo: 'Ha de ser que usted no supo hacer hablar a los militares'. ¡La madre del cinismo y todos los hipócritas!"

¿Quién fue “la doble desaparecida”?

Hay un uruguayo que se llama Daniel Rey Piuma, él trabajaba acá en la Prefectura, y se lleva unas fotos de los cadáveres que aparecieron flotando en el Río de la Plata. Se los llevó a Amsterdam, porque él se fue a vivir a esa ciudad de Holanda, y nos llegó el dato de que él tenía esas fotos. Nos fuimos a Amsterdam y nos mostró en su computadora. Y nos dice: “De todos estos cadáveres hay uno que me tocó mucho, porque es el de una mujer que se parece a la hija de un amigo mío”. Además, estaba entera, fácilmente identificable. Eso me quedó grabado. Entonces pensé: acá hay algo especial. Dije: “Este caso vamos a empezar a seguirlo”. Y sobre ese dato, empecé a tender las redes.

Finalmente, descubrió su nombre: María Rosa Mora. Y conoció a Mario, su hijo, y a sus compañeras de militancia gremial, que le contaron quién era ella. ¿Quién fue María Rosa Mora?

María Rosa Mora, argentina, era empleada de la fábrica Fate de Buenos Aires, trabajaba en la división de electrónica de Fate, y era una activista sindical, una activista gremial de la fábrica. Su hijo —que vivió con ella hasta que la secuestraron cuando él tenía 6 años— me contó que era muy tierna, pero que tenía un carácter fuerte. La madre, doña Eusebia Magdalena, me dijo: “Siempre le molestaron mucho las desigualdades, que unos tuvieran tanto y otros tan poco”. Ella no era montonera, dicen sus compañeras que ella no era guerrillera, sino que era activista gremial.

Usted habla de “la Guerra Fría en América Latina”. ¿Por qué Estados Unidos y la URSS ampliaron su conflicto geopolítico en nuestro continente? ¿A qué conclusiones llegó?

Llegué a la misma conclusión que los expresidentes que fueron eliminados o tratado de ser desaparecidos por lawfare, o lo que dicen muchísimos analistas: esto sigue siendo un territorio en disputa. Acá hay recursos naturales y acá hay influencia política. De acuerdo a lo que pudimos detectar, a través de Cuba, la Unión Soviética estaba exportando la revolución o quería exportar la revolución en América Latina. Y por el otro lado, Estados Unidos tuvo un presidente en 1823 que se llamó James Monroe, que largó una consigna, a la que llaman doctrina Monroe que dice: “América para los americanos”. Yo viví 40 años en Estados Unidos y te puedo asegurar que cuando dicen: America for americans, americans son ellos, no los latinoamericanos. Para un estadounidense tú no sos un american. Ya dejan planteado ahí que el territorio de Latinoamérica debe estar bajo los intereses de los estadounidenses.

¡Y ellos empiezan a meter la cuchara en todos lados! Cuando ven que hay guerrilleros como (Agustín) Farabundo Martí de la Revolución Nacional en El Salvador, etcétera, etcétera, ellos ven eso como gente entrenada en Cuba para hacer la revolución. Ellos ven que esa América no la deben ensuciar, ellos se meten y dicen: “Nosotros queremos que esto siga ‘limpio’, que América no esté teñida de rojo”, en alusión al comunismo. Hoy por hoy, la Unión Soviética no existe más, el ex presidente de Ecuador, Rafael Correa, sigue diciendo que esto “es un territorio en disputa”, y la disputa hoy es entre Estados Unidos y China, por los recursos naturales que hay aquí.

“'Las raíces del Mercosur están en el terror del Plan Cóndor', me dijo. Había documentos de uruguayos, argentinos, chilenos… Los iban a buscar a un país y se los llevaban a otro, para secuestrarlos, torturarlos y hacerlos desaparecer"

¿Cuánto apuntaló la Escuela de las Américas el terrorismo de Estado en los países latinoamericanos? La pinta como una fábrica de represores...

No lo digo yo, lo dicen los que han estudiado esto. Hay nombres —Galtieri en Argentina, Manuel Contreras en Chile—, denuncia (Manuel) Zelaya que el 70% de la estructura militar en Honduras pasó por la Escuela de las Américas. Eso es la denuncia. Como la moneda tiene dos caras, la versión de la Escuela de las América es: “Nosotros entrenamos, enseñamos, el contraterrorismo, por la lucha contra el terrorismo, y si hay malos alumnos y fruta podrida, no es problema nuestro. Nosotros les enseñamos a que defiendan la democracia”.

El diálogo con el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, y su relato de cómo se salvó de un vuelo de la muerte, es escalofriante...

Me dejó helado, porque fue la primera vez que hablé con uno que sobrevivió a un vuelo de la muerte. Yo lo fui a entrevistar en un evento de Clacso en Argentina, sobre el pensamiento crítico, y cuando estoy con él, le hablé del reportaje sobre “la doble desaparecida”. Y me dice: “Yo soy un sobreviviente”. Y me empieza a contar los detalles: él estaba en el avión, encadenado, con una valija al lado, en la que llevaban el pentotal que le iban a inyectar para adormecerlo y tirarlo vivo al mar. Él dice que sobrevivió gracias al esfuerzo de la comunidad internacional, que metió tanta presión por él, que en vez de matarlo, lo metieron preso.

En Paraguay abrió una puerta y se encontró con “los archivos del terror”. Miles y miles de folios, carpetas y carpetas, de las autoridades militares de los 70 que habían registrado todo.

En Paraguay, el juez Agustín Fernández me contó que la Policía, en las afueras de Asunción, tenía un cuarto en el que no se podía abrir fácilmente la puerta, porque estaba atestado de documentos. “Las raíces del Mercosur están en el terror del Plan Cóndor”, me dijo. Había documentos de uruguayos, argentinos, paraguayos, chilenos… No hay duda de que los iban a buscar a un país y se los llevaban a otro, para secuestrarlos, torturarlos y hacerlos desaparecer. Hay pruebas.

¿Por qué cree que los militares registraron todas las atrocidades que hicieron?

Como en los tribunales de honor militares, cuando (José Nino) Gavazzo dijo que tiró al río Negro el cadáver de…

De Roberto Gomensoro.

Sí, de Gomensoro. Y él lo confiesa sin pelos en la lengua, entre los militares, pensando que… (Piensa) No voy a decir el nombre, pero un fiscal uruguayo que maneja este tema desde hace muchos años…

El fiscal Ricardo Perciballe, debe ser…

Lo dijiste vos. Hablé con ese fiscal y me dijo que hoy por hoy ha podido armar muchísimo más la información; que hoy se sabe mucho más que lo que se sabía en 1985, porque los militares empezaron a hablar, y empezaron a largar grageas, y entre ellos manejaban ciertos récords, antecedentes de lo que hacían. Ahora, la impunidad de la que gozan hoy los militares uruguayos, los del pacto del silencio de los tipos que están en Domingo Arena, no sólo es indignante, sino que es un insulto.

Es discutible el adjetivo “impunidad”. Usted mismo acaba de decir que están en Domingo Arena, hay unos cuantos presos ahí. Fue preso Gregorio Álvarez, estuvo en prisión domiciliaria Juan María Bordaberry, el propio Gavazzo. De hecho, hay agrupaciones de Familiares de Prisioneros Políticos que piden por su liberación, dada su avanzada edad.

Bueno, fueron presos con términos suaves, en el sentido de que nunca estuvieron como los nueve rehenes (del MLN), que los metían en catacumbas y en condiciones infrahumanas… Este tipo (el coronel Eduardo) Ferro dice que está orgulloso de lo que hizo, que no tiene nada para arrepentirse; dice que, además, espiaron y si los militares no lo hacen, están locos. Encima de que cometieron crímenes de lesa humanidad, ¡todavía sacan pechera!

Veinticinco años después de su muerte, usted ayudó a Eusebia a encontrar los restos de su hija y a Mario a poder despedir a su madre. ¿Cómo recuerda ese episodio?

Jorge Gestoso se quiebra. Se emociona como he visto a pocos entrevistados que he tenido enfrente. Intenta una y otra vez recomponerse y contestar, pero le cuesta. Bebe agua, se seca las lágrimas con un pañuelo. Intenta responder, pero vuelve a ahogar sus palabras.

Brutal…

Cada puntos suspensivos que usted verá a continuación significan una pausa autoimpuesta por la emoción.

Se pasaron 25 años… y vos los veías ahí, haciendo su funeral en el Cementerio del Norte… y contentos llevaban flores… Salvaje, salvaje lo que hicieron… El hijo me dijo que tenía envidia de sus amigos, cuando iban a un velorio. Lo que han hecho es salvaje, salvaje. Cuando lo ves en primer plano, cuando lo ves ahí… Estos tipos no tienen gollete.

Recién ahí, Gestoso se recompone y continúa la entrevista con normalidad.

(A María Rosa) la habían enterrado como un NN porque Milton Cairoli, en vez de hacer su trabajo, de ir a reconocerla y saber lo que estaba pasando y las señales de tortura, la mandó enterrar como NN. Dos años y medio después, la reducen y la meten en un cenizario. Y ellos fueron a despedirla a un cenizario.

¿Cree que todavía hay culpables vivos que están callados, cuando podrían hablar para identificar restos de desaparecidos?

Personalmente, no tengo ninguna duda. Es por el pacto de silencio. Porque incluso a éste Ferro le preguntan (NdeR: Se refiere a una entrevista de Leonardo Haberkorn al coronel Eduardo Ferro en El Observador) y dice “yo de los desaparecidos no sé nada, ¿quién sabe?”. Nadie sabe nada.

¿Por qué sostiene que el lawfare (guerra judicial) atacó a los gobiernos progresistas de hace unos años en Latinoamérica? Algo así como —dice usted— el uso de artilugios legales para desacreditar gobiernos democráticos. ¿Con qué fin?

Con el fin de mantener el poder. El tema es que lo que ha pasado con estos gobiernos es que han llegado al gobierno, pero nunca han tenido el poder, porque el poder sigue en manos de los gobiernos anteriores que han metido en las estructuras de poder del Estado (incluido el Poder Judicial) sus fichas, y entonces, llega al gobierno un gobierno progresista, pero sus fichas claves siguen metidas en gobiernos de izquierda. Y se encargan de que no puedan prosperar.

Yo digo en el libro que estos siete presidentes fueron capaces de sacar de la pobreza a 70 millones de personas, a 30 de la pobreza extrema o indigencia, mejoraron las condiciones de vida, de salud, de educación, en tiempo récord, y eso para el poder es poco menos que un pecado. Porque en definitiva (y yo lo digo en el libro), para tener el poder se necesita tener el control de tres cosas: del dinero, de las armas y de la palabra, o sea, de los medios de comunicación. Entonces, como ellos controlan esas tres cosas, ellos nunca dejan de tener el poder, así gane un Evo Morales.

Usted dice que esos presidentes que no gustaban intentaron ser “desaparecidos” (Manuel Zelaya en Honduras, Evo Morales en Bolivia, Fernando Lugo en Paraguay, Rafael Correa en Ecuador, Cristina Fernández en Argentina, Lula Da Silva y Dilma Rousseff en Brasil). Es más, compara el caso de Lula con el de María Rosa, la NN desaparecida a la que usted le siguió el rastro. A su vez, Evo habla del “Plan Cóndor del siglo XXI”. ¿No son exageradas esas comparaciones? 

No, creo que no, porque claramente hay una intención de sacarlos de la vida política, en ese sentido, los hicieron desaparecer de la vida política. Pero en el caso particular de Evo, lo quisieron matar, y sumale que (el presidente argentino Mauricio) Macri, (el presidente brasileño Jair) Bolsonaro y Lenín Moreno de Ecuador le mandaron armas a los golpistas de Bolivia para reprimir a la población que salió a manifestarse en contra del golpe. O sea que todavía existe una coordinación militar. Crearon el Grupo de Lima, con la única idea de derrocar a (l presidente venezolano Nicolás) Maduro, etcétera. Hay un interés claro en que estos presidentes que representan una alternativa económica al neoliberalismo no progresen. Porque sería una competencia: vos tenés un comercio y viene otro y se te para al lado a vender lo mismo, y le va bien, bueno, te encargás de hacerlo desaparecer.

¿Y lo de “el Plan Cóndor del siglo XXI”?

Pirque hay algo que sigue andando. Hay algo que sigue andando, y es la coordinación represiva que fue el Plan Cóndor.

Cristina Fernández de Kirchner acaba de ser condenada por el Caso Vialidad a seis años de cárcel por defraudación al Estado para favorecer al empresario Lázaro Báez. Pedro Castillo en Perú disolvió el Congreso, instauró un gobierno de emergencia, y terminó siendo destituido como presidente. ¿Qué me dice?

Que son dos clarísimos ejemplos de lawfare en esteroides en nuestra región. Lo de Cristina ya se veía venir. Ella misma decía que estaba frente a un pelotón de fusilamiento. Me dijo: “Mi condena ya está preparada de antes del juicio”. Es víctima de un juicio que no ha sido presentado con las garantías legales de lo que se supone debe ser un juicio con todas las garantías de la ley. Y el caso más claro de toda la impunidad y la corrupción de la Justicia en Argentina ha sido, precisamente, la revelación de esos chats de ese viaje que organizan y entre ellos están el dueño, o alguien del directorio o un peso pesado de La Nación, y que refleja que esto no ha sido un proceso limpio. En ese sentido, es víctima de la falta de limpieza en su caso. No digo que sea inocente o culpable de lo que se le señala, digo que es víctima de un proceso viciado.

Y en cuanto a Pedro Castillo, otra vez: estamos hablando de un maestro rural, y llegó a pulso, por el voto popular a la presidencia. Él es un ejemplo de lo que te decía: nunca tuvo el poder, llegó al gobierno, pero el poder estuvo en manos de la ultraderecha que maneja todo desde el Parlamento, y desde el primer día lo pusieron contra las cuerdas, a pegarle, hasta sacarlo. Recién veía la BBC, y está lo que te decía del control de la palabra. Él es un “culpable” porque intentó dar un golpe de Estado y la Constitución no autoriza esa figura. Y por tanto termina preso en una comisaría. Un hombre que trató de poner en marcha un plan político que favoreciera a las grandes mayorías, a los más vulnerables, golpeado por una manga de corruptos. Por supuesto está Keiko Fujimori, que si no tuviera los fueros parlamentarios terminaría presa por lavado de dinero.

Cinco presidentes del Perú, todos con casos de corrupción y la sucursal de la corrupción era el Congreso. Este hombre, un maestro rural con una agenda progresista, no se la podían permitir. Pero el cuento es que él es el golpista. Como decía nuestro querido Eduardo Galeano: “el mundo al revés”. O como decía Malcolm X: “el inocente es culpable y el culpable inocente”.

¿A qué le llama “neoliberalismo”? ¿Qué son gobiernos “neoliberales”?

En general, lo que se entiende es la participación mínima del Estado, que el Estado no te meta la mano en el bolsillo, digámoslo así. Y que para que se vuelvan gobiernos atractivos —sobre todo en América Latina, donde están todos siempre endeudados— la fórmula es cortarles los impuestos a los ricos, y hacer austeridad de programas sociales, de comida, de educación, de salud. 

América Latina es una de las regiones donde hay más evasión de capitales de los grandes empresarios, que se van a paraísos fiscales. Me decía un economista argentino que si la ganancia que tienen los grandes empresarios quedara en el país, no sería necesario salir a pedir plata prestada. Entonces, fijate los niveles de piratería: el tipo se hace millonario gracias a la gente, se lleva el dinero, pero ahora el país no tiene dinero, entonces tienen que pedir prestado y eso sepulta las posibilidades de la gente a educarse, a tener salud. Y el tipo que te dirige un país (NdeR: se refiere a Ecuador) es Guillermo Lasso, el principal accionista del Banco de Guayaquil, que está en los Pandora Papers, en los Panamá Papers, y ese tipo dirige un país que cuando el covid tiraba los cadáveres a la calle. Eso es el neoliberalismo.

¿Ve la mano de Estados Unidos en todo esto?

Te lo pongo así: si en 1823 James Monroe dice “América para los americanos”… Yo estaba en la Asamblea General de la ONU en 2019, cuando el presidente (estadounidense) era Donald Trump, y él dijo: “La doctrina Monroe sigue vigente, hoy más que nunca”. O sea, Estados Unidos sigue cuidando su “patio trasero” para que sea el territorio de los Estados Unidos. Yo no puedo decir que sí veo la mano de Estados Unidos, pero el libro dice que un diario de Estados Unidos, The Washington Post, publica que la CIA le dio máquinas de encriptar a los gobiernos militares para que se comunicaran entre sí. Una compañía suiza les vendió las máquinas de encriptar. La compañía suiza era propiedad de la CIA. Conclusión: es muy posible que Estados Unidos, a través de la CIA, siguiera esto. El juez (Rodolfo) Canicoba Corral en Argentina dice: “Estados Unidos tuvo, por lo menos, un conocimiento militante”.

¿Dónde está trabajando hoy?

Tengo mi propia empresa y produzco para Telesur una entrevista diaria, que se llama Notables con Jorge Gestoso, media hora con personalidades de la política, el arte, la ciencia o el deporte. Sale dos veces por día en Telesur.

¿Allí ejerce el periodismo con libertad e independencia?

Sí.

¿Es feliz?

Para hacerla corta, sí.