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Entrevistas

De película

Gas sarín, secuestro y ciencia: el “personaje siniestro” asesinado en El Pinar en los 90

El antropólogo forense Horacio Solla, que identificó al miembro de la DINA de Pinochet, reconstruye el caso en El enigma Berríos.

04.10.2025 09:12

Lectura: 6'

2025-10-04T09:12:00-03:00
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Por Cecilia Presa

El 13 de abril de 1995, un vecino del tranquilo balneario de El Pinar salió a pasear por la playa y se topó con una escena perturbadora: encontró entre la arena los restos de un ser humano. El cuerpo presentaba cuatro orificios que luego se comprobaría que correspondían a impactos de bala.

El caso, que en principio parecía uno más en la rutina de la morgue judicial de Montevideo, se transformó en un episodio clave de la historia reciente del Cono Sur. Y en eso tuvo mucho que ver el antropólogo forense que trabajó en el caso Horacio Solla. Lo que descubrió Solla en plena democracia uruguaya abrió una trama que involucró a la dictadura chilena, a redes de inteligencia militar con Uruguay y a complicidades que aún hoy proyectan sombras.

Esa historia, que comienza con la muerte de Salvador Allende el 11 de setiembre de 1973 en el marco del golpe de Estado de Augusto Pinochet y termina con la condena por secuestro y asociación ilícita a los militares uruguayos Tomás Casella, Wellington Sarli y Eduardo Radaelli —el primero hoy convertido en terapeuta de reiki y terapias alternativas y este último devenido en figura política— en Chile en 2015, es la que narra Solla en su reciente libro El Enigma Berríos (Planeta, 2025).

Todo este contexto, le sirve a Solla para contar cómo él mismo protagonizó, sin quererlo, una parte de la historia más oscura del país andino, que desembocó, en el marco del Plan Cóndor, en las costas uruguayas.

Con paciencia y pasión, Solla cuenta, en diálogo con Montevideo Portal, cómo fue ese estudio primario del esqueleto. “Pude determinar que era un hombre blanco, de determinada estatura. Lo más importante es que la causa de muerte estaba clara: tenía dos disparos en la nuca, con un arma muy potente, una Magnum 357, que le había destrozado el cráneo”, recuerda.

Foto: Escaneado de libro El Enigma Berríos.

Foto: Escaneado de libro El Enigma Berríos.

El experto, que trabajó también en la identificación de varios desaparecidos en dictadura, ató cabos sueltos y destapó una trama que hasta hoy tiene algunas partes difusas.

Es que el hallazgo del cuerpo de ese hombre coincidía con la desaparición, tres años antes, de Eugenio Berríos, el bioquímico chileno vinculado con la policía secreta de Pinochet, la DINA, filonazi y especializado en armas químicas y drogas de diseño.

La identificación no fue inmediata. Solla debió reconstruir ese cráneo que, a su vez, debía ser comparado con el rostro de alguna persona reclamada como desaparecida.

No tuvo suerte. Entonces pensó en la posibilidad de que fuera un extranjero. Fue a la Biblioteca Nacional y se dedicó a buscar en los diarios de años atrás hasta que una “húmeda tarde de octubre” del 95 dio con el nombre de Eugenio Berríos.

Foto: Javier Noceti.

Foto: Javier Noceti.

Años antes Berríos había dado de qué hablar a los vecinos de otro balneario canario: Parque del Plata. El chileno se apareció en la casa de un vecino de la familia Radaelli denunciando que permanecía allí secuestrado por militares uruguayos. Berríos fue llevado a la comisaría Esto pasó el 15 de noviembre de 1992, pero no llegó a los medios hasta mediados de 1993 a través de una carta anónima que llegó a varios medios de prensa y al Parlamento.

Con la hipótesis de que el cuerpo podía pertenecer a Berríos y dado que no existían entonces en Uruguay pruebas de ADN aplicadas a casos forenses, acudió al método de comparación cráneo fotográfica con base en una foto del chileno que solicitó a la Justicia. “Lo comparé con la foto que me mandó el juzgado y las coincidencias eran clarísimas, incluso en la dentadura. Después llegaron las fichas odontológicas desde Chile, y la prueba dental fue definitiva. Era Berríos, no había dudas”, afirma.

Sin embargo, la contundencia científica no alcanzó para derribar resistencias. “Convenía invalidar el trabajo, porque había gente muy importante involucrada. Invalidar mi pericia significaba diluir responsabilidades”, dijo sobre los cuestionamientos a su trabajo que recibió de varios políticos y figuras de la época.

Recién en 2002 los restos fueron repatriados a Chile, luego de nuevas pruebas de ADN que no hicieron más que confirmar lo que Solla ya había establecido siete años antes.

Foto: Escaneado de libro El Enigma Berríos.

Foto: Escaneado de libro El Enigma Berríos.

Pero, ¿quién era el hombre que había aparecido en la arena uruguaya? Berríos no era un ciudadano común. Había estudiado bioquímica en la Universidad de Concepción y fue reclutado por la DINA en los años setenta. Trabajó bajo las órdenes de Michael Townley, agente de la CIA y figura central en operaciones del régimen pinochetista, en la elaboración de armas químicas destinadas a eliminar a opositores. “Él no inventó el gas sarín, pero lo perfeccionó. Lo probaban en animales y luego fue usado para asesinar a disidentes. Incluso se llegó a pensar en envenenar con ese gas el agua de Buenos Aires si estallaba la guerra entre Chile y Argentina. Hablamos de un personaje siniestro, útil para el sistema de la época”, describe Solla.

Además del gas sarín, a Berríos se le atribuye el desarrollo de cocaína sin olor, destinada a burlar los controles aeroportuarios. Su conocimiento científico lo convirtió en una pieza clave del engranaje represivo y también en un testigo peligroso cuando la democracia chilena comenzó a investigar los crímenes de la dictadura. Su desaparición en 1992, mientras estaba bajo “protección” de militares uruguayos, y el posterior asesinato, hoy se sabe, fueron intentos para silenciarlo.

Lo que siguió fueron años de encubrimiento. Hasta hubo unas cartas supuestamente enviadas por el propio Berríos desde Italia, con un estilo que Solla recuerda como “ridículo”: “Parecían cartas de amor” y una foto montada para hacer más verosímil la versión de que el hombre estaba vivo en Europa y no le interesaba tener contacto con Latinoamérica.

Horacio Solla. Foto: Javier Noceti.

Horacio Solla. Foto: Javier Noceti.

Pero la ciencia terminó hablando más fuerte, incluso con las herramientas de la época, que, sin ser tan “avanzadas”, se siguen utilizando por su nivel de certeza. “El ADN no da identidad, da parentesco. Si no tenés con qué comparar, no sirve. En cambio, la dentadura o las radiografías son únicas, irrepetibles”, explica el antropólogo.

De ágil lectura, el libro combina la narración histórica con el análisis desde la ciencia forense y la recopilación de documentos y fotografías de la época.

Consultado sobre la razón para contar la historia del caso Berríos casi tres décadas después de los hechos, Solla afirmó que era un asunto que tenía “pendiente”: “Yo cuento lo que viví, lo que vi y estudié. No me correspondía involucrarme con la familia ni con los aspectos políticos. Lo que hice fue reconstruir la verdad desde lo mío: la antropología forense”.

Por Cecilia Presa