Expedición a la Antártida: una maratón y el silencio que ruge en el continente más remoto
En marzo de este año, un total de 391 personas viajaron al continente más frío y ventoso del planeta para correr.
30.05.2026 08:00
Por Valentina Temesio
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Los techos rojizos y la madera de las construcciones de Ushuaia contrastan con el blanco de la montaña, que abraza al pueblo como si fuera lo último que allí pudiera verse. Todavía no está del todo nevada, aún quedan rastros del verano —si es que así puede llamarse en el fin del mundo— que está por terminar. En esta zona del sur, el calor también convive con el hielo, con la helada que en la noche hace que el pasto esté húmedo, que el cuerpo tiemble.
El puerto de partida del crucero Ocean Victory —donde el Greg Mortimer, el que en 2020 iba a viajar a la Antártida, pero llegó a Montevideo, también está amarrado— será, por unos días, el último recuerdo de la civilización: de que las personas pueden caminar por donde desean, de que el agua en botellas de plástico puede comprarse, del internet rápido y las películas en plataformas, de las flores de colores, del fuego.
En la Antártida, el continente más frío, seco, ventoso y remoto del planeta, las cosas serán distintas. Al menos, durante diez días de marzo. Este viaje tiene un motivo: correr. La travesía será en la isla Rey Jorge, donde también está la base militar uruguaya.
En marzo de este año, un total de 391 corredores viajaron a la Antártida para completar una maratón, una media maratón o 10 kilómetros. Para la mayoría, el objetivo es claro: ser parte del Club de los Siete Continentes de Marathon Tours.
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Foto: Valentina Temesio Clavijo
El color del agua se hace más oscuro a medida que el barco se aleja de la costa. Tiene una tonalidad que solo puede verse cuando la profundidad crece y el horizonte se funde con el cielo. En alta mar, se siente más potente. La primera odisea para llegar al continente es cruzar el canal de Drake, el tramo que separa a América del Sur de la Antártida. Para algunos, es el mar más peligroso y traicionero del mundo. Es, también, impredecible.
Es que las olas, que pueden llegar a medir hasta 15 metros, hacen que los barcos más preparados se balanceen, que las botellas de un bar y las tazas de té se caigan. Que las camas de los camarotes cambien su eje. El peso del cuerpo, por momentos, es incontrolable. Todo se mueve, se da vuelta. Caminar se vuelve complejo, bañarse también.
El crucero Ocean Victory tiene ocho pisos, ventanas que van del piso al techo y está cubierto por alfombras. No parece un crucero de película, de esos gigantes que van al Caribe: su tamaño es más modesto, aunque no por eso es pequeño. La mayoría de los tonos de su decoración son suaves: beige y turquesa, como el mar. Los pasajeros se suben y los idiomas comienzan a mezclarse con los de la tripulación: inglés, español, filipino, indonesio, ruso, checo.
La seguridad no es una constante en la Antártida: faltan dos días para la maratón y el recorrido no está claro. Depende de las condiciones climáticas, del viento, de cómo la nieve deje el suelo. Este, quizá, sea el primer misterio.
Afuera, los albatros vuelan. Las nubes siguen en el mismo lugar. Todo es azul. Los valientes —que ya tomaron su dosis de Aeromar— esperan al Drake. Otros se encierran en sus cuartos y sufren de mareos. La primera noche es tranquila: no se verán esas imágenes en las que las olas parecen partir el barco en dos. Una ida con suerte.
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Dicen las cifras de la Iaato (Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida) que, entre 2024 y 2025, 80.434 personas pisaron el continente antártico. No es, para nada, un destino usual, menos para turistas de América Latina. La mayoría, dicen los guías de Albatros Expeditions, son europeos y chinos. Este barco aún no había registros de uruguayos.
Las aventuras a la Antártida datan de fines del siglo XVII. La primera en invernar en esta región del mundo fue la Expedición Bélgica, que salió en 1897 y finalizó en 1899. Sin planearlo, los tripulantes quedaron atrapados en el hielo. Viajaban dirigidos por el conde belga Adrien de Gerlache, quien había visitado el Polo Norte y buscaba conocer el Sur para atravesar un invierno austral.
A pesar de que su expedición casi decae por problemas financieros, el 16 de agosto de 1897 el Bélgica salió del puerto de Amberes. En Río de Janeiro recogieron al médico Frederick Cook, quien cuidaría de los tripulantes. Llegaron a Montevideo, donde estuvieron dos días, y luego salieron a la “misteriosa Antártida”, como lo cuenta en su libro Through the First Antarctic Night.
Foto: Valentina Temesio Clavijo
En aquellos días, Cook conoció el mate, a los gauchos y el puerto. Escribió sobre la “hospitalidad” de los uruguayos, de los hombres y el consumo de alcohol y cigarrillos. Pasó por la isla de Flores y por el Cerro, se detuvo a mirar la arena, los bosques, las casas con las chimeneas prendidas y el humo que se iba al cielo.
Sin embargo, el barco quedó atrapado en un invierno frío y desolado durante más de nueve meses. Para algunos, una pesadilla; para otros, un sueño. Hay quienes afirman que Gerlache lo hizo a propósito.
No tenían los equipos necesarios para atravesar la estación más gélida en un continente en el que se han registrado temperaturas de hasta -89,2 °C —el récord del frío más bajo de la historia de la humanidad—. Tampoco tenían comida suficiente: mataron pingüinos y focas, que fueron sus almuerzos y cenas.
El resultado de estar atrapado en el hielo, con el silencio que de tanta soledad grita, en un continente sin civilización, parece casi obvio: fueron muchos los tripulantes que padecieron enfermedades de salud mental. También contrajeron escorbuto. Estaban desanimados, perdidos. Deliraban.
Después, en 1914, cuando una Guerra Mundial dividía al mundo, llegaría la expedición de Ernest Shackleton. Dicen que es una de las mayores historias de superviviencia humana: 28 hombres sobrevivieron en un barco que fue aplastado por el hielo y cruzaron en un bote las aguas abiertas del océano de olas incesantes.
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Después de dos días de navegar en las aguas oceánicas, los organizadores de la carrera definieron una fecha. El 19 de marzo la temperatura promedio estuvo entre los 0 y los 1,7 °C. Las capas de ropa comenzaron a multiplicarse: una calza, un pantalón impermeable; una remera térmica, buzos, campera; gorro; medias de lana merino, botas.
Es la primera bajada del crucero. Para llegar a tierra, el primer paso es subirse a un Zodiac —las lanchas a motor que durante estos días serán lo más parecido a tomarse un ómnibus—, darle la mano al conductor, dejar los bolsos, sentarse sobre el borde de la goma, taparse la cara por el viento. Bajar y no saber qué es lo que va a pasar.
En la isla hay una pila de mochilas y botas sobre telas impermeables. Algunos corredores ya salieron a cumplir su objetivo; otros están a punto de hacerlo. A diferencia de la mayoría, la largada de la carrera es modesta y pequeña: tiene una estructura celeste arqueada, el único distintivo de que hay un evento importante.
Los corredores se apilan. Se escucha una cuenta regresiva tranquila, que se mezcla con la ansiedad y la emoción de unos pocos que correrán 10 kilómetros en un continente nuevo. Hasta que llega el momento.
La salida es sobre la tierra negra, seca, con elevaciones leves. A lo lejos el verde brillante, un poco flúor, de las montañas contrasta con el oscuro y el blanco de la nieve que cayó hace unas horas. La carrera es con uno mismo y con las personas que se cruzan. No hay hinchadas, no hay familiares que gritan nombres. No hay paradas con botellas de plástico con agua. No se pueden tirar residuos. No hay música y el baño puede usarse pocas veces.
Isla Rey Jorge. Foto: Valentina Temesio Clavijo
Hay pingüinos que nadan sobre la orilla como si quisieran saludar a los deportistas; un silencio atroz que se rompe con las respiraciones. Las capas de ropa disminuyen cuando el cuerpo entra en calor. El frío no es el mismo para los que entrenan en el invierno del norte, con temperaturas de hasta -20 grados centígrados, y para los que lo hicieron durante el verano del sur.
Las horas pasan. La gente sigue corriendo y caminando, mientras los colores de sus ropas se mezclan con los del paisaje. Los de 10 kilómetros son los primeros en llegar. Seguirán los de la media y luego los de la maratón. Algunos se detienen a sacar fotos, otros siguen en su mundo, el del deporte. Algunos van como si estuvieran apenas calentando, a otros se les nota el cansancio. Un hombre termina una de las vueltas y pide ayuda. Lo abrigan, lo llevan de vuelta al crucero. Abandona la carrera. Otro mayor sigue, ya chueco, pero no deja su objetivo.
En las siete horas de carrera el tiempo atraviesa todos los estados posibles: cae nieve y sale el sol. La tierra se hace barro. Hace calor. Hace frío. Los que viven en las bases militares de la isla se acercan, miran, ven gente nueva. Un hombre regala un alfajor chino. Se va. Aparecen camionetas, un camión oruga para transitar en la nieve. El silencio sigue siendo una constante.
Desde tierra firme el barco se ve pequeño. Se ven las estructuras de la base rusa: roja y blanca, que rompe con los colores sobrios. Todo parece irreal, como un pequeño mundo armado a medida para unos pocos. Ser humano y pisar ese territorio se siente un privilegio: da la sensación de que su motivo en el mundo es no dejar que lo destruyan.
Raúl Temesio, corredor uruguayo, termina de correr la maratón. Foto: Valentina Temesio Clavijo
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Quizá no haya nada tan delicado y salvaje al mismo tiempo como una ballena jorobada, que saca su cabeza del agua para respirar y luego vuelve a sumergirse, sigilosa. Se esconde, se aleja. Sale, respira, tira una bocanada de aire, salta. Da un show. Baila, encuentra a su manada, desfila ante los humanos que se deslumbran con su aparición y con su cola, que parece dibujada a mano y con patrones que no se repiten.
Nunca nadie tendrá una cola igual a la de ella, que se pasea junto a la lancha como si quisiera ver qué pasa ahí, quiénes son los que invaden su espacio. Entonces, asoma esa cabeza deforme y hermosa, con relieves, enorme, y mira. Por un rato deja ver su cuerpo sobre la superficie, blanco y negro, que desaparece en el agua helada que llega hasta los glaciares infinitos.
Parece un jardín blanco: la montaña y su reflejo sobre el mar. Todo es un manto del mismo color, que no es neutro como en la tierra, sino que tiene la potencia del rojo más fuerte y chillón. Como si en este espacio del mundo significara otra cosa, más allá de la pureza: la fuerza de la naturaleza, el grito en un lugar remoto.
En la Antártida no hay casi humanos, pero igual siente sus efectos. Un iceberg se desprende y causa un estruendo, una foca descansa sobre un hielo que mañana puede no estar, el kril que escasea y obliga a las ballenas a buscarlo más lejos. Los microplásticos viajan por las corrientes oceánicas hasta este rincón que parece intocable. La NASA estima que el continente pierde masa de hielo a una tasa de 36.000 millones de toneladas por año. En el lugar más silencioso del mundo, ese número suena fuerte.
Foto: Valentina Temesio Clavijo
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En su libro, Cook menciona 12 veces la palabra silencio: lo describe como muerto, blanco, antártico, opresivo e ininterrumpido. Es que los humanos no estamos acostumbrados a no escuchar nada, a que solo la naturaleza hable. En la Antártida la nada se parece a todo: las montañas que envuelven, los hielos y sus formas incontables, el silencio, la pureza del blanco que habla con fuerza.
Las noches en el Ocean Victory siguen, luego de la maratón el ambiente se vuelve más relajado y los idiomas empiezan a convivir entre sus pasillos. Después, cada uno volverá a su vida. Algunos llegarán con sus medallas violetas, otros con el recuerdo de unos días que parecen de mentira. El silencio tomará un sentido distinto. En los sueños aparecerán ballenas y agua helada. Los icebergs y su celeste hipnotizante quedarán plasmados en fotos, con la misma naturalidad con la que una foca puede mimetizarse con una piedra en la Antártida.
Muchos podrán decir que corrieron en el continente donde el silencio suena fuerte.
Foto: Valentina Temesio Clavijo
Por Valentina Temesio
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