El recién fallecido ex presidente israelí Shimon Peres y el otrora primer ministro Itzjak Rabin, asesinado hace ya más de dos décadas, fueron figuras claves de la política israelí durante muchos años, primero como duros adversarios en las luchas por el liderazgo del partido laborista, pero finalmente como cercanos socios en la búsqueda de la paz en el proceso de Oslo.

Este jueves, mientras el féretro con los restos de Peres ya se hallaba en la explanada de la Kneset, Parlamento de Israel, para recibir el último adiós del pueblo, conversamos en su oficina en Tel Aviv con Yuval Rabin, uno de los dos hijos del premier asesinado, que no olvida , ni las diferencias, ni el acercamiento.


Su padre y Shimon Peres fueron duros rivales y también socios cercanos. ¿Cómo se siente hoy usted con el fallecimiento de Peres?

No se puede hacer caso omiso de todas las rivalidades que hubo, pero hoy es un día triste. Termina una época. Y creo que lo principal es mirar hacia adelante, preguntarnos qué hay que hacer ahora. La sensación es que no hay mucha gente capaz de tomar responsabilidad y de entender que sentarse sin hacer nada no es mejor que intentar buscar soluciones a problemas que no desaparecerán.

Hoy hay un claro estancamiento en el proceso de paz, inexistente de hecho. En realidad, tampoco a su padre le resultó fácil la reconciliación con el jefe palestino Yasser Arafat. Recuerdo su lenguaje corporal de gran incomodidad cuando le estrechó la mano en aquella ceremonia en la Casa Blanca en setiembre de 1993. Pero tanto él como Shimon Peres comprendieron, cada uno con su estilo, que no hay alternativa. Fueron capaces de cambiar ¿verdad?

Ante todo, lamentablemente no podemos elegir a nuestros enemigos y por cierto no a sus líderes. Está claro que profundos abismos separaban a quien encabezaba a la otra parte que estuvo dispuesto a sentarse con nosotros, y mi padre. No sé si la expresión adecuada es que cambiaron... No hubo aquí un capricho momentáneo sino una convicción.
En cuanto a su cooperación, es cierto que trabajaron juntos y en roles intercambiados. No olvidamos que hubo rivalidades y discrepancias amargas, a nivel personal y de principios. Pero también hay que decir que a pesar de todo eso, lograron trabajar juntos y hacer cosas bastante dramáticas.

¿Se anima a comparar entre ellos, como personas, como políticos?

Eran distintos. Peres era el visionario, mirando al futuro, y mi padre tenía más los pies sobre la tierra, cauteloso y siempre sospechando... pero eso no significa que Peres lo haya arrastrado al proceso de Oslo. Algunos lo alegan, pero son tonterías.
Mi padre fue a las elecciones del 92 con el lema cambio en el orden de prioridades y con el compromiso de lograr un acuerdo con los palestinos. Había varios canales y el que prosperó fue Oslo, que él abrazó.

Con Oslo de fondo y la causa que los unió, de lo que usted recuerda en su casa ¿diría que la reconciliación entre ambos, entre su padre y Peres, fue profunda, auténtica?

No creo que se pueda hablar de una armonía idílica, pero sí cooperaron muy bien. Hubo discrepancias, pero el hecho es que a pesar de ello mi padre decidió seguir el canal de Oslo que Peres proponía.
Yo puedo decir claramente que las heridas y malos sentimientos desaparecieron el día del asesinato. Hasta ese momento no hubo idilio sino cooperación por compromiso con la meta. El destino les impuso estar juntos y desde ahora estará uno junto al otro para siempre, en el sitio de su sepultura. Quizás cada uno de ellos, en forma independiente, habría deseado ver las cosas de otra forma. Pero así se dio.

¿Usted piensa participar de alguna forma en los actos, en la semana de duelo?

Me imagino que iré al funeral.

¿Le parece que es importante que vean allí al hijo de Rabin?

Yo no voy por símbolos nacionales, sino a nivel personal. En muchas cosas, Peres actuó de forma muy digna. Toda la oficina del primer ministro quedó tal cual estaba cuando él asumió luego del asesinato. Todo su comportamiento en el corto tiempo que fue primer ministro luego del asesinato, irradió dignidad. También la forma en que se mantuvo en contacto con nosotros.
Yo estuve presente una vez que fue a visitar a mi madre. Y entiendo que hubo otras visitas. Cuando fue electo presidente, nos invitó una vez, a toda la familia, a almorzar con él en Beit Hanasí, en la residencia presidencial. Los malos recuerdos, como dije, terminaron la noche del asesinato.