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Pregunto yo ¿quién va a cantar?

Entrevista a Rada del libro "(Casi) todos son felices. Las entrevistas de Seré Curioso"

"El 80% de la gente me quiere, los demás no me bancan por ser del Frente y de Peñarol".

26.08.2026 17:05

Lectura: 28'

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Por César Bianchi

(Entrevista inédita, 12 de setiembre de 2023)

Ruben Rada está cansado. Y se entiende.

Viene de hacer cuatro conciertos a sala repleta en el auditorio Adela Reta del Sodre para celebrar sus 80 años, después debió viajar a Estados Unidos, y en el medio atendió un puñado de medios que solicitaban su voz.

Mientras otros octogenarios se apoyan en un bastón para caminar o se olvidan de lo que comieron la noche anterior, Rada apela a su memoria para recitar un plantel entero de Peñarol o las formaciones galácticas de bandas señeras como Los Shakers, Opa, Conjunto S.O.S. o La Banda. En sus recientes toques celebratorios se dio el lujo de recibir en escena a León Gieco, Emiliano Brancciari de NTVG o Sebastián Teysera de La Vela Puerca, y se sacó el gustito de cantar junto a sus hijos Lucila, Matías y Julieta y recibir saludos de artistas como Fito Páez, Andrés Calamaro o Carlos Vives.

Este hombre moreno y fornido camina lento, pero (todavía) derrocha swing, cuando canta, cuando baila, cuando toca el tambor. Sin tener el don de escribir letras poéticas y complejas, hizo gala desde muy jovencito de la habilidad de la construcción de la armonía en canciones tan simples como efectivas y pegadizas. Hizo “Heloísa”, “Biafra” y “Malísimo”, pero también “Las Manzanas” y en el mismo sentido, décadas después, hizo bailar a los nuevos jóvenes con “Cha cha muchacha” y “Muriendo de plena”. En el medio dejó pasar varios trenes, o como dice en su libro autobiográfico, le “escapó un millón de veces a la gloria”.

Hizo candombe, parió el candombe-beat, hizo jazz, pop, rock, milongas y tangos. Lo quisieron llevar a tirar falsetes con ellos Joan Manuel Serrat y Tom Jones, tocó el tamboril con Mick Jagger y mucho antes aceptó un porro de la mano de Bob Marley. Cantó un tango en la capital porteña a los 10 años, entregó telegramas cantados, tocó dixieland con Cacho de la Cruz, participó junto a él de El Show del Mediodía, fue actor de una novela en Argentina (país que lo presume como “artista rioplatense”), tocó en Estados Unidos, Europa y hasta en la Antártida (“yo les decía que si nos perdíamos en la nieve, me buscaran a mí”).

Y al promediar los 90, a pesar de no haber conseguido una estabilidad económica, decidió volver al país y radicarse en Montevideo. Un par de discos “comerciales” le permitieron pagarse un apartamento, y vivir el resto de su vida con algo de paz.

Hoy sólo pretende sobreponerse de algunas nanas e intentar “embocarla” con otra canción, mientras alza la voz para que le preste atención el Sr. Spotify. Cuando éste lo atienda, algún día, le dirá: “Yo soy Ruben Rada, el grone para los amigos. Tengo 40 discos en mi carrera. ¿Y vos quién sos?”

-Naciste en Palermo, a los pocos años de vida, tu madre y tus hermanos se mudaron al Parque Batlle. ¿Vivían en la pobreza?

-Claro. Como la mayoría de los negros. Había muy pocos que estaban bien, capaz que alguno tenía un empleo público, pero por lo general, éramos todos clase media baja. Hablo de los negros. Pero era una colectividad muy feliz, los que vivían en Ansina o en Cuareim, que es donde estaba el ghetto y el conventillo Medio Mundo. Estábamos todos juntos, entonces teníamos otro humor, otra música, otros pintores, otra forma de pensar. Y cuando vinieron los militares, los mandaron a todos para distintos barrios, entonces los negros se tuvieron que ir a vivir a los barrios donde había más blancos que negros, o ningún negro en el barrio, y ahí cambió la cosa.

-¿Es cierto que de niño cantabas en una parrillada por monedas?

-Cantaba en parrillada “El Morrongo”, que era el abuelo del Nico Olivera, el balón de Oro en el Mundial Sub 20 de Malasia 97. Iba ahí de noche, y cantaba arriba de una mesa. Me llevaba una cantidad de cachos de carne para mi casa y los compartía con mis hermanos. Y a veces hacía eso para no levantarme a las 7 de la mañana e ir a buscar cuatro litros de leche a cuatro cuadras de mi casa, donde había un expendio de Subsistencia y te daban, si tenías una tarjeta de pobre, cuatro litros de leche por día. Para no ir con tremendo frío a las 7 de la mañana a buscar la leche, yo iba de noche a cantar a la parrillada, y después decía en casa: “Mañana no voy, eh”. 

-Y de chiquito eras hincha de Peñarol…

-Siempre. Pero no desde chiquito. Hasta los 9 años un amigo de mi madre, que se llamaba Omar (un hombre blanco), oficiaba de padrino mío. Y el tipo me llevaba a ver a Nacional, cuando mis hermanos y mis primos eran todos de Peñarol: mis primos Carlitos y “El Cola”, y nosotros éramos Martín, “El Chila” y yo, los hermanos. Un día mi madre —que era muy pobre, trabajaba de sirvienta— fue con mi tía a una tienda de ropa barata, por la Unión, y nos compraron todo el equipo completo de Peñarol a cada uno (zapatos, medias, camisetas y shorts) a pagar a 20 años, que lo pague Dios… Era Reyes. Todos mis hermanos se vistieron de Peñarol y se fueron a la calle a jugar. Y yo me quedé en el cuarto mirando la camiseta de Peñarol: me miraba a los ojos la camiseta. Y ta, me vestí de Peñarol y mandé a cagar a mi padrino. 

-Viste al glorioso Peñarol de los años 60…

-Y del 49 también. Máspoli, Davoine, Carrizo, Juan Carlos González, Obdulio Varela y Romero; Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schiaffino y Vidal. Mazurkiewicz, Lezcano y Varela, Forlán, Goncalves y Caetano; Abadie, Joya, Silva, Spencer y Joya. Y a veces jugaban Cortés y Sasía. 

-Además, tenías condiciones y querías llegar. Pero cada vez que te probabas en un club y te hacían una revisión médica, saltaba una manchita en un pulmón, por la tuberculosis infantil. Hasta los 17 años lo intentaste…

-Desde los 2 hasta los 4 años tuve tuberculosis. En aquella época no había ninguna medicina que curara la tuberculosis. La tuberculosis apareció en el 45, pero recién llegó al Uruguay en el 49 la penicilina, para curarla. Tuve dos años internado, me daban inyecciones de calcio, tomaba el jugo de la carne, caminaba por un parque… Y lo peor de todo era que yo iba por las habitaciones y preguntaba, por ejemplo, por Don Manuel y me contestaban: “Se fue al cielo”.  Al otro día preguntaba por Don Pancho, y me contestaban lo mismo: “Se fue al cielo”. Todos los días se iba alguien al cielo en ese hospital. Y yo les decía a las enfermeras: “Yo quiero ir al cielo con ellos”. Porque eran mis amigos, ¿viste? Yo era el único chiquito. 

Pero sí, tenía habilidad para el fútbol. Corría mucho, era muy rápido, en todos los cuadros a los que fui, quedé. Jugaba de lateral derecho. Me gustaba Rodríguez Andrade, que jugaba de 4. Pero siempre pasaba lo mismo: me iban a hacer la ficha médica, aparecía la manchita en el pulmón y me mandaban pa’ atrás.  

-¿Cuál fue tu primer referente con el tambor?

-Mi padre. Mi padre vivía en el barrio Ansina, cuando todavía existía. Yo lo vi tocar. Según los comentarios de los vecinos, era el mejor repique de Ansina. Los tambores estaban parados ahí, esperando que llegara mi viejo. Y si no, lo iban a buscar. Le pusieron “Traguito”, él estaba en el boliche tomando una. 

-¿Y vos con quién empezaste a tocar candombe?

-Con nadie. Tocaba solo arriba de las mesas. En aquella época no te dejaban tocar el tambor. Mis tíos salían con Añoranzas Negras, pero yo era muy chico y no me dejaban tocar. Pero para que veas el respeto que había por los tamborileros: si vos no tocabas bien el estilo del barrio, no podías tocar. Recuerdo que cuando tenía 20 años, en la puerta del conventillo Cuareim, cuando los grandes dejaban los tambores, los chiquilines íbamos y repiqueteábamos, tocábamos, y dos o tres te miraban de reojo. 

Y a los 20 años, un señor que se llamaba Julio Gómez, que tocaba el (tambor) piano me dice: “Agarre ese repique, lo lleva y lo trae”. Había que ir desde Cuareim a Ansina, sin dejar el tambor, y volver con él. Volví con las manos ensangrentadas, con dolor en el hombro del tambor colgado. Y ahí arranqué. Recién a esa edad me dejaron tocar en la cuerda de tambores. Ahora vas al barrio y toca gente de todos lados. Se perdió un poco el estilo del toque de cada barrio. Antes, Ansina era más rápido, más ferviente, y Cuareim era más musical. Cuareim era (hace el sonido):  chicará, cachún, chicará, chicaráchi, es un sonido donde no se repica todo el tiempo, se repica de a uno o de a dos. Y ahora vos ves que pasan unos tambores, y pasan todos juntos (borombón, borombón, borombón), a ver cuál toca más fuerte, pero no hay musicalidad… 

-¿Y quién fue su gran referente?

-Carlos Gardel.

-Me refería al candombe.

-Pedro Ferreira. Pero yo me crié con Gardel en la radio Clarín, eh. Yo escuchaba a Gardel todo el día, sabía todos sus tangos. Después me junté con Pedro Ferreira, y ahí aprendí a frasear. Cuando vos escuchás el candombe folclorista (“Titarán tarán tarira, Negro José…), si lo cantara yo o Pedro Ferreira sería “Ti…. ta… rán… tarira… Ne…gro José…”, es como flotar sobre el ritmo. No es cantar: “TengouncandombeparaGardel, lindosrecuerdosyotengodel”, cuadrado, ¿viste? Porque así tocan el candombe los folcloristas, lo sienten así. Para nosotros es: “Tengo un candombe para Gardel…”.

-¿Cómo eran —qué eran— los "bailes de la raza", a los que ibas con tu hermano Martín?

-Los bailes de la raza eran en el Hotel del Prado. Se llamaban así porque era el baile de los negros, aunque también podían ir blancos. La gente que se creía negra o que no tenía problemas con los negros, iba al baile. En esa época, los años ‘50 y principios de los ‘60, no dejaban entrar negros a algunos bailes. En el Sud América, por ejemplo, yo llegué a la puerta del baile con amigos y me dijeron que no podía entrar. 

-Hoy sos un músico consagrado y respetado, pero en tu juventud, ¿sufriste la discriminación racial en aquel Montevideo?

-La gente tiene que entender que el racismo no está solamente en Uruguay, y Argentina, está en todas partes del mundo. Vas a Colombia, a Cuba, a Estados Unidos, y también hay racismo. En Brasil hay muchos más negros, y hay racismo también. Donde haya negros, judíos, árabes, rengos, hay clasismo, hay racismo. Pasa que la gente de buenaventura —bien nacidos, decía mi madre— no tiene ese problema. Y le duele mucho cuando los negros decimos que en Uruguay hay racismo. 

Los blancos se enojaban: “¡Cómo van a decir que somos racistas, si tengo amigos blancos que hasta se quedan a dormir en casa!”. Claro, la cosa venía brava cuando vos te enamorabas de la hija de ese blanco… Y tienen miedo de cómo saldrá el hijo, y de cómo los van a despreciar después en el colegio. Y cuando ibas al colegio, y eras hijo de un blanco y una negra o al revés, te tomaban el pelo. 

-De joven trabajabas en el telégrafo nacional y entregabas los telegramas cantados, toda una novedad. Ahí te descubre Cacho de la Cruz y te lleva para los Hot Blowers, una banda de dixieland donde estaban Cacho, Daniel “Bachicha” Lencina, un también menor de edad Hugo Fattoruso. ¿Los Hot Blowers fueron el inicio de tu carrera artística?

-No. Lo primero fue el carnaval: Morenada. Yo tengo 70 años de carrera en este momento, porque empecé a los 10 en Morenada.

-A esa edad, siendo un niño, cantaste en La Revista Infantil, en Carve…

-Es cierto, con Miguel Ángel Manzi, cantando tangos en un concurso. Después estuve con Pedro Ferreira, salí dos años en (la murga) La Nueva Milonga y gané el premio al mejor artista del carnaval, y después con Morenada también gané el premio a mejor artista del carnaval. Ahora, en una banda sí, fue en los Hot Blowers.

-Cacho de la Cruz me contó que como vos eras menor de edad, él fue tu tutor…

-Sí, es verdad. A Cacho le debo mucho. El otro día fue a mi concierto por los 80 años en el Sodre. Estábamos en El Show del Mediodía, fuimos a Chile a tocar, hicimos muchas diabluras en Chile… Cacho me encontró cantando en el tablado de la calle Irlanda, atrás de una marmolería, y preguntó: “¿Este pibe toma?” “¿Quién? ¿Zapatito? (porque me decían “Zapatito”), no toma ni Geniol, “Zapatito”, es un pibe divino”. Y ahí me llevó a los Hot Blowers. Por eso le agradezco a Cacho, porque en aquella época no encontrabas un lugar para ir a estudiar música. Tenías que ir a un Conservatorio o el Sodre, algo así. No había un lugar donde estudiar para hacer música popular. 

Cacho me acercó al botín, me presentó a los Fattoruso. Hugo es como un hermano, me ayudó muchísimo a entender la música. Yo no sabía escuchar música. Por lo general, la gente escucha al cantante, pero no escucha lo que pasa atrás con el bajista, con el trombonista, con el percusionista. Y con Hugo aprendí a escuchar música.

-¿Fue ahí que aprendiste a cantar inglés por fonética?

-Claro. Con los Hot Blowers yo escribía las letras, tal como sonaban. Ponele: “Oh, When the saints, go marchin’ in”, yo escribía: “Ouendesei, goumarchinín”. Años después, con Opa en Estados Unidos, había una canción que decía: “Is there everybody going”, y yo le puse “Sorete barrigón”. Y lo cantaba así y no se daban cuenta: “Sorete barrigón…” y seguía en inglés, pero como me sonaba a mí. “Nos van a matar”, me decía el Hugo. Y después me decían: “You sing very well!”. Había otra canción que cantaba Bob Dylan con Barbra Streisand: “You don’t give me flowers anymore”, cantaba él, y después ella cantaba intercalando lo que decía él. Y yo hacía las dos veces, la de mujer en falsete, y de título le ponía: “Dos en uno”. 

-¿En qué momento te diste cuenta que tenías talento para hacer canciones?

-Cuando aparecen los Beatles. Con Love me do. Ahí me di cuenta. Después me junté con (Eduardo) Mateo, hicimos El Kinto con Mateo. 

-El Kinto nace en un encuentro casual con Mateo, en la calle, ¿no?

-Sí, me lo encontré en la calle, y ambos nos profesamos admiración. Él tocaba bossa nova, todo. Y después de ahí pasamos a Tótem, que fue creado por Eduardo Useta, que fue el que nos dijo a nosotros: “Vamos a hacer un grupo en serio”. La palabra “serio” yo no la tenía en mi dirección. Pasamos a ensayar todos los días en el Hot Club, un club de jazz, y ahí fue que se armó esa semejante banda. 

-¿Por qué no integraste formalmente los Shakers junto a tus amigos? 

-Ellos se fueron a tocar a Argentina y me mandó llamar Osvaldo. Me fui para Buenos Aires a tocar con ellos, y cuando llegué allá, un señor que se llamaba Rota, un productor, quería hacer de los Shakers algo así como los Beatles latinos, y yo no daba ni George, ni Paul ni John ni Ringo. El tipo dijo: “El negrito no va”. Entonces me quedé laburando de plomo con ellos, hasta que me cansé, me vine para acá, y arranqué de vuelta a trabajar en El Show del Mediodía (en canal 12). Ahí fue que empecé con El Kinto y con Tótem.  Y después estuve en Alemania cantando canciones de hit parade, todas bailables: “That’s the way, oooh, oooh, I like it”, y ahí me llaman Hugo y Osvaldo (Fattoruso) que querían que fuera con ellos a grabar el segundo disco de Opa (Magic Time, 1975). Y me fui para allá. 

-¿Cómo podrías explicarme qué es el candombe beat?

-El candombe se tocaba antes más bien como tocaba Romeo Gavioli, con tres tambores en todos lados, pero nosotros tocábamos con tumbadoras y guitarras eléctricas. Y las melodías eran todas tipo Beatles. Teníamos todos los piques de los Beatles. El que le puso candombe beat fue un señor llamado Bergeret. 

-Pero a ustedes no les gustaba el término de candombe beat…

-A mí me encantaban, pero a la raza negra —bah, mis negros queridos, ahora afrodescendientes— no le gustaba lo que hacíamos. Tampoco le gustó lo de Tótem, por lo que te decía: el candombe clásico se tocaba con tres tambores, y nosotros tocábamos otra especie de candombe. Yo “Biafra” hoy la toco con tres tambores. Pero no había dinero para poner tres tambores. Tres tambores son tres sueldos, tres viáticos, tres pasajes. 

-Tenías 26 años cuando compusiste "Las Manzanas", una letra simple, pero divertida. ¿Por qué pegó tanto?

-Por eso mismo: porque era simple y divertida. Mi madre me dijo: “Si cantás como lo hacés en los cumpleaños, vas a tener éxito”. Yo en los cumpleaños cantaba, me divertía, contaba cuentos. Después, me encontré con Fattoruso, con Mateo, y empezamos a enrarecer la cosa. Empezamos a hacer canciones más complejas y virtuosas. En cambio, “Las Manzanas” es una canción que puede cantar todo el mundo. 

-¿Qué distinguió a Tótem de El Kinto? ¿El profesionalismo? Me imagino que no sólo eso, porque musicalmente eran otra cosa. Era candombe mezclado con otras influencias, era fusión, y canciones propias, algunas contestatarias, bien de la época (1971).

-Sí, Tótem fue el grupo más profesional de mi carrera. Con El Kinto ensayábamos de vez en cuando, yo no tenía tumbadoras, tampoco tenía atril de tumbadoras, una vez me afane un banco de una boite, lo daba vuelta y ahí ponía la tumbadora. Y estaba recién naciendo la música, estaban los Killers, Los Delfines, el rocanrol a full, y nosotros tocando candombe beat. Íbamos con Mateo a tocar a las boites y nos echaban. El Kinto fue como una cajita de música, y Tótem un grupo de fuerza. Tótem era más rockero. 

-Contás en el libro autobiográfico que hiciste con Peláez que cada vez que interpretaban "Heloísa" se agarraban a las piñas, los de la JUP contra los de la 26 de Marzo. ¿Qué tenía esa canción que los encendía?

-Pasaba en cualquier lugar. “Heloísa” era la última canción del show, y nadie se la quería perder, todo el mundo quería bailar esa canción. En ese momento, entraban los de la JUP de golpe, y a las trompadas limpias contra los de 26 de Marzo. Si entraran en “Dedos” tendría más sentido, “Heloísa” no es una canción agitadora, pero era una época de lucha, donde ser socialista o comunista era como ser un asesino. Con esa canción yo me equivoqué. Fui a ver la película Orfeo negro, donde la chica de la película se llamaba Eurídice, y yo me enamoré de esa chica. Salí del cine y compuse una canción, pero me olvidé de ese nombre y le puse “Heloísa”. ¡Me confundí! 

-Te has codeado con grandes dioses de la música mundial. Más de uno recordará el encuentro con Mick Jagger cuando vinieron los Rolling Stones en 2016, y lo llevaste a lo del “Lobo” Núñez, pero mucho tiempo antes, fumaste un porro con Bob Marley en un camarín y sentiste lo penetrante de su mirada…

-Bernard (Fowler), corista de los Stones, me quería ver. Yo no quería ir, estaba cansado. Pero esa noche era el cumpleaños del Lobo, entonces fui para lo del Lobo, y no tenía nada. Entonces compré cerveza, papitas chips, y después aparecieron otras cosas. Yo me iba sobre la medianoche, golpean la puerta y aparece Bernard con Mick Jagger. Yo no sabía que venía con Jagger. Y ahí entra, y lo abraza el Lobo y le dice: “¡Miguelito, qué alegría que vengas a mi cumpleaños!”

Y lo de Marley es verdad. Fue por el 76 o 77, en el teatro Paramount de Washington. Estaba (el tecladista) Bob James, (el percusionista) Airto Moreira y terminaba el concierto Marley, Moreira nos dice: “Che, ¿quieren conocer a Marley?” Entramos al camarín, y había que cortar ese humo con un cuchillo. Tenía un churro largo como un control remoto. Y me convida: “Do you want?” ¿Y le voy a decir que no a Bob Marley? Le di una pitada, y ya no supe más nada de lo que pasó… Porque yo no fumaba nunca. Sé que toqué con Airto Moreira, eso me dijeron.

-En 1978 te radicaste en Buenos Aires. ¿Sentías que era lo mejor para tu carrera?

-Yo ya había estado en Buenos Aires con los Shakers. Y había estado haciendo teatro, a los 11 años en el Teatro Nacional en la calle Corrientes, era un negrito que cantaba con todas las vedettes. Cuando vengo a Uruguay, hice un concierto grande en el Club Trouville, con (Jorge) Galemire, “Cheché” (Gustavo Etchenique), y otros, hicimos ese concierto, y al otro sábado, me hablaron para tocar en un boliche que habían hecho en un sótano al lado del Teatro Galpón. Y fueron 20 personas, a la semana siguiente, de nuevo 15 o 20 personas. Dije: “Me voy”. Arranqué para Argentina, y ahí formamos S.O.S. 7hy (significaba Sonido Original del Sur de los 70) y años después, La Banda en 1980, con reconocidos músicos de jazz de allá. Tocamos en un barco en Malvinas como dos meses, recorrí todo el sur, la Antártida, todo divino, y después de ahí volví a Montevideo para hacer Tótem.

-“Estuve cerca de la gloria millones de veces, pero siempre le escapé”, le dijiste a Peláez. Incluso, ponés como ejemplo cuando Serrat te quiso llevar con él a España. ¿Y por qué le escapaste?

-No es que le escapé. La vida te pone dos cosas en el camino, y a veces tenés que elegir la más humana, podríamos decir. Yo me fui a Argentina a trabajar con el grupo S.O.S., los mejores músicos de Argentina (Héctor “Finito” Bingert en saxo, Luis Cerávolo en batería, Héctor Cerávolo en teclados), unos genios. Grabamos un disco increíble, que hace poco estuvo nominado en los Premios Gardel como uno de los mejores discos de la historia. Yo estaba trabajando con ellos, inauguramos el Sheraton, y aparece Tom Jones. Y el capo de los coros de Tom Jones me escuchó cantar, me llamó a la habitación, me escucharon y me quisieron llevar a Inglaterra. Le tuve que decir que no. ¿Qué hacía con toda esa gente que había dedicado su tiempo a grabar un disco con música mía? No podía dejarlos. Después anduvimos por todas las compañías mostrando el disco (Ruben Rada y Conjunto S.O.S.), y nos decían que estaba demasiado, que no era para la época.  

Siempre estuvimos adelantados: Opa estuvo adelantado, Tótem estuvo adelantado, El Kinto estuvo adelantado, los Shakers estuvieron adelantados. Y eso lo confiesan Fito Páez, Charly García y Spinetta se escapaban del liceo para ir a ver a los Shakers.

-Después de probar suerte en México, tras un mal momento financiero en Argentina, en 1995 volviste a radicarte en el país. ¿Por qué volver a Uruguay el 20 de julio de 1995?

-Me volví porque mi hijo Matías un año antes me dijo, con 9 años: “Papá, qué chido este país, no me quiero ir nunca de acá”. Entonces, me generó una alarma, nos pusimos a hablar con Patricia (Jodara, su esposa y manager): “¿Qué hacemos? Si sigue creciendo y tiene novia, no nos volvemos más para Uruguay”. Yo no fui a México a quedarme, fui a estar un rato. Al año siguiente nos volvimos, y Matías estaba enojadísimo: “Este país podrido, chingado”, decía. Sufrió mucho. Yo lo llevaba los domingos a ver a Peñarol. En el 97 ganamos el Quinquenio, y ganamos el clásico de atrás 4 a 3. Íbamos perdiendo y Matías se quería ir del estadio. Le dije que no, que lo íbamos a dar vuelta. Ganamos de atrás y fue increíble. Él salió contentísimo del estadio. Al fin de semana siguiente le dije: “Matías, si te sentís tan mal acá, nos volvemos a México”. Y él me dice: “¿Y Peñarol, papá?” Y ahí nos quedamos.

-¿Por qué algunos músicos como Ricardo Lew o Ricardo Nolé no querían hacer "Rock de la calle" o "La mandanga"? ¿Les parecían canciones pobres al lado de otras?

-Me criticaban porque hice “La mandanga”, decían que estaba pa’ la joda. Y yo vengo de “Las manzanas”, empecé cantando eso. Después me junté con músicos del mundo, empecé a hacer jazz, a entender otras cosas. Pero cuando le hice caso a mi vieja, me fue bien. Por ejemplo, cuando grabé “Cha Cha, muchacha” y “Muriendo de plena”, que eran dos canciones que había compuesto en México para vender a otros artistas. ¡Rompían la lista de temas! Eso pasó cuando fuimos a Cuba. Yo le dí la lista a Lew y estaban “Montevideo”, “Robin Hood”, “Me pa”, “Un candombe para Gardel”, y cuando veía al final “Rock de la calle”, me decía: “Mirá lo que hago con la lista” y me la rompía en la cara. Ellos entendían que era muy comercial para la banda que teníamos, con Osvaldo, con Nolé. 

-Sos un músico autodidacta. ¿Nunca te interesó estudiar música, de una forma más académica? ¿O estudiar un instrumento?

-Yo tenía una profesora de piano, cuando tenía 10, 12 años, que se llamaba Clementina Gómez. Era una pianista negra. Iba a la puerta de mi casa y le decía a mi madre: “Por favor, dígale a este chiquilín que no falte, que venga a clase, que tiene mucho talento”. Y yo prefería irme a jugar al fútbol con mis hermanos. Estaba en cualquiera. Quise estudiar trompeta también, llegué a tener ocho trompetas. Aprendí a tocar agudos en la trompeta. Pero nunca tuve paciencia para ponerme a estudiar, nunca tuve constancia para el estudio, y tampoco tuve una familia muy avanzada en el estudio. Uno de los sueños más grandes fue que mis hijos fueran al liceo. Durante cinco generaciones en mi familia, ninguno fue al liceo.  

-Con Quién va a cantar (2000) y luego Alegre caballero (2002), ambos producidos por Cachorro López, vendiste muy bien, fue un salto significativo en ventas. Una vez te escuché decir en lo de Mirtha Legrand que buscaste hacer un disco comercial, para vender más, porque con discos más conceptuales o refinados, no habías vendido bien, por mejores que fueran las críticas. Explicame eso.

-Pará, ¿qué es comercial? Comercial es Steve Wonder, comercial son los Beatles o los Rolling. Lo que no es comercial es… Charlie Parker, Duke Ellington, todas esas “bestias”, los demás tocamos música… Allá en Estados Unidos no le llaman música comercial. Yo con esos discos que mencionás vendí muy bien, sí. Y con esos discos busqué tener un poco más de masividad. Todo el mundo laburaba por todos lados, y el único que estaba parado era yo. Tanto así que tocaba en las boites, en pubs, pero no veía un teatro ni en pedo. Un día hice un teatro Alvear en la calle Corrientes y había 50 personas, y eso era porque la gente me veía todos los fines de semana tocando en los boliches de Buenos Aires. O sea que yo mismo cagué mi carrera.

-De algún modo eso le dijiste a Nolé cuando te criticó por esos discos. Le dijiste: “Luché toda la vida por la música uruguaya. Ahora, gracias a Quién va a cantar me pude comprar un apartamento, recién a los 60 años”. Pero, artísticamente, ¿vos te sentís conforme con esos discos? ¿Te representan?

-A mí me gustaron mucho los discos, pero igual le pedí disculpas a los músicos, a los que les gusta el jazz. “Muchachos, tengo que grabar este disco, porque si no, me tengo que ir de Uruguay”, les dije. Y yo no me quería ir de Uruguay. Grabé esos discos, me fue bárbaro y hasta el día de hoy sigo tocando esas canciones. ¿Sabés qué me dijeron los músicos? “Radita, ojalá yo pudiera hacer un disco así”. Yo los escucho y soy yo, totalmente. No tracioné a mi yo joven. El Rada joven era “Las Manzanas” o “Guantanamera”. Yo me enganché en otra cosa, lo que les gusta tocar a los músicos, me gustó la cosa complicada, ganarme el respeto de los músicos, pero… no ganaba dinero. Con Tótem trabajamos un año y medio nomás y nos separamos. Yo me tuve que ir porque ganaba dos mangos.

-Celebraste a todo candombe (y otros géneros) tus 80 años, con tres noches en el Auditorio Adela Reta, con músicos invitados y con tus hijos tocando y cantando contigo. ¿Te sentís querido y respetado como artista en tu país?

-El porcentaje de gente que me quiere es grandísimo. Para ser un negro, querido en Uruguay, ese porcentaje es enorme: un 80%. Después está la gente que no me banca porque soy del Frente o hincha de Peñarol. Nadie en la calle me trata mal. Nadie me dice: “¿Cómo le va, señor Rada?” Es más bien: “¿Cómo va grone? ¿Tus cosas bien?” Hay gente que me dice Richie Silver, incluso, gente que se quedó con eso.

-Más temprano hablábamos de la discriminación en tu juventud. Ahora, pregunto: ahora que sos un tipo famoso y consagrado en este país, ¿sentís aquella discriminación?

-Es difícil contestar eso, porque el racista no va de frente. No te dice: “Yo soy racista”. Yo cuando escucho que alguien dice “no me gustan los negros”, le agradezco, porque sé que con esa persona no puedo contar. Pero el racista te da la mano, te palmea la espalda, pero vas a pedir un laburo y no te da. Ya lo contó Cassius Clay: vas a pedir un laburo, y tiran tu curriculum en la papelera. No te llaman nunca. 

Otro de mis sueños, un sueño grande: los negros en la Universidad. Que los padres de los negros hagan un esfuerzo gigante y manden a sus hijos a la universidad. Yo no pude, porque arrancaron para la música. Pero es de la única manera que se puede crecer. Te cuento algo: hace un tiempo vino a verme un médico negro, con un enfermero. Entraron los dos y el enfermero me habló, me saludó, me felicitó, y yo le contesté, empecé a hablar con él. Hasta que médico me dice: “¿Por qué habla con él si el médico soy yo?”. Fue una vergüenza enorme, porque actué como blanco. Le dije: “Tenés razón, lo que pasa que le hablé, porque él me habló”. Me dio una vergüenza tan grande… Te lo cuento para que veas por lo que ha pasado ese médico, para reaccionar así.

-¿Qué te queda por hacer?

-¿En este momento, con todas las enfermedades que tengo? Vivir. Tengo colesterol, hipertensión, fui tuberculoso… tengo de todo. Soy gordo, tomo 16 pastillas por día. Igual, para tener 80 años, estoy bien. 

-Yo me profesionalmente…

-Tener suerte para embocarla otra vez con otra canción. Es lo único que deseo, nada más. Y otra de las cosas que me quedaría por hacer es ver cómo se arregla esto de Spotify, y que los artistas puedan cobrar el dinero que se merecen. Yo ni lo conozco a Spotify. Me costó años hablar con el director de una compañía (discográfica), años. Lo vi el primer día, y después nunca más. Los conocí y todo, y ahora me doy cuenta de que no sirve de nada. Vos grabás, ponen tu canción en Spotify, y si tenés, por ejemplo, 20.000 o 50.000 visitas, creo que no ganás ni 1.000 dólares. Y antes yo vendía un millón de discos, y ganaba 2 millones de dólares. Y eso nunca me pasó. En toda mi carrera no llegué al millón de discos. Con todos los discos que grabé, más de 40.

-¿Sos feliz?

-Ahora sí. Pude tener mi casa, mis hijos tocan la guitarra, Lucila está en la televisión (en TV Ciudad), Julieta está en Nueva York (es muy talentosa), Matías está bárbaro, están todos sanos, divertidos, soy abuelo, tengo dos nietos divinos (Sofía y Salvador). Tengo una vida re piola. 

Por César Bianchi