Miguel es un comerciante que tiene su local de aberturas de aluminio y herramientas —Convención Aberturas— en la esquina de Convención y Paysandú, en pleno Centro de Montevideo. A las 9 de este lunes 22 de junio, llegó al lugar para abrir su negocio como todas las mañanas y se encontró con un panorama desolador: delincuentes habían forzado la entrada y robado más de US$ 4.800 en mercadería.

“De mañana abrí el local como todos los días y me encontré con vidrios. Levanto la persiana, que ya no tenía los candados, vi el vidrio roto y adentro era un desastre”, cuenta a Montevideo Portal. Sobre el piso todavía quedaban esparcidos los restos del cristal de unos seis milímetros de espesor que los ladrones rompieron para acceder al local.

“Estaba heavy para romperlo, es muy fuerte. Rompieron, subieron la cortina, se metieron y acarrearon cajas por el hueco del vidrio. No se cortaron ni nada, no hay una gota de sangre”, relata, aún sorprendido por la forma en que actuaron.

Aunque todavía no había terminado de contabilizar todas las pérdidas, estima que le robaron entre 30 y 35 herramientas de mano. “Se llevaron baterías, taladros a batería, amoladoras a batería. El 80% de lo que tenía colgado y cajas que tenía apiladas”, detalla. A eso se suma la laptop que utilizaba para la facturación electrónica del negocio. “Me rompieron todo, fue un caos total”, lamenta.

Todavía conmocionado por lo que acababa de descubrir, Miguel tomó el teléfono y llamó al 911. Necesitaba que un móvil policial llegara al lugar para tomar la denuncia y relevar la escena del robo. Sin embargo, asegura que la respuesta no fue la que esperaba.

“La muchacha [que lo atendió] me dice: ‘Ya te mando un móvil para ahí’. Como no vino nadie, a eso de las 10:30 volví a llamar y me dice: ‘Pero mirá que ya te dijimos que estaba demorado’. Le digo: ‘No me dijiste que estaba demorado’, y me contesta: ‘Ay, estás medio nervioso’”, relata.

La situación terminó elevando aún más la tensión de una mañana que ya era difícil. “Le digo: ‘Ponete en mi lugar, ¿cómo no voy a estar nervioso si me robaron todo?’. Y me cortó, me dejó hablando solo”, agrega.

Miguel asegura que quedó disconforme con la respuesta policial por dos motivos. El primero fue justamente el intercambio que mantuvo con el servicio de emergencias. “La muchacha también me dijo: ‘Hay cosas más primordiales’. Entiendo que no es un asesinato, pero antes que nada por lo menos hablame bien, porque yo siempre le hablé bien”, sostiene. Según cuenta, el móvil policial terminó llegando cerca de las 13:15, más de cuatro horas después de que realizara el primer llamado.

Pero hay otro aspecto que le genera interrogantes. Por la cantidad de herramientas, cajas y mercadería sustraída, cree difícil que el robo haya sido cometido en un único viaje y por una única persona. Sin embargo, no tiene forma de reconstruir con certeza cómo actuaron los delincuentes porque el local no cuenta con cámaras de seguridad.

“Estaba esperando a que se desocupara un local que está al lado para unirlo a este. Entonces quería hacer todo el sistema de vigilancia en ambos locales en una sola vez. Comí del táper”, admite.

La paradoja, señala, es que frente a su comercio, a unos 20 metros de distancia, hay dos cámaras del Ministerio del Interior. Aun así, le informaron que no podrá acceder directamente a esas imágenes para conocer cómo ocurrió el robo ni identificar a los responsables.

“Me quedaron en pasar información [sobre los registros de las cámaras], pero no me las van a mostrar. Tengo que pedir una orden o que mi abogado se comunique con un juez para poder acceder a los videos, y lo voy a hacer”, afirma. “Me interesa saber quién fue, porque mañana, cuando solucione todo, va a seguir entrando el ladrón sin que yo me dé cuenta de quién es. Porque alguien entró ya sabiendo por dónde ingresar, dónde romper, qué día y a qué hora estar, todo”, agrega.

Para Miguel, este último golpe es apenas el más reciente de una seguidilla de problemas que viene enfrentando desde comienzos de año. En febrero fue víctima de una estafa por más de US$ 20.800, luego de que un supuesto cliente le enviara un comprobante falso de transferencia para retirar mercadería. “Vino un hombre, un tal Mario. Me hizo un pedido de cosas estándar. Al otro día me hizo la seña y a la hora estaba cargando la mitad del pedido”, recuerda.

En aquel momento, al revisar su cuenta bancaria y no ver acreditado el dinero, no sospechó de inmediato. Entre el volumen de trabajo y la posibilidad de que la transferencia proviniera de otra institución financiera, asumió que la operación podía demorarse algunas horas. Sin embargo, el dinero nunca llegó. 

Con el paso del tiempo quedó claro que había sido engañado. La mercadería ya había sido retirada y, hasta el día de hoy, no hubo novedades sobre el responsable. “Incluso fuimos a la dirección que nos dejó, que era en Colonia Valdense. El lugar no existía, había un taller de motos allí”, relata.

Como si ese episodio no hubiera sido suficiente, apenas tres meses después volvió a sufrir otro perjuicio. El 28 de mayo, una persona en situación de calle rompió un caño de agua ubicado en el exterior del local para bañarse. El daño terminó provocando una inundación dentro del comercio. “Me rompieron un caño de agua desde afuera para bañarse, y parte de ese caño quedó mirando para adentro del local. Se me inundó todo”, recuerda.

El agua cubrió varios centímetros del piso y afectó parte de la mercadería almacenada, entre ella baterías y otros productos que se encontraban en cajas en el suelo. Menos de un mes después de aquel incidente, el comerciante volvió a encontrarse con un escenario devastador: el robo que este lunes vació gran parte de las estanterías de su negocio.

La sucesión de golpes sufridos en los últimos meses no solo dejó pérdidas económicas importantes, sino también un fuerte desgaste emocional. Entre la estafa de febrero, la inundación de mayo y el robo de este lunes, Miguel siente que siempre está tratando de recuperarse de algún contratiempo.

“Si me robaron a mí, el importador cobra. El que tiene la deuda soy yo”, subraya. Detrás de cada herramienta perdida o de cada pedido que desaparece, explica, hay compromisos comerciales que siguen corriendo y cuentas que deben pagarse igual.

“Llegar al local a donde trabajás y a donde intentás generar tu ganancia para mantenerte y encontrarte esto, te baja todo el ánimo al piso. Uno está medio harto de todo”, reconoce. Aun así, asegura que no le queda otra alternativa que seguir adelante. “Sigo como puedo, trabajando, cubriendo agujero por aquí y por allá. No es fácil cumplir con todo en un emprendimiento acá en Uruguay porque tenés el BPS, el DGI, la luz, el agua, el wifi, publicidad”, enumera.

Y aunque admite que hay momentos en los que las dificultades parecen acumularse demasiado, intenta no bajar los brazos. “Entonces, son cosas que a veces decís: ‘Bueno, no sé si emprender o ser empleado’, porque te pasa esto y querés largar todo al carancho”.