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Uruguay es el mejor país

El ruso que llegó sin saber el idioma, se enamoró de Uruguay, y cuyo hijo juega en Peñarol

Mikhail Chetverkin contó cómo fue emigrar con su familia, aprender español y construir una nueva vida en una cafetería del barrio Palermo.

09.08.2026 16:00

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Por Agustín Bassini
  [email protected]

Antes de llegar a Uruguay, Mikhail Chetverkin trabajó durante años en el rubro gastronómico en Rusia. Sin hablar español y con el objetivo de darle una vida más segura a su familia, decidió emigrar junto a su esposa y sus dos hijos.

Hoy es el dueño de La Melodía del Café, una cafetería ubicada en el barrio Palermo, en la calle Doctor Carlos María Morales 916, donde él mismo prepara el café, elabora la pastelería y atiende a los clientes.

“Todo lo que hago, lo hago con amor. Para mí el cliente es el número uno”, cuenta Chetverkin a Montevideo Portal, quien explica que la decisión de dejar Rusia surgió hace varios años, cuando comenzó a buscar un país que ofreciera mayor tranquilidad para criar a sus hijos. Tras analizar distintas opciones, eligieron Uruguay para empezar una nueva etapa.

Aunque estudió derecho y psicología, siempre trabajó en actividades vinculadas a la gastronomía. Al llegar al país apenas podía decir algunas frases en español, pero asegura que la tecnología y, sobre todo, la disposición de los uruguayos para ayudarlo, fueron fundamentales para adaptarse.

“En Uruguay la gente quiere ayudarte. Si tenía un trámite en Migración, en la Intendencia o en una policlínica, siempre encontraba personas dispuestas a darme una mano”, recuerda.

Con el paso del tiempo descubrió aspectos de la cultura uruguaya que lo sorprendieron. Uno de ellos fue la importancia que las personas le dan a la conversación. “Los clientes no solo quieren saber qué tiene una torta; también quieren charlar. Eso me gustó mucho”, afirma.

También destaca el valor que los uruguayos le dan a la familia. Ver las fotos que sus clientes le muestran de cumpleaños y reuniones familiares le recordó el tipo de vida que siempre soñó tener. “Me encanta esa cultura de reunirse, hacer un asado, cantar y compartir”, dice.

Sus hijos se adaptaron rápidamente a la vida en Uruguay. El menor llegó al país con ocho años y hoy, según cuenta su padre, habla mejor español que ruso. Además, vive con intensidad su pasión por el fútbol: juega en la academia de la Fundación Real Madrid y en las juveniles de Peñarol, mientras sueña con vestir algún día la camiseta de la selección uruguaya. Entre risas, Chetverkin asegura que está convencido de que en 2038 Uruguay será campeón del mundo con un gol de su hijo en la final frente a Brasil. “Él entrena todos los días. Realmente quiere ser futbolista”, afirma.

Por Agustín Bassini
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