El Poder Judicial había publicado días atrás el fallo del caso Milvana Salomone, en el que se daban detalles del secuestro y las condiciones de reclusión de la doctora.

Por ejemplo, el fallo revela cómo fue trasladada a la casa de Peñarol, donde la llevaron a un pozo hecho con bloques de 1.70 de altura, 7 bloques de largo y 5 bloques de ancho, donde tenía un camastro.

"Esa noche, no fue alimentada, pero a la mañana siguiente le fue alcanzado una taza de café batido caliente y muy gustoso, detalle que subrayó en toda la comida que le fue proporcionada. El pozo drenaba agua y diariamente debía evacuarlo con un balde que desde el exterior le era alcanzado desde 'arriba' de ese pozo que cerraban con una tapa de portland", señala el documento.

En el día de hoy, el periodista Eduardo Barreneche del diario El País publica datos adicionales obtenidos del expediente del caso, al que tuvo acceso. Por ejemplo, menciona que la jueza Dolores Sánchez le preguntó: "Mirando hacia atrás, ¿piensa que alguna persona le quisiera hacer esto?".

"Lo pensé. Pero no hay ninguna persona tan enojada como para hacerme eso. En mi familia tampoco. En el entorno de mi hermano, no creo. La interna de los caballos no la sé. En su caso hubiera sido con sus hijos o mujer", contó la doctora.

Cuando llegó a su casa en Parque Batlle y vio a dos figuras que se aproximaban con canguros, tuvo la "intuición" de que algo le iba a pasar. Quiso entrar de vuelta a la camioneta pero le apuntaron con un arma.

Tras llevarla en la camioneta -que no sabían manejar porque era automática- le sacaron la batería a su celular para que dejara de emitir señal.

"Hacía mucho calor. Y no bajaban los vidrios. Llegamos a un lugar. Ellos dos me bajaron. Nunca recibí un tirón de pelos ni un golpe. Siempre me decían: tranquila, no te va a pasar nada; no somos violadores", contó Milvana, según el expediente.

Llegó luego al lugar donde quedaría recluida. Los secuestradores le colocaron una remera negra en la cabeza, le ataron las manos con un precinto y le taparon la boca. La doctora creyó allí que la matarían.

Después de su primera noche en el pozo -donde escuchó roncar y "hablar en sueños" a sus secuestradores, que durmieron arriba- le dieron un café caliente y le pidieron que escribiera en una lista todo lo que necesitaba.

"Ahí me di cuenta que el encierro iba para largo", dijo, según el expediente al que accedió El País. Tal cual se había difundido en el fallo judicial, el pozo drenaba y se llenaba de agua. Sólo en la primera semana la doctora sacó entre 14 y 20 baldes de agua.

La alimentación fue buena y elaborada. Ensalada con aceite de oliva y de palta, o carne de buena calidad. "Me daba la sensación que no estaba entre pichis", explicó. "Fue horrible lo que viví pero podía haber sido peor. Nunca me gritaron ni pegaron. Yo les dije que no me iba a escapar".

Leyó 14 libros en cautiverio, aunque se negó a leer uno de los que le bajaron: Memorias del Calabozo, de Mauricio Rosencof.

Se bañó con un balde de agua caliente una vez cada cuatro días. Ella misma se lavaba la ropa interior, que secaba con la bombita de luz del pozo.

"Nunca se me ocurrió escaparme. Yo quería estar viva (...) Siempre fui respetuosa; nunca lloré; no discutí", contó en otro tramo.

Cuando se le preguntó si creyó alguna vez que la podían secuestrar, respondió: "No. Me queda una anécdota: hace un par de semanas, mi hijo me preguntó: ¿Qué pasa si me secuestraran? Yo le respondí: Antes que te secuestren, hay miles para secuestrar. Yo por vos doy la casa. Eso le sirvió para darse cuenta que yo la iba a luchar".