El día después: tras el centenario del armisticio ¿qué lecciones podemos aprender de la Gran Guerra?
Conmemoramos cien años del final del conflicto, y por aquel entonces Europa acababa de conmemorar el centenario de las guerras napoleónicas.
Por Gerardo Carrasco
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12 de noviembre de 1918. Es el día después del día final. Los cañones ya no atruenan, los soldados se agolpan en carromatos, trenes y camiones para volver a casa. Los que aguardan su traslado pueden, por primera vez en meses, fumar un cigarrillo sin miedo de llamar la atención de un francotirador en la trinchera de enfrente. Los periódicos de todo el mundo coinciden en sus primeras planas: Alemania depone las armas y la interminable guerra finalmente termina ¿Y ahora qué sigue?
¿Cuáles fueron las consecuencias del gran conflicto en los tiempos inmediatamente posteriores? ¿Fue realmente una guerra inútil, que sólo sirvió para generar una todavía peor? ¿Los gobernantes y diplomáticos de la época eran conscientes de lo que se jugaban?
"Hoy día resulta difícil apreciar qué acontecimiento tan abrumador debió de parecer la contienda y cuán aplastantes fueron sus consecuencias", recuerda el historiador británico David Stevenson en su libro "1914 - 1918: Historia de la Primera Guerra Mundial". En dicho trabajo, ofrece un completo y elaborado análisis del periodo interbélico, que separa claramente en dos etapas. La primera década (1919 - 1929) y la fatal década de 1930.
"La lucha en torno a los tratados de paz no sólo dominó la política y la diplomacia europea durante dos décadas -y la consiguiente guerra fría franco-alemana- sino que dio lugar a un caos financiero y monetario y una perturbación masiva del comercio y la producción y el empleo", recuerda. En ese sentido, cabe recordar que los esfuerzos económicos de la guerra y los "malabarismos" financieros a los que obligó a las naciones beligerantes, sembraron en buena medida el terreno sobre el que brotó la crisis de 1929.
"En un plano más general, tanto vencedores como vencidos salieron del conflicto con sus sociedades heridas, agobiadas por cientos de miles de mutilados y de familiares de víctimas y por ruinosos compromisos de reconstrucción y rehabilitación", recuerda Stevenson, quien destaca que, pese a ello, "la década de posguerra acabaría demostrando la impresionante capacidad de recuperación de Europa, hasta que a comienzos de la década de 1930, una trágica concatenación de circunstancias provocó una nueva crisis, cuando la catástrofe económica y la ascensión del movimiento nazi coincidieron con el repliegue de los antiguos vencedores hacia unas posiciones de desunión cada vez más profunda, hacia el aislacionismo y el pacifismo. Dejaron escapar, pues, la oportunidad de actuar en el breve intervalo en el que Hitler habría podido ser detenido sin necesidad de una guerra importante". Por el contario "se decidieron a plantarle cara cuando ya era demasiado tarde".
Para el historiador, "esto no significa ni mucho menos que la Primera Guerra Mundial fuera la causa completa y suficiente de la segunda, sino un requisito necesario de ella, pero sus repercusiones jugaron en contra de una paz duradera, para cuya consecución habría hecho falta una combinación de buena suerte y de habilidades políticas excepcionales. Ninguna de estas condiciones se materializó", lamenta.
Así, pues, la trabajosa reconstrucción de la primera década de posguerra comenzaba a dar sus primeros frutos, cuando una crisis financiera global derribó los endebles logros y abrió paso a movimientos, revanchistas, totalitarios y belicistas.
La guerra inútil
En el imaginario colectivo, la Primera Guerra Mundial tiene una reputación doblemente sombría: por las vidas que segó, y por no haber culminado en una paz que diera validez a las vidas sacrificadas, algo similar a lo que sucede en la opinión pública estadounidense respecto a la guerra de Vietnam. Sin embargo, el análisis de los hechos en su justa perspectiva permite matizar esa creencia.
"En realidad, a pesar de las connotaciones imperialistas que pudieran tener, las motivaciones fundamentales de los aliados no fueron ni triviales ni indignas. La expulsión de las fuerzas alemanas fue una verdadera liberación para los territorios ocupados y el derrocamiento de la autocracia de Guillermo II creó una oportunidad, aunque fugaz, de instaurar una paz más firmemente arraigada que la existente antes de 1914. Además, los vencedores consiguieron -aunque con la lentitud dolorosísima- muchos de los elementos indispensables - movilización industrial, coordinación estratégica, dominio del mar y del aire- que les proporcionarían el triunfo en conflictos posteriores", enumera el historiador.
Festejos en la ciudad inglesa de Birmingham. Imperial War Museum
"Todos estos logros, aunque no sean menores ni mucho menos, vistos en retrospectiva parecen ensombrecidos por los costes que comportaron, especialmente cuando se comprobó que la ‘guerra que debía acabar con todas las guerras' no había eliminado la inseguridad internacional", reconoce.
"Ahora que largas décadas de investigaciones históricas han arrancado las adherencias de la visión retrospectiva y nos han permitido percibir mejor la lucha tal como les pareció a las gentes de la época que participaron en ella, da la impresión de que los gobiernos fueron más resolutivos, de que las fuerzas armadas demostraron una mayor capacidad de adaptación y de que los soldados rasos y la población civil fueron más participativos y estuvieron mejor informados de lo que se pensaba en otro tiempo", opina Stevenson, en cuyo libro se ofrece un análisis muy pormenorizado del "ambiente" de los países beligerantes luego del cese de las hostilidades.
Estos cambios de perspectiva "han hecho que resulte más fácil comprender cómo pudo suceder la matanza y por qué fue tan difícil detenerla", expresa el historiador, quien advierte que "el peligro consiste en que tal vez oscurezcan el concepto más profundo de que, a pesar de todo, la guerra fue una tragedia, un despilfarro enorme y evitable".
¿Ya no más de lo mismo?
Hoy, podría parecer que el ciclo de enfrentamientos y violencia iniciado por la Gran Guerra y que se extendió por décadas, ha llegado definitivamente a su fin. "Las luchas entre gigantescos ejércitos de ciudadanos que se prolongaron desde fines del siglo XIX hasta fines de siglo XX, y de las que el mejor ejemplo fue la Primera Guerra Mundial, se han convertido casi con toda seguridad es una cosa del pasado", expresa Stevenson. Ahora, en el centenario estos acontecimientos estamos tan lejos de ella cómo en 1914 lo estaban las guerras napoleónicas, cuyo centenario acababa de conmemorarse por entonces. "No obstante, desde que acabó la Guerra Fría entre soviéticos y estadounidenses, el espectáculo de la guerra caliente, de la verdadera guerra con disparos y cañonazos, no se ha hecho menos frecuente y familiar sino todo lo contrario, obligando a la generación actual a revisar las vetustas discusiones acerca de la legitimidad del uso de la fuerza en la política internacional", apunta el historiador.
A ese respecto, "lo más fácil parecería adoptar una posición pacifista absoluta, según la cual la fuerza no puede justificarse en ninguna circunstancia, si no fuera por la evidencia de que la falta de acción puede dar lugar a males aún mayores", expresa, recordando cómo la pasividad de las democracias de occidente permitió que los fascismos nacieran, crecieran y desataran una nueva conflagración. Pese a ello, "cualquier decisión que se tome sobre la guerra debe tener en cuenta la evidencia histórica de que se trata de un instrumento terriblemente contundente, y que las repercusiones de su uso no pueden preverse de un modo fiable, pudiendo incluso empeorar las cosas".
Una sonriente multitud inunda las calles de París. Imperial War Museum
"Todas las empresas militares, por legítimos que sean sus motivos, comportan un peligro inherente de que tal vez violen el principio de proporcionalidad entre medios y fines y de que también pueden desembocar en una mala guerra y una mala paz. El conflicto de 1914 - 1918 y los pactos que vinieron después continúan siendo arquetipos de ambas cosas, y las enseñanzas que nos proporciona su estudio tienen una aplicabilidad universal, aunque sólo sea como advertencia lejana pero contundente", expresa.
"Todavía es demasiado pronto para que no sintamos un nudo en la garganta o no nos estremezcamos al oír los ecos de los clarines en las comarcas entristecidas qué evoca Wilfred Owen", advierte Stevenson, haciendo referencia a quien es considerado por los historiadores como el principal poeta de la Primera Guerra Mundial, y que sucumbiera en el frente el 4 de noviembre de 1918, pocos días antes del fin de las hostilidades.
El futuro
Hoy en día, resulta evidente que, en caso de darse una nueva conflagración global, no se resolverá en trincheras lodosas ni abriendo fuego con fusiles de cerrojo. Sin embargo, los mandatarios y jefes militares de la actualidad pueden tomar buena nota de las siguientes enseñanzas de la Primera Guerra Mundial:
* Fue fruto de una tensión internacional preexistente, de recíprocas ambiciones comerciales y territoriales y revanchismos. Pero no fue inevitable. Stevenson recuerda que entre fines del siglo XIX y principios del XX ya habían surgido tensiones entre las potencias y también conflictos de menor envergadura, sin que estallara una guerra mundial.
* Todos los involucrados creían que ganarían, y que sería en cuestión de semanas o meses. Se les prometía a los soldados que estarían de regreso a casa para la navidad de 1914.
* Varios diplomáticos de todas las naciones involucradas creían que se lograría contener el conflicto en su punto de ignición: los Balcanes.
* En la agenda de ambos bandos figuraban similares planes: el vencido debería cargar con todos los costes y responsabilidades la guerra, aún al precio de una debacle que generaría un enorme rencor.
Por Gerardo Carrasco
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