Mística de barrio

El Gran Gustaf: “Fénix me entrena en la frustración; perder es aprender, es la templanza”

El humorista estrena su nuevo monólogo teatral y reflexiona sobre el humor: “la gente necesita un paliativo que tenga que ver con la risa”.

16.05.2026 14:45

Lectura: 11'

Compartir en

Por Clemente Calvo
  [email protected]

Son las diez de la mañana y Montevideo parece atrapada en una noche infinita. Tras una madrugada que desveló a la capital con rayos y relámpagos, la penumbra domina la ciudad, bajo una intensa lluvia.

A pesar del mal tiempo, Gustavo Lorenzo Perini Paredes, más conocido como El Gran Gustaf, llega con la sonrisa blindada, convirtiendo su propio entusiasmo en el mejor afiche de su nuevo show. “Tenés un trabajo. Está lloviendo y tenés un techo. ¿No es un milagro eso?”, dice en diálogo con Montevideo Portal, recordando que el humor es, ante todo, una cuestión de perspectiva.

Desde el próximo viernes, Gustaf estará presentando su monólogo teatral “Crónica de un pequeño milagro”, con funciones programadas para los viernes 22 y 29 de mayo, 5 de junio y 24 de julio en el teatro Movie de Montevideo Shopping.

Si bien Gustaf ha logrado llenar diferentes escenarios con sus anteriores espectáculos —como el Antel Arena o el Teatro de Verano—, hay algo que destaca como único de este nuevo monólogo: su montaje teatral a nivel escenográfico, además del despliegue de sonido y de luz.

La obra es un viaje a las raíces, con el barrio Capurro como el epicentro de todo. De hecho, la escenografía tiene como gran protagonista la fachada del Parque Capurro, convertida en una especie de “portal a otra dimensión”.

“Siempre miré el semicírculo central [del Parque Capurro] —del cual hay fotos viejas donde se ponía la gente para ver las competencias de patinaje— y para mí es un portal a otra dimensión. Y en la obra funciona así”, explica el humorista.

A través de su relato, el monólogo propone un equilibrio entre la carcajada y la reflexión, poniendo el foco en esos “pequeños milagros” de la rutina que solemos pasar por alto.

“Capaz que hoy te levantaste y pasaron un montón de cosas que das por sentadas, como que tus viejos estén ahí o recibir un gesto de afecto. Eso ya es un milagro”, reflexiona Gustaf. Para el humorista, el corazón de la obra está justamente ahí: en rescatar lo extraordinario que se esconde en lo cotidiano.

Estás presentando “Crónica de un pequeño milagro. El título suena a algo íntimo y cotidiano. ¿Cuál fue el primer milagro concreto que te disparó a escribir el monólogo?

[Es una obra que] se desarrolla a través de mis ojos, de ese niño que tenía casi 2 años en Capurro y empezaron a suceder “pequeños milagros” en esa vida cotidiana, que yo digo que existen, simplemente hay que tener la perspicacia o la sensibilidad para percatarse de ellos. Por ejemplo, con los años me di cuenta que [el Parque Capurro] tenía una fachada que era un gran milagro, hecha por Giovanni Veltroni —quien también diseñó la casa matriz del Banco República—. 

Yo subrayo que, con el paso del tiempo y la lectura de aquella historia, me di cuenta de que había un montón de milagros. Mis padres queriendo sobrevivir y subsistir ya era un pequeño milagro. Ahí comienza todo y es como una anatomía propia esa descripción. La primera frase del monólogo es: “No es Viena, no es Praga, es Capurro”.

Esa frase, ¿es reivindicación? ¿Es ironía? ¿Son las dos cosas?

Viene más por el lado de la reivindicación. Vos pasás por la ruta para irte o para volver a Montevideo, y no prestás atención a eso bellísimo y magnánimo que es el Parque Capurro. Que a principios de 1910 tuvo esa pista de patinaje. Siempre digo que si estuviera colocado en otra zona de la ciudad se lo valoraría más, pero está en la bajada de la calle Gutiérrez. La digo simplemente desde la humildad y sin mayores pretensiones de decir: esto está aquí. Obsérvelo porque es una belleza.

Hablas de Capurro casi como un personaje: ¿qué cosa del barrio siguen vivas hoy en tu forma de mirar, de escribir?

La gente, porque a pesar de los cortes, de la ruta, de las intersecciones, la gente sigue luchando y sigue emergiendo con la metáfora de ese club que no quiere bajar. Es el pretil: de un lado está el abismo, del otro está la tierra segura. [La gente] se debate en eso y no se entrega. Para mí ese espíritu es fundamental y es lo que siempre quiero transmitir a través de la risa: no se entregue, siga luchando hasta el final, que capaz que sucede un pequeño milagro.

En ese sentido, ¿cómo influyó el barrio en tu forma de hacer humor y de sentir el humor?

Hay dos vetas fundamentales que me caracterizan aplicadas a cualquier barrio del interior y cualquier esquina de la capital. La primera es lo absurdo, que tiene que ver con un repentismo de lo que vos observas y escaneas todo el tiempo. Tener el revés rápido como en el tenis. Y la otra también es de repuesta rápida y de observación que es lo picaresco, pero no lo explícito. Esa abuela que un domingo de tardecita después de almorzar toma una copa de anís y puede decir lo innombrable, el disparate más grande, pero sin decirlo explícitamente, porque el hecho artístico no funciona si no hay imaginación del espectador. Para mí eso es muy montevideano, pero también muy uruguayo: la rapidez.

Yo después de irme de Capurro me mudé también dentro del oeste al Paso Molino, y allí también absorbí todo este tipo de situaciones. Después eso pasa por el tamiz de las películas que vi, las pinturas, las obras de arte, la música que escuché, los viajes que hice, y se genera el producto artístico.

Una de tus frases más icónicas es: “El humor salvará al mundo”. ¿De qué te ha salvado a vos personalmente?

De las vicisitudes. Yo siempre digo que muchos pueden pensar: “Ay, usted dice que el humor salvará el mundo. Qué fácil que es decirlo”. Pero, en realidad, siento que la vida al ser sinuosa, con un montón de tragedias cotidianas y de las otras más dolorosas, con un montón de tristezas, al ser tan laboriosa, la gente necesita por lo menos un paliativo que tenga que ver con la risa, con la esperanza. Y eso cuando emerge, nos salva.

[El pintor belga] René Magritte decía: “De lo cotidiano a lo extraordinario”. Y eso es lo que yo intento plantear como artista: que aparezca entre las rocas una pequeña flor, que es la risa. Que transmuta absolutamente todo, por lo menos en cuenta gotas.

Has hablado en otras entrevistas del mundo en que vivimos: de redes sociales, muy polarizado, donde no es fácil tender puentes. ¿Cómo se hace humor sin alimentar esa lógica y en ese contexto?

Yo cuando escribo me imagino como un cocinero, entonces armo un plato que tenga los ingredientes que a mí me gustan y que le haga bien al otro. Tengo una primera intención: hacerlo reír. Que alguien que va así [señala su boca haciendo un gesto de tristeza] cambie la curva. Eso ya es una hazaña. Después, algo que decías en tu pregunta: yo tiendo un puente porque a mí me interesa hacerlo y la risa genera algo de intimidad. Si yo te hago reír, no digo que vas a ser mi amigo, pero vas a estar más próximo. Ahora, yo no me planteo un laberinto de qué si y qué no, porque sino se convierte en un hecho intelectual y no orgánico. La risa es un hecho natural en el ser humano, y cuando nace como un rayo ya es imposible intelectualizarla.

Citas una idea de Shakespeare de forma recurrente, que el teatro “es una persona hablándole a otras personas”. En tiempos de pantalla, teniendo en cuenta también tu trabajo en televisión y tus anteriores trabajos en radio: ¿cómo cambia esa relación con la gente?

En todos soy el mismo, solo que en el teatro no hay intermediario. En Ahora caigo yo siempre digo: “el teatro circular de la televisión”, y me dirijo con el afán de entretener y conmover. Yo creo que la palabra entretenimiento a veces está muy bastardeada, pero si yo aburro a alguien —así estemos tomando un café o estemos en el Antel Arena como cuando actué en 2019—, no voy a poder captar su atención para conmoverlo. Yo siempre hago un ejercicio: me imagino a alguien que está solo, internado, y mira la televisión y se ríe. Pero, no deja de ser aquello que dijo el maestro: un ser humano hablándole a otros seres humanos, intentando conmoverlo.

Hablamos mucho de hacer reír a los demás y de todo ese ejercicio que hacés al momento de hacer humor, pero: ¿qué cosas te hacen feliz fuera del escenario?

Para mí [la felicidad] nace de lo mínimo y después es acumulativo. Tomar un café, estar con el gato en el sofá, ver una película, tener a mis afectos, que gane Fénix sobre la hora. No me parece que la felicidad tenga que ver con algo extraordinario. Pienso en lo extraordinario más como algo cotidiano: tener salud, poder desplazarme, poder ver. Y no lo digo como una frase hecha. Mi padre siempre decía: “Fua, nunca comí una pizza así, una pizza tan rica”. En esa vorágine [que es la vida], lo obvio para mí es fundamental. Yo ya gano cuando tengo un café con leche. Si se valoraran más esas cosas básicas…

No podemos terminar sin preguntarte sobre Fénix. Acaban de salir campeones, pero tuvieron que pasar el descenso, la permanencia en la B el año pasado. Haber sido hincha de Fénix este último tiempo, ¿fue un ejercicio de fe o de humor?

De todo (ríe). Es un chequeo de salud. Es un chequeo físico: mantener los tres deditos pegados al tejido. Es un chequeo cardíaco, es un chequeo de presión. Nosotros somos un grupo de cuatro amigos que vamos siempre y Gerardo tenía como 20 de presión. No sabía si ir a ver la final: se puso tres gorros de lana por el frío y fue. Entonces es un chequeo médico, pero también es un milagro. Fénix tenía que ganar porque el campeonato llevaba el nombre de su presidente y dirigente más emblemático que era Mario Sanseverino. Por eso se festejó tanto, porque es un hecho interno muy sensible.

Este campeonato es larguísimo, de dos ruedas. [Fénix] me entrena en la frustración porque la mayoría, sobre todo en la comparación con los cuadros grandes, uno se acostumbra a perder que es lo que ocurre la mayor cantidad de veces en la vida. Perder es aprender. La frustración en uno de los sueños, genera algo maravilloso: la templanza. A mí me gusta mucho una frase [del dramaturgo irlandés] Samuel Beckett que dice: “Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Al principio hablábamos de esa descripción que hacías de Capurro en tu nueva obra. Si tuvieses que describir a Fénix como un personaje, ¿cómo lo harías?

Hay momentos en que Fénix es Marcello Mastroianni en Sostiene Pereira. Hay momentos que es el gran Levosky de los hermanos Cohen, que dice: “No pasa nada”. O Norma Rae de Sally Field. Hay una parte de la obra que es adentro de una fábrica textil donde trabajó mi madre —que fue limpiadora y también peluquera en casa—, parecida a una de Sally Field donde se para y le habla a las compañeras, logrando lo imposible y revertir lo que está sucediendo. Si fuera un personaje, sería uno que nunca se da por vencido, que usted lo ve y parece siempre condenado, pero sorpresivamente en el último cuarto de película lo va a sorprender y va a lograr la hazaña. A mí me gustaría al espectador inyectarle eso: ponerle esa semillita de risa y de esperanza. Que salga de esa hora y media con: se puede, lo voy a lograr.

Por Clemente Calvo
  [email protected]