Seré curioso

Seré curioso

Del niño que creía que era nena a la activista trans que sacaba de la cárcel a sus pares

Karina Pankievich, presidenta de ATRU, cuenta su historia de vida repleta de discriminación, desprecio y militancia.

28.07.2023 10:00

Lectura: 24'

2023-07-28T10:00:00-03:00
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Por César Bianchi

Fotos: Javier Noceti / @javier.noceti 

Karina nació con nombre y cuerpo de varón, en Río Negro. 

Pero Julio —así decía su cédula— pensaba que era una nena. Se juntaba con niñas, jugaba a lo mismo que ellas, se ponía florcitas en el pelo y el fútbol le resultaba tremendamente aburrido.

Cuando en la escuela tuvo que bailar el pericón, tomaba los pliegues de la túnica como si fuera un vestidito. 

A los 5 ya se sentía nena, a los 8 tejía sus propias prendas, a los 11 se vestía como niña y ejercía el trabajo sexual, metiéndose en montes o esperando a clientes adultos en el frente del prostíbulo La Banderita Inmortal de Fray Bentos. A los 12 abandonó el liceo porque no aguantaba más que sus compañeros lo acosaran en el baño y a los 13 su padre lo echó del hogar porque estaba “ensuciando” la sangre de la familia. De ahí en más, Julio, “El Gringo”, pasó a ser Karina, “La Cuqui”.

Vivió en la calle, fue apaleada una y otra vez por policías, probó las agrias mieles de las razias, sufrió torturas ante los “azules” en la dictadura y estuvo a punto de morir dos veces: una porque pensó que a los uniformados se les estaba yendo la mano, otra por decisión propia. Se cortó las venas con un alambre en un calabozo y un llavero la atendió a tiempo.

Pero Karina supo sacar provecho del autoritarismo policial. Empezó a transar con ellos y a canjear caricias por libertades, y así salió antes de la cárcel o consiguió sacar a compañeras del calabozo. Todavía no existía ATRU (Asociación Trans del Uruguay), pero ella ya era una activista con todas las letras. Algunas décadas después, la presidenta del sindicato puede enumerar algunos logros en su currículum: viajó por el continente reuniéndose con sindicatos de trans de otros países, posó con Almagro en la OEA, trabajó para que se legislara la Ley Integral para personas Trans y la ley reparatoria para personas trans que sufrieron la dictadura y otros maltratos hasta 1989. Hoy, asegura, ese es su mayor legado, cuando, ya retirada, posa con su saco de leopardo y su cabellera platinada.

¿Cómo fue tu infancia como niño?

Dentro de todo, entre los 4 y los 7 años, fue bastante linda. Me gustaba jugar con las chicas, jugar a la rayuela, me gustaba ponerme uñas de malvón en las manos. Entre los 5 y los 7 años yo creía que era una nena. Esos dos años no sentí el dolor que empecé a sentir después, cuando a los 8 empecé a ir a la escuela y me discriminaban, me decían “mariquita”, esto y lo otro. Esos dos años, de los 5 a los 7, fueron los años más lindos de mi niñez.

Entonces, ¿a los 5 años ya no te identificabas con tu cuerpo varonil? 

Sí, a esa edad. Viste que cuando estás jugando, el varón dice: “yo primero” y la nena dice “yo primera”. Y yo jugando en la calle decía: “¡Yo primera!”. Había una vecina que me corregía, me decía: “No, vos tenés que decir ‘yo primero’, porque sos un nene”. “No, yo primera”, le decía yo. En la escuela nos querían enseñar a bailar el pericón, y viste que el varón tiene que poner las manos atrás, y yo me agarraba la túnica como si fuera una pollerita. La maestra me decía: “Vos no tenés que agarrar la túnica como una pollerita, porque vos no sos una paisanita; sos un paisanito”. Eso ya lo traés en el ADN… Yo con 8 años ya me tejía mis bucitos. Mi mamá murió cuando yo tenía 2 años, me quedé con mi papá y hermanos, y nos teníamos que rebuscar como podíamos.

¿Y a qué edad empezaste a vestirte como mujer?

A los 11, más o menos. Me ponía maquillaje, un pañuelito en el cuello, pantaloncito de piel de durazno satinado. ¡Ya quería andar con brillo y lentejuelas! Mi papá me decía: “Gringo, me parece que estás vestido muy raro”, y yo le decía: “No papá, esto es la onda”. Y ahí me iba para el pueblo, porque yo ya ejercía el trabajo sexual.

Empezaste a ejercer la prostitución, en Fray Bentos, a los 11 años. ¿Por qué? A esa edad, un niño o niña tiene que preocuparse solo por divertirse y hacer los deberes. ¿Había necesidades en tu casa? ¿Pasabas hambre?

Mi papá fue tropero, cuando se conoció con mi mamá. Después con mi mamá tuvo tres hijos, aparte de otros cuatro hijos que tenía; después papá enviudó, y se dedicó al alcohol. En casa no había dinero suficiente, cuando después entró a trabajar en el puerto de Fray Bentos. Había que vestirse, comer, había que pagar la luz. Papá cobraba la asignación familiar y ahí nos daba una platita de la asignación, y con esa platita me compraba un vaquerito, un par de championes y nada más.

¿Y vos para qué querías tu propia plata a los 11?

Quería juntar plata, porque soñaba con tener lolas, hacerme la nariz y cambiar mi cuerpo. Yo veía a la Coccinelle [N. de R.: actriz, vedette y cantante francesa] y yo quería ser ella. Tenía una latita de dulce de membrillo, y ahí hice como una alcancía, con una ranura para no poder sacar el dinero. Y tenía otra cajita, para comprarme mis cositas. Y algún mes que papá andaba corto de plata, me decía: “Gringo, ¿no tenés unos pesitos para pagar tal cosa?”. Yo le decía: “Sí, papá”, pero él no me preguntaba cómo yo conseguía el dinero. Él no sospechaba tanto, pero mi madrastra sí.

El viaje de Fray Bentos a Montevideo fue casi obligado, porque te echaron de tu hogar, ¿cierto?

Con 12 años yo ya estaba en el liceo, y ahí conocí a dos compañeras más —compañeros, en realidad, que eran iguales a mí—, éramos “putitos”, como nos decían en aquella época. “Maricones” o “putitos”. Nos tuvimos que ir del liceo, porque nos hacían la vida imposible, los compañeros y hasta los profesores. Yo esperaba que se terminara el recreo, y ahí pedía para ir al baño, y los profesores me decían: “No, debió ir en el recreo”. Yo no le podía decir que si iba al baño cuando estaban mis compañeros ahí me hacían de todo: me meaban, me tocaban, me querían fifar adentro del baño… No le podía decir eso a la profesora. Dije: “No voy más”, y dejé. 

“No le podía decir a la profesora que si iba al baño cuando estaban mis compañeros, me hacían de todo: me meaban, me tocaban, me querían fifar adentro del baño… No le podía decir eso a la profesora. Dije: ‘No voy más’, y dejé”

Yo empecé a curtir la noche, me iba a la zona de los prostíbulos, me paraba enfrente para conseguir clientes. Me gustaba ver a las mujeres de minifalda y botas, todas maquilladas, y yo quería ser igual. Me ponía trapitos rellenos en el pecho para simular senos. Ya estaba tomando hormonas, a los 12. Y a los 13 decidí venirme a Montevideo. Caigo presa, en la puerta de un prostíbulo que se llamaba La Banderita Inmortal (nunca me voy a olvidar), y el otro era La Miel. Me llevaron a la 2ª y, como era menor, llamaron a mi papá. Cuando le vi la cara a papá, dije: “Bueno, acá se terminó todo”. Me llevó sin decirme una palabra, y cuando llegamos a casa me dijo: “Estás pudriendo la sangre de la familia. Quiero que te vayas de casa”. Ahí le pedí un par de días para organizarme. Yo tenía mis pesitos ahorrados, pero con 13 años ya me habían empezado a hacer efecto las hormonas…

Esperé que llegara mi hermano, que era soldado, le pedí plata y le dije que me quería venir a Montevideo porque papá me había echado de casa. “¿Cuánto te falta?”, me dijo. Me dio dos o tres Artigas a caballo (los de 10 pesos, grandotes), me dio 30 Artigas a caballo, y ahí me vine para la capital. Acá me recibió otro hermano. Me fue a buscar a la plaza de la Onda, me quedó mirando —yo era rubiecito, tenía el pelo largo por acá—, y cuando llegamos a su casa en La Teja, lo primero que le dijo a su mujer fue: “Cortale el pelo, un varón no puede andar con pelo largo”. Para mí, tener el pelo largo era símbolo de femineidad… Me sentía una chica. Y por bronca o por rabia, me cortaron mal el pelo, me hicieron cualquier cosa. Estuve un día o dos y me fui de ahí.

Terminaste durmiendo a la intemperie, en la plaza Independencia. ¿Qué recordás de esa época?

Yo tenía dos muditas de ropa, y lavaba una en la fuente de la plaza, y las ponía a secar arriba de unas ligustrinas que había. Y tendía la ropita al sol, mientras me sentaba en los bancos de la plaza. A la tardecita empezaba a conseguir clientes, porque bajaban de los barcos los gringos (“yanquis”) y los alemanes, y habíamos hablado con el dueño de una pensión en la calle Juan Carlos Gómez y Buenos Aires para que les cobrara a los tipos toda la noche. Nosotros los atendíamos una hora, ellos se iban y nosotros nos quedábamos durmiendo. Aprovechábamos que teníamos cama y agua calentita para no lavarnos con agua de la fuente de la plaza.

“Cuando a mí me llevaron detenida, me ficharon y me pusieron PP (‘pederasta pasivo’). Y eso era como un antecedente policial: no podías sacar pasaporte ni conseguir un empleo formal”

Por un lado, fueron años tristes, pero yo siempre buscaba lo positivo. ¿La flor estaba marchita? Buscaba otra, la cortaba y me la ponía en el pelo. Creo que tengo un ángel que siempre me protegió, porque he pasado tantas cosas en la vida… y tener hoy esta edad, superando la expectativa de vida para las personas trans, es para agradecer.

¿Cuándo caíste presa por primera vez, en Montevideo?

Acá, a los 14 años. Estaba parada en una esquina, pero no estaba vestida de mujer, eso es lo loco. Me habían llevado varias veces presa a la seccional, pero nunca había caído en Jefatura [de Policía de Montevideo]. Al lado de la comisaría de la 15 había una farmacia, y pedían un cadete. Entré yo con mis modales de mariquita y le dije a una mujer que había visto que necesitaban un cadete. “¿Qué te gustaría hacer a vos?”. “Me encantan los perfumes, la perfumería”, le dije. “Vení”, me contestó. Había otro chico, que prefería trabajar con medicamentos, y a mí me tomaron para la sección perfumería: yo les ponía colorete a las clientas, ¡les vendía un Chanel N° 5 igual! Ahí estuve tres meses trabajando. Un día salí a las 20 de la farmacia, y tenía un gamulán, un pantalón blanco y botas tejanas… ¡Juraba que era Marilyn Monroe! Pasa una camioneta de la Policía y me dicen: “Arriba, arriba”, y a las patadas me subieron para arriba de la camioneta. Se dieron cuenta…

¿De qué?

De que era mariquita. Eso era en el 80, estaba la dictadura. Fue la primera vez que me llevaron a Jefatura y me ficharon.

Tras esos meses en la farmacia, ¿en algún momento intentaste conseguir un empleo formal para dejar de hacer la calle?

Cuando a mí me llevaron detenida, me ficharon y me pusieron PP (“pederasta pasivo”). Y eso era como un antecedente policial: no podías sacar pasaporte ni conseguir un empleo formal, porque tenías antecedentes. Estuve 48 horas presa, y el dueño de la farmacia me despidió, porque falté dos días sin avisar.

¿Cómo es eso de “pederasta pasivo”, tal como las catalogaba el Estado en los años 70? ¿Cómo se entiende? 

Después de la Ley de Trabajo Sexual eran trabajadoras sexuales, porque antes eran prostitutas o changos, nomás. En aquella época no existía la prostitución masculina. Cuando dicen “pederastas”, yo lo asocio con una persona mayor que abusa de un menor. Eran personas mayores que en la noche levantaban a pibes de 13 o 14 años… Pero como no tenían un artículo como para ficharnos y detenernos, llegaban y nos preguntaban: “¿Sos activo o pasivo?”. Yo contestaba: “Yo soy pasiva”, entonces me ponían “pederasta pasivo”. 

Le dijiste a Azul Cordo para el libro Dicen las raíces: mujeres en la dictadura uruguaya (Lumen, 2023): “Éramos niños violados y usados comercialmente por la gente mayor”.

Exactamente, nos ponían a nosotros como los pederastas.

“Por los verdes no fui torturada, pero por los azules y los marineros sí. Submarinos, picanas, plantones, nos colgaban de cadenas y no tocábamos el piso. Parecía que te iba a sacar los brazos. Y tenías que cantar como Gardel, supieras algo o no”

¿A cuánto asciende la pensión reparatoria que permite la Ley Integral para Personas Trans?

Actualmente está cerca de los 16.000 pesos.

Esa pensión le corresponde a quienes nacieron antes del 31 de diciembre de 1975 y sufrieron violencia institucional durante la dictadura y hasta 1989. ¿Qué padecimientos te tocó vivir a vos en esos años duros sin democracia?

Creo que no me quedó etapa por vivir. Desde que era niña, adolescente, después a los 17 años me dieron una paliza muy grande en aquellas razias famosas… Me decían en Jefatura: “Vos sos la mujer del Toro, así que hablá y decinos dónde está”. “¿Qué Toro? No conozco ningún Toro”. “Hablá, porque si no, de acá te vas en silla de ruedas”. Yo insistí en que no lo conocía y me empezaron a dar palo, palo, palo, tanto que me desmayé. Me pusieron en un calabozo, y arriba en una punta había una lamparita con una rejilla como de alambre, yo arranqué el alambre y me corté las venas de la muñeca, porque quería morirme. No aguantaba más, quería morirme. Me sacaban cada media hora y me daban otra paliza, para que yo hablara. Y ahí recuerdo a un llavero, el Hugo, era muy buena persona, y me dijo: “Cuqui (como me llamaban), ¿qué te pasó?”. “Me quiero morir”, le dije. Se dio cuenta de que me había cortado las venas. Me vinieron a buscar, me atendieron y me curé.

Un día, oficiales de la Armada les tiraron una torta de cumpleaños al agua, rompieron un tocadiscos y las llevaron a un calabozo. ¿Por qué fue todo eso? 

En esa época estábamos trabajando en la plaza Independencia, con la finadita Leidy y la finadita Mariela; éramos las tres (una murió con veintipico y la otra con treinta y poco). Tendríamos 14 o 15 en ese momento, y le dije a Leidy: “Hoy es el cumple de la Mariela, yo voy a hacer una tortita al horno. Vos conseguí un aparato de música, nos vamos al Templo Inglés, y a la noche le hacemos una fiesta sorpresa a la Mariela”. Y así fue: a la noche nos fuimos al Templo Inglés, pusimos la música, la tortita, caen cinco o seis milicos de la Marina y dicen: “¡Qué están haciendo, putos degenerados!”, agarran la torta y la tiran al agua. Con los fusiles rompieron el aparato de música de Leidy. ¿Y qué hicieron estos hijos de la madre? Nos ataron una cuerda a la cintura, y nos tiraban del murallón ese para el mar y, cuando subíamos, nos volvían a bajar. Empezamos a gritar, se ve que se asustaron porque Mariela ya casi no respiraba, y de ahí nos llevaron presas a una dependencia de la Aduana. 

¿Sufriste torturas, por los militares?

Por los verdes no, pero por los azules y los marineros sí. Submarinos, picanas, plantones, nos colgaban de cadenas y no tocábamos el piso. Parecía que te iba a sacar los brazos. Y tenías que cantar como Gardel, supieras o no supieras algo.

Pero en tu caso, no por ser militante de izquierda o mucho menos por ser subversiva. Tu “subversión” fue ser travesti, como se decía en esa época…

Claro, era ser travesti, era no cumplir con lo que dictaba la norma de la sociedad, que era ser mujer o varón. Cuando querías ser diferente, la quedabas. Yo viví a dos cuadras del cuartel 14, en el barrio La Chancha, y la mayoría de nuestros clientes eran soldados. Y fue la peor época. Buscaban las tatuceras y todo. Teníamos una piecita de barro y de paja, y la puerta nuestra era una bolsa de arpillera, y esa bolsa volaba cuando entraban los milicos, imaginate.

Muchas de ustedes se conocieron o se terminaron de hacer amigas en los calabozos. ¿Tuviste que hacer algunos “favores” para que te soltaran antes?

Todo ese cuerpito de policías fue mío… (Se ríe). Trato de ponerle humor, porque si me amargo es peor. Todo lo oscuro lo dejé atrás. Allá en Fray Bentos, cuando me agarraban detenida, me decían: “¿Vía o comisaría?”. Vía eran las vías del tren, era que me querían… (hace una seña elocuente), la otra opción era la comisaría. Yo elegía la vía del tren, porque por lo menos no me llevaban presa. Y acá en Montevideo también. Me acuerdo un 24 de diciembre, cuando yo le dije a dos compañeras más: “Si queremos comprar cuetes y algo para tomar, ¿por qué no vamos a trabajar unas horas?”. Salimos a la tardecita, pensando que no habría policías ese día, y terminamos presas en la 9ª. 

“Le dije: ‘Vos querés matarme’. ‘¿Vos pensás eso?’ ‘¿Y entonces para qué ponés el arma ahí?’ ‘Para que me respetes. Ustedes no se portan bien’, me dijo. “Yo me voy a portar bien, pero haceme el amor de frente’, le dije. Tuve mucho miedo”

A los 20 minutos de estar en el calabozo, que daba para el estadio Centenario, viene un milico y me dice: “Karina, el comisario quiere hablar contigo”. Entro a la oficina y me dice: “Hola, preciosa, ¿cómo andás? Vení, sentate en la falda”. Yo quería zafar: fui y me senté en la falda. “¿Vamos a hacer algo rico?” “Sí, pero con una condición: que me dejes ir, pero no solo a mí. A todas”. “Vos confiá en mí, portate bien”. Saqué a todas del calabozo, eran 15. Como era Nochebuena, todas me abrazaban y me besaban, agradeciéndome. “Sí, pero tuve que hacer de todo para sacarlas”, les dije. Pero gracias a eso, después yo negociaba con ellos: “A esta no me la lleves, liberá a aquella”. Me la rebuscaba. Y cada tanto, me llamaban…

¿Alguna noche pensaste que la quedabas, que te iban a matar?

Sí, yo me acuerdo que hubo un crimen de una prostituta que fue encontrada en un cañaveral allá por Paso Carrasco. Fue un tipo de una marmolería que estaba en Propios y avenida Italia (yo paraba a dos cuadras de ahí), era el año 88 más o menos… Esa noche yo llegué y le dije a mi compañera: “María, si vos te arreglás un poquito más, vas a trabajar más”, porque ella no se arreglaba mucho, y yo era súper coqueta, estaba siempre elegante y trabajaba mucho más. Le dije que le iba a cambiar el look: la llevé a hacerse la tinta, le hicieron las manos. A la noche fuimos a trabajar. Yo salí con un cliente y cuando volví, no la vi. Cuando volví a casa, tipo la una de la mañana, me tocaron la puerta. Era el marido de ella, me pregunta si María estaba conmigo, y le dije que no. A los dos días, encontraron el cuerpo de María en un cañaveral: la habían matado, le habían partido la cabeza con un mazo y la había dejado en una cloaca atada. 

Cuando a mí me llama la Policía para ir a la morgue a identificar el cuerpo, la identifiqué por el pantalón que yo le había comprado y las uñas. Estuve unos días sin salir a la calle… Al quinto día fui a la esquina a pararme, pero me daba miedo y dejé pasar muchos coches. Hasta que paró una camioneta, y ta, yo tenía que hacer plata. Subí a la camioneta, era uno grandote, enorme, muy bonito hombre… Llegamos a un hotel, entramos a la habitación y lo primero que hizo fue sacar una pistola enorme y la puso arriba de la mesa de luz. Pensé: “¡Este es el tipo que mató a la María!”. Se ve que se percató de que quedé helada y me dijo: “Si te portás bien, no te va a pasar nada”. Él quería que yo me pusiera boca abajo, pero yo prefería estar mirándolo, que estuviera encima mío o al revés. Me dijo que no, que me quería boca abajo. “Le dije: vos querés matarme”. “¿Qué? ¿Vos pensás eso?” “¿Y entonces para qué ponés el arma ahí?” “Para que me respetes, porque muchas de ustedes son atrevidas y no se portan bien”, me dijo. “Yo me voy a portar bien, pero haceme el amor de frente”, le dije. Lo hicimos, y se fue. Pero tuve mucho miedo.

¿Qué cambió con el regreso a la democracia? ¿En qué momento se sintieron más aceptadas o menos perseguidas, al menos?

A raíz de la ley de trabajo sexual, la 17.515, de 2002 (que empezó a aplicarse en 2003). Ahí empezaron a dejar de llevarnos. Teniendo el carné de profilaxis, los estudios de VIH, el papanicolau las mujeres —a nosotros nos hacían un examen de sífilis—, si tenías eso al día, ya no tenías problema.

¿Y aceptadas por la sociedad? 

Hasta el día de hoy no somos aceptadas por la sociedad.

Pero cuando comenzaron las marchas eran un puñadito, hoy es una marcha multitudinaria, con miles de personas de todas las orientaciones sexuales militando por la diversidad… Sumado a las leyes de la agenda de derechos que pusieron a Uruguay al tope en materia legislativa.

Es cierto. Ha habido una evolución, pero todavía existe discriminación. Me pasó a mí hace poco: yo entré a una rotisería, pedí algo y me dijo: “Sírvase, señor”. “¿Perdón?”, le dije. “No te hago una denuncia porque sos una empleada, y además sos extranjera” (era cubana o venezolana). Y le dije a la dueña: “Que sea la última vez que pasa esto, porque acá hay una Ley de Identidad de Género, la 18.620, y a su vez está respaldada por la Ley Integral para Personas Trans, y deben respetar la identidad de género de la persona”.

¿Tuviste que inyectarte cosas para cambiar el aspecto de tu cuerpo o apelaste a hormonas?

De adolescente tomaba pastillas anticonceptivas, por error. Mi hermana me pedía que le comprara para ella, y yo las empecé a tomar también, ¡para no quedar embarazada! Mirá vos, qué tarada era… El tema es que me empezaron a hacer efecto, y hoy no tengo un pelo, me salieron tetitas a los 12 años, ¡me vinieron fantásticas! Tomaba tres por mes. Pero, además, me hice la cola con siliconas, y hasta el día de hoy muchas de las mujeres trans no nos podemos sacar la silicona de la cola. 

¿Y eso no te pasó factura en la salud?

Obvio. Yo estoy hablando contigo, pero tengo un analgésico encima; si no, no podría estar sentada mucho tiempo. Tengo un pinzamiento entre la cuarta y la quinta vértebra, y un luxamiento también. Pero eso también es por las horas del calabozo que pasábamos en el piso.

¿Cómo evocás la primera marcha por el Orgullo de 1993, en la que vos fuiste la única oradora y leíste una proclama? Eran muy pocas las trans, y salían a cara descubierta, mucha osadía para la época…

Esa primera tenía una consigna: “20 caretas de amor y una canción desesperada”. Yo pienso que por algo fui la pionera: siempre ATRU va adelante y siempre mi cara es la más visible. Yo desde el 87 u 88, cuando vine de Argentina, me di cuenta de que tenía que ser activista. Me di cuenta de que yo tenía herramientas para luchar por nuestros derechos y para que la sociedad nos aceptara como somos. No pedíamos que nos dieran de comer o nos mantuvieran, solo que no nos despreciaran. 

¿Cómo nace la militancia por los derechos de las personas trans, y ATRU en particular?

Primero, en el 90 y el 91 nos denominamos Mesa Coordinadora de Travestis, en el 92 fue la primera concentración en la plaza Cagancha y en el 93 fue la primera marcha grande. En el 94 formamos ATRU, Asociación Trans del Uruguay. Ahí nace el activismo.

¿Qué se ha logrado para el colectivo, sobre todo a partir de la Ley Integral para Personas Trans de 2018?

Yo empecé en 2016 con los primeros pasos para conseguir la ley integral, y también integro la comisión por la ley reparatoria. Precisamente, la ley reparatoria para las personas trans es lo más importante que hemos logrado. Una mujer trans de 50 o 60 años, estar parada en una esquina, a esa altura de su vida, es imposible. Los tiempos cambiaron, las modas cambiaron, la tecnología cambió: hoy se trabaja más por plataformas o redes que en la calle. 

“Yo empecé en 2016 con los primeros pasos para conseguir la ley integral, y también integro la comisión por la ley reparatoria. La ley reparatoria para las personas trans es lo más importante que hemos logrado”

Y laboralmente, comparado con lo que era antes, ya tener 40 mujeres trans trabajando es un logro. Yo sola conseguí 10 puestos de trabajo. Hice una capacitación para una empresa, y cuando la dueña de la empresa me preguntó: “¿Cuánto te debo por la capacitación?”, le contesté: “Cinco puestos de trabajo para compañeras trans”. Otras cinco están trabajando desde hace 10 años en el Hospital Maciel, ni siquiera estaba la ley. Después salió el plan Accesos, y con la Intendencia se hizo una lista y entraron otras. Hay 15 compañeras de ATRU trabajando en distintos lugares.

La expectativa de vida de las personas trans es de 35 años. Vos tenés 61. ¿Por qué pensás que has podido sobrepasar largamente lo esperable? Has hecho muchas cosas bien para que eso pase, ¿no?

Creo que en esta vida todos tenemos un propósito. Una vez en un encuentro en Panamá —al que fui por la Red de América Latina y el Caribe (Redlactrans)—, fui como representante del Cono Sur, y un hombre me dijo: “Si hubieras estudiado, serías la mujer perfecta. En la vida, unos nacen para líderes y otros para ser soldados, y tú sos líder”, me dijo. Fijate tú, todo lo que pasé yo, además me dieron dos balazos, sobreviví a la dictadura, sobreviví a otras cosas… Yo estuve en Colombia con la OEA, con [Luis] Almagro, y se sacaban fotos con representantes de los colectivos trans. Yo manejo todo, pero tengo soldados, que son mis compañeras, para poder luchar.

¿Por qué he vivido tanto? Pienso que es un regalo de la vida. Conocí vicios, drogas, alcohol, pero nada me atrapó. Capaz que por mis genes, también, por tener descendencia europea. Soy Pankievich Kosinski, y mis tíos y abuelos murieron después de los 90 años.

“Nos morimos las últimas trans veteranas que quedamos y esta historia se termina. Nosotras somos las últimas travestis”, le dijiste a Azul Cordo. Se termina una era, entonces, ¿y qué queda? ¿Cuál creés que será tu legado?

Que las jóvenes tengan los derechos que nosotras no tuvimos, los derechos que nosotras conquistamos. Una mujer trans (travesti, en aquella época) era imposible que fuera considerada Ciudadana Ilustre, y yo en 2019 fui nombrada Ciudadana Ilustre. Creo que soy la única trans de América Latina que lo es. La vida, por algo, me dio tener esta edad: para dejarle algo a las jóvenes.

¿Sos feliz?

Soy feliz. “Soy feliz, soy feliz, vamos que la vida es una fiesta”

Por César Bianchi