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Cambio de pasarela

De modelo en Rusia a vivir en el campo en Tacuarembó: la historia de Eugenia Evlampieva

Desde niña desfilaba en San Petersburgo. Hoy tiene una huerta, un proyecto con árboles autóctonos y una cuenta con más de 53 mil seguidores.

05.10.2026 09:05

Lectura: 7'

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Por Avril Andrés
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Eugenia Evlampieva vivía en San Petersburgo, trabajaba como modelo desde pequeña, tenía su propia marca de carteras y se movía entre desfiles y sesiones de fotos. Hoy vive en un campo de Tacuarembó, tiene un invernadero construido con ventanas y puertas viejas, cuida una huerta orgánica y espera que sus árboles frutales autóctonos den sus primeros frutos.

Entre vestidos blancos, recetas caseras y una huerta perfectamente ordenada, Eugenia construyó en tierras tacuaremboenses una versión del campo uruguayo que parece salida de una revista.

En Instagram, su identidad se divide en dos perfiles. En @evgenia_evlampieva, donde reúne a más de 20 mil seguidores, predominan las producciones de moda, las fotografías profesionales y los viajes. Allí se define como “visual muse” [musa visual] y anuncia, casi como una pista, su otra faceta: “rural alter ego”.

Ese otro yo tiene más de 53 mil seguidores y está en Tacuarembó. En @evlampieva_campo, Eugenia dejó atrás las pasarelas para mostrar su huerta orgánica y contar cómo es su vida en el campo “con alma rusa”.

La escena se repite con una estética con vestidos blancos impecables entre verduras recién cosechadas, recetas preparadas como si fueran parte de una producción fotográfica y un campo donde el verde, el amarillo y el blanco dominan en cada imagen.

Su llegada a las tierras uruguayas

Su historia con Uruguay empezó cuando conoció a su marido, de nacionalidad uruguaya, en San Petersburgo. “Fue durante un viaje que él hizo por Rusia”, indicó Eugenia a Montevideo Portal.

Como su vida y su trabajo estaban vinculados a Uruguay, la pregunta de dónde construir su vida juntos tuvo una respuesta natural.

“Decidimos probar en Uruguay”, afirmó, y agregó: “En este tipo de historias es imposible planificar todo de antemano”.

Su amor por Rusia no se desvaneció. En cambio, Eugenia afirma que siempre lo va a considerar su hogar, aunque los largos períodos de frío y días grises “no eran fáciles” para ella, por lo que, en los últimos años antes de mudarse, “ya estaba pensando en la posibilidad de vivir en un clima más cálido”.

“Al mismo tiempo, no quería mudarme a otro país simplemente por un hombre. Uruguay está muy lejos de Rusia, y la idea de dejar mi vida de siempre por una relación, por supuesto, me generaba muchas dudas”, afirmó.

Fue en ese momento cuando, inundada por dudas sobre su decisión, decidió visitar un adivino durante un viaje a Bali.

“Me dijo: ‘Este hombre no te va a dejar ir así nomás. De una forma u otra, se va a casar contigo, van a formar una familia y van a tener hijos. Y si tú no vas a Uruguay, él va a venir a Bali y te va a llevar’”, relató Eugenia, quien afirmó que sucedió la predicción. “Hasta el día de hoy no sé si mi futuro marido habrá sobornado al adivino”, bromeó.

Hace cinco años se mudó. Al principio vino solo por unos meses para conocer el país, compartir tiempo con su marido y descubrir cómo se sentía viviendo en el campo uruguayo.

“Fue un período muy especial para mí”, recuerda. Con su marido recorrieron el país y, para ella, todo era nuevo desde el idioma y la cultura, hasta “un ritmo de vida completamente diferente”.

Además, pasó su primera Navidad en Uruguay junto a la familia de su pareja. “Fue justamente en ese momento cuando sentí por primera vez que no había llegado simplemente a otro país, sino que también había llegado a una nueva familia”, relató Eugenia, que menciona recibir hasta hoy en día apoyo y cariño de sus suegros y cuñadas.

“Hoy recuerdo aquella época con muchísimo cariño y gratitud. Fue cuando empecé a sentir que, quizás, este país realmente podía convertirse en mi hogar”, afirmó.

EL CAMPO COMO HOGAR

La decisión de vivir en el campo en Tacuarembó apareció porque es el lugar donde su marido creció.

“Cuando llegué a Uruguay, me sorprendió cuánto puede variar el sabor de las frutas y verduras respecto al que yo conocía en Rusia”, explicó.

“A veces un tomate podía verse perfecto, pero tener un sabor que me recordaba más a una papa”, agregó. Esa diferencia la llevó a una pregunta: si tiene tierra, espacio y clima, ¿por qué no cultivar sus propias verduras?

Todo empezó con una caja de tomate. Después vino otra caja, y luego otra. Con el tiempo, ella y su marido construyeron un invernadero usando ventanas y puertas viejas.

Según Eugenia, la huerta le enseñó a bajar el ritmo, a pasar más tiempo con ella misma y a disfrutar del silencio. “A una planta no se la puede obligar a crecer más rápido. Hay que observar, esperar y respetar su propio ritmo”, dijo.

comunidad en redes y árboles autóctonos

La cuenta de Instagram @evlampieva_campo nació de la soledad.

“Cuando recién llegué, no conocía a nadie aquí. Vivimos bastante aislados, mi marido pasa mucho tiempo trabajando y mi vida social de siempre quedó en otro país”, recordó. Así, empezó a mostrar lo que hacía cada día: la huerta, el invernadero, la vida en el campo. “Fue una manera de conectar con el mundo exterior y de sentir que no estaba sola”.

“Poco a poco se fue formando una verdadera comunidad. Empezamos a compartir experiencias, consejos y a hablar de nuestros propios jardines y huertas”, contó. Hoy esa comunidad incluye personas de Argentina, Chile, México, España y otros países de habla hispana.

Su perfil rural tiene su biografía íntegramente en español: “Vida de campo con alma rusa. Huerta orgánica. Todo lo que amo aquí”, escribe junto a varios emojis campestres.

Pero detrás de la imagen que Eugenia muestra en sus redes sociales, hay un proyecto que surgió por su “necesidad de reinventarse”, porque en la industria que trabaja en Rusia, la de la moda, “prácticamente no existe en Uruguay”.

Pensó en trabajar con cuero y lana uruguaya, materiales que conocía. Finalmente descartó la idea porque el mercado no era suficientemente grande y la inversión de capital resultaba demasiado alta.

Invitada por vecinas de la zona a participar en una iniciativa del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca que busca apoyar y fortalecer a las mujeres que viven y trabajan en el medio rural, Eugenia presentó una propuesta de revitalizar los sabores originarios de esta región y crear un monte de árboles frutales autóctonos: arazá, ubajay, guabiyú, guayabo del país y cereza del monte.

La propuesta fue seleccionada y recibió un subsidio para comprar los árboles y obtener asesoramiento técnico. Ella aportó el terreno y la mano de obra.

“Hoy tengo un monte de más de dos años que todavía no ha empezado a dar frutos, pero que cuido y espero con muchísimo amor”, contó. Las condiciones del suelo y las sequías recurrentes hicieron difícil mantenerlo vivo. Cuando los árboles finalmente produzcan, su idea es industrializar los frutos, quizás una pequeña fábrica de mermeladas con recetas inspiradas en las que hacía su abuela en Rusia, o alguna otra forma de transformarlos en productos con identidad propia. “Pero eso lo dirá el tiempo”, cerró.

Eugenia explicó que lo más difícil de la mudanza no fue cambiar de país, sino la distancia con su familia y sus amigos.

“Ninguna tecnología puede reemplazar completamente la posibilidad de simplemente ir a visitar a una persona querida”, afirmó con tristeza.

“Pero con el tiempo entendí que mudarse no necesariamente significa perder una vida para empezar otra. A veces significa tener la oportunidad de construir una vida completamente nueva”, agregó.

Eugenia lleva cinco años en Uruguay. No vino con un plan. “Simplemente confié en mi destino”, dijo. Y el destino, según el adivino de Bali, ya lo tenía bastante claro.

Por Avril Andrés
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