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De “me llevo bien con todos” a “la luché”: cuidacoches responden a planteo de restricción

Entre críticas, regulación y la eventual prohibición, trabajadores defienden su tarea y piden que no se los meta a todos en la misma bolsa.

16.03.2026 14:42

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2026-03-16T14:42:00-03:00
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Montevideo Portal

Por Federico Martínez.

El debate sobre los cuidacoches volvió a ganar espacio en Montevideo después de que ediles del Partido Nacional y del Partido Colorado empezaran a trabajar en proyectos para prohibir o restringir la actividad en la ciudad.

La discusión reactivó un tema que desde hace años divide opiniones: por un lado, quienes reclaman más regulación del uso del espacio público; por otro, quienes remarcan que para muchas personas es una forma de ganarse la vida.

En entrevistas realizadas por Montevideo Portal, varios cuidacoches contaron que trabajar en la calle es una de las pocas alternativas de ingreso que encontraron ante la falta de empleo formal. Algunos dijeron que empezaron después de perder trabajos estables; otros explicaron que hace años están en la misma cuadra, y que vecinos y comerciantes de la zona ya los conocen.

Julio Barceló, cuidacoches del barrio Cordón y ex portero de edificios, rechaza la idea de prohibir esta actividad. Dice que llegó a ella por necesidad, después de quedarse sin trabajo en 2021 cuando, por recortes ligados a la pandemia, lo despidieron. Desde entonces, su situación se fue cuesta abajo: perdió el apartamento que alquilaba, tuvo que vender sus pertenencias y terminó recurriendo a ayudas del Estado. Por eso, para él, prohibir “está mal”: con 58 años, cuenta, tuvo “que activar a este tipo de trabajo”.

Aunque se opone a la prohibición, no plantea un “vale todo”. Al contrario, está de acuerdo con que existan controles y sostiene que regularizar “está bien”. Incluso afirma que él mismo viene intentando hacerlo desde hace tiempo, pero advierte que no es simple ni barato: “Solo sacar el carné de salud son 700 mangos”. Mientras tanto, se las arregla combinando el trabajo en la calle con changas de pintura, albañilería y sanitaria, en una rutina marcada por el esfuerzo de llegar a fin de día.

En su testimonio, insiste en diferenciar realidades dentro del rubro. Reconoce que hay personas que generan conflictos y que “no tendrían que estar ni siquiera en la calle” por antecedentes o conductas problemáticas, pero enseguida subraya que “no somos todos iguales”.

Él, en cambio, afirma mantener un vínculo correcto con vecinos y conductores. “Yo me llevo bien con todo el mundo”, dice, y aclara que trata igual a quienes colaboran y a quienes no dejan nada. Describe una forma de trabajar basada en la cortesía —“que tenga buen día, muy amable, muchas gracias”— porque entiende que lo central son “el respeto y los valores”.

También deja en claro que no es un trabajo deseado, sino una salida obligada. “No es de mi agrado, pero no me queda otra solución”, resume. Cuenta que siempre fue alguien habituado a trabajar, que nunca le faltó nada y que nunca tuvo que pedirle nada a nadie. Sin embargo, tras perder el empleo, sintió el golpe de la edad: “no te tomaba nadie”, “te van dejando a un lado”, aun con oficio y experiencia en la construcción.

A esa precariedad se suma un panorama personal complejo. Explica que todavía no puede jubilarse porque le faltan años de aporte que “no aparecen en el BPS”, aunque espera poder destrabarlo pronto, ya que el año que viene cumple 65 años. Además, relata que hace tres años sufrió “cuatro infartos” y que le hicieron un cateterismo, por lo que reconoce límites físicos para ciertas tareas.

Hoy vive en un centro de 24 horas en Ciudad Vieja, con otras personas mayores, y se sostiene con tickets de alimentación, la tarjeta Mides y lo que logra juntar en la calle. De cara al futuro, su esperanza está puesta en obtener la jubilación y volver a San José, donde está su familia, especialmente su hermana.

Javier Cascallares, de 53 años, cuenta que llegó a ser cuidacoches en el barrio Parque Rodó como una salida laboral que asumió con orgullo y serenidad. Dice que es un trabajo que “no le da vergüenza” y lo define como “una escuela de vida”, porque todos los días le deja aprendizajes y experiencias nuevas.

Ante la idea de prohibir o regular la actividad en Montevideo, evita posicionarse desde lo partidario. “Del tema político no opino”, dice. Aun así, pide que quienes promueven esas medidas miren con más atención la realidad concreta de cada trabajador. Insiste en que no se puede meter a todos en la misma bolsa: “No todos consumimos alcohol, no todos fumamos, no todos estamos con otras actitudes malas”, remarca.

En su vínculo con los conductores, Javier intenta actuar con empatía. Dice que suele “ponerse en el lugar del cliente” y entiende que no siempre hay margen para dejar propina: a veces la economía está ajustada o la gente maneja todo con tarjeta y no tiene efectivo. Por eso, no interpreta automáticamente la falta de colaboración como un desprecio. Para él, lo que realmente marca la diferencia es el trato. Por tanto, valora a quien habla con honestidad y respeto aunque no pueda dar nada, y le molesta la indiferencia de quienes ni siquiera saludan.

A partir de lo vivido, siente que la sociedad uruguaya “está perdiendo muchas cosas”, especialmente la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Repite que la empatía es clave para convivir mejor y que, así como él intenta comprender a quienes atiende, espera que también se contemple su situación.

También relata momentos difíciles en la calle: dice que le robaron tres veces mientras trabajaba y que en una de esas ocasiones tuvo que rehacer su documentación, incluida la cédula y la credencial cívica. Atribuye uno de esos robos a una persona “con malos hábitos, consumidora”.

En ese contexto, reconoce que a veces trabaja con miedo. Dice que la calle es impredecible y que, aunque no vivió episodios como los que aparecieron en las noticias recientes, muchas veces se siente “desprotegido” por no saber con qué se va a encontrar cada día. También menciona tensiones por el uso del espacio público: hay quien, por quedarse con un lugar de trabajo, “es capaz de cualquier cosa”, afirma. Por eso insiste en que el tema necesita una mirada más amplia y que la salida no puede reducirse a prohibir.

Javier cuenta que hace tres años y medio trabaja en esa zona y que con el tiempo se ganó su lugar, sobre todo gracias al apoyo de los vecinos, que lo conocen y lo respaldan cuando lo necesita. También destaca un gesto concreto: el gerente de un local cercano le permite guardar la mochila para que no se la roben, algo que valora como una confianza que le cambia el día.

En medio de las dificultades, dice que su fe lo sostiene. Cuenta que muchas veces “mira para arriba” y le pide a Dios protección y fuerza para seguir. Y, pese a todo, procura ayudar a otros: a veces asiste a alguien para cruzar la calle o evita choques cuando ve una maniobra peligrosa, aunque eso le haga perder una propina. Afirma que no se arrepiente, porque esos gestos le dejan una “satisfacción interior” y le recuerdan que, más allá del dinero, también puede aportar algo bueno en la vida diaria.

Luz Rosario Almeida, de 69 años, trabaja como cuidacoches en la zona de Punta Carretas desde hace ocho meses y afirma que llegó a esa actividad por necesidad. Explica que se quedó sin empleo y que esta es la primera vez que se dedica al rubro. Deja ver que no se trata de una ocupación elegida por preferencia, sino de una forma de “ir luchando” ante la falta de alternativas.

Su situación económica aparece como uno de los ejes centrales de su testimonio. Dice que hoy cobra una pensión, pero que no le alcanza para vivir, por lo que necesita seguir trabajando en la calle. A eso se suman problemas de salud que, según relata, agravan todavía más su situación personal y vuelven imprescindible ese ingreso extra.

Luz cuenta que tiene anemia, que además una picadura de araña le afectó una pierna y que recibió un golpe en la cara, por el que todavía espera respuesta para atenderse. Señala que aún no pudo avanzar con trámites en el hospital y describe un ir y venir constante, lo que transmite una sensación de desgaste y vulnerabilidad.

Además, menciona las dificultades económicas compartidas con su entorno cercano, especialmente con su marido, quien también es cuidacoches. Dice que uno de los problemas más grandes son los gastos vinculados al transporte público.

Sobre el trabajo cotidiano, describe una realidad inestable. Afirma que con los conductores a veces hay que “aguantarlos”, porque algunos pagan y otros no. Incluso menciona que en ocasiones les dan plata falsa y que frente a eso no se les puede reclamar demasiado.

Cuando le plantean las críticas hacia algunos colegas por generar problemas o presionar a la gente, responde que eso “está mal”. Su postura busca diferenciar a quienes trabajan con permiso de quienes no lo tienen. En ese sentido, subraya varias veces que ellos sí cuentan con autorización y cuestiona que haya otros sin permiso ocupando espacios o actuando de manera incorrecta.

Frente a la propuesta de algunos ediles de prohibir o limitar la actividad, no formula una defensa concreta del oficio, sino una respuesta desde su propia necesidad y desde la idea de cierta regulación ya existente. También menciona un reclamo concreto vinculado a las condiciones de trabajo: la necesidad de que les consigan un baño, aunque dice que el tema por ahora está “medio quieto”.

Richard Ashfield cuenta que trabaja como cuidacoches desde hace 11 años y que llegó a esa actividad por necesidad: no encontraba otro empleo. Hoy tiene 63 años y explica que todavía no pudo jubilarse porque le falta “un año de trabajo”. Su historia deja claro que no lo vive como una elección, sino como una salida laboral en un momento de pocas oportunidades.

Antes de estar en la calle, dice que hizo “de todo”. Entre sus trabajos, recuerda su etapa como jockey en Maroñas y luego como entrenador. También menciona haber trabajado en una planta donde se armaban vehículos.

Actualmente trabaja en Maldonado y Cassinoni y describe jornadas extensas: llega a las seis de la mañana y se queda hasta las seis de la tarde. En general afirma que se lleva bien con la rutina, pero identifica un problema central que le pesa todos los días: la presencia de consumidores de pasta base. Dice que aparecen “a cualquier hora”: no solo de noche, sino también de tarde y madrugada, y los señala como el principal foco de conflictos en su zona de trabajo.

En su testimonio, afirma que le tocó sufrir situaciones de inseguridad: “Me han robado varias veces”. Cuenta una en particular, de cuando dejó la mochila y el celular mientras iba a mover un auto y, cuando volvió, ya no tenía nada. Ese episodio resume la vulnerabilidad con la que convive trabajando en la calle.

En contraste, dice que su vínculo con los conductores es bueno: “Nunca tuve ningún problema con nadie”. También destaca mucho la relación con los vecinos, a quienes define como “espectaculares”, y asegura que cualquiera en la cuadra puede dar referencias sobre él.

Sobre las propuestas para eliminar o limitar la actividad, Richard no apoya la eliminación: “Mejor es regularla”, sostiene, porque entiende que el problema no son todos los cuidacoches, sino quienes generan desorden o violencia. Para ilustrarlo, recuerda que en otra cuadra donde trabajaba lo “corrieron”, y que quienes ocuparon después ese lugar terminaron presos por “empezar a romper vidrios y de todo un poco”.

Mariela Viera, de 57 años, relata que trabaja como cuidacoches desde hace 22 años en la zona de Parque Rodó. Indica que llegó a esta actividad casi de casualidad: pasaba por el lugar mientras “requechaba”, y un día decidió probar. “Vine y me puse un chaleco anaranjado”, cuenta. Así empezó a trabajar en la calle. Con el tiempo, intentó formalizar su situación y tramitar el permiso.

Según su testimonio, obtener ese permiso fue un proceso duro. Afirma que le resultó difícil porque tuvo que pagar varios trámites, como el certificado de buena conducta, y lo resume en una frase: “La luché mucho”. A partir de esa experiencia —y como prueba de que intentó hacer todo en regla—, le preocupa que la actividad termine prohibiéndose o quedando más limitada. Deja claro que no le gustaría “que pasara eso acá en Montevideo”.

Su rechazo a una eventual prohibición está ligado, sobre todo, a la edad y a la falta de alternativas laborales. Plantea que la gente de su generación queda afuera del mercado formal y lo expresa de forma directa: “A nosotros que tenemos 57 años no nos toman en ninguna empresa”. Reconoce que las personas jóvenes tienen más chances.

Actualmente vive en Paso de la Arena y todos los días viaja desde allí hasta su lugar de trabajo. Cumple un horario largo, de “12 del mediodía a 10 de la noche”, lo que muestra una rutina exigente. Aun así, describe su día a día como tranquilo: asegura que “nadie” la molesta, que trabaja bien, que no ha tenido ninguna queja “con nadie” y que en la zona la respetan.

Sobre su relación con quienes estacionan, dice que es buena. Incluso cuando alguien le explica que no tiene dinero para colaborar, ella responde “gracias”, sin discutir ni confrontar.

En relación con los episodios recientes de violencia protagonizados por algunos cuidacoches, Mariela toma distancia de forma clara. Afirma que “no tendrían que hacer eso” y sostiene que es injusto que quienes trabajan correctamente paguen por actos ajenos. “Nosotros no tenemos que pagar por eso”, apunta. También señala que muchos compañeros “respetan la parada” y propone que la respuesta no sea prohibir, sino controlar: que las autoridades retiren “a las personas que no tienen permiso” y que se actúe junto con la Policía.

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