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SERÉ CURIOSO

De Almeida: “El mayor capital político de Uruguay en política exterior es su cultura”

Es argentino y licenciado en Relaciones Internacionales, dirige el Museo de Arte Precolombino e Indígena desde 2011 y busca nuevos públicos.

26.09.2026 08:00

Lectura: 24'

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Por César Bianchi

El director del Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI) es un porteño culto y simpático que tiene algunas señas particulares. Quiso ser pianista, pero no fue bendecido por el talento, en cuarto de escuela ya leía con fruición los clásicos de Cortázar y los cuentos más tenebrosos de Poe, no le gusta el fútbol, y supo, desde temprana edad, que estudiaría Licenciatura en Relaciones Internacionales, pero no para ser diplomático, como la mayoría de sus compañeros de clase.

Trabajó para el gobierno de Buenos Aires en temas culturales, para la Cancillería argentina (y ahora, para la uruguaya), asesoró a diputados de su país, integró fundaciones y trabajó acercando talleres culturales a reclusos de cárceles federales de Argentina. En el gobierno de Mujica, y con Ana Olivera como intendenta de Montevideo, le llegó —casi por casualidad— una oferta para dirigir el MAPI, y tras recorrerlo, caminar entre sus escombros y tocar paredes descascaradas, no lo dudó.   

Lo que desvela a Facundo De Almeida (51) es “pensar la cultura como una herramienta de relacionamiento internacional”. Fue así que esta obstinación se ha transformado en su sino. La cultura como vehículo para estrechar lazos entre países, la diplomacia cultural como bandera, como leit motiv.

¿Quién sos?

Caramba… Creo que, en este momento, lo primero que soy es padre. Y un apasionado por la cultura.

Sos argentino, de Buenos Aires. ¿En qué momento de tu vida —quizás en la niñez o la adolescencia— te diste cuenta que te interesaba todo "lo cultural", lo relativo a la cultura?

Esa pregunta tiene dos respuestas posibles. Una respuesta es cuando empezó a interesarme la cultura, y la otra es cuando me di cuenta que me interesaba. Interesarme, desde siempre. Creo que arranqué por la lectura. Arranqué por Julio Verne, que es muy reivindicado por Cortázar con La vuelta al día en ochenta mundos, y otras cosas. Y después te diría Edgar Allan Poe y (Julio) Cortázar, que es una línea bastante obvia. De muy chiquito empecé a leer a Cortázar, tenía 9 o 10 años. Y después a coleccionar sus libros, aunque no lo pensaba de esa manera. Muchos de los cuales compré como primeras ediciones, sin saber que estaba comprando las primeras ediciones. Por supuesto no hablo de los libros de los 50 o 60, pero sí las cosas que salieron en los últimos años de la vida de Cortázar, y sobre todo, lo póstumo que salió bastante inmediatamente de su muerte.

Y después, estudié piano de los 9 a los 17 años, hasta que me di cuenta que como pianista era un gran gestor cultural y dejé el piano. Era muy malo, claramente.

Yo tuve una militancia estudiantil muy fuerte. Llegué a presidir el Congreso Nacional de Estudiantes Secundarios, que era como la Federación de Estudiantes Secundarios de Argentina. Ahí tuve mucho trabajo de militancia. Yo fui al secundario, fui al Normal número 2 (un liceo público, donde estudió Julio Cortázar). Y ya en el liceo, sin saber que estaba haciendo gestión cultural, hacía gestión cultural, sin ponerle ese nombre. Organizábamos mucha actividad, desde una revista hasta recitales, y en el último año —se concretó mucho después—, pero, siendo estudiante, empecé a organizar el museo de la escuela.

Estudiaste Relaciones Internacionales, entre 1995 y el 99 colaboraste honorariamente con la sección cultural de la Embajada Argentina en Noruega, y enseguida de recibirte como licenciado, asumiste la coordinación de Relaciones Internacionales de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. ¡Pavada de debut en el mercado laboral! 

Sí, totalmente. A ver, muchos de los que estudian Relaciones Internacionales ya tienen clarísimo que después van a ser diplomáticos. Y a mí, si bien es una tarea que me gusta, y he estado muy cercano a eso, yo no tenía ese objetivo. Lo que sí me di cuenta cuando estaba en la facultad es que era una carrera de vínculos, que no era que vos salías con el título de licenciado en Relaciones Internacionales, e inmediatamente ibas a tener un trabajo. Ahora está mucho más perfilado, pero en ese momento no estaba tan perfilada como ahora. Yo ahora veo que salen anuncios que dicen: “Se busca licenciado en Relaciones Internacionales”. En ese momento no existía eso.

Con la gestión cultural pasaba lo mismo. No estaba tan perfilada la carrera, no era como el médico que salís con el título y todo el mundo sabía que eras médico, salías con el título de arquitecto y todo el mundo sabía que eras un arquitecto.

En mi familia son todos abogados, mis padres, mis hermanos, yo soy la oveja negra de la familia. Yo ahí dije: “Bueno, tengo que hacer algo para hacerme visible en este mundo”. Entonces, estando todavía en la facultad, hicimos una revista con una amiga y un amigo, una revista sobre ciencia política y relaciones internacionales, que se llamaba Los Cuatro Vientos, que estaba muy prolija hecha desde el punto de vista estético. Y el contenido era todo nuestro. La decisión que tomamos desde el principio —por eso también el título— es que estuvieran representadas todas las voces de los distintos temas. En esos años hubo una elección presidencial en Argentina y entrevistamos a los candidatos a presidentes de Argentina, llamamos a los encargados de prensa, los entrevistamos, y presentamos la revista con dos conferencias, con los embajadores de Israel y con el representante de la OLP en Argentina (todavía no era Estado palestino). Realmente hicimos cosas que estaban buenas, y eso nos hizo vincularnos con mucha gente, conocer mucha gente, porque íbamos, entrevistábamos, nos metíamos en las embajadas, diputados, académicos...

Y en esas movidas, teníamos un docente que queríamos muchísimo, Claudio Giacomino —para mí, un gran maestro—, quien empezó a escribir en la revista, entonces nos vinculamos mucho más. Giacomino es el actual embajador de Argentina en Noruega. Y, bueno, nos hicimos visibles también con él. A Claudio lo destinan en aquel momento a Noruega. Y estando en Noruega, un día me llama y me dice: “Facundo, ¿no me darías una mano? Yo quiero hacer cosas y necesito una mano para gestionar cosas en Buenos Aires”. Era honorario, por supuesto. Yo le dije que sí, claro. Y empecé a trabajar desde Buenos Aires, con él en Noruega, ad honorem.

En una vuelta en la que Claudio viaja a Buenos Aires, le pide una entrevista a la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, y nos recibe Teresa Anchorena, que era la subsecretaria de lo que hoy es un ministerio. Y entonces ahí, con un proyecto puntual de un artista que venía de Noruega, que iba a exponer en el Centro Cultural Recoleta en Buenos Aires, empiezo a interactuar con Teresa, en esta función. Ahí nos vinculamos.

Y en una situación muy “a lo Teresa” —que falleció el año pasado—, estábamos en una cena con este artista noruego, éramos siete u ocho personas en su casa, y en el medio de la cena me dice al oído: “¿No querés trabajar conmigo?” “¡Claro!”, le dije. Y entonces, en voz alta, le dice al noruego: “Yo voy a asumir como secretaria de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, y Facundo se va a encargar de organizar la oficina de Relaciones Internacionales de la Secretaría de Cultura”. Así me enteré de primer trabajo.

Vos dijiste que ese fue el comienzo de una línea de trabajo que después se repetiría en tu carrera: “Pensar la cultura como una herramienta de relacionamiento internacional”. Ampliame esta idea.

Ahí se juntaron mis dos pasiones. Claudio (Giacomino) fue el que, desde el punto de vista teórico, académico, y después en estos primeros pinos de la gestión, me lleva hacia el tema de la diplomacia cultural o del vínculo de la cultura con lo internacional. Y después, Teresa (Anchorena) directamente, no solamente me da la primera oportunidad, sino que ella era una persona del mundo de la cultura. Su vida fue la cultura, pero aparte, una gran internacionalista, no por estudios, porque era antropóloga, pero sí por vocación. Ella había vivido 11 años en Francia en la época de la dictadura, y su mirada fue la del mundo.

Eso es lo que he hecho en todos los lugares en los que he estado: la cultura más lo internacional ha estado presente. En una época, con Teresa trabajamos en el Ministerio de Justicia, coordinando el programa de cultura en cárceles. Después Teresa se fue de ahí, yo seguí, y en esa época había un taller de serigrafía en la cárcel de mujeres, que lo dictaban grandes artistas argentinos, y en esos años el envío de Argentina a la Bienal de La Habana fue una producción artística del taller de la cárcel de mujeres de Ezeiza, que era el lugar menos “internacionalizable” de todos los que he trabajado, pero también desde allí, el tema internacional estuvo presente.

Y después, en todos lados: trabajé en la Cancillería Argentina, ahora trabajo en la uruguaya, y después cuando trabajé en los Ministerios de Cultura, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el de la Nación en Argentina, en los dos casos estuve en el área internacional.

Se juntaron mis dos pasiones: la cultura y lo internacional. Trabajé en la Cancillería argentina, ahora trabajo en la uruguaya, trabajé en los Ministerios de Cultura, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el de la Nación en Argentina, siempre en el área internacional

En el año 2000 pasaste a la Cancillería de Argentina como jefe de asesores de la Dirección de Asuntos Culturales, y en 2002 y 2003 fuiste jefe de asesores de la Dirección Nacional de Política Cultural y Cooperación Internacional de la Secretaría de Cultura de la Nación. Recordando el quiebre institucional y socio-político de tu país a fines de 2001 —y aquellos cinco presidentes en un puñado de días—, me pregunto: ¿Cuándo puede aportar la cultura en la salida de un pozo tan profundo como el que sufrió Argentina a fines de 2001?

Yo tengo un concepto de la cultura, más bien te diría de la política cultural, que, de hecho, es el que tratamos de aplicar en el MAPI, que es un concepto de la política cultural como algo transversal a todas mis actividades. Por lo pronto, la gestión de gobierno y en general de la vida de las personas.

Creo que la política cultural no tiene que ser solo una política hacia las artes y los artistas, que sí, tiene que serlo, pero tiene que ser algo mucho más amplio. Yo recién mencionaba el trabajo en las cárceles, yo creo que la cultura tiene que aportar a las políticas de seguridad, pero también tiene que aportar a las políticas de salud, un tema que para Uruguay es muy importante y muy complejo, que es todo el tema de la salud mental, por ejemplo. Yo creo que la cultura tiene mucho para decir en ese tema.

Por supuesto, tiene que ver la cultura con las relaciones internacionales. También tiene que ver con el desarrollo social, con la integración social, y en el MAPI aportamos un granito de arena con ese tema: estoy pensando en la escuela-taller de restauración del MAPI que tenemos con el Mides. El primer proyecto de escuela-taller de restauración en el que estuve involucrado fue cuando con Teresa (Anchorena) promovimos una escuela-taller para restaurar y recuperar la plaza de la ciudad de Corrientes que había estado tomada con gente viviendo durante un año y pico. Eso motivó después una intervención federal a la provincia de Corrientes, nosotros asesorábamos al Ministerio de Cultura de la intervención federal y se restauró la plaza con la misma gente que había estado tomando la plaza.

Te pongo estos ejemplos porque creo que los quiebres democráticos en general o los quiebres sociales son por razones económicas, por lo menos es lo que más se ve. Pero siempre subyace una crisis cultural también, que vaya si hubo en aquella época en la Argentina. Y creo que no se termina de resolver todavía. Creo que la solución viene, también, por el lado de la cultura.

Entonces, me parece que la cultura realmente es transversal y que así debe ser pensada desde las políticas culturales. Uno puede estar sano o enfermo y cuando está enfermo va al hospital. Ahora, uno no deja de estar nunca y en ningún momento del día involucrado en la cultura de su propia comunidad.

En 2003 trabajaste en la coordinación de actividades culturales en las cárceles federales argentinas. ¿Cuán imprescindible son las "actividades culturales" para los reclusos, que muchas veces están hacinados, comen mal o no tienen suficientes horas de patio?

Te lo voy a contestar primero con una estadística de Argentina de aquella época. No la tengo actualizada, pero seguramente sigue siendo igual. En Argentina había un programa que, por un lado, intervenía en el tema cultural, también en el tema educativo, o sea, de hecho, dentro de las cárceles en Argentina hay sedes en la universidad.

La estadística demuestra que la tasa de reincidencia en Argentina -no tengo datos de Uruguay, pero la tasa de reincidencia es bastante parecida acá-, pero en mi país en aquel momento era del 70%. O sea, la gente ya había estado presa, salía en libertad y el 70% reincidía. Y la tasa de reincidencia de las personas que pasaban por actividades culturales o educativas era el 3%. La primera respuesta es esa. Mirarlo desde el punto de vista de una política de seguridad.

Esa es la reflexión para las personas que a veces se enojan en redes sociales porque a las personas que están presas se les dan esas posibilidades, yo les preguntaría qué esperan. ¿Que no se les dé ninguna oportunidad y que cuando salgan en libertad, la única posibilidad que tengan sea seguir delinquiendo? Digo, eso mirándolo desde la sociedad.

Ahora, te doy otra respuesta. En Argentina, en Uruguay, en países democráticos, la pena privativa de la libertad restringe el derecho a la circulación ambulatoria. En algunos casos hay accesorias (en Argentina se pierde el derecho al voto, en algunos casos se pierde la patria potestad, si el delito involucra a los hijos, pero si no, no). Ahora, la pena no hace que la persona pierda ningún otro derecho. Pierde los derechos que están incluidos en la pena. No todos sus derechos. Entonces, tampoco pierden ni el derecho a acceder a la cultura, ni el derecho a acceder a la educación. Entonces, desde el lado del que está preso, hay que garantizarle ese derecho.

Me parece que la cultura realmente es transversal y que así debe ser pensada desde las políticas culturales. Uno puede estar sano o enfermo y cuando está enfermo va al hospital. Ahora, uno no deja de estar nunca y en ningún momento del día involucrado en la cultura de su comunidad

Asesoraste a una diputada argentina en temas culturales, también a la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados de Argentina, y también pasaste a trabajar en la sociedad civil, como director ejecutivo de la Fundación Internacional Argentina. Llegaste a Uruguay en 2011, para dirigir el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI). ¿Cómo se da tu desembarco en nuestro país? 

Se da de una forma bastante casual y azarosa. Yo estaba en Montevideo, venía bastante a Montevideo, de paseo. Y estaba acá y con esa fundación que mencionaste habíamos organizado una exposición que se la había dirigido yo en homenaje a Julio Cortázar, una exposición que giró por todo el mundo, muy acompañado con Aurora Bernárdez, que era la viuda de Cortázar y con quién éramos muy queridos amigos. La habíamos traído a Montevideo, acá se hizo en el Edificio Mercosur, en el Parque Hotel.

Y con esa misma fundación, José Miguel Onaindia, el actual director de la Comedia Nacional, había dirigido una exposición del escritor Manuel Puig. Entonces, como supo que yo estaba acá, me dice: “¿Por qué no le llamás a Gonzalo Carámbula y le proponés llevar la exposición?” Lo voy a ver a Gonzalo, y me dice: “Yo ya no te puedo ayudar porque no estoy más en Cultura, pero llamemos a una amiga tuya que seguramente te va a poder ayudar”.

Esa amiga era Ana Knobel, que había trabajado en Argentina, junto con Teresa Anchorena también. La llama, me pasa el teléfono y ella me reta por no haberle avisado que estaba en Montevideo. A la noche fuimos a comer al Bacacay. Y cenando, me cuenta de su proyecto. Acababa de asumir como directora de Artes y Ciencias de la Intendencia de Montevideo, con Ana Olivera como intendenta.  Y entonces me dice: “Hay un museo, la directora se está por jubilar, y hay que meterle impulso”. Y me dice: “Vos lo harías muy bien, que sé yo”. Todo informal. Yo agarré viaje y le digo: “Bueno, proponémelo”. Y entonces me dice: “Armá una propuesta y se la presentamos a la intendenta. Y bueno, vine a ver el edificio, que en ese momento había tenido una restauración.

Estaba muy, muy deteriorado, después de haber estado cerrado 20 años. Se había recuperado toda la parte estructural durante la gestión de Mariano Arana. Y se había abierto el MAPI en 2004 con eso habilitado. Por lo pronto se solucionaba la parte estructural, que era fundamental, y después la escalera, toda la claraboya, toda la parte central, acá del ingreso, y la sala principal. Ahora, después, el resto del edificio estaba en ruinas, inhabilitado. Ahora estamos sentados en MAPI Café: esto era una montaña de escombros hasta el techo, y los ventanales de MAPI Café estaban tapiados con madera de obra. Y a mí esos desafíos me encantan, porque me gustan las cosas que están por nacer, o los que ya han nacido, pero que todavía hay cosas por transformar.

Hablar de "museos" en plena tercera década del siglo XXI puede sonar anacrónico. ¿Cuánto valoramos los lugareños los museos que tenemos en nuestra ciudad? Te lo pregunto porque si vamos a Madrid, seguro visitaremos el Museo del Prado y si vamos a París, el Louvre es una visita irrenunciable. Pero, ¿los uruguayos recorremos los museos en nuestro país?

Yo creo que visitar museos de otros lugares casi como obligación, y tal vez no hacerlo tanto en su propio lugar de origen, es bastante común. No creo que sea algo solo de los uruguayos, me parece bastante común y universal. Es así.

Puedo poner contraejemplos: a mí me llamó mucho la atención cuando estuvimos de gira con una exposición del MAPI que, tanto en Rusia como en China, la gente va al museo a estar. Es increíble, van a estar ahí, como quien va a la plaza o a un parque.

Ahora, eso no quiere decir que los uruguayos no visiten los museos. Nosotros tenemos muchas visitas. Por lo pronto tenemos un segmento de público muy masivo, que es el público infantil y adolescente, sobre todo con actividades vinculadas con el sistema educativo. Nosotros recibimos entre 25.000 y 30.000 chiquilines por año, o sea, es mucho, es el 25% de esa población, es un montón.

El público adulto viene, viene cuando hay algo interesante, pero viene. Y yo creo que ahí tiene que haber dos condiciones para que las personas vayan, o tres condiciones para que las personas adultas vayan a los museos y, en general, a los espacios culturales. En primer lugar, la calidad de las propuestas. Cuando las cosas son buenas, las personas las valoran. En el mundo cultural, en el mundo artístico, como en cualquier otro ámbito de la vida, hay cosas de mala calidad y cosas de buena calidad. Entonces la calidad es sustancial.

Ahora estamos sentados en MAPI Café: esto era una montaña de escombros hasta el techo, y los ventanales estaban tapiados con madera de obra. Y a mí esos desafíos me encantan, porque me gustan las cosas que están por nacer, o hay cosas por transformar

En segundo lugar, la comunicación. O sea, que las personas se enteren. Y hoy el problema que hay con la comunicación es que la comunicación es muy segmentada. Antes una cosa salía en el diario, y todo el mundo se enteraba. Hoy hay múltiples canales de comunicación y las personas, de acuerdo a la edad, de acuerdo a los intereses, de acuerdo a dónde viven, se informan por distintos canales. Entonces hay que llegarles a esas personas.

Hace poquito entraron unas chiquilinas que hicieron unos videos para TikTok... Habían entrado supuestamente “de contrabando”, digamos. Entonces jugaron un poco con eso. Yo después las convoqué y se nos empezó a llenar de adolescentes el museo. Evidentemente, nosotros no estábamos llegando, no porque no tuviéramos propuestas —justo teníamos una exposición de muñecas japonesas que era una maravilla, que era ideal para ese público—, pero estaba fallando la comunicación.

Y, en tercer lugar, ofrecer lo que técnicamente llaman servicios complementarios, que hagan que la visita al espacio cultural, en este caso al MAPI, sea agradable. Entonces yo por eso siempre digo, un poco en broma, pero muy en serio, que los tres lugares más importantes del MAPI son el baño, el café y el estacionamiento.

La estadística demuestra que la tasa de reincidencia en Argentina, en aquel momento, era del 70%. Y la tasa de reincidencia de las personas que pasaban por actividades culturales o educativas era el 3%

Una de tus tareas es mantener el atractivo del MAPI, que siga vigente y atraiga nuevos visitantes. La pregunta del millón: ¿cómo se hace?

Eso se hace con teoría y con metodología. ¿Qué quiero decir con esto? Que eso no sucede por azar. Primero hay que planificarlo y segmentando los públicos. Esto no quiere decir que uno piense una actividad y después exclusivamente venga el público para el cual uno la pensó o que no haya actividades que no puedan ser para todo público. Pero en realidad, cuando uno dice segmentar los públicos, lo que está diciendo es no pensar que el público es homogéneo, que es uno solo. O sea, que con hacer una sola cosa o un solo tipo de cosas, uno inmediatamente está llegando a toda la comunidad.

Y mucho menos programar con el gusto del director o con el gusto del curador, porque entonces ahí se está haciendo un museo solo para aquellas personas que tienen el mismo gusto que el curador, el programador o el director. Y que en general, si estamos metidos en este mundo, es que somos gente bastante extraña. Ese es un poco el método.

Y puede ser un mismo tema, una misma actividad y de esa actividad o de esa propuesta derivar después una cantidad distinta de sub-actividades o sub-propuestas con las cuales uno convoca a los distintos públicos. Y también entender que las personas, cada persona, no es siempre el mismo público. Una cosa es un chiquilín viniendo con la escuela o con el colegio a una actividad educativa. Otra cosa es el mismo chiquilín viniendo un sábado con la familia. Otra cosa es el chiquilín viniendo a un cumpleaños infantil cuando hacemos cumpleaños temáticos. Y otra cosa es ese mismo chiquilín navegando en el MAPI, en las salas del MAPI en el metaverso.

Por tus actividades, conocés decenas de museos, no sólo del Río de la Plata. ¿Qué hace del MAPI un museo distinto o especial?

Creo que lo principal ya te lo dije: que sea un museo en el cual entendemos la política cultural desde el museo como una política transversal. Nosotros hemos hecho muchos proyectos, hablábamos hace un rato en temas de seguridad e inclusión con el Inisa (Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente), por ejemplo, y con la Dinali (Dirección Nacional del Liberado). Y me quedó siempre una imagen, en este café donde estamos ahora: en una mesa había un grupo de embajadores tomando un café y en la mesa de al lado había un grupo de chiquilines del Inisa estaban desayunando porque estaban haciendo un proyecto aquí en el museo que tenía que ver con el diseño, a partir de materiales reciclados con Alejandro Sarmiento, que es un gran diseñador industrial argentino que trabaja con esa técnica.

Y me quedó siempre esta foto grabada en la mente, porque yo creo que esa es una de las cosas que hacen distinto al MAPI. Logramos que públicos completamente distintos sientan este espacio como propio. El MAPI logra que las personas que se involucran con nuestras actividades, con nuestras propuestas, se encariñen. Yo siento cariño por el MAPI. No es un lugar solo (a) donde vas, sino es un lugar donde estás.

El año pasado publicaste, junto a Nathalie Peter Irigoin, el libro El poder de la cultura. Teoría y práctica en el escenario internacional, una obra dedicada a la diplomacia cultural. Empecemos por distinguir qué es “diplomacia cultural”...

Nosotros hacemos una diferencia teórica y metodológica, pero que después tiene consecuencias prácticas entre dos conceptos que muchas veces se mezclan. Diplomacia cultural es cuando los estados, a través de la cultura, de la acción cultural en el exterior, buscan mejorar su posicionamiento en el sistema internacional, mejorar la valoración que el resto del mundo tiene sobre ese país.

Y buscan concretar de una mejor manera los objetivos de su política exterior. O sea, es el Estado proyectando la imagen del país hacia el mundo para cumplir con los objetivos de la política exterior, a través de la cultura. Internacionalización de la cultura es la exportación de bienes y servicios de las industrias creativas. Cuando un artista sale y hace un concierto y le pagan por ese concierto; cuando se exportan libros; cuando se venden obras de arte en el exterior. Entonces esto tiene que ver más bien con la actividad económica. La actividad económica de los artistas y los gestores culturales, exportable.

El MAPI logra que las personas que se involucran con nuestras actividades, con nuestras propuestas, se encariñen. Yo siento cariño por el MAPI. No es un lugar solo (a) donde vas, sino es un lugar donde estás

El libro “plantea que la cultura debe considerarse una herramienta central en la diplomacia para contribuir a cumplir con los objetivos de la política exterior”, dice la reseña que me envió Álvaro Díaz. O sea, la cultura como agente para estrechar lazos entre naciones. ¿Es así? 

Sí, es así, es para estrechar lazos entre naciones, pero con el objetivo de que los países, en este caso Uruguay, tengan más poder en el mundo. Y el mayor capital político, en términos de política exterior que tiene Uruguay —y no es que lo decimos nosotros, lo demostramos con estadísticas—, el mayor capital, el mayor instrumento de poder internacional que tiene Uruguay es su cultura.

Sos fanático de Julio Cortázar (afición que compartimos), y fuiste amigo de su viuda, Aurora Bernárdez. ¿Qué secreto o información valiosa te enteraste de Cortázar por boca de Aurora, que te haya sorprendido?

Que coleccionaba destornilladores. No los usaba, iba, los compraba y los guardaba.

Sos padre de Lucía y Mariana, de 19 y 20 años. Para ellas, la cultura es…

Habría que preguntarles a ellas. Están muy involucradas. La menor estudia Diseño de Comunicación Visual en la Facultad de Arquitectura, y la mayor estudia Psicología, pero no se pierde conciertos del Sodre, del Solís, obras de teatro, lo que sea. Están muy involucradas con la cultura. Vos no decís “estoy involucrado en la cultura”, pero si vas tres veces en 10 días al teatro, lo estás.

¿Sos feliz?

Sí… Nunca uno es feliz todo el tiempo. Pero la verdad es que no me puedo quejar.

Por César Bianchi