Hablar con Danilo Arbilla es recorrer varias décadas del periodismo. Desde sus inicios en el interior del país hasta su proyección internacional, su trayectoria combina redacciones, poder político, formación de periodistas y una mirada crítica sobre la evolución de los medios.

Nacido en Casupá, Arbilla empezó a escribir siendo muy joven, casi sin proponérselo. “Yo era buen redactor en la escuela, en el liceo, pero no tenía claro que iba a ser periodista”, recuerda. El punto de inflexión llegó en una experiencia concreta: armar un diario casi en solitario en una competencia juvenil. “Ahí dije: yo me tendría que dedicar a esto”.

Su ingreso a Montevideo y a la redacción del diario Hechos fue, según define, “la gran suerte de su vida”. Allí encontró un ambiente que lo marcaría para siempre: “Una redacción maravillosa”, con referentes que lo formaron y lo llevaron a “amar el periodismo”.

Con el tiempo, su nombre quedaría asociado al semanario Búsqueda, donde construyó una de las trayectorias más influyentes del periodismo político uruguayo. Pero lejos de una mirada nostálgica, Arbilla observa el presente con preocupación: advierte cambios en la relación entre medios y poder, en el rol de los dueños y en los límites del oficio.

Esta es parte de la charla que mantuvo con Montevideo Portal

—Vos mismo decís que no fue una decisión inmediata dedicarte al periodismo. ¿Cómo fue ese proceso hasta que realmente sentiste que ese era tu camino?
—Fue bastante natural. Yo escribía, hacía artículos, participaba en el diario del sindicato, era dirigente joven en la Asociación de Bancarios. Siempre fui buen redactor, pero no tenía claro que iba a ser periodista. Hasta que en una competencia juvenil tuvimos que hacer un diario entre cinco personas y terminé haciéndolo prácticamente todo: desde la redacción hasta la tira cómica. Ahí dije: “Caramba, yo me tendría que dedicar a esto”.

—Incluso antes de llegar a Montevideo ya habías tenido una experiencia fundando un medio. ¿Qué te dejó ese primer intento?
—Fundamos un quincenario en Casupá con unos amigos. Nos fue bien, pero éramos cuatro directores y eso no funciona. Fue una gran lección: no podés tener tantas cabezas mandando. Terminamos peleados, pero fue una experiencia muy linda y muy formativa.

—Tu llegada a Montevideo coincide con una etapa que describís casi como una escuela. ¿Qué encontraste en esas redacciones?
—Fue la gran suerte de mi vida. Llegué a una redacción maravillosa, con gente de un nivel impresionante. Mi jefe, Héctor Rodríguez, era una persona de una calidad infinita. Esos fueron mis maestros, los que me enseñaron a amar el periodismo.

—A lo largo de la entrevista, repetís una idea fuerte: que el periodismo es “el mejor oficio del mundo”. ¿Qué hay detrás de esa definición?
—Es un trabajo que te permite acceder a los lugares donde acceden los muy ricos y los muy poderosos, pero sin tener que ser parte de ese mundo. Vos ves todo, escuchás todo, entendés cómo funciona, pero no estás condicionado por eso. Para mí, eso es un privilegio enorme.

—En Búsqueda desarrollaste un modelo de redacción muy particular, donde pasaron muchos periodistas. ¿Cómo funcionaba ese espacio?
—No es que yo formara periodistas: nos formábamos todos. Había reuniones semanales donde cada uno decía lo que pensaba. Ahí no había jerarquías, nadie se podía enojar. Ese intercambio era lo que realmente formaba.

—También aparece una preocupación por las condiciones de trabajo…
—Claro. Yo había vivido situaciones donde el periodista tenía que preocuparse por cosas que no tenían nada que ver con su trabajo. Entonces decidimos que eso no podía pasar. Si alguien viajaba, tenía que poder trabajar tranquilo, sin preocuparse por guardar recibos o justificar gastos mínimos. Eso parece menor, pero no lo es.

—¿Qué importancia tenía el vínculo humano dentro del equipo?
—Era fundamental. La gente tiene que estar bien para trabajar bien. Yo sabía lo que implicaba viajar, estar lejos de la familia, entonces trataba de cuidar esos detalles. Eso también construye un equipo.

—En relación con el poder político, ¿cómo se construye una relación sin perder independencia?
—El periodista siempre tiene que ser el que se gana al político, no al revés. El político tiene que ganarse al periodista con información, no con cercanía. Porque si vos te hacés amigo del periodista, el periodista deja de ser periodista. Y además, el poder es muy pícaro, además de poderoso.

—Eso implica también tomar decisiones difíciles, incluso no publicar información…
—Sí. Yo tuve grandes noticias que decidí no publicar porque entendía que venían con una intención atrás. Si vos te dejás usar, dejás de hacer periodismo. Ahí es donde entra el criterio.

—¿Hay un problema también con los dueños de los medios y el deber ser?
—Sí, porque los dueños de antes eran periodistas, tenían otra lógica. Hoy no necesariamente es así. Entonces aparecen otros intereses, y eso se nota en los contenidos, en una especie de mezcla donde se pierde claridad.

—También hablás de presiones más sutiles dentro del propio campo periodístico…
—Sí. No es que los periodistas sean de izquierda, pero es más fácil ser de izquierda. Y hay mecanismos de presión. Entonces hay que tener cuidado. Podés pensar lo que quieras, pero no en la redacción, porque ahí lo que importa es la información.

—En ese contexto, ¿cuál es el principal riesgo para el periodismo hoy?
—Que el periodista se suba al escenario. El periodista tiene que estar en la primera fila de la platea, viendo todo. Cuando se sube al escenario, pierde su lugar. Y después no puede volver.

—¿Y cuál es la función central del periodismo, entonces?
—Mejorar el derecho de la gente a saber lo que pasa. Esa es la tarea. No somos protagonistas, no somos estrellas. Estamos para contar lo que pasa.