no son los que yo esperaba
no son los que yo quería
no son los que imaginaba".
Vicentico: Los caminos de la vida
Tienen razón en preocuparse los dirigentes más maduros y equilibrados de todos los polos del Frente Amplio por el tono que está alcanzando la competencia de las internas.
Tienen razón porque resulta muy difícil ganar un juego de ajedrez cuando cometimos un error en la partida.
La preocupación se justifica, porque si bien era previsible la polarización de la contienda electoral para elegir al candidato de la fuerza política, el debate amenaza con salirse de madre.
Y los mencionados dirigentes quieren, sobre todas las cosas, que el proyecto político, la formidable construcción histórica de la izquierda y el exitoso gobierno de Tabaré, no sea llevado al fracaso por las divisiones internas, los debates sangrientos y los reproches mutuos.
Pero a la preocupación de estos conductores del Frente Amplio le falta algo, tal vez mirarse a sí mismos y ubicar el verdadero comienzo de este período confrontacional de la izquierda, que quizás haya sido por los tiempos en que Mujica dijo que “perdió con Harvard”. Y tal vez antes.
Nadie que quiera la continuidad del proceso de transformaciones que el país necesita, disfruta con la carnicería. Por el contrario, a todos nos duele la polémica, máxime cuando tiene ribetes particularmente duros.
Si bien es una cosa sabida que en política no hay rencores definitivos, las heridas duelen más cuando son entre hermanos.
Cada quién tiene sus motivos para decir o escribir algo. A veces un gesto en apariencia inocente suele cumplir el rol de cachetada en la mejilla del otro. A veces nos ilusionamos con alguien y la decepción nos lleva a decir cosas de las que luego nos arrepentimos, otras veces hay quien tira la piedra y esconde la mano, o quien nos vende carne podrida y luego se va al mazo.
Probablemente todos los protagonistas de este enfrentamiento que está ocurriendo en el Frente Amplio quieren ganar, quieren que gane el Frente en las elecciones y quieren mantener una relación fraterna con todos los compañeros.
Pero la construcción del clima de unidad y fraternidad frenteamplista está verdaderamente en crisis, sobre todo si cada uno de nosotros no reflexiona sobre las macanas que hacemos con la mayor buena fe y si dejamos de escudriñar en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.
Tampoco es posible eliminar la lucha de ideas creyendo que menoscabando el debate y reduciéndolo a lo políticamente correcto mejoramos nuestra posición ante al contrario.
Es verdad que la lucha política no debe procurar la destrucción del adversario, pero tampoco se puede fundar sobre pequeñas estocadas y discretas operaciones de guerrilla destinadas a demoler al otro, machacando disimuladamente como si el otro no fuera acumulando bronca y esperando el momento oportuno para cobrarse el agravio.
Hace unas semanas parecía que la molidera de la coalición de izquierda se había reducido a la lucha de “los de Harvard” contra los “del Borro”, a la “izquierda pituca” contra la “izquierda impresentable”.
Cuando ya parecía que se estrellaban los trenes y todo había sido organizado para que el espectáculo del fantástico choque fuera un verdadero estrépito, amenaza con introducirse en el mismo un tercero en discordia que, sin decir ni siquiera una palabra –usando como municiones salamines y queso de cabra– entreveró la fiesta.
Para el observador atento, el desnudo se va volviendo escandaloso y devela aspectos de la izquierda que, o son nuevos, o estaban tan invisibles a mis ojos y a los de otros muchos frenteamplistas que uno empieza a sentirse un poco imbécil.
Para el que solamente observa y no participa más que desde el apartado lugar en donde se ubican las hinchadas, para el que no aspira a nada ni se juega ningún cargo, para el que solamente tiene el discreto mérito de siempre estar, el punto de inflexión está allá, por los alrededores de la fecha del Congreso del Frente Amplio.
No es que ese día haya ocurrido algo fantástico que refulgiera como un rayo en el cielo sereno. El misterioso fenómeno tiene mil razones cuyos orígenes se remontan a muchos años atrás y como dice Mujica cuando se pone el turbante de filósofo, a “la mismísima naturaleza humana”.
En esos días no tan lejanos se esbozó lo que podría llamarse el reparto del hipotético poder de un futuro gobierno de izquierda que, matemáticamente, se podría obtener en las elecciones de octubre de 2009.
Mujica y Astori no tuvieron ni necesidad de enfrentarse mano a mano porque sus respectivas barras, por señas, ya habían armado el circo y conocían los resultados. En un par de ocasiones los dos polos se encontraron, llamaron a los fotógrafos, sonrieron y se abrazaron. De conversar ni ahí.
¿Cuánto vale el abrazo de dos candidatos cuando las barras se reparten la torta a dentelladas?
No había ni siquiera necesidad de repartirse nada porque ya habría tiempo para eso. De lo que se trataba era de consolidar la polarización y evitar que el diablo metiera la cola.
Mujica y la barra aprovecharon la ventaja y proclamaron a Pepe candidato oficial “cinco estrellas”.
Por otra parte, en un sutil acuerdo –del cual recién ahora nos enteramos aunque sobrevolaba el Palacio Peñarol– se habría sellado el compromiso entre pepistas y astoristas: el que gana, gana, aunque sea por un voto.
El resultado del Congreso había sido buenísimo para Mujica, que fue a festejar con la hinchada a varios boliches con paparazzi y todo, de manera de humillar al adversario, a quien al día siguiente abrazaría efusivamente. ¡Faltaba más!
A los astoristas, según nos dicen un mes después, no les fue tan mal, sellaron la lista de opciones a solamente dos, de manera que los que no son ni de uno ni de otro, quedaran afuera de la troya.
Del Congreso del Frente Amplio se salió con las cosas muy claras: un candidato oficial, otro candidato semioficial y tres más que vienen a ser como de segunda clase, aunque uno de ellos –Marcos Carámbula– obtuvo una votación rarísima, muy abultada y totalmente fuera de lo previsto.
De ahí en más, todas las cosas contribuyen a la confusión general.
Los tres “pelados” (Marcos, Daniel y Rubio) se juntaron y dijeron lo que mucha gente reconoce. Hay muchos frenteamplistas que no votarán a Pepe, hay otros muchos que no votarán a Astori y hay algunos que no votarán a ninguno de los dos. Los tres calvitos creen que hay lugar para un tercero, y que un tercero suma y no resta.
A Marcos parece que le gusta la carrera, Rubio quiere pero no quiere y Daniel Martínez quiere pero su partido –el Socialista– manotea en un maremoto en el cual es difícil no resultar ahogado.
En este berenjenal de vectores políticos, los candidatos o sus barras intentan todas sus artes para convencer a los indecisos y, como es natural cuando la persuasión dialéctica no es suficiente, se ofrecen posiciones de poder, cargos, sueldos y, si no se equivocan las malas lenguas, hasta embajadas.
Si amigo lector, como lo lee, como para justificar la insidia babosa de que al final los políticos son todos iguales.
En el propio Congreso del Frente Amplio, algo más de dos mil delegados entre los que habría algo menos de mil funcionarios públicos –bastantes como para armar un bloque corporativo–, se esforzaron no por hacer la revolución, ni siquiera por implementar planes de comunicación de los logros de este gobierno ni instrumentar su defensa, sino por bloquear la participación de decenas de miles que podrían potencialmente disputar el protagonismo y los beneficios del poder.
Algunos compañeros que, sin experiencia burocrática previa, dudaban hasta hace diez años entre participar en el juego perverso del parlamentarismo burgués o lanzarse a las cuchillas carabina a la espalda y sable en mano, hoy, convertidos en expertos burócratas, reparten los cargos públicos como si fueran propios y hasta llevan algún lobbysta como estandarte para que la Stasi no sólo investigue en los contrarios sino en sus propias huestes.
Margarita Percovich, entrañable compañera de la Vertiente, nos comenta que han “recibido ofrecimientos diversos” y el teórico socialista Manuel Laguardia advierte que “de elegir ellos la tercera opción perderán posiciones de poder”. Todos saben que los dirigentes comunistas negociaron el apoyo a Mujica en los mostradores de la burocracia estatal y en la 609 los cargos de diputados se eligen como en las rondas infantiles al ritmo de “uno, dos y tres, qué paso marqués” y hasta se veta a Nicolini cantando “al botón de la botonera chin, pum, fuera”. Cuando Gorostiaga dice que Vidalín se fue al mazo por un curul de senador, no dice que un senador de la alianza sacó los pasajes en Buquebus no para traer votantes en octubre sino para disfrutar de una embajada en el vecino país.
El propio Daniel Martínez, tan medido y equilibrado, en un reportaje en El País sugiere –si no entendí mal– que hasta algún compañero socialista podría estar motivado por aspiraciones personales.
Y no hablemos de las prebendas posibles, de los celulares, secretarias, vehículos con chauffeur all inclusive, viáticos, viajes, que seguramente son una cuota parte de las “posiciones de poder” que pueden ganarse o perderse de elegir el candidato ganador o el equivocado.
Da un poquito de pudor hablar de esto, aunque “es lógico hablar de posiciones y cargos cuando se habla del poder”. ¿No es así?
Pero, ¿qué papel les cabe a los cientos de miles de frenteamplistas que no están en el reparto, que creen en el gobierno de Tabaré, que arrimaron militancia en treinta o cuarenta años de lucha, que han estado presos, torturados, exiliados; que han hecho huelgas, manifestaciones, han participado en los comités de base, han vivido de las ocho horas, han trabajado o estudiado toda la vida y han atesorado una esperanza?
¿Qué papel tienen en esta piñata los que son seregnistas, vazquistas, orejanos sin marca, socialistas, bolches, vertientistas, tupas, los que carecen de aspiraciones burocráticas y son frenteamplistas de toda la vida que no se han alineado en la polarización alentada por los grandes medios y los politólogos que lucran con los suculentos ingresos de las encuestas comerciales que marcan el cronómetro de la opinión pública?
Falta menos de un año para las elecciones y muchos de los que no han hecho su opción están más desorientados que un corcho en un remolino.
Los frenteamplistas están satisfechos con la gestión de gobierno pero cada uno tiene sus cuentas pendientes y la gran mayoría anota errores, deficiencias, debilidades, incongruencias, desilusiones y oportunidades desperdiciadas.
La inmensa mayoría quiere una nueva oportunidad para consolidar, continuar y profundizar los cambios, pero no son pocos los que perdieron la inocencia y reclaman expresarse en el espacio en el que se sientan representados, exista ya o haya que crearlo para que haya verdaderamente pluralismo y opciones múltiples.
Semejante empresa puede hacerse realidad, si fuera posible recrear una fuerza transformadora, verdaderamente participativa, generosa, progresista y revolucionaria que no es otra que el Frente Amplio.
Esta obra histórica no tolera ni admite exclusiones, ni siquiera marginaciones.
Se sabe que el setenta por ciento de estos freanteamplistas de a pie ya ha optado por Mujica o Astori, y creen que han elegido la mejor opción.
Yo mismo he manifestado que de esta opción prefiero a Astori porque me parece que tiene más chances de ganar y porque le tengo más confianza para gobernar.
Conste que no es porque Mujica viva como pobre, sea florista, no se ponga corbata o se sienta mejor en el cante que en el country. Es más, eso es lo que más me gusta de Mujica y es lo que más le gusta a la gente. Y la gente suele tener razón.
Pero esa mayoría de frenteamplistas decididos a votar en las internas que ya han elegido candidato, no son todos y en esta oportunidad todos los que son tienen que estar, no en el reparto de beneficios sino en la adjudicación de responsabilidades y obligaciones.
Y los que no están o no se sienten representados en la opción entre Mujica y Astori, que tal vez sean muchos, también tienen derecho a buscar una tercera posibilidad y la responsabilidad de participar en la instancia histórica de las elecciones de octubre, para que cualquiera que sea el candidato que gane, el Frente Amplio repita su triunfo para seguir abriendo las grandes alamedas.
No hay que olvidarse de que lo que tiene que ocurrir probablemente ocurrirá, y que el que se calienta, pierde.
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