Carlos Agustín Machín tiene 63 años, dos hijas, una obsesión por los detalles para cumplir bien su trabajo y un sueño: viajar a España con su familia. Machín tiene, además, una memoria prodigiosa: recuerda fechas precisas —las suyas, las de mojones importantes en su vida— y cuenta los días que lleva en su empleo.
Es mozo de bar y, asegura, hay un componente vocacional en lo suyo. Le importa conocer los gustos de sus clientes, esperarlos con una salsa criolla (hecha por él, faltaba más) o con todos los aderezos en la mesa, acercarles la sección del diario que más disfrutan, pero también satisfacer el deseo de los comensales y llevarles la carne en el punto de cocción solicitado. Tanto que, si le pidieron que esté “a punto” y todavía está jugosa al llegar a la mesa, se enoja con sus compañeros. Pero toma el error como propio, y se siente en falta: se lamentará todo el día.
“Carlos Agustín” dice su uniforme en letras bordadas. Desde hace un tiempo, es la cara visible del bar Castrobó (18 de Julio 2150) en Instagram. Todo empezó por casualidad. Una periodista le solicitó una entrevista al bar y el encargado lo eligió a él como vocero. Ese video fue viral, y desde entonces, es el comunicador de Castrobó en redes. Recomienda matambre a la leche, milanesas napolitanas para compartir, o paella para el pasado viernes santo. Y al final, termina los videos con una sonrisa.
De momento, no vislumbra como cercana la jubilación porque la sabe magra, y prefiere evitar el momento. Pero como la ciática le está pasando factura, Carlos pidió un día libre más, considerando que es la cara visible del bar inaugurado en 1963.
¿Quién sos?
Un muchacho del interior que vino a la capital, a forjarse un futuro, a formar una familia.
¿De dónde viniste?
De Fray Marcos, Florida. Me vine a la capital el 18 de marzo de 1977, a Camino Mendoza 7711, Granja La Cachimba. Llegué a un criadero de gallinas inmenso, a trabajar con hermanos míos, que ya estaban trabajando ahí. Ahí tenía 14 años.
En plena edad de estudiante liceal…
Sí, pero yo terminé la escuela y empecé a trabajar. Le escribí a un hermano para que me trajera para Montevideo, y me vine para acá. Nosotros éramos una familia muy grande (con 13 hermanos) y éramos muy pobres. Salí de la escuela, y tenía que ir a Casupá, a otro pueblo, para poder ir al liceo, y no nos daban los medios para viajar y todo eso… entonces ni arranqué. Empecé a trabajar en una panadería.
“Para mí, hay que pagar un esfuerzo por todo. Yo vengo a trabajar acá y me mato, y le doy y le doy. Llego a casa y sigo así, y a veces en casa me dicen: 'Pero no tenés que esforzarte tanto'. Yo pienso que hay que hacer un esfuerzo para que llegue la recompensa”
¿Con cuántos años?
Con 12 años. Mi primer trabajo fue en la casa de un maestro de pala, Jorge Bueno, de Fray Marcos. Ganaba 10 pesos por mes y un kilo de pan. Y con esos 10 pesos de mi primer sueldo le compré a mi madre dos platos de losa y dos cucharas esmaltadas. Eran los platos aquellos como de lata, así. Ese fue mi primer trabajo.
Y eso, con la madurez de un hombre adulto y con la perspectiva que permite el paso del tiempo, ¿lo ves como explotación infantil?
No, no, no. Para mí, hay que pagar un esfuerzo por todo. Yo vengo a trabajar acá y me mato, y le doy y le doy. Llego a casa y sigo así, y a veces en casa me dicen: “Pero no tenés que esforzarte tanto”. Yo pienso que hay que hacer un esfuerzo para que llegue la recompensa.
Pero convengamos que a los 12 años eras un niño, un gurí que debería estar pensando en ir a la escuela y jugar…
Estudiar mucho no me gustaba, de todos modos. Jugar al fútbol, sí. Yo jugaba al fútbol en el cuadro de Fray Marcos, el cuadro del pueblo. Era defensa, jugaba de 2.
¿Eras un zaguero recio, duro?
Era duro, sí, salado. Me encantaba marcar al 9. Me encimaba ahí, lo mordía igual. Jugué hasta los 14, hasta la tercera (división). Y después, acá en los bares, jugué al fútbol 5 de arquero. Le ganamos varios campeonatos al Mundo de la Pizza, a La Pasiva, jugamos en la cancha de Sud América. Y en (la calle) Berthelot, jugamos al fútbol 5 de madrugada, en el campeonato entre bares. Ahí jugaba de arquero.
Después de trabajar con el maestro de pala, a los 12 años, ¿qué más hiciste?
Estuve dos años ahí, más o menos. Yo le limpiaba la cuadra, y en la casa del maestro de pala, hacía la quinta y los mandados. Me daban la comida y me pagaban 10 pesos por mes, y un kilo de pan. Yo le llevaba eso a mi madre. Eso era en Fray Marcos. Y con 14 años empecé a insistirle a un hermano mío —que trabajaba acá en Montevideo, en la granja esa— para que me trajera para Montevideo. Y mi hermano me dijo que no, que yo era muy chico, que tenía que crecer más.
Yo me ponía a llorar, porque quería venirme a trabajar a la capital, y mis padres no me dejaban venir. “Quedate a trabajar acá en el pueblo, ¿qué te vas a ir?”, me decía mi viejo. Mi viejo trabajaba en Vialidad, pero estaba muy enfermo del corazón, después, además, lo operaron de presión en la vista, de cataratas. Y finalmente se quedó ciego.
Eran muy pobres mis padres. Yo me crié en una casa donde no había luz ni agua. Era agua de pozo, la luz era un farol a gas en el comedor, y en los dormitorios había una vela o el mechero a querosén, con cocina a leña y un primus. Y después acá en Montevideo, cuando me vine para el bar, con mis hermanos...
¿Cuándo comenzaste a trabajar en bares?
En bares comencé el 2 de setiembre de 1979.
¡Te acordás de todas las fechas!
Sí, me acuerdo de todas. En bar El Emporio, en Jaime Cibils y 8 de Octubre, con Evaristo González. Ahí comencé con 17 años, pero no era mozo. Lavaba una heladera inmensa de 14 puertas. Después hice milanesas, un poco de plancha también. Era un bar chico. Después fui a la cocina, comencé a hacer pizza, y terminé de encargado.
A los seis meses que estaba ahí me llevé conmigo a un hermano más chico. Lo traje conmigo para Montevideo, para trabajar. Y con ese hermano, con lo que ganábamos, fuimos para el pueblo y le pusimos la luz a mi padre, le compramos una cocina supergás, de las chiquitas. Le pusimos teléfono, luz, agua, les compramos una heladera, porque éramos muy pobres.
Tu idea siempre fue laburar para poder aportar en tu casa…
Claro, sí. Para ayudar a mis padres. Después me compré un apartamentito por el Banco Hipotecario (BHU) acá en Montevideo, después lo traspasé y me compré una casa precaria, que la fuimos reformando para tener la casa propia. Ahí es donde vivo hoy en día.
¿Cuántos años de mozo?
Acá en Castrobó: 22 años y 19 días. Yo cuento los días. Y en el gremio van a ser 47 años. En setiembre van a ser 47 años que estoy en el gremio. Yo venía de día y de noche también, pero hoy en día la ciática me castiga. Estoy aflojando un poco, porque ya pasé los 60, y el cuerpo lo siente.
¿Hay algo de vocacional en ser mozo?
Sí, sí. A mí me encanta. He trabajado en todos los puestos de un bar. Y lo que más me gusta es estar con la gente, ir y venir. Estar en contacto con la gente. Estuve encargado en la caja también. Pero me gusta estar encima del cliente, que no le falte esto, que la comida esté caliente. “¿Quiere un poquito de ‘criollita’? ¿Quiere pimienta en granos?” Eso me fascina. Y si no lo hago bien, me quedo mal. A veces me dice mi señora: “Bajá un cambio”, o los dueños de acá me dicen lo mismo. “No puedo”, les digo. “¿Está bien caliente? ¿Lo quiere más cocido?” Ya es mi forma de ser. Lo siento así.
(Interrumpe la entrevista unos segundos para saludar a un cliente que se retira satisfecho: “Bueno, ¡felicidades! Gracias, saludo a la familia”).
“Acá en Castrobó llevo 22 años y 19 días. Yo cuento los días. Y en el gremio van a ser 47 años. En setiembre van a ser 47 años que estoy en el gremio. Yo venía de día y de noche también, pero hoy en día la ciática me castiga. Estoy aflojando un poco, porque ya pasé los 60”
O sea, te gusta aprenderte el gusto de los clientes…
Ah, sí, sí. Yo ya sé quién toma Coca light, lo veo entrar y ya pido una Coca light y un vaso con hielo. Yo te veo llegar y ya te traigo la panera. Si es un jueves, que hay lasagna, te va a pedir lasagna, si es sábado, que hay ternera, te va a pedir ternera, difícil que te cambie. Yo quiero dar un servicio rápido y eficiente.
Sé a quién le gusta el limón, le llevo el limón. A otros les llevo el diario, porque a mucha le gusta leer el diario. No le doy todo, le llevo una parte del diario y otra parte se la doy a otro.
Bueno, vos que tenés varias décadas en esto, sabés que en los últimos años se venden muy pocos ejemplares de diario papel. Habrás visto ese cambio con el tiempo…
Sí, claro, acá antes teníamos La República y El País. Hoy tenemos solo El País. Tengo un contador amigo que hace las palabras cruzadas. Ya veo que él viene, le llevo las palabras cruzadas, le llevo lapicera, y ya queda contento. Él pide coca light y ya pide la comida.
Me dijiste que te lamentás si no tenés un buen día. ¿Sos consciente cuando no tenés un buen día y las cosas no te salen?
No es que no me salgan las cosas… Yo me enojo a veces porque quiero que me saquen bien las cosas. Si vos me pedís una carne, un pulpón, ponele —hoy había colita de cuadril, pero puede haber pulpón—, le pregunto al cliente: “¿Cómo le gusta? ¿A punto, jugosa, cocida?” Si me decís “cocida”, tiene que salir cocida. A veces viene muy jugosa, la llevo de vuelta, ya demoran, a veces no viene enseguida, y ahí me pongo nervioso. Yo quiero que el que paga, coma bien, se sienta bien y que vuelva. Trato de darle un buen servicio.
Después si hay más trabajo o menos trabajo, y no te dan propina… Sé que si vos atendés bien, a la larga, va a salir.
“Si vos me pedís una carne, le pregunto al cliente: '¿Cómo le gusta? ¿A punto, jugosa, cocida?' Si me decís 'cocida', tiene que salir cocida. A veces viene muy jugosa, la llevo de vuelta, si demoran, me pongo nervioso. Trato de dar un buen servicio”
¿Es de dar propina el uruguayo? ¿O es tacaño para la propina?
Sí, da. La gente joven da más. Y las muchachas jóvenes, más. “Pongan el servicio, ponele el 10 (por ciento)”. A la gente del interior le cuesta un poquito más. Yo, que soy de afuera, sé que no se acostumbra dar propina, pero también son menos exigentes. “¿Qué tal? ¿Qué me sugerirías?” “Tengo una colita que está espectacular”. “Ah, dame eso”. “¿La querés con papas y boniatos? ¿Con tortilla? ¿Con fritas?” Es más fácil para atender, también.
En tu juventud, cuando laburabas, ¿tenías algún sueño? ¿Pensaste en retomar los estudios, en algún momento?
Cuando iba a la escuela pensaba que me iba a gustar estudiar abogacía. Como que defender al prójimo en causas perdidas, difíciles. Eso me hubiera gustado. Pero después… no arranqué para el liceo y se me cortó todo. Yo dije: “Me voy para la ciudad, busco trabajar y ayudar a mi viejo que no tenía luz, agua, nada”. Al menos terminé la Primaria.
Y hoy, ¿no te imaginás fuera de un bar? ¿No te ves dejando esto, y haciendo otra cosa?
Una vez estuve a punto de irme para España… Me ofrecieron ir a trabajar a España. Eso fue por allá por 1985. Era joven. Pero mi viejo ya se había quedado ciego y me dijo: “¿Cómo te vas a ir?” Ahí me frenó. Mis viejos eran sagrados. Me quedé.
En aquellos tiempos se hacía 12 horas por día en España, los gallegos te daban la comida, pero el sueldo no era mucho, no se ganaba mucho. Hoy, de mozo, si vos le metés, hacés un sueldito, si sumás las propinas. Yo hago nueve horas por día.
Yo antes hacía de día, cortaba, tomaba unos mates, y volvía a las 20 y le daba hasta la una. Y ahí me rendía. Ahí sale la foto.
Nosotros nos fijamos en vos, porque en los últimos meses pasaste a ser la cara visible del bar Castrobó en Instagram. ¿Cómo nació eso? ¿Quién te lo propuso?
Un día uno de los dueños me dijo para hacer una entrevista con una muchacha que vino a filmar. Yo le conté que yo llevaba 22 años... No, en ese momento llevaba 21 años, cuatro meses y 22 días. Les conté toda mi historia, y esa nota en las redes explotó. Metimos en pocos días 350.000 vistas. Ahí vieron la oportunidad. Y ahí crearon la cuenta del bar Castrobó. Hicimos una promo de la (milanesa) napolitana compartida (ahí valía 840, ahora vale 890 pesos) con tortilla española, y explotó de nuevo. A mí me encanta salir en cámara y salir.
¿Qué significa Castrobó? ¿Es un apellido?
No, es un pueblito de España, tipo un paraje. En 1963 arrancó el bar, los dueños que estaban antes le pusieron Castrobó. Llegaron Adolfo y Manuel González, los actuales dueños, y le dejaron el nombre Castrobó. Manuel murió, quedaron Adolfo con los hijos. Ahora queda don Adolfo, que tiene 88 años, viene los sábados a trabajar. Pero se llamaba así de antes, de los españoles anteriores.
Estuvieron 25 años, los subalquilaron 10 años, estuvieron en la Aduana, y volvieron. En 2004, cuando la reapertura, vine yo. Estoy hace 22 años y 19 días, y en total 47 años en los bares hará el 2 de setiembre.
“Un día uno de los dueños me dijo para hacer una entrevista con una muchacha. Le conté toda mi historia, y esa nota en las redes explotó. Metimos en pocos días 350.000 vistas. Ahí crearon la cuenta del bar. Hicimos una promo de la (milanesa) napolitana compartida y explotó de nuevo”
¿Estás cerca de la jubilación o ni te lo planteaste?
No, ya averigüé, pero son chicas las jubilaciones, porque se aporta por el sueldo de un mozo, y no es mucho el sueldo del mozo. Entonces me jubilaría con muy poco.
Mejora con la propina…
Mejoran mis ingresos con la propina, claro. De la propina se aporta una parte, porque como es relativo, un día se hace más, se hace menos…
Pero no me imagino haciendo otra cosa, no. Ahora arreglé con el dueño. Yo descansaba el domingo, ahora le sumé de descanso el lunes. Me tomo un día más y arreglamos así. Yo salgo en las redes, le doy para adelante, y si hace falta, vengo igual mi día libre. Pero me tomo domingo y lunes, para ir bajando un cambio. Ya voy para 64, entonces, le doy más suave. Mi idea es seguir en el bar y con el tiempo ir bajando un poco la dosis. Tengo una hija en facultad, y otra en el liceo (se emociona).
Te quebraste al mencionar a tus hijas… ¿Por qué?
(Asiente, pero no puede retomar la charla. Bebe unos sorbos de agua, respira, y continuamos).
Tengo dos hijas: Agustina, que tiene 22 años, y Aldana, que tiene 14. Agustina está en la universidad, estudia Licenciatura en Comunicación, ya terminó la facultad y está haciendo la tesis. Publicidad le gusta. Y Aldanita está en tercero de liceo. Yo quería tener una hija más después de Agustina, pero perdimos tres embarazos. Por eso se llevan esa diferencia.
¿Y cómo le va el bar, considerando los cambios que ha tenido 18 de Julio, con cada vez menos comercios abiertos, con la bicisenda como novedad desde hace un par de años? ¿Ha mermado el trabajo o sigue estable?
Acá se mantiene igual. Porque, por ejemplo, no teníamos menú ejecutivo, y ahora agregamos menú ejecutivo. Parece que no, pero es un detalle más. Tenemos bebida a litro y medio, no cobramos pan ni cubiertos. Yo hago salsita criolla, que la gente pide, para acompañar la panerita. La hago yo mismo. Comen dos pancitos más, pero el cliente espera tranquilo. Traigo limón, la pimienta en grano. Y hay 2 x 1 en pizzería.
Fue mi idea tener en la mesa: ketchup, mayonesa, soja, oliva, balsámico y sal. ¿Viste que en todos lados tenés que pedir? Yo me peleo con ellos, pero les digo: “Quiero que esté todo en la mesa: sal, pimienta, orégano”. Que el cliente venga y ya tiene todo ahí. Parece que no, pero a la larga, hacés un poco la diferencia. Te comen un pancito con la criolla… Ta, te comen un pan más, pero están consumiendo y el bar trabaja.
El viernes santo hicimos paella. Yo las promocioné en redes. Íbamos a hacer dos grandes paelleras, al final hicimos tres. A las tres menos cuarto ya habíamos vendido todo, pero también teníamos tarta gallega, pescado, salmón…
¿Y cocinás algo? Si un día falta un pizzero o chef ahí atrás, ¿vos agarrarías?
Cocino, sí. En casa no tanto. A mí me gustaba mucho hacer chivitos. Me gusta la plancha, sé hacer pizza… En el bar El Emporio (Jaime Cibils y 8 de Octubre), donde estuve 15 años y medio, hacía de todo. Ahora se llamaba El Palacete de la Pizza. Ahí hacía de todo: plancha, cocina, pizzería, todo. ¡Cortar pizza me encanta!
El otro día hice salsa criolla en vivo para el streaming de Noelia Campo y Pablo Silvera. Imaginate: mientras esperás una napolitana —son mil y pico de pesos— unos pancitos con criollita te comés… Y no cuesta nada. Es una atención y quedás bien. También hago un poquito de mayonesa con albahaca y ciboulette. También queda bueno.
¿Qué legado les vas a dejar a tus hijas, cuando ya no estés?
Yo quiero que tengan una profesión para defenderse. Agustina, en el liceo, hizo inglés. Tiene el First Certificate, y ahora está haciendo la tesis de grado. Y Aldana está en tercero y también estudia inglés. Yo quiero que tengan los estudios que yo no tuve. Quiero que tengan una carrera universitaria para defenderse.
A veces discutimos, y yo les digo: “Yo, en lo mío, quiero ser el mejor, para que se note. Tenés que imponerte. Ustedes, hagan lo que hagan, en lo que estudien, tienen que tratar de ser las mejores. Así ganan un poquito más, las valoran, se imponen y logran cosas”.
Capaz que lo malo mío es que, acá en el bar, es todo esfuerzo. Entonces te desgastás bastante, pero bueno... Hoy siento el desgaste del paso de los años. Hablo de la ciática, de mente ando brillante. Yo hago natación en el Club Coetc, en la calle Joanicó. No es que me canse, es que a veces me duele mucho la ciática.
¿Sos feliz?
Sí, sí, soy muy feliz. Un sueño pendiente que tengo, y ojalá pueda algún día: ir a España. Y ahí tomar un tren y hacer una escapadita a Francia, Italia. Casi sale la foto para los 15 de Agustina, pero ella quería fiesta, entonces hicimos la fiesta. Mi familia es grande, éramos 150. Salió una plata…
Ahora Aldanita cumple 15 en marzo del año que viene. Ya tenemos el club pronto, y estamos juntando la plata, para que cuando llegue la fecha, ya esté todo pago. Yo le dije: “¿Querés fiesta o un viajecito los cuatro?” “Quiero fiesta”, me dijo. “¡Pero el viajecito después!”. Entonces, bueno, el viaje tiene que esperar. Vamos a hacerle la fiesta para 100 personas. Algún día haremos un viajecito. Ojo, a Buenos Aires he ido a pasear, eh.