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Carlos Buti: el uruguayo que pasó por MTV y Hollywood y hoy es “sheriff” de Santa Mónica

Nacimiento: 1965. Lugar: Montevideo. Profesión: productor de TV y cine, guionista y actor. Curiosidad: actuó en películas en Los Ángeles.

26.01.2022 12:40

Lectura: 34'

2022-01-26T12:40:00
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Por Federica Bordaberry

Sus padres se habían ido a vivir a Nueva York diez años antes de que él naciera. En ese tiempo, su madre había perdido dos embarazos y le habían dicho que no podía tener hijos. En Uruguay, en cambio, un médico le dijo que sí podría y por eso él nació en Montevideo.

Lo mismo pasaría con sus dos hermanos. Si su madre quería tener un hijo, tenía que tenerlo en Uruguay. Lo llevaron a Estados Unidos por primera vez con 28 días de nacido. Cuando tuvo cinco años, y su tercer hermano había nacido, su madre decidió quedarse en el país donde se formó (era nacida en Argentina) y allí estuvo hasta que cumplió 16. Su padre nunca volvió del todo, iba y venía a Nueva York.

En realidad, sus primeros recuerdos son de allá: jugando en la calle con niños americanos, en Nueva York. “Yo no vivía en Manhattan, vivía en una casa muy linda, con un jardín muy grande con mucho hierro. Me acuerdo de acompañar a mi mamá al trabajo y subir esas escaleras enormes de hierro para pasar de un tren a otro”, dice Carlos Buti.

Por aquellos años, su madre trabajaba de secretaria para una aerolínea árabe. Su padre, en cambio, siempre tuvo diferentes negocios. Tuvo restaurantes, una flota de taxis amarillos, negocios inmobiliarios.

Pero la casa en la que creció fue la de Pocitos, en 26 de Marzo y Lorenzo Pérez. Dos pisos, un balcón de cemento, dos persianas abajo, una puertita, un balcón con otras dos puertitas y más persianas, un fondito, a dos cuadras de la playa y atrás del Banco República. Era de la casa a la playa y todo era vida en La Rambla.

“De chiquitos nuestro grupo era de los que no le hacíamos caso a nuestros padres, nos decían que jugáramos en una cuadra y salíamos andá a saber por dónde. Vivíamos en esa época en que había mansiones en Pocitos que ya no existen más, hoy son grandes torres”, comenta Buti. Uno de sus juegos favoritos era salir a ver quién descubría un cartel de “Se vende” en una de esas mansiones. Una vez que lo veían, se colaban e investigaban esas casas con muchísimos dormitorios, sótanos, pasajes secretos.

Ese Buti, todavía niño, era “un atrevido bárbaro, un irrespetuoso que no le hacía caso a nadie”. A su madre no le hacía caso y su padre no podía ponerle los puntos porque vivía en Estados Unidos, así que era el que se hacía el vivo, el que hacía reír a los demás, el que tiraba las gomitas en la clase, el que discutía.

Tampoco le gustaba estudiar. No había forma de que se quedara diez minutos leyendo un libro sin que se escapara por la ventana. Una vez, lo llevaron a psicólogo para ver por qué se portaba así y le dijeron que era hiperactivo y que tenía que canalizarlo por algún lado. Después le dijeron que era porque no estaba su padre y quería llamar la atención. “A mi no me importaba nada que no estuviera mi viejo, yo quería divertirme”, dice, sin embargo, Buti.

“A los 16 había una reminisencia, algo que me hacía acordar que Estados Unidos me gustaba mucho. Por supuesto que a los cinco años no me acordaba tanto, pero viendo películas se notaba que yo venía de ahí. Estaba en Uruguay y las ganas de volver empezaron a crecer”, confiesa.

Cuando partieron para allá con su madre y sus tres hermanos, en parte por la atmósfera tensionada predictadura militar, pasó de ser un estudiante que no le importaba estudiar (lo echaron del Christian Brothers, del San Juan Bautista y de otros colegio por conducta y vandalismo) a encantarle aprender. La diferencia era que en Uruguay, los últimos dos años que le quedaban significaban uniforme y pelo corto, mientras que en Estados Unidos era andar de jean con tachas y rock and roll.

En Nueva York asistió a un liceo bilingüe, que era lo más fácil para adaptarse. Y por esa razón, el barrio era bastante inseguro, porque todos los inmigrantes latinos iban a vivir ahí. “Era la época en que Nueva York estaba infestado de grupos que peleaban por territorios por la cantidad de gente que llegaba desde afuera. Decían, ‘de acá para acá somos bolivianos y de acá para allá somos ecuatorianos’ y así. Tenías que pertenecer a algún grupo, en el liceo era bravo”, comenta Buti.

Los que lo aceptaron en su grupo fueron los colombianos. Se peleaban en grupo y, cuando había algún problema, terminaba la clase y afuera del liceo habían peleas de muchísimas personas, recuerda.

Lo que lo hizo salirse un poco del barrio fue empezar a tomar clases de música. Se compró su primera guitarra, el mismo modelo que usaba George Harrison del año ´61. Buti la compró sin saber lo que era, tenía solamente 16 años. Se tomaba dos trenes hasta Harlem y llegaba a lo de Jeff Taylor a aprender blues.

En esa época, también tenía muy presente el punk. Llegado el año ´81 estaba empezando el movimiento de heavy metal y quiso aprenderlo. En el liceo bilingüe él quería juntarse con sus amigos americanos porque escuchaban rock, AC/DC, heavy metal. Sus amigos latinos, en cambio, escuchaban cumbia.

Cuando terminó la secundaria entró al Brooklyn College. La carrera que él quería seguir estaba más bien relacionada al cine y las escuelas de cine eran muy caras. Lo convencieron de ir a Brooklyn porque ahí tenían uno de los mejores programas en periodismo. Quienes estudiaban ahí terminaban en las oficinas de CBS o de ABC.

Buti terminó trabajando sus primeros años como profesional en MTV. El tiempo y las circunstancias lo llevaron a la escritura de guiones cinematográficos, a la actuación y a la producción. Después pasó por su propia marca de ropa y, en algún momento, fue un héroe para el New York City Hall. Conoció a Antonio Banderas, a Leonardo Di Caprio y a Rod Stewart. Actualmente vive en Uruguay, cerca de José Ignacio y lejos de toda aquella locura citadina.

¿Cómo te mantenías en Nueva York, una de las ciudades más caras del mundo para vivir?

Me mantenía trabajando de salvavidas en el verano. Había estudiado y pasé los exámenes para trabajar en Nueva York, así que fui salvavidas durante siete años en el New York City Lifeguard. Estuve dos años en una piscina pública que sería de 300 por 100 metros de grande y había 3.000 personas. Era bajita, no muy alta, pero de niños chiquitos sacábamos quince ahogados por día.

También trabajé de modelo, pero me contrataban más que nada para hacer pasarelas. No era mucho para el tema fotos. Me enseñaron a trabajar en pasarela porque estaban de moda los desfiles, tuvieron un pique y después desaparecieron. Estamos hablando del ´85, más o menos. Este tipo que me contrató tenía un ómnibus con todos los modelos y hacían cuatro desfiles por día, a veces.

Terminábamos en un lugar y nos llevaban a otro. Nos enseñaron a caminar, a hacer la vueltita, todo. Con esas dos cosas me banqué los estudios.

¿Cómo llega MTV a ti, estando MTV en su auge y tú siendo estudiante?

En el año tres y medio de mi carrera me llama la adscripta y me dice que necesitaban hablar conmigo. Me acerco a la oficina y un señor se presenta como productor de MTV.

Me dice: “Hola, soy Alejandro, soy el productor de un nuevo canal”. Ya existía MTV, pero en inglés, y era la época de oro de MTV. Venían de cinco años de éxito y se les ocurrió hacer MTV International. Estaban los específicos que eran MTV Japón y MTV Inglaterra.

Me dice que estaban buscando un productor junior y que los requerimientos tenían que ser que hubiera crecido en Latinoamérica, pero con una educación universitaria en Estados Unidos. Me dijo que le iba a tener que responder unas preguntas y me hizo un cuestionario de rock, básicamente, porque los que estaban trabajando en ese programa eran todos veteranos. Mismo él tenía 38. Yo era el que realmente tenía el gusto del joven, que era el target de ellos. Era importantísimo que hubiera alguien de mi edad.

Me hicieron preguntas de Charly García y de Led Zeppelin y me dijeron que estaba contratado y que empezaba el lunes. Seguí con la universidad y después iba a trabajar con ellos.

¿Y ahí dónde dejaste el modelaje?

Trabajar para MTV era el sueño del pibe. Me acuerdo, durante las épocas de modelaje, que, como estaba estudiando periodismo, para mí los héroes en esa época eran los que iban al frente a sacar fotos en guerras. Un día, después de un desfile, se hizo una fiesta donde íbamos todos para una casa y nos llevaron a tremendo penthouse. El dueño de esa casa era el presidente de CNN y terminé yo con él sentados en una mesa con treinta personas alrededor escuchando.

El tipo me contaba que él había empezado sacando fotos al frente de la guerra de El Salvador y que no podía entender cómo los países de Latinoamérica siempre estaban en guerras civiles.

Yo le decía que si nacés en un país donde tu tatarabuelo fue pobre, tu abuelo fue pobre, tu papá fue pobre, vos sos pobre, tu hijo va a ser pobre y sus hijos también, y no hay forma de cambiar eso, y del otro lado de la pared ves pasar un Mercedes Benz y fiestas, y vos seguís muriéndote de hambre, agarrás una caña, la tijera y con tus amigos saltan un muro. Es así como pasa. Me dijo que nadie nunca se lo había dicho de una forma en que pudiera entenderlo así. Yo tenía 16 o 17 y él era el presidente de CNN.

La cuestión es que, al poquito tiempo de empezar a trabajar en MTV, dejé de trabajar de modelo.

¿Cómo fue hacer carrera en MTV?

Muy bueno. Había empezado hacía unos meses y ya había mucha parte creativa, mucho que desarrollar, que inventar. Nada de lo que estábamos haciendo se había hecho antes. Fue alucinante. Conocí a Charly García al tercer día de laburar. Me tocó ir a buscarlo al hotel y hacía dos días que estaba encerrado tomando y no me quería abrir la puerta. Hubo cosas así. Después, andaba con mi carnet de MTV entrando a todos los boliches gratis. Ese sí que lo exprimí hasta lo último.

La primera vez que entré al estudio de grabación, la tecnología fue lo que más me impactó. Después, cómo se movía el dinero. Estaba firmando cheques de 300.000 dólares todos los días. La plata pasaba por mis manos y me dejaban firmar los cheques a mí, un montón de responsabilidad tenía.

Llegaban todos los días con 100 VHS de bandas. Me habían entrenado el ojo y yo tenía que filtrarlos. Era mirarlos y de entrada tenía que ver la pixelación. Tenían que tener cierto estándar para poder entrar. El 90% se iban a la basura. Las bandas que pasaban a la caja verde salían al aire y empezaban a lloverles los fans. Recién empezaba el rock en español. Fue todo una cosa llena de glamour que también me hizo mal, todos mis compañeros recién empezaban con su camarita de video yendo a hacer entrevistas al supervisor de una empresa para un proyecto. Volver para atrás a eso era difícil.

En un momento, MTV International se convierte en MTV Latino y nosotros teníamos a Daisy Fuentes. Con ella teníamos que leer los guiones juntos. La chica había sido criada en Estados Unidos y tenía mucho acento. Entonces, me sentaba horas con ella para vocalizar. Corregía guiones, iba, estaba cuando se filmaba el programa, después en las reuniones, millones de funciones cumplía, al punto en que estaba quemándome. Llegué a no poder dormir también por el tráfico, porque no llegaba a tiempo a ningún lado.

Cuando se forma MTV Latino y se van a Miami, me dicen para ir y le digo que no, que me quedo en Nueva York. Ahí me dieron trabajo en MTV News, ya en la parte gringa, donde había un programa que se llamaba “The House of Style”. Lo dirigía Cindy Crawford y era sobre moda, entonces íbamos a entrevistar a un diseñador, pero siempre tenía que tener alguna relación con el tema música. Era muy divertido ese trabajo.

¿No te saturaste?

Con el estrés y con tantas horas trabajando, porque no había parado desde que había empezado la universidad y las fiestas, me tomé mis primeras vacaciones y me fui a Hawaii. Ahí estaba mi hermano viviendo, renuncié y pensé que me iba a quedar a vivir ahí. Me encontré con un grupo de amigos que tenía, en una isla que es un paraíso viviente. Yo venía de la tortura de Nueva York, del estrés, del cemento gris, ya estaba perdiendo mi identidad. Me miraba al espejo y no era yo, tenía las patitas finitas y estaba muy blanco.

En parte habrás ido a surfear también, ¿cómo aprende una persona que crece en Pocitos y en Nueva York a surfear?

En Uruguay. Éramos los primeros surfistas con mis amigos. Íbamos a Punta del Este. Un amigo se había comprado una tabla, así que salía uno y entraba otro. Llegué a Estados Unidos y me compré una tabla, pero las playas cercanas a la ciudad no están muy buenas.

Un día, en una clase, entre los libros, tenía una revista de surf. El profesor me la saca y me cuenta la ruta que tenía que agarrar, que era para los Hamptons. Ahí había buenas olas. Como vivía solo, me compré un coche, una carpa y acampaba en el jardín de alguna mansión hasta que viniera la Policía en la mañana a echarme. Increíblemente, a la cuarta vez fui a un bar y conocí a un grupo de gente y me invitan a terrible casa. Y me quedé una semana en la mansión.

Ahí me empecé a quedar en casas de gente que conocí de la nada. Le caía simpático a la gente, me hacía amigos al toque, así que empecé a ir más seguido a surfear. Perdí el nivel de mis amigos que quedaron acá, una vez que estaba viviendo en Nueva York y estudiaba y trabajaba, surfeaba algún fin de semana o en verano, porque en invierno es imposible.

De todas formas, mantuve un poco el nivel, pero no tanto como el que tengo ahora que volví y surfeo seguido. Ahora sí voy casi todos los días.

Yo fui, también, de la primera camada de skateboarders. Había una bajada en Pocitos. Tenía trece años y un día aparece un auto y nos dice si queríamos participar de un equipo que iba a hacer demostraciones e ir haciendo show por todo el país. Nos sponsorearon, nos hicieron una pista donde estaba el shopping, nos daban equipos gratis, nos llevaban departamento por departamento, se bajaban las rampas.

Entonces, ¿primero vino el skate, después el surf?

Los que andábamos en skate todos pasamos después al surfing. Esa también fue una experiencia re linda, poder viajar con un grupo al interior del país.

El surfing lo continué toda mi vida como algo esencial para sentirme que no perdía mi identidad, cosa que veía en muchos que iban a vivir a Nueva York. Por hacer dinero, terminaban hechos unas lombrices, ni salir a tomar sol podían porque los partía al medio de estar encerrados todo el tiempo. Es importante tratar de conseguir la combinación de las dos cosas.

Volviendo a Nueva York, ¿cómo se hace para manejar la noche cuando no hay freno?

Empezó a haber una especie de conciencia. Empezamos a ver que en la vida nos estaba yendo tan bien que para qué nos íbamos a matar. Podíamos hacer bien las cosas cuidándonos y ahí fue cuando empezó mi parte de estudiar todo lo detox. Hay gente que se sorprende, me dice que tengo 56 años y ven todas las fiestas que me he mandado, que salgo un viernes y llego un lunes a mi casa. Es que tengo un sistema infalible y lo hago religiosamente.

Fumo marihuana todos los días, pero los cigarrillos nunca me gustaron. La noche que salgo puedo fumar tres cajas, dos botellas de Absolut y todo lo demás. Duermo, al día siguiente me levanto, me pongo el equipo, nado tres kilómetros, hago dos kilómetros en bici, me tomo cinco litros de agua y a la tarde estoy nuevo como si nunca hubiera consumido nada. Siento los pulmones otra vez.

Eso lo vengo haciendo desde hace muchos años, teniendo mucha conciencia. Para sustituir la adrenalina de Nueva York hago deporte.

¿Cómo es tu rutina de natación?

Nadé dos kilómetros esta mañana. Amo la natación, pero odio las piscinas. Acá salgo a nadar y me voy hasta la bollita de Ancap. Entro 200 metros para adentro y después hago una derecha. Lo hago hasta cuando caen pingüinos.

Y salís desde tu casa en Santa Mónica, una parte de Punta del Este muy poco poblada y no tan conocida, a donde viniste a vivir todo el año.

Si estoy acá es porque lo último que necesito es más gente en mi vida. Me cansé un poco de la gente. Venir a vivir acá es por estar atraído a las multitudes, justamente. Cuanta más gente había más atraído me sentía.

Siento que es necesario vivir en Santa Mónica. Tengo un montón de amigos desparramados por acá, desde la Barra hasta José Ignacio. Tengo lindos restaurantes, para ciudad tengo a Punta del Este. Vengo acá y no tengo un vecino en frente que me mire con quién llego, a qué hora llego, qué hice. Esto es como vivir en el campo, nadie te juzga.

Además, ahora en frente está el Pionero (N. del R: boliche de rock and roll en vivo a escasos metros de la casa del entrevistado). Yo les di electricidad a ellos y, teniéndolos tan cerquita, si escuchaba música y me gustaba iba. Quizá en febrero le den una semana más. Me di el gusto de cantar tres veces y de conocer buenos músicos. Vino gente de un nivel increíble.

Tenés canciones tuyas compuestas, ¿qué genero componés?

Los ochenta temas que tengo son de otra época, hace tiempo que no compongo. Estoy con un estilo heavy metal de vuelta, sobre todo porque los sonidos progresivos del metal toma años aprender a hacerlos.

Las primeras canciones fueron después de que me rompió el corazón una chica. En un mes hice cuarenta temas. Yo agarro mi guitarra, me levanto en la mañana y tengo una melodía que sale sola, los dedos no los manejo yo. Ahí siento tres chicas, tres angelitas que me cantan al oído la letra. Me grabo una vez y la segunda empiezo a cantar y ya la siento clarito en mi oído la letra. La música que toco me hace componer la letra, pero no soy del que agarra una letra y le pone música. No sé cómo se hace.

Tengo que seleccionar mis canciones. Tengo las más románticas, pero odio la música pop. Son tipo Oasis, ese tipo de música más dark, pero al mismo tiempo con melodías. Puedo ser tipo heavy metal o punk rápido y de repente saltar a canciones que tienen una frase que dura media hora. Algo que sea más emocional que otra cosa. Como si fuese más una experiencia que una canción.

Es muy variado. Tengo algunas que parecen españolas. Me divierte no tener algo tan definido y poder saltar de un estilo al otro y sentirlo. No tengo un tema con una fórmula, nunca escribí así.

Llegaste a tener una banda estando en Estados Unidos, ¿cómo es esa historia?

Tuve en Nueva York y Los Ángeles. Nunca llegué a dedicarme como para hacer un tour, pero tocábamos en estudios, de repente en dos o tres lugares, de repente yo me iba a producir un film a otro lado y dejaba a la banda abandonada. Sí he subido a escenarios a tocar jams con músicos de primera, open jams.

Hoy en día no necesito una banda, es grabar el disco con músicos de estudio y si te va bien cuando el disco sale, la gente te quiere escuchar en vivo. También me fascina cantar para mí y no tengo ningún interés en que sea de otra forma.

Yo soy muy crítico, no me crié escuchando música de la radio. Me crié escuchando Pink Floyd y Led Zeppellin. También me gusta mucho la música clásica. En una época iba cada fin de semana a ver un compositor en los mejores teatros. En Nueva York iba cada fin de semana. Me dediqué mucho a ver teatro, ballet, conciertos, sinfónicas. Iba con mi corbatita y mi saco largo negro, otro personaje al de hoy que no podrías imaginarte.

Después que vuelvo del mar tengo un fajo de las canciones escritas, entonces todos los días como una religión empiezo de la 1 a la 5, las canto 3 veces, mañana de la 5 a la 10 y así, después vuelvo otra vez, y me fascina cantar para mí. No tengo ningún interés en que sea de otra forma.

Salía de la oficina e iba a cenar, o salía con una chica, y después iba al teatro o al ballet. Por eso ya no lo extraño.

¿Cómo llega la producción de cine a tu vida?

Yo en MTV siempre trabajaba por proyectos. Ahí fue donde aprendí la experiencia en animación que tengo. Pero cuando estaba en San Francisco, con amigos en motos de carrera, tomamos LSD y fuimos a ver a Grateful Dead. Tocaban los Red Hot Chilli Peppers en la otra punta.

Al día siguiente empiezo a dibujar, la mano se me movía sola, y me sale un dibujo que es mitad robot y mitad moto. Ahí se me ocurre una historia de que como era con hidrógeno, cuando caía la moto el piloto explotaba y moría. A partir de ahí construyen un sitio para probar las motos teledirigidas, como si fueran un drone. Eso mete el tema del espionaje industrial, que vendrían a ser pibes que son contratados para probar motos que van a salir en el mercado dentro de diez años.

La historia se trata de eso, del glamour de un pibe que tiene todas las motos que quiere, de última generación, y le pagan fortunas por probar motos. Entonces, estas motos que se fabrican que son mitad robot, el diseñador se las roba a la empresa y las usa para robar bancos en Estados Unidos, y no lo agarra nadie.

Esta idea vino antes de que salga Fast and Furious. Cuando conozco al ex esposo de una novia que tenía en el momento, que era abogado de Warner Brothers, le cuento la historia. Me dice que vaya a Hollywood a vivir a su casa, que hacíamos la película.

¿Le hiciste un pitch con la idea?

Hice eso y también estaba escrita en un manuscrito de cincuenta páginas. Él me cuenta que es abogado de Warner Brothers y que su misión es leer todos los guiones cuando llegan y que íbamos a escribir mi guion. Me dio una computadora hasta que terminara 120 páginas con “exterior, puntito, espacio, día o noche, explicar la escena”.

Me decía que empezara de vuelta y así. Al final, cuando terminé de escribir, fue salir a buscar quién la produjera. Me llevó años eso. En algún momento podría ser una persona que conociera en una fiesta y le enviaba el guion. Una vez terminé en una cena, sentado en una mesa redonda, y de un lado tenía a Antonio Banderas y del otro a Oliver Stone. Entonces, le cuento a Antonio Banderas la idea del guion de motos de carreras y me pide que se lo mande porque le encantan las motos, y lo mismo Oliver que quería trabajar en la película si Antonio iba a trabajar.

¿Y ese guion llegó a venderse?

Lo mejor que le pasó a esa historia fue los productores de Godzilla. Ellos me daban 2.000 dólares por año y lo tuvieron como siete años. Por un año tenían los derechos para hacer la película. El productor me decía que lo hacían ese año, todos los años, y siempre me decía que tenían que hacer Godzilla 2. Un día se los saqué, me frustré y quedó por esa.

Tratando de producir cine trabajé de camarógrafo, de asistente de director, de asistente de fotografía, carpintería en sets, y terminé siendo productor ejecutivo y actor. Tengo tres películas actuadas en Estados Unidos con un rol bastante importante y una serie en Uruguay. Nunca estudié actuación, era de fantasma nomás.

Con el tiempo llega un contacto de un amigo, que le cuenta sobre mi guion a uno de los creadores de Shrek, que trabaja para Pixar y Walt Disney. Dice que le encantó la idea, que quiere encontrar un escritor para reescribirla y hay un animador que va a hacer una pequeña transformación de ese personaje que yo inventé que continúa vigente.

¿Cómo llevaste adelante el tema de la actuación, sin haber estudiado?

Siendo productor ejecutivo tenía mi propia productora y conozco a un director muy joven, Jessie Johnson, el sobrino de uno de los directores de los que hicieron las películas de James Bond. Él tenía su guion y quería producirlo y yo le ayudé a conseguir una distribución en Latinoamérica. Eso le consiguió la plata que necesitaba para hacer su primera película y quedó muy agradecido.

Tres películas más adelante me lo encuentro y me dice que estaba pensando en mí y que tenía un personaje muy latino que era yo. Yo le dije que no tenía experiencia, pero me dijo que solo tenía que seguir sus direcciones. El personaje era un despiadado asesino a sueldo.

Yo lo analicé y pensé que cuando llegué a los 16 años a vivir a Nueva York, en la calle te salva la cara de perro, poner cara de loco demoníaco. Sin darme cuenta y siendo un tipo bueno (nunca maté a nadie y no me gusta pelear), que no hago daño, cuando pongo cara de malo funciona.

Se trata todo sobre peleas, violencia, tiros. Yo ando toda la película con una M50 de verdad. Pesaba una tonelada y cuando terminaba una escena la agarraba el asistente. Cuando tuve que actuar era nada más que eso. Pensar en quién me hacía acordar al personaje y lo interpretaba. Me salió solito. Siempre he tenido buenas reviews, tengo unas revistas inglesas que hablan de mi personaje.

¿Cuándo fue que te mudaste de Nueva York a Los Ángeles?

La primera vez por el guion, cuando conocí al ex esposo de mi novia, en el año ´92. Ahí es que conozco a mi primera y única esposa, una francesa que estaba estudiando. Estuvimos casados cinco años, vivíamos en la playa y fueron unos años muy lindos.

Después volví a la universidad, pero en Los Ángeles. Tomé un curso para cambiar la cabeza de la televisión al cine y escribí doce guiones más. Uno se produjo, se hizo un piloto para una serie de Cinemax que, después, la serie nunca se hizo, pero se produjo con el guion escrito por mí. Después vendí dos guiones que nunca se hicieron, pero me los pagaron y están ahí. Hay tres de ellos que son muy buenos.

Yo era productor y tenía tantos amigos que me creí que podía ser mi propio agente, que yo iba a mover todo. Cuando hay un sistema así, tenés que tener un agente que hable por vos y que venda tus guiones por vos. Bastante suerte tuve en llegar a donde llegué sin tener un papá o un abuelo que trabajara en una productora de cine.

¿Cómo aparece, en todo esto, tu marca de ropa V12?

Había conocido a una chica en Uruguay que tenía una marca de ropa de cueros. Había un montón de gente que trataba de exportar cuero a Estados Unidos. Esta chica había sacado una línea de ropa súper sexy de cuero, donde ella dibujaba todo con colores y formas. Yo nunca había visto eso en Estados Unidos. Eran cosas que parecían de corredor de moto, pero al mismo tiempo eran elegantes. Ahora se puso mucho más de moda eso, pero en aquel momento no.

Entonces, empecé a dibujar y empecé con un pantalón verde con una franja roja que era muy como para un cantante arriba del escenario, no para la calle. Mi idea era poder vender en Hollwyood, para artistas, y con el nombre de una artista como socia que me despegara. Siempre terminaba de charla con ellas en fiestas y tenía la chance de proponer ese negocio.

Me decían que les encantaba la idea y que llamara a su agente. Todas habían hablado ya con tremendas marcas, tipo Versace. De todas maneras, me encantó. Estuve tres años con la marca e hice desfiles en Miami, vendí bastantes pilchas. En un momento, me acuerdo de entrar a una fiesta en Hollywood y que abra la puerta una chica y dijera que yo era el rey del cuero.

Los años en Hollywood fueron tipo de película. Estar en mansiones, bajar en mi convertible en las montañas con una botella de champagne en la mano, manejando con chicas en el auto. Esas las hice todas.

Llegaste a conocer a Leonardo Di Caprio.

Cuando Leonardo Di Caprio hizo Titanic, yo conocí al hermano que había trabajado en un film conmigo. El hermano me lleva un día a una fiesta y éramos ocho en un apartamento. Uno de ellos era Leonardo. Desde ese día salimos esos ocho. Nos mirábamos y de repente me decía, “vamos” y arrancábamos juntos para otra fiesta.

Él se había alquilado un penthouse y teníamos fiesta todas las noches. Salíamos a boliches, levantábamos un grupo de chicas e íbamos para el apartamento. Así con un montón de gente de esas clases, que por momentos tuvimos amistades.

¿Y con Rod Stewart?

Jugué al fútbol con él. Estoy un día cenando en un restaurante de esos que tienen una mesa redonda, pero que el asiento es una “U”. Si estás en el medio y tenés que ir al baño, si tenés ocho personas al lado se tienen que parar todos.

Yo estoy en el medio de la mía y tengo una persona de un lado y otra del otro. Rod tenía ocho de un lado y ocho del otro. Siento que le dice a la mujer que tiene que ir al baño y que no sabe cómo hacer. Entonces, yo le digo que salte por mi mesa y que a la vuelta haga lo mismo.

Ahí le dije que si no fuese porque juega al fútbol no estaría en tan buena forma. La esposa dice que es verdad, que si no jugara al fútbol sería la mitad de hombre. Entonces, me pregunta de dónde soy y le digo que de Uruguay. Me cuenta que estuvo en el Centenario y que si juego al fútbol. Le dije que sí y que no encontraba a nadie para jugar.

Me comentó que era dueño de un equipo y que juegue con ellos. Estaba todo el mundo escuchando la conversación. Saca la lapicera de oro, agarra una servilleta de tela, la dobla y pone su número de teléfono. Me dice que lo llame mañana y al día siguiente lo hago.

Ahí me delegó y me dijo que llamara a tal, que era el director del equipo. Le avisé que Rod me había invitado y voy a la práctica. Entro a una cancha divina y está Rod haciendo abdominales. En cuatro años nunca me saqué una foto con Rod. Tengo una foto con él en una revista alemana, de nosotros dos caminando por St. Tropez. Hay mucha gente alrededor y nosotros charlando como si fuésemos íntimos.

La historia es esa, que jugábamos en el mismo equipo. Viví una época en un velero y me iba en bici a jugar a la cancha. Eramos como tres horas en bicicleta, jugaba una hora al fútbol y volvía. Hacía jugadas con él porque él sabía que yo era el más rápido de mi equipo. Agarraba y decía, “Carlos, run”, me la dejaba y yo hacía el gol. Venía y me abrazaba.

En algún momento en Nueva York recibiste una medalla de honor por parte del New York City Hall por rescatar a tres bañistas, ¿cómo pasó eso?

Las playas son más oceánicas que en Montevideo. Había entrado un huracán de esos que vienen desde Miami y era un día que las playas no estaban abiertas al público, no hay salvavidas. Era un domingo con ochenta grados, la playa estaba llena de gente. Venía una ola enorme que entraba y veías mil cabezas que los arrastraba a todos para adentro.

Yo había estado surfeando dos días seguidos y no podía más de los brazos. Estaba a 150 o 200 metros de la orilla, esperando la ola, y paralelo a mí a la misma distancia del mar, veo tres puntitos negros que una ola entra y se los lleva. Como hay muchos salvavidas que viven en el barrio que hacen eso, que nadan hasta atrás y después nadan en paralelo, pensé que eran salvavidas.

De repente, me vino el instinto y pensé, “acá hay algo mal”, porque veía que las cabecitas desaparecían y aparecían, como una bollita. Cuando me entro a acercar escucho, “¡auxilio!”, y eran tres. Yo estaba con mi tabla chica, que apenas yo floto porque no es un tablón. Del otro lado, en la playa, estaban todos jugando y nadie se daba cuenta porque al ser grande la ola y estar todos gritando, ni los ves. Ahí fue cuando dije, “acción”.

Llego al primero y una chica se me cuelga. La agarro, la saco y le digo que se quede quieta. Ella me gritaba que se iba a morir y yo le dije que si se quedaba quieta y me escuchaba la salvaba. Le di para que se agarre con una mano de mi brazo y con el otro de la tabla.

Cuando llego a la otra la saco de los pelos y le digo lo mismo, que se quede quieta y que se agarre del otro brazo y de la tabla. Faltaba el tercero que estaba como a diez metros más adentro. Me salieron las fuerzas super nucleares y cuando llego al tercero ya se nos estaba yendo. Cómo pelea el ser humano hasta el final, es increíble.

Me siento bien atrás en la tabla y lo pongo en la punta. Las otras dos todavía estaban agarradas de mí y quedamos los cuatro flotando. Yo mirando a la orilla y nadie se inmutaba. A mi también me estaba arrastrando para adentro, cada vez más, y no sabía lo que iba a pasar.

El que estaba adelante estaba inconsciente y le digo a las chicas que pataleen. Así que empezamos todos y, de repente, miro para atrás y había una ola gigantesca. Salgo con la tabla, otra vez uno por uno a agarrarlos. Ahí miro y veo que la arena estaba más cerca y veo que hay unas lanchitas verdes del departamento de parques. Pasaron cinco minutos y apareció un helicóptero arriba mío. Toco el piso, y arena.

Increíblemente aparece un pibe y dice que es del New York Times. Me pidió para hacerme una nota, no podía creer que había salvado tres vidas. Todos me decían que era un héroe. El pibe estuvo como dos semanas con agua en los pulmones y las chicas estaban bien. Me abrazaban y no me soltaban. Pasaron tres días en que el teléfono no paraba de sonar. Salió en todas partes la noticia.

Al mes me llaman del City Hall y me dicen que quieren ofrecerme una medalla de honor por héroe. Fui a una ceremonia con treinta policías que me hacían fila.

¿Cuál fue el día más feliz de tu vida?

Felicidad real es cada vez que tengo a mi familia. Cuando los tengo a todos juntos, creo que es lo más feliz. Muy pocas veces coincidimos y por eso creo que realmente es felicidad.

Otro de los días más felices fue cuando me dijeron que iban a producir uno de mis films. Ahí llegué a casa que no lo podía creer.

¿Y el día más triste?

Hace mucho que no tengo uno, tendría que ir muy para atrás. Está por venir, no hubo un momento tan triste en mi vida. Sí alguna novia que quería mucho y que no pudimos seguir cuando me vine a Uruguay por primera vez a los 16. Era la primera vez que me había enamorado y tuve que dejarlo por el viaje. Fueron los momentos más tristes de mi vida, de estar en un cuarto oscuro en mi casa y no poder ver al primer amor de mi vida.

¿En qué momento de tu vida sentiste mayor libertad?

Ahora. ¿Viste el parlante que tengo ahí? Lo llevo a todos lados y pesa como dos toneladas. Acá lo pongo en volúmen 10 y solo se queja una vaca. Voy a la playa, me tiro a nadar, no hay nadie. No pido permiso a nadie, no hay alambrados, camino por donde quiero y me siento el dueño.

Hay muchas formas de ser libre. El hecho de no estar preso, no estar atado a una profesión, a una familia, estoy libre en todo sentido. No tengo que pedirle permiso a nadie para hacer nada. No tengo ningún horario que tenga que seguir, no me está persiguiendo la ley por ningún tema, ni por lo que diga ni por lo que haga. He llegado, pero fue un trabajo de años llegar a donde estoy.

Es un trabajo mental liberarte de los preconceptos y hoy en día me importa un bledo lo que la gente diga de mí. No hago nada para impresionar, no espero que nadie me aplauda. Digo lo que se me canta. Soy de opinar políticamente en redes y, si no te gusta y querés eliminarme, es tu problema. Soy honesto conmigo mismo, me siento inquebrantable porque por plata no me vendo, no haría nada que hiciera daño a una planta. Vivo feliz con lo poco que tengo.

En Estados Unidos quise encontrar un lugar parecido y costaba cuarenta palos verdes. No tendría esto, tendría casa pegadas donde gritás y llaman a la Policía. Me siento libre aquí y físicamente en este momento, como nunca antes. También es a base de la madurez de encontrar que no tengo que estar fingiendo. Soy libre de hacer, de actuar como sea y no estoy esperando ganarme nada.

¿Algo que la vida te haya hecho aprender a los golpes?

La joda y el abuso. Por momentos he abusado de la noche. Los golpes es haber perdido trabajos, haber perdido relaciones, haber hecho daño a la familia que se preocupa por uno. Golpes te da en el sentido de lo psicológico, pero aprendo las cosas bastante rápido y antes de los golpes, por lo general.

Me gusta un golpe, igual. Se aprende mejor.

Me gustaba mucho la noche. Ahora, a la edad que tengo, por primera vez en mi vida creo que maduré. Ahora prefiero surfear, levantarme sano, estar sano. Del vicio estoy cada vez más apartado. A veces pienso y no puedo creer que consumía tanto, cuando lo hacés no te das cuenta. Mi familia está que no puede creerlo.

Si murieras hoy, ¿irías al cielo o al infierno?

Al cielo. Soy rebueno, pero me darían un par de golpes en la entrada. Me hice amigo del diablo y después lo despedí. Anduvimos juntos por un tiempo, pero nunca me llegó a convencer de hacer nada de lo que me arrepienta en esta vida. Tengo una conciencia súper tranquila en esto de no haberle hecho daño a nadie que no le haya dolido más que un ratito.

Estoy súper tranquilo. Aún más, ahora que sé que en otra época de mi vida podía ser más inconsciente. Me han ofrecido cosas feas para hacer en la vida, por plata, y nunca acepté.

Mi misión es tratar que la gente se dé cuenta que en la vida hay que bajar un cambio y aprender a conformarnos con menos. No necesitamos tanto para ser felices. Es una enfermedad que hay, la conozco bien porque trabajé atrás de los que hacen las campañas de publicidad y vi cómo crean la necesidad. La gente está muy ciega.

Por Federica Bordaberry