Seré curioso

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Caparrós: “Quise desmitificar la idea de los buenísimos locales y los malísimos invasores”

El argentino acaba de publicar Ñamérica, un “ensayo que cuenta” o “crónica que piensa” sobre la Latinoamérica que usa la ñ.

14.10.2021 10:36

Lectura: 24'

2021-10-14T10:36:00
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Por César Bianchi

Fotos: Martín Caparrós y Penguin Random House

Martín Caparrós (64), uno de los sudamericanos que cambió el periodismo en los años 90 y maestro de varias generaciones, dice: “qué sé yo qué es periodismo”. Lo dice así, como sonseando. Es el mismo que inició su carrera en el diario Noticias de Argentina en 1973, donde trabajó en policiales junto a un tal Rodolfo Walsh. El mismo que durante la dictadura se exilió en Europa, se licenció en Historia en París y a mediados de los 80 comenzó a colaborar con El País de Madrid, donde sigue publicando.  En aquellos lejanos 80 viajó y trabajó entre España y Argentina, su país. En 1987, en Buenos Aires, le dio una mano a su joven amigo Jorge Lanata y juntos fundaron Página/12.

A partir de 1991 comenzó a publicar crónicas de viajes en la rebautizada Página/30, revista que luego lo tuvo como jefe de redacción. Un día reunió esos textos en la obra Crónicas de fin de siglo, y fue distinguido con el Premio de Periodismo Rey de España. “Qué se yo qué es periodismo”, dice este maestro de cronistas, referencia ineludible del periodismo narrativo y habitual docente de la Fundación Gabo de Colombia (fundada por García Márquez, claro).

Este hombre alto, calvo, de frondoso bigote (cada vez más encanecido) y que siempre se viste de negro, ha probado con la ficción. Y no le fue nada mal. Reconvertido en novelista, en 1999 publicó, por ejemplo, La Historia, del cual él mismo dijo alguna vez: “es un disparate y es, al mismo tiempo, mi libro que más me importa, de algún modo, mi único libro”; Valfierno (2004) y Los Living (2011, ganadora del Premio Herralde de novela).

Pero lo que se le da realmente muy bien es visitar lugares, observar -mucho más que simplemente mirar-, preguntar, escuchar, interpretar y, luego, escribir. Porque -insisto- Caparrós desafió la asepsia del periodismo que entiende que el cronista debe ser “objetivo”. Dijo alguna vez: “La crónica también sirve para descentrar el foco periodístico. El periodismo de actualidad mira al poder. El que no es rico o famoso o rico y famoso o tetona o futbolista tiene, para salir en los papeles, la única opción de la catástrofe: distintas formas de la muerte. Sin desastre, la mayoría de la población no puede -no debe- ser noticia”.

Con más de 30 libros en más de 30 países, ganador del premio Planeta y la beca Guggenheim, los premios Tiziano Terzani y Caballero Bonald de ensayo, los premios Rey de España y Moors Cabot de periodismo, y luego de la ambiciosa y desmesurada obra El Hambre (2014) donde narra pormenorizadamente escenas de la “inseguridad alimentaria” en el mundo, Caparrós va (siempre) por más. Ahora está presentando Ñamérica (Penguin Random House), un “ensayo que cuenta” o “crónica que piensa” tras un recorrido por 20 países hispanoparlantes de Latinoamérica, donde viven 400 millones de personas.

  "Tenemos muchas cosas en común: la desigualdad o la miseria en muchos casos, o la violencia, o las migraciones, o la religión, o el fútbol, o ciertas formas políticas que de algún modo se repiten en muchos países de la región"

-¿Cómo podrías definir Ñamérica, tu último libro? ¿Es una crónica larga? ¿Es un ensayo? ¿Es periodismo de autor?

-No creo que sea periodismo de autor, ni de ninguna otra cosa, en la medida que el periodismo se supone que es menos analítico, y más testimonial. Supongo, no lo sé, qué se yo qué es periodismo. Pero en todo caso yo suelo decir que es como una crónica que piensa o un ensayo que cuenta, una cruza entre esos dos géneros. Usar un poco ciertos relatos para poner en escena las cosas que analizo, y el ensayo para analizar las cosas que cuento.  Y tratar de armar entre ambos un conjunto que más o menos funciona para entender el tema del que estamos hablando.

-¿Cómo financiaste los viajes y las estadías en esos 20 países que recorriste? ¿Tuviste marcas que te auspiciaran? ¿Lo financiaste con tu bolsillo, o sumaste todos tus viajes de décadas con los viáticos pagos por las revistas donde publicarías los textos?

-Lo de las marcas que me auspiciaran me gustó. Nunca tuve una marca, excepto una vez que me corté al afeitarme. Es una mezcla de las dos últimas cosas, porque por un lado hay material que retomé de los últimos 30 años de viajes por la región, por otro lado, hay un eje, que son las grandes ciudades, que seis de las cuales las visité para el diario El País de Madrid, así que por ahí tuve una manera de hacer eso, y después tres o cuatro cosas más, como El Alto en Bolivia o las bananeras en Ecuador, que lo pagué yo. A veces lo hago.

-¿Por qué llamar a esa zona Ñamérica -"la ñ es una extravagancia" decís en el libro- a Hispanoamérica?

-Cuando me puse a trabajar decidí que no quería hablar sobre el conjunto de América Latina, porque me interesaba más esos 20 países que hablan castellano. Brasil tiene otra historia, otra cultura y otras dimensiones. Es desproporcionadamente mayor al resto. Me puse a trabajar específicamente en estos países y el problema es que en general lo llaman Hispanoamérica, e Hispanoamérica me parece un nombre patético. Yo digo por ahí que es una de esas palabras que nadie nunca dice gratis: la decís solo si te pagan, si sos locutor de un acto oficial, o alguna cosa así. Entonces no tenía nombre para el conjunto del que estamos hablando. Y en algún momento se me ocurrió que Ñamérica era un buen nombre, porque -como vos decías- es la América que habla castellano, o sea, la América que habla con la eñe.

-Vos decís que "todo consiste en saber qué sería ser latinoamericano, o sea, qué, más allá de las patrias -esas diferencias tan laboriosamente construidas- nos une, nos reúne. Dicho sin vueltas: qué carajos tenemos en común". Tras tu extenso peregrinaje por el continente y sumado a que vivís en España, ¿encontraste la respuesta a esa pregunta tan compleja?

-Encontré algunas respuestas, y encontré también, afortunadamente, muchas más preguntas, que es lo que más me interesa cuando trato de trabajar sobre un tema. Pero sí, algunas de las respuestas tienen que ver con los capítulos de análisis que hay en el libro. Cada uno de ellos trata de algo que tenemos en común: la desigualdad o la miseria en muchos casos, o la violencia, o las migraciones, o la religión, o el fútbol, o ciertas formas políticas que de algún modo se repiten en muchos países de la región. Tenemos muchas cosas en común. Sería curioso que no las tuviéramos después de haber compartido durante 400 años una misma cultura, una misma historia, un mismo idioma y una misma religión.

-…siendo que un nicaragüense o un salvadoreño no tienen nada que ver con un rioplatense, o que en un mismo país, como Argentina, por ejemplo, un porteño tiene poco en común como un jujeño o uno de Chubut.

-Sin ninguna duda. Está lleno de diferencias y variedades como todo conjunto. Seguramente en tu familia habrá algún pariente que vos digas “qué raro que este pertenezca a mi familia”, sin embargo, está en tu familia. Que haya variedad, que haya diferencias no quiere decir que de algún modo no formemos un conjunto.

-Leyendo el libro me acordé de una canción de la banda uruguaya El Cuarteto de Nos que se llama "No somos latinos" (que te hice conocer minutos antes de esta charla) y en parte de su letra dice: "Hace un tiempo parecía joda/ser chicano esté de moda/Si me viera mi abuelito Arsenio/cantando con acento caribeño/y yo no digo "ia está listo el poio"/ni frijoles ni "arroio"/"ierba", "iuio", ni "io io", en otra parte dice: "Yo no sé bailar ni cumbia ni salsa/ni me escapé de Cuba en una balsa/Me parió en Montevideo, mi mami/yo no quiero ir a vivir a Miami/Hace rato en la radio, en la tele/me pudrieron a son y a merengue/No me hagan poner arisco/yo no quiero ir al show de Don Francisco". Y en su estribillo dice: "No me jodan más, no somos latinos/No me jodan más, no somos latinos/Yo me crie acá en la Suiza del sur"Más allá de la petulancia o el chauvinismo que puede evidenciar la letra, ¿tienen algo de razón estos músicos?

-Es difícil darle la razón a alguien que hace rimar “Arsenio” con “caribeño”. Eso primero. Y después se me ocurre decir: “Yo no digo bo ni championes, no me jodan, yo no nací en Canelones”. Sin embargo, nací a 100 kilómetros de donde dicen “bo” y “championes”. Lo raro, lo curioso, es que esa canción de El Cuarteto de Nos lo que transpira es cierta idea según la cual ser latinoamericano sería ser caribeño o tropical. Y hay muchísimas formas (de ser latinoamericano): andá a decirle a un tipo en Chiloé que forma parte de un continente tropical, o a una chola boliviana. Lo interesante, justamente, y creo que hice este libro para eso, es ver la variedad, la cantidad de maneras de ser ñamericanos.

-Citás Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y en otro momento una composición de Daniel Viglietti ("Dale tu mano al indio"). Del best seller de Galeano "caía almíbar", decís. ¿Entendés que tenía una visión maniquea de la cosa, donde los buenos eran los pobres autóctonos oprimidos y los malos eran los conquistadores?

-Sí, yo digo que caía un “almíbar amargo”, o algo así. Se supone que es una especie de paradoja. Pero claro que quiero desmitificar esa idea de los buenísimos locales y los malísimos invasores, en la medida que entre los locales había tantos malísimos como entre los invasores.  Si no, los invasores nunca hubieran conseguido nada. Si los emperadores aztecas no hubieran sido unos cerdos que se comían a los niños crudos -literalmente-, si no hubiera sido así, 500 andaluces y extremeños jamás hubieran conseguido conquistar ese imperio. Lo conquistaron porque había miles y miles de locales que estaban desesperados por vivir así, y se juntaron a ellos con la esperanza de que les permitiera derrocar a esos tiranos. Después, la verdad que hicieron mal negocio, como suele pasar. Pero no porque fueran “nuestros” o “ajenos” sino porque muchas veces, y más en esa época, los gobernantes solían ser muy crueles con sus gobernados.

Y ya que estoy hablando con un periodista uruguayo, dejame recordar uno de los versos que más me gustan de Borges, cuando habla de la llegada de Solís a las costas del Río de la Plata, y dice que “ayunó Juan Díaz y los indios comieron”. Juan Díaz de Solís ayunó porque se lo estaban comiendo, así que había de todo por todos lados.

 "Yo digo que en Las venas abiertas caía un  'almíbar amargo', o algo así. Quiero desmitificar esa idea de los buenísimos locales y los malísimos invasores, en la medida que entre los locales había tantos malísimos como entre los invasores"

-Hay unos 40 millones de personas que todavía pertenecen a los pueblos originarios, y están -decís vos- mayormente en cuatro países: Bolivia, Perú, México y Guatemala. Vos decís que hay leyes que privilegian y premian a los descendientes de pueblos originarios, pero que éstos tienen el mismo derecho a una vida digna que cualquier otro. Agregás: "Vivimos una época que se ocupa muy especialmente de las minorías para disimular o justificar que se ocupa muy poco de las mayorías". Pensé en el colectivo LGTBI, y el lenguaje inclusivo…

-El colectivo LGTBI es una minoría, pero era necesario darles a muchas de esas personas un lugar equivalente al de cualquier otro. Es cierto que el tema, la discusión pública, quizás ocupa un espacio desproporcionado. Pero yo no me estaba refiriendo especialmente a esto, sino al hecho de que en muchos lugares ser pobre de un “pueblo originario” es menos duro que ser un pobre a secas. Hay toda una especie de aparato que, ahora cada vez más, te protege (si sos de un pueblo originario), mientras que si sos un pobre mezclado de un correntino descendiente de ucranianos y un brasilero que vaya a saber de dónde viene, estás jodido. No tenés ninguna legislación que te proteja ni tenés la posibilidad de decir “ah, esta tierra era mía, entonces yo la voy a recuperar”. Eso me parece bastante injusto. A eso me refería.

Y por el lado de los llamados “pueblos originarios” también me parece injusto. En todo caso lo que tendrían que hacer es solidarizarse con todos los que de alguna manera la están pasando mal. No decir: “Yo voy a salvar a los míos”. Serían pobres con pureza de sangre.

-Vos decís que los argentinos (aplica para los uruguayos) durante décadas se creyeron menos ñamericanos, por aquello que descendemos de los inmigrantes que llegaron de los barcos. Y decís que era al revés: los rioplatenses somos ñamericanos, precisamente, por la mezcla. "Aquí, por suerte, no hay pureza", escribís. ¿Cómo opera esa mezcla en el continente, y en especial en el Cono Sur donde "no nos creemos latinos", como canta el Cuarteto de Nos?

-(Piensa) Estaba pensando en la curiosa deriva de la palabra “latino”, que hace que gente que en la mayor parte de los casos venimos de España o de Italia, los países  más latinos que uno pueda imaginar, y digamos que “no somos latinos”. Pero bueno, ahora latinos significa otra cosa, y forma parte de la rara deriva que tienen las palabras y las culturas.

Pero te insisto: lo que a mí me interesa, una de las cosas que más me atrae de la población latinoamericana en general, es que está muy claro que somos todos migrantes. Desde aquellos primeros que llegaron hace 20.000 años desde el centro de Asia y ocuparon el continente, que después se cerró porque el Estrecho de Behring dejó de ser transitable, y entonces durante 15.000 años no llegó más nadie. Pero después en el 1500 llegaron los españoles, y después entre el 1600 y el 1700 trajeron por la fuerza a los africanos para hacerlos esclavos, y después en 1890 o 1910 llegaron la mayorá de nuestros ancestros al Río de la Plata, que se mezclaron también con lo que había de antes. Son esas cuatro olas migratorias las que armaron todo el continente. ¡Está claro que somos todos migrantes y todos nos mezclamos! No hay pureza. No podemos decir “éste es de acá”; nadie es de acá, todos llegamos.

-Sostenés que no hay otro país del mundo que esté expulsando más gente hoy que Venezuela. "La cresta triste de la triste ola", decís. ¿Recorriste Venezuela para el libro? ¿Qué realidad pudiste apreciar?

-Fui para el libro hace dos años, a Caracas, no más allá, estaba muy complicado viajar por el interior venezolano. Y Caracas también estaba muy complicado. Es uno de los lugares más terriblemente deteriorados que he visto. Estaba muy difícil. Cuando yo fui no había dinero, la administración hacía que ningún billete sirviera, literalmente. La única manera de tomar un café, ponele, era pagarlo con una tarjeta de crédito local. Los primeros tres días que estuve no pude pagar un café, porque yo no tenía una tarjeta de crédito local, tenía tarjeta de crédito internacional, emitida en mi país, y no servía, tenía dólares, pero tampoco me los tomaban, y no tenía dinero. No podía hacer ninguna transacción. Y al final la solución fue que una amiga periodista venezolana me prestó su tarjeta de débito, yo le di 100 dólares, que ella cambió con un cambista amigo (por supuesto, trucho), ingresó ese dinero en la cuenta de la tarjeta que ella me había dado, y entonces tenía un saldo. Y a nadie parecía importarle que yo me llamara Valentina… No tengo cara de Valentina, con esta pelada y estos bigotes.

En Caracas vi un nivel de violencia muy pesado, donde cada salida era casi como un operativo. Y por otro lado, había zonas donde corrían la coneja mal, es decir, había poca comida. Era una sociedad muy descuidada, de las más jodidas que he visto, lo cual explicaba perfectamente por qué en tan poco tiempo cuatro millones de personas se fueron. Más de un 10% de la población emigró, en un par de años. Es un desastre.

-En determinado momento mencionás a Uruguay, Argentina, Chile, Costa Rica, es decir los países con mejores índices de desarrollo humano, y donde es "más fácil vivir". ¿Por qué? ¿Qué explicación tiene con los inicios de nuestras sociedades en el contexto latinoamericano... perdón, ñamericano? Es decir, ¿qué tuvieron de especial estos países que no tuvieron Bolivia, Guatemala y Honduras?

-Es difícil armar una explicación que funcione para todo, pero está claro que nuestros países que, por un lado, estuvieron fuera del circuito durante muchísimo tiempo. A la capital del imperio le importábamos tres carajos, hasta bien entrado el siglo XVIII, y eso hizo que no se armaran aquí sistemas de castas tan férreos como en otros lugares. Y que por otro lado, a diferencia de otras zonas, tuvimos unas formas de riqueza que funcionaron muy bien desde fines del siglo XIX y todo el siglo XX.  La economía de Ñamérica siempre, todavía, funciona de la misma manera: lo central es la extracción y exportación de alguna materia prima. Pero es distinto que esa materia prima sea la plata de Potosí, donde se morían indios y más indios, que el trigo o las vacas de la pampa, que eran menos crueles en su explotación y siguen teniendo interés más o menos renovado.

"En Caracas vi un nivel de violencia pesado. Y por otro lado, había zonas donde corrían la coneja mal, había poca comida. Era una sociedad de las más jodidas que he visto, lo que explica por qué en tan poco tiempo cuatro millones de personas se fueron"

-Te quiero preguntar por la banana como símbolo ñamericano, y de ahí llevarte a la figura de "república bananera". ¿Por qué es un símbolo? ¿Por qué se asocia a esta fruta que abunda en Ecuador como figura para ilustrar el populismo?

-Eso fue una frase que algún norteamericano consagró a fines del siglo XIX, lo de banana republic, antes de transformarse en un negocio de ropa. Fue una forma de descalificar a los paisitos de Centroamérica, donde efectivamente, había mucha banana, mucha corrupción, y una empresa norteamericana que manejaba mucho más poder que cualquier presidente, en ese momento, a veces con la ayuda del Ejército que desembarcaba sin mayores dificultades.

Se me ocurrió ir a ver cómo se producía banana en Ecuador, porque quería contar esta historia: cómo la economía de nuestros países se ha basado siempre en extracción y exportación. Y en el caso de la banana, más allá de la imagen que era muy elocuente, era un tipo de exportación muy puramente extractiva. Es decir, ni siquiera se procesa un poco. Ni siquiera es marcar una vaca y cortarla en cuartos, o sacar el trigo y convertirlo en harina. Es agarrar el banano y mandarlo, así verde como está, a donde sea. Nunca había visto cómo se hacía; es interesante.

-Vos decís que en Ñamérica, como la llamás, es distinto el umbral de la tolerancia ante las diferencias económicas que a diferencias raciales o de género. Esto es:  nos molesta que los hombres blancos tengan más oportunidades, pero no nos molesta que un puñado minúsculo sea escandalosamente rico a expensas de una multitud de pobres. ¿Por qué crees que pasa eso? ¿Estamos adormecidos? ¿Está naturalizado?

-Creo que está naturalizado, y así tiene que ver un poco cómo se formaron las estructuras sociales en Ñamérica. Cuando hace 500 años llegaron los españoles, lo que te daba poder era ser diferente. El hecho de ser diferente (ser blanco español) era la muestra más clara de que tenías poder sobre aquellos que eran de otra manera, y tenían otra cara, otros rasgos. Y a partir de eso, se estableció ese clasismo muy claro, que después se fue difuminando. Ya no es tan evidente como fue en 1550. Pero dejó una marca muy fuerte, y algunos siguen pensando que tienen derecho de hacerse servir, de explotar a quién se les canta.

-¿Qué puntos de contactos encontrás entre lo que contaste en El Hambre y lo que contás en Ñamérica? ¿La desigualdad? ¿La pobreza? ¿La mala distribución de la riqueza?

-Vos lo dijiste: es eso. En este caso, en este libro hay un capítulo que es un caso particular de El Hambre, que es todo el capítulo sobre la desigualdad y la concentración de la riqueza en manos de algunos y la miseria de muchos. Bien podría haber sido un capítulo de El Hambre, y es un capítulo de aquel libro que algunos, gracias al poder político que tienen, concentren la riqueza que muchos necesitan: en aquel caso era la riqueza alimentaria, en este caso, la riqueza general.

-¿Dónde pasa esto de forma más evidentemente en Ñamérica?

-Yo no lo sabía, pero trabajando para esto me enteré que México es el país donde hay más multimillonarios ñamericanos. De los 10 tipos con mayor fortuna en la región, ocho son mexicanos. Y el tamaño de la economía mexicana, comparado con el tamaño de otras economías en la región, no justifica que concentren el 80% de los multimillonarios. Lo cual demuestra que la concentración económica mexicana es mucho más fuerte, y por tanto, las diferencias son también más fuertes.

-Y por otro lado, millones de mexicanos queriendo irse de su país y cruzar a Estados Unidos…

-¡Yéndose, de hecho! Son muchísimos, que ponen en riesgo su vida para cruzar ilegalmente a Estados Unidos, y eso también es un dato muy fuerte de cómo funciona, o cómo no funciona una sociedad.

"Cuando hace 500 años llegaron los españoles, lo que te daba poder era ser diferente. Se estableció ese clasismo muy claro. Ya no es tan evidente como en 1550. Hoy algunos siguen pensando que tienen derecho de hacerse servir, de explotar a quién se les canta"

-No parece haber una clara incidencia de cierta ideología en los gobiernos de Latinoamérica en desmedro de gobiernos de otro signo político. Digo, hace unos años en el continente estaban Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, Vázquez y Mujica en Uruguay, Bachelet en Chile, Chávez y luego Maduro en Venezuela, los Kirchner en Argentina y Lula en Brasil. Después volvió la centroderecha: Macri en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Lacalle Pou en Uruguay, Piñera en Chile y así. Hubo una izquierda progresista y ahora gobiernos de discurso "liberal-privatista", como decís vos. Si bien se apostó a planes sociales asistenciales para los más vulnerables y se redujo la pobreza, la distribución de la riqueza y las estructuras económicas y sociales que producen la exclusión permanecieron incambiadas… ¿porque nadie pudo o porque ni se lo propusieron?

-Otra de las cosas que comprobé trabajando para este libro fue que ese mejoramiento de las condiciones sociales de los más pobres, en muchos países no había sido mayor en los países con gobiernos que se decían de izquierda que en gobiernos de derecha. Quiero decir: en Colombia o en Perú habían mejorado parecido a Bolivia o Ecuador. Y eso, al fin y al cabo, confirmó lo que vengo diciendo hace 15 o 20 años: que yo no creo que esos gobiernos sean de izquierda. Creo que adoptaron, con diferencias y matices, un discurso de izquierda para disimular el hecho de que no estaban haciendo ningún cambio significativo en nuestras sociedades. En el caso de Argentina es clarísimo. Hay otros casos: probablemente Evo Morales cambió más Bolivia que ningún otro político en su país.

-Pienso en Venezuela: cuesta asumir a Maduro como un gobernante de izquierda, cuando hambrea a su pueblo… Es discutible lo de Chávez también.

-Sí... y (Hugo) Chávez era un peronista tardío, con el puro cariño con el que yo puedo pronunciar esas palabras. Esa comprobación de que lo que pasó en los primeros 15 años en este siglo en Ñamérica, fue que hubo un aumento muy grande del dinero circulante por la subida de los precios de las materias primas que exportamos a los mercados internacionales, y que por eso hubo tanto en los países de discurso de izquierda como en los países con discursos de derecha una mejora equivalente en las condiciones de vida de los más desfavorecidos. Después, se acabaron esos precios, volvieron a bajar, y la gran mayoría de los que habían conseguido cierto ascenso social, volvió a perderlo. Insisto: más allá de los discursos de cada uno de los gobiernos de cada uno de los países.

-¿Sos de los que cree que sigue habiendo izquierda y derecha, tal como fueron  acuñados en la Revolución Francesa? ¿O te afiliás al discurso de que ya no existe más eso de izquierda y derecha?

-Creo que existen. La idea de izquierda existe de una manera muy básica, que consiste en creer que hay que repartir mucho más los bienes que hay, que hay que repartir la riqueza mucho más, que todos tienen que tener lo suficiente como para vivir decentemente y a nadie le tiene que sobrar obscenamente. Y derecha es lo contrario. Es defender que lo que importa es que el mercado funcione y que, por lo tanto, si ese mercado “premia” a algunos, haciendo que acaparen lo que necesitarían miles o millones de personas. Piensan que bueno, es así cómo funcionan las cosas y hay que aceptarlas. Después, a partir de ahí, hay muchos matices, pero esa es la base.

"Comprobé que ese mejoramiento de las condiciones sociales de los más pobres, en muchos países no había sido mayor en los países con gobiernos que se decían de izquierda que en gobiernos de derecha. Yo no creo que esos gobiernos sean realmente de izquierda"

-Recorriste toda Latinoamérica, toda esa zona hispanohablante que bautizaste como Ñamérica por la excentricidad de la letra ñ. Como futbolero apasionado, ¿qué gran equipo de fútbol en el mundo conocés que tenga en su nombre la ñ?

-(Piensa, se sonríe) Hay uno, por ahí por tu barrio, que se llama Ñacional, ¿no? Naa, mentira, siempre me gustaron más los otros, tu cuadro.

-Veinte países, 400 millones de personas componen esta región del mundo donde se comparte una misma lengua. En términos históricos, ¿Ñamérica es hoy feliz o menos infeliz que hace algunas décadas?

-Yo creo que menos infeliz, porque, además, creo que el mundo es menos infeliz. Queda vulgar decirlo, pero yo creo en el progreso. Después de muchos años en que me reía del progreso como correspondía a un joven inteligente, ahora que soy un viejo boludo empecé a creer en el progreso. Cualquiera que se pone a mirar un poco cómo vivimos ahora y lo comparamos con cómo vivíamos hace 100 años se da cuenta que vivimos mucho mejor. Vivimos mucho tiempo más, sufrimos mucho menos por las mismas cosas, porque tenemos muchas más armas para enfrentarlas, y tenemos,  aunque parezca una huevada, cosas como ésta: vos estás en Montevideo, yo estoy en Torrelodones, en las afueras de Madrid, y estamos conversando mirándonos las caras.

No es un gran signo de nada, pero es una muestra de que tenemos muchas más opciones. Que la esperanza de vida haya pasado de 60 a 80 es algo enorme. Por supuesto, que hoy haya países donde la expectativa de vida sigue siendo de 60 y otros donde es 80 es un poco intolerable. Es difícil pensar mayor desigualdad que la de vivir o no vivir. Pero, por lo menos, ahora sabemos que podemos conseguir los 80 años de vida, hace 50 años era impensable. Entonces: somos menos infelices. Hablo del mundo, pero también de Ñamérica. Somos menos infelices porque podemos hacer más cosas, y creo que seremos menos infelices también dentro de 50 años. Es un pronóstico que me sale gratis, porque nadie me va a venir a decir que me equivoqué.

Por César Bianchi