Cande de la Cruz: “No importa que seas hijo o nieto de...; si no sos bueno, no te llaman”
Integra “A todo o nada” y actúa en “La omisión de la familia”, pero sueña con Chejov o Ibsen.
Por César Bianchi
@Chechobianchi
Se crió entre estudios de TV y salas de teatro, correteando detrás de su abuelo Cacho de la Cruz, y luego de su padre, Maxi. Producto genuino de lo que “mamó” en esos ambientes laborales, la vocación anidaba en ella hasta que la dejó ser. Entonces, emigró a Los Ángeles para formarse, y, al volver, se presentó en audiciones. Tuvo oportunidades de trabajo en el canal en el cual se luce su padre y antes se convirtió en leyenda su abuelo. Pero vale decirlo: las aprovechó.
Además, Candelaria de la Cruz (24) se dedicó al teatro. Debutó con una obra de terror, luego actuó en una comedia y hoy integra el elenco de La omisión de la familia Coleman (Movie), una comedia multipremiada del argentino Claudio Tolcachir sobre una familia disfuncional en la que se mezclan el caos, la violencia y el humor. Y, en el medio, apaciguó su ansiedad por los próximos proyectos, alternando empleos como moza de restaurante en el este.
Aquella adolescente a la que le hacían bullying en el liceo porque bailaba en los pasillos, hoy sueña con actuar, cantar, bailar y conducir en TV. Todo lo que tenga que ver con la expresión artística le interesa, y no parece afectarle el qué dirán.
Foto: Javier Noceti / Montevideo Portal.
¿Quién sos?
Soy una humana que tiene el privilegio de ser lo que ama y dedicarse a eso. No es fácil, pero es una búsqueda constante.
¿Cómo definirías tu niñez?
Una niñez muy alegre, llena de arte. Mucho arte, es lo que más tengo presente. Hablo de ir a ver a mi papá al teatro, de estar en el canal con mi abuelo, de acompañar a mi mamá, que en ese momento se dedicaba a hacer asistencia de dirección en rodajes, hacía alguna película para comerciales o lo que sea. Tengo ese recuerdo. Y también de mis abuelos, de mi abuela Titina y de mi abuelo Cacho, pasar mucho tiempo con ellos.
Fuiste Chin Chin en Cacho Bochinche de los 4 a los 8 años, ¿no?
Ese recuerdo está bastante vívido. Me acuerdo bastante de ensayar con Laura y las Chin Chin, de juntarnos en la casa de mi abuelo a ensayar ahí para hacer el Teatro de Verano, las vacaciones de julio para los niños. Yo también salía en el teatro en ese momento. Y en el canal, mucho, mucho. Es lo que más tengo presente y lo más fresco, no sé si es porque era algo atípico o qué, yo lo naturalizaba, porque era parte de mi rutina, que los sábados había que ir al canal a hacer Cacho Bochinche.
“No sé cuándo caí en que mi padre y mi abuelo eran famosos. Quizás me pasó más de adolescente, que le dije a Cacho: 'Abuelo, ¿puedo ver las Telecachadas?' Y ahí me di cuenta: 'Ah, vos hacías cosas muy interesantes en ese momento'”.
¿Sentís que lo disfrutaste? ¿O sentiste algún tipo de presión por bailar bien en TV?
Re disfruté. El niño es muy inocente y no lo ve con esos ojos de adulto, de sentir algo así como “la nieta de”. Yo estaba viviendo mi realidad, que en ese momento era esa: ir a un canal de televisión y bailar.
¿Te criaste entre estudios de TV y salas de teatro o no fue tan así?
Fue así. Ahora que ya me dedico a esto y tengo mi rutina y mis trabajos, tengo menos tiempo para poder acompañar a mi papá, por ejemplo, pero siempre que puedo voy a verlo al teatro. Pero era así. Yo tenía vacaciones y me iba una semana a Buenos Aires, y todos los días lo iba a ver al teatro y me fascinaba. Y yo quería estar ahí, obviamente.
¿En qué momento caíste en que tu abuelo Cacho y tu padre Maxi eran famosos en Uruguay?
Me encanta esa pregunta porque siempre está formulada de una manera diferente, y me hace mirarme en retrospectiva y pensar cuándo realmente fue ese momento de quiebre. Momento que, quizás, nunca lo tuve. Es algo que se da, es algo que sucede. Pensaba: “Si lo saludan en la calle, lo deben querer”.
Mi papá es una persona sumamente humilde y mi abuelo siempre lo fue, entonces es como que… somos humanos, somos todos iguales, más allá de que me conozcan por hacer esto o lo otro. Siempre que viene del lado del amor y desde el respeto, lo tomé como algo superlindo. Y nunca me shockeó. O sea, yo lo iba a ver a mi papá al teatro y le decía desde detrás de bambalinas: “Dale, vamos a casa”. Nunca caí en que quizás eso impactaba en la gente.
Quizás me pasó, más de adolescente, que le dije a Cacho: “Abuelo, ¿puedo ver las Telecachadas?” Y ahí me di cuenta: “Ah, vos hacías cosas muy interesantes en ese momento”.
¡Eran muy divertidas las Telecachadas!
Sí, las vi todas, me las prestó en CD cuando yo tenía 14 o 15 años, y las vi. Y fue increíble. Ponele que ahí me di cuenta: “Ah, ok, abuelo, vos hacías esto. Qué de más, qué lindo”.
Y ese impacto de “caer” en que tu abuelo y tu padre eran famosos en este país, ¿qué provocó en vos? ¿Te causó orgullo? ¿Te dio lo mismo? ¿Cómo te afectó?
Siempre me gustó. Siempre me pareció algo lindo, porque es como una esperanza de ese 1% que se dedica al arte, que logra hacer algo, llegar a algo y llegarle al corazón de alguien, ¿viste? O a la casa de alguien, en el caso de ellos que hacen televisión. Entonces, siempre fue como: “Ok, bueno, tengo una esperanza o algo de qué agarrarme para dedicarme a esto”. Si bien yo fui por otro camino, quizás sé que esa cuota de esperanza está ahí gracias a ellos. Lo sé porque lo vivieron en carne propia.
A nivel académico, probaste con Diseño Industrial en la Facultad de Arquitectura. ¿Qué pasó que no seguiste?
Es que arrancó la pandemia ese año. Me inscribí en Diseño Industrial, perfil textil, para ser diseñadora de modas, que siempre me gustó —la moda está muy presente en mi vida—, y arrancó la pandemia cuando me inscribí. Hice el semestre entero, y me di cuenta de que, en realidad, quería estudiar una carrera actoral y profesionalizarme. Con la pandemia, eso de quedarme en mi casa y reflexionar, terminé el semestre y dije: “Bueno, de ahora en más quiero hacer teatro”.
Foto: Javier Noceti / Montevideo Portal.
Estudiaste en la academia de Stella Adler en Estados Unidos (Los Ángeles, California), y había profesores que repetían una frase: “Cada vez que entrás al teatro, dejás los zapatos afuera”. ¿Qué significa eso?
Esa frase es de la propia Stella Adler y la traían a colación muchos profesores o profesoras. En el momento en que vos entrabas a la sala de teatro, ya sea donde estabas estudiando, tenías que dejar tus problemas afuera y dar el 100% de vos en ese momento y estar presente con lo que estás haciendo. Significa dejar los problemas afuera.
Dejar tu vida humana —obviamente seguís siendo un humano cuando actuás, pero te ponés en la piel de otra persona, accedés a otra parte tuya—, pero los problemas de Candelaria quedan afuera y los retomaré cuando salga de acá.
Hay otra frase que te marcó: “Todo radica en la imaginación”. Sé que ese pensamiento lo llevás a todos lados. ¿Para qué te sirve?
Es de ella también, pero viene de (el director de escena ruso Konstantin) Stanislavski, en realidad. En su método de actuar, él decía que un actor siempre tiene que acceder a su imaginación y trabajarla todos los días. Tiene que observar mucho, tiene que tener cosas de la cotidianidad presentes, para luego mezclarlas con ese mundo de fantasía que tiene un guion, por ejemplo. Y fusionar eso.
Yo creo que cuando uno va creciendo, va perdiendo un poco la inocencia y la picardía que tienen los niños. Y el ser imaginativo, el imaginar cosas, te conecta con esa parte tuya del niño interior, que es re importante tener. Lo más lúdico, lo más inocente, sin peligro, sin oscuridad, quizás. Sin esas cosas que suceden cuando sos adulto.
¿La gastronomía llegó antes que la actuación?
En el medio, y sigue presente. Mirá, 2024 fue un año de mucho trabajo, gracias a Dios. Tuve la oportunidad de grabar varios programas, de estar bastante al aire y de hacer teatro. Y para no parar la manija, digamos, o el estar presente y activa, dije: “Bueno, voy a probar con la gastronomía y hacer una temporada”. Y fue una experiencia muy rica, la verdad, estuvo muy bueno. Fui moza y runner, que es quien baja los platos de la cocina al salón. Estuvo muy bueno, me hizo poner los pies en la tierra y darme cuenta de que la gastronomía es un mundo precioso y que el arte también se aplica en otras profesiones, no está solamente presente cuando te subís a un escenario.
“2024 fue un año de mucho trabajo, gracias a Dios. Y para no parar la manija, dije: 'Voy a probar con la gastronomía y hacer una temporada'. Y fue una experiencia muy rica, la verdad, estuvo muy bueno. Me hizo darme cuenta de que el arte también se aplica en otras profesiones”.
Tu primera obra de teatro en Uruguay fue una de terror: El juego: inicios. ¿Cómo se dio esa participación?
Me llega el dato de que había un casting para hacer una obra que era argentina, con una lista de personajes; yo elegí uno y fui, audicioné y me fue muy bien. La preparé mucho esa audición, estaba muy nerviosa también, porque era la primera vez que audicionaba. Tampoco se da mucho en Uruguay que se hagan audiciones abiertas, entonces había mucha gente. Estaba asustada, pero fue muy lindo porque salió, se dio y fue una experiencia muy enriquecedora para mi carrera. Fue como el inicio de algo, el punto de quiebre acá en Uruguay.
Flor Infante te dirigió el año pasado en Jardines salvajes. ¿Es cierto que ella había sido tu profesora en el colegio Lester House, cuando tenías 6 o 7 años?
¡Sí! Yo tendría, no sé, 6 años. Fue mi profesora de teatro. Flor es lo más, aparte de una tipa laburadora, también es esa cuota de esperanza que tenemos acá las artistas uruguayas, más que nada mujeres, porque es una referente, y decís: “Ok, puedo llegar a vivir de esto, se puede salir adelante”. Me acuerdo de que nos hacía jugar mucho con la imaginación y ahí me habré enamorado también un poco de la profesión, del oficio.
“'Jardines salvajes' estaba muy buena y aparte con un elencazo: Luis Pazos, Alfonso Tort, Leonor Svarcas; esas tres personas me enseñaron muchísimo. Y fue muy lindo ese proceso, fue muy divertido”.
Jardines salvajes fue una obra que mezclaba comedia con drama. ¿Qué significó para vos?
Si bien era comedia, por momentos costaba reírse porque hablaba muy en serio de cosas que nos pueden suceder, de dónde está el límite del otro cuando vivimos en comunidad con nuestros vecinos, dónde empieza mi libertad y termina la tuya y viceversa. Estaba muy buena, y aparte con un elencazo. Fue la primera vez que yo trabajé con un elenco de gente muy conocida acá en Uruguay: Luis Pazos, Alfonso Tort, Leonor Svarcas; a mí esas tres personas me enseñaron muchísimo. Y fue muy lindo ese proceso, fue muy divertido. Yo no lo podía creer.
Ahí trabajaste con Leonor Svarcas, con mucha experiencia en teatro, y con Alfonso Tort, quien tras despuntar en 25 Watts ha hecho un gran recorrido en cine y en series. ¿Intentaste robarles “tips” para crecer en el medio?
Re, pero creo que se iban dando naturalmente, más que nada actorales. Cómo encarar el guion, de cuando toca pararse y representar, o ponerle voz y cuerpo a un personaje, qué pasa, qué es lo que hacemos. Y fue re lindo; crecí muchísimo con ellos y con Flor Infante dirigiendo fue como la cereza de la torta.
¿Y a vos, qué te interesa más, el teatro o el audiovisual?
Me encantan los dos. No sé si podría elegir. Es muy diferente, y es muy lindo. Cuando estás con una cosa le das el 100%, pero después la otra también, de alguna u otra manera te llama y también… Me gustan las dos cosas mucho.
¿Por qué admirás a Tate McRae? ¿Qué te atrae de su obra?
Ella es cantante y bailarina y la rompe. Tiene unos 21 años y llena estadios a lo largo del mundo. Pero lo que más me gustó de ella fue pensar que el actor no es solamente el que tiene doble cara, también los cantantes o quien sea se crean un alter ego, ¿viste? Y yo creo que está bueno tener eso, como una defensa. Y cómo se mueve, la amo, la amo. ¡Te amo, Tate!
“Siendo adolescente, el bullying es algo que padecés cuando estás creciendo, porque te estás encontrando. También si sos muy sensible como yo, e intensa al mismo tiempo, lo sentís… sos muy frágil en esa edad. Lo percibí en algún comentario, alguna mirada”.
“Los musicales me salvaron la vida”, le dijiste a Galería. ¿Por qué?
Bueno, yo viví mucho tiempo en Punta del Este y fue una experiencia que estuvo buena. Yo era adolescente, y en ese momento no tenía tan presente en mi vida cotidiana o no practicaba mi oficio, que es la actuación, el canto, la danza. Y mirar musicales me daba esa cuota de esperanza de decir: “Ok, yo puedo hacer esto, esto existe, hay gente que lo hace, hay gente de mi edad que lo practica, que se forma, que llega a hacerlo. Yo también voy a llegar y lo voy a lograr hacer”. Así que fue como algo de qué agarrarme, algo muy lindo en ese momento.
En esa misma entrevista dijiste que te hicieron bullying en el liceo privado al que acudiste en Buenos Aires. ¿Por qué motivo eran las burlas?
Siendo adolescente, es algo que padecés cuando estás creciendo, porque te estás encontrando. También si sos muy sensible como yo, e intensa al mismo tiempo, podés llegar a tomarte las cosas quizás como… sos muy frágil en esa edad. Quizás algún comentario, alguna mirada.
¿Pero por qué motivo eran las burlas? ¿Por qué te interesaba lo artístico?
A veces, cuando uno es feliz, a la gente le molesta. Desde que soy muy chica tengo un propósito muy claro: nunca dejé de ser como soy, siempre fui muy extrovertida, muy de cantar en los pasillos, de bailar, y quizás eso molestaba.
Tenés, a esta altura, un largo recorrido, en pocos años, en televisión: participaste en Fuego sagrado, fuiste host digital en ¿Quién es la máscara?, integraste 100 uruguayos dicen junior y también estás en A todo o nada. Cualquier lector podría decir que te dieron esos trabajos (todos en Teledoce, además) por tu apellido. ¿Qué les dirías a quienes creen que esos empleos no te los ganaste en buena ley?
Cada uno es libre de pensar como quiera, y de proyectar en el otro lo que puede y lo que uno es, también. Yo soy actriz, me formé, respeto mucho la profesión, me dedico más que nada al arte dramático. Esas son oportunidades que me llegaron, a las cuales les quise poner alma, voz, cuerpo y mucho amor. Y fue muy lindo, la verdad. Yo creo que también las herramientas que uno va adquiriendo a lo largo de su carrera son las que te hacen sostenerte. No importa que seas hijo de quién o quién te llame, si no sos bueno haciendo lo que hacés, no te llaman.
Pero, ¿reconocés que ellos tuvieron mucho que ver en que se te abrieran esas puertas y que, quizás, si fueras Candelaria González, con el mismo talento que tenés, no hubieras tenido esa primera chance?
Y si yo hubiese sido Candelaria González, seguramente me las hubiese ingeniado para que se abrieran. Hoy en día tenemos redes sociales, y cualquier persona puede llegar a hacer lo que quiera hacer. Sí tengo en claro que es un apellido que tiene peso, pero en mi caso: primero, soy mujer, y hago algo totalmente diferente a lo que ellos hacen.
¿Creés que con los años podrías abrirles puertas a otras mujeres jóvenes?
100%... Más que nada porque me crié en un ambiente lleno de mujeres, a quienes respeto mucho: a mi abuela, mi mamá, a profesoras de teatro como lo fue en su momento Flor (Infante); y me inspiraron a mí a hacer lo que me gusta, y me abrieron puertas ellas también. Entonces, sería muy lindo hacerlo.
Tu abuelo Cacho te veía siempre y era crítico, a veces. Leí que él te recomendó que no hicieras actuación, que te dedicaras a otra cosa. Me llamó la atención que no te recomendara lo mismo que hizo él y su hijo Maxi... ¿Vos cómo lo entendiste?
Como un desafío, él me estaba cuidando, seguramente. Él más que nadie conocía el medio y el oficio, y fue como una advertencia. Pero bueno, cuando uno tiene tan claro su propósito y lo que le gusta, va a ir para adelante, y se la va a jugar.
“Si yo hubiese sido Candelaria González, seguramente me las hubiese ingeniado para que las puertas se abrieran. Sí tengo en claro que es un apellido que tiene peso, pero en mi caso: primero, soy mujer, y hago algo totalmente diferente a lo que mi padre y mi abuelo hacen”.
Has comentado que cuando se emitió 100 uruguayos (que habías grabado anteriormente), vos estabas trabajando en un restaurante. ¿Como cocinera o de moza?
Como moza. No tengo el gusto de ser cocinera, me encantaría, pero lo mío no es la cocina, chicos. Aprendí mucho igual, eh.
¿Pero hay una vocación en la gastronomía?
No sé si la llamaría vocación. Creo que me sirvió a mí para ver cómo son los tiempos en una cocina, cómo uno tiene que ser con los comensales, el servicio, que es todo un acting también, una performance muy maravillosa, también muy sacrificada. Pero fue como si yo fuera una espía y me metiera en un restaurante para luego, por ejemplo, poder hacer un cortometraje, por ejemplo.
¿Algo del mundo de la cocina de un restaurante sirvió para aplicarlo en la actuación?
Sí, re. Bueno, Anthony Bourdain, que era un increíble chef, decía: “Show up on time and do the work”. Vos tenés que llegar en tiempo y hacer tu trabajo. Y eso aplica a todo, y es así.
En 2023, con 21 años, ganaste un premio internacional —Melhor teatro filmado, en Río de Janeiro, del Rio Web Fest— por la obra Ana Frank, una obra escrita, dirigida y protagonizada por vos. Me imagino que habrá sido uno de tus proyectos más ambiciosos, aunque quizás, la TV haya tenido más repercusión...
Sí, se premiaban cortometrajes u obras de teatro, todo filmado, cualquier persona de cualquier parte del mundo lo puede enviar y competir en ternas con otras personas.
Digo: este premio me parece muy meritorio, considerando que hiciste todo vos desde escribirla, dirigirla y actuarla, y pasó desapercibido. En cambio, hoy te conocen por ser asistenta de Coco Echagüe en A todo o nada, por la masividad de la tele…
Y… es la vida del artista. Tendrás tus laureles cuando ya no estés aquí, ¿viste? Pero eso no tiene que desanimar a nadie. Son méritos que uno tiene que tener presente. No importa el resto, porque el resto te va a querer cuando seas alguien, cuando tengas algo para darles. Pero lo que importa es lo que a vos te pasa con eso y cómo lo tomás vos. Es un incentivo para seguir. Ok, escribo bien, puedo dirigir a alguien, puedo hacer un unipersonal sola. Perfecto, ¿qué viene después?
¿Qué tatuajes tenés?
¡Tengo un montón! Ni sé cuántos. Te puedo contar algunos, si querés. Me hice a mi abuela, un retrato de mi abuela Alicia, la mamá de mi mamá; tengo a Chihiro, que es un personaje de una película de Miyazaki, de El viaje de Chihiro (2001). Tengo las iniciales de mis hermanos (Lorenzo, Pedro y Santino), tengo a la flor favorita de mi abuela, tengo una bailarina, tengo a Hello Kitty.
A esa abuela Alicia, que tenés tan presente, no la conociste. ¿Por qué es tan importante?
Mi mamá siempre la tuvo muy presente en casa. Mi mamá tenía mi edad cuando me tuvo a mí, 24 o 25 años. Y mi abuela fallece un mes y 14 días después de que yo naciera. Entonces, como que estuvo muy presente a lo largo de mi vida a nivel espiritual. Mi mamá siempre la nombraba, y siempre había fotos de ella por la casa, y yo me quedé viendo estas fotos y dije: “Listo”.
¿Cómo te pegó la muerte de tu abuelo Cacho el año pasado?
Fue algo que no… que lo esperábamos. Viste que esas cosas pasan… Creo que es algo que nunca te deja de pegar. Es algo que sucede y que uno tiene que aprender a vivir con eso. A veces va a ser desde la angustia, a veces va a ser desde el amor, desde la nostalgia, desde el entendimiento. Pero yo ahora entiendo que uno no tiene que ser egoísta. Es como cuando tu mejor amigo se va. Mi mejor amiga, de hecho, ahora se va de intercambio por seis meses. Me pregunta: “¿Me vas a extrañar?” Sí, claro, pero yo sé que ella va a estar feliz, va a estar contenta. Entonces, en donde quiera que esté mi abuelo, yo creo que está disfrutando y mandándome señales desde ahí, todo el tiempo.
¿Y la de Rada? No sé cuánto llegaste a conocerlo, pero Cacho y Ruben eran muy amigos.
Uf… Yo tengo el gusto de conocer a Lucila (una de sus hijas), y de hecho, la última vez que lo vi a (Ruben) Rada, estaba con Lu, fue en el velorio de mi abuelo, y Lu me dijo unas cosas hermosas. Lo saludé a Rada, y fue una persona que fue importante para mi abuelo y me hizo acordar a él: tener nietas chicas y tener hijas mujeres, y Mati (su hijo Matías) también, me hizo recordar todo el momento que yo viví. Quiero mandarle todo el amor del mundo.
El día que Rada falleció escuché mucho a Los Hot Blowers y me prometí tener al jazz más presente en mi vida. Yo quiero remontarme a esos tiempos… una locura, me imagino.
Hoy te podemos ver en La omisión de la familia Coleman, del argentino Claudio Tolcachir (fui a ver la obra hace un par de semanas). ¿Cuánto te interesa desarrollarte en el drama, en lo “serio”? Digo: en otros géneros, lejos de la comedia y los musicales.
¡Cien por ciento afín con ese proyecto! Me encanta, me encanta. Me preparé mucho para eso. Mucho Shakespeare, mucho Chejov, mucho Ibsen, mucha teoría, mucha teoría.
¿Te motiva un Shakespeare, Arthur Miller o Eugene O'Neill?
Re. Vivo por y para eso, para llegar a ese momento, por haber trabajado con esos textos tan ricos y darme cuenta de lo lindo que es y de cómo te ayuda después a hacer cualquier otra cosa. Son las bases, siguen siendo importantes y sería genial acá o en cualquier lado del mundo.
¿Y el amor?
Hoy el amor es la televisión, es el cine, es mi profesión, mi gran amor. Un poco egoísta puede ser, pero es mi gran amor en este momento.
¿Sos feliz?
La felicidad es subjetiva. No voy a decir que soy la mujer más feliz del mundo, porque nadie lo es. Yo creo que es algo que se construye día a día. La felicidad es el camino.
Por César Bianchi
@Chechobianchi
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