Briozzo: “Hay un viraje sobre todo de jóvenes varones hacia planteos de ultraderecha”
El subsecretario alertó en su primer ensayo político sobre “el comportamiento a lo macho” y el efecto “devastador” del scroll en la gente.
Por Tomás Gebelin
TGebelin
El subsecretario de Salud Pública, Leonel Briozzo, publicó su primer ensayo político, titulado Rebeldía desde el Sur. Cómo enfrentar a la ultraderecha y construir un futuro de izquierda en América Latina. El libro está dedicado a José Mujica, en cuyo gobierno Briozzo ocupó el mismo cargo, y se presenta como un alegato anticapitalista que busca repensar qué significan hoy el socialismo y la revolución.
El jerarca contó que empezó a escribirlo al final de la pandemia, lo dejó cuando asumió en el gobierno de Yamandú Orsi y lo retomó tras la muerte de Mujica. En el texto ordena el momento actual en cinco crisis —social, cultural, cognitiva, ambiental y sanitaria— que vincula con el modelo de desarrollo capitalista, y señala a la crisis cognitiva, asociada a las redes sociales y al consumo constante de contenido, como la más grave.
En diálogo con Montevideo Portal, Briozzo habló del avance de la ultraderecha en la región, del giro conservador entre los varones jóvenes, de su visión de un socialismo “profundamente democrático y participativo”, de las figuras de la izquierda estadounidense como Zohran Mamdani, y del debate sobre el impuesto al 1% más rico.
El libro está dedicado a José Mujica, en cuyo gobierno usted fue jerarca. ¿La izquierda uruguaya ya lo extraña?
Sí, yo creo que todos. Es de las figuras que siempre eran un referente, más allá incluso de estar de acuerdo o no con sus puntos de vista. Eran como esas estacas que están clavadas y te marcan una dirección. Y el no tenerlo, sí, nos hace falta. Para la izquierda, creo que claramente es una pérdida.
De alguna manera, lo que intenté en el ensayo es plasmar muchas de las cosas que había estado conversando con él, y el homenaje a él es el homenaje a una persona que fue muy coherente en su lucha permanente por la revolución y el socialismo, en la etapa histórica que le tocó vivir: hace más de 50 años, integrando una guerrilla armada, cuando esto era algo bastante habitual en la región, y luego en una actuación política descollante. Es uno de los pocos dirigentes que fue líder guerrillero y después presidente electo. Mandela fue otro, con esas características. Creo que es un legado insoslayable para la política uruguaya.
En la presentación del libro dijo que no se puede ser “neutral” en este momento político. ¿Por qué decidió escribirlo ahora?
Lo empecé a escribir al final de la pandemia. Yo era uno de los ilusos que pensaba que, luego de la pandemia, la humanidad iba a salir mucho más colaborativa, mucho más solidaria, porque después de haber enfrentado una situación que impactó a todo el mundo, en la que teníamos que cuidarnos todos para poder cuidar al resto, me parecía que la elección natural era esa. Fracasé con total éxito: a partir de la pandemia empezaron a pulular los discursos de ultraderecha por todo el mundo y a ganar elecciones una tras otra.
Como forma de ordenarme en mi cabeza, empecé a escribir. Después lo dejé cuando Yamandú me convocó a esta responsabilidad, y con la muerte de Pepe me sentí en la obligación de escribir algo en homenaje a él, y ahí le di el giro final. Lo que intenta el ensayo es sistematizar —ahí me sale mucho la veta de docente— qué es lo que está pasando, porque es tanta la cantidad de información y tantas las cosas que ocurren que cuesta ordenarlas.
Trato de sistematizar en cinco crisis el origen de la situación que estamos viviendo, y no dudo de que esas crisis tienen un vínculo con el estado actual del modelo de desarrollo y de explotación capitalista de las personas y del planeta. En ese sentido, todo el ensayo es un alegato profundamente anticapitalista. Lo que intenta replantear es qué significan hoy, avanzado el primer cuarto del siglo XXI, los socialismos y la revolución, que es muy distinta a lo que era a mediados del siglo pasado.
De esas cinco crisis, ¿cuál le parece la más aguda y urgente de atender?
Yo creo que la crisis cognitiva, o sea, la forma en que estamos pensando las cosas a nivel global, con una fuertísima influencia de las redes sociales y de los medios de comunicación, que parecería que están pensados para que no pensemos, para que consumamos y no pensemos.
Y digo “parecería” porque es bastante duro decir esto y quizás haya algo que se me escape, pero realmente el poder que tiene el scroll en la mente humana, sobre todo en la mente en desarrollo de los jóvenes, hoy por hoy, lo considero algo devastador.
Si en un viejo como yo tiene impacto, que a veces estoy mirando cosas y cuando me abstraigo digo “¿qué estoy haciendo mirando esto?”, perdiendo un tiempo valiosísimo… Y eso se ha instaurado como una forma de llegar al conocimiento, cuando justamente lo que busca es que la gente no tenga conocimiento y que sea consumidora de esas porquerías y después consumidora material de otras.
Creo que esa es la crisis más compleja y más grave, porque además es la que tiene más impacto en el presente y en el futuro de la acción social y política para transformar. Con jóvenes que consumen eso permanentemente es muy difícil plantearse acciones colectivas, acciones solidarias, acciones de transformación propositiva de la sociedad.
En ese contexto se habla mucho de la batalla cultural. ¿La izquierda la perdió a la hora de llegarle a los más jóvenes?
Sí, estamos atrás en eso, y estamos atrás también en la imposición del miedo y la seguridad como aspecto central en nuestra región. Las visiones de ultraderecha tienden a bombardear, a identificar claramente un enemigo o alguien que tiene la culpa de todo, así como lo hizo Hitler en Alemania con los judíos.
Ahora se pone a los inmigrantes, se pone a los pobres como el problema, y a partir de ahí se construye un relato que un razonamiento simplista puede ver como sentido común. Creo que a la izquierda, quizás porque hemos caído en una desviación un poco teórica o academicista, le ha faltado construir un relato propio, claro y consistente sobre cuáles son las causas que vemos de los problemas que existen.
¿Cómo influye eso en el escenario regional, donde Uruguay y Brasil aparecen como los únicos gobiernos progresistas?
De hecho, en las últimas ocho elecciones ganó la ultraderecha, no la derecha liberal. La alternancia entre la derecha liberal y la izquierda la interpreto como algo completamente normal en una democracia representativa, que es el modelo hegemónico en la región. Me cuido de decir que es el mejor modelo para todo el mundo, porque puede haber otros pueblos que adopten otros modelos para ejercer la libertad y les funcione bien, pero en la región es indiscutible que la democracia representativa es el modelo que todos defendemos, y no hay mayor dificultad con la alternancia con la derecha liberal.
El problema es con las ultraderechas, que buscan la destrucción de cualquier oposición a su planteo, de izquierda y de derecha. Tratan de opacar y destruir todo. Y ahí el tema central, por lo menos para mí, es un viraje de contingentes importantes de jóvenes, sobre todo jóvenes varones, hacia planteos de ultraderecha.
Hay que poner mucho el foco ahí, porque estamos hipotecando gran parte de las posibilidades de transformación de la sociedad y del continente. Es una señal de alerta importante. Hay un claro giro conservador en los varones jóvenes, no así en las mujeres jóvenes, y es un fenómeno que es importante analizar.
En el libro hablo de cómo impacta el modelo patriarcal de relaciones sociales, con estereotipos de género que claramente son negativos para la mujer. Los feminicidios son quizás el elemento más paradigmático de lo que implica esto. No podemos acostumbrarnos a despertarnos una mañana sí y otra no con la noticia de la muerte de una mujer a manos de su pareja, o con un intento como el de la Facultad de Medicina. Es realmente terrible. El modelo patriarcal también afecta a las infancias, porque muchas veces quedan como rehenes y los varones atacan a los niños para dañar a la mujer.
Pero también, aunque no lo podamos entender de primera, los propios varones se ven muy perjudicados por el modelo patriarcal, porque el comportamiento “a lo macho” que propone genera condiciones de mucho riesgo para ellos. Está muy documentado el aumento de la violencia interpersonal entre varones, las muertes violentas, los suicidios, que son mucho mayores en varones que en mujeres, y los accidentes de tránsito por el manejo a lo macho.
Todo eso lleva a que los varones sean los que más mueren por causas violentas. Hay que poner arriba de la mesa que el modelo patriarcal, que de alguna manera es funcional al capitalismo como modelo productivo y de explotación, es un problema para toda la sociedad. Creo que hoy eso no está en la agenda de la izquierda con la fuerza que tiene que estar, y muchas veces seguimos intentando respuestas que hace 10, 15 o 20 años podían ser adecuadas pero hoy están totalmente fuera de foco. Si no cambiamos de foco y recuestionamos esas cosas, probablemente esta ola de ultraderecha no tenga freno.
¿Por qué cree que se da este auge del conservadurismo entre los hombres? ¿Lo ve también en Uruguay?
Sí, claramente. Es complejo definirlo, pero aparentemente el denominador común es que la democracia liberal, tanto en Europa como en Estados Unidos y en América Latina, no ha dado respuesta a las expectativas de progreso de los jóvenes. Cuando yo era joven, sabías que si te rompías el traste, hablando mal y pronto, tenías bastante chance de independizarte tempranamente de tu familia de origen, de construir una familia si querías, y de que si trabajabas ibas a tener una situación más o menos adecuada para vivir y desarrollarte. Me refiero a la clase media trabajadora.
Eso en las últimas generaciones no ha sido así: lo que se ha visto es una precarización muy importante del trabajo, un estancamiento de los ingresos y una dificultad cada vez mayor para acceder a la vivienda, que es un tema que me tiene obsesionado. Cada vez se construye más en esta ciudad y cada vez es más caro, y además cada vez somos menos gente.
Eso ha ido empeorando a la luz de una condición económica estructural que el capitalismo explica, que es el aumento de la desigualdad. Hay cada vez menos personas que tienen millones incalculables —en mi cabeza de ginecólogo no entran esas cifras—, como Trump y todos esos tecnocapitalistas, y eso es a costa de la acumulación y de la explotación de la plusvalía de los trabajadores, como decía Carlitos Marx.
Esa es la base material de la crisis de la democracia en Europa y en América. Y en esa cuestión económica, los que han quedado más a la vera del camino son los varones, porque las mujeres han logrado, con mucha sabiduría, mucho sacrificio y mucha lucha, construir el movimiento feminista, que hace que se comporten de manera mucho más unida, con una perspectiva común y una proyección de desarrollo social. Los varones no tienen eso.
Entonces sí, es una batalla ideológica. A veces digo “no es una batalla cultural”, pero claro que es una batalla cultural: es una batalla por las ideas que nos mueven, y yo estoy muy dispuesto y con muchas ganas de dar esa batalla con la ultraderecha. Por eso lo del libro. Y hay movimientos incipientes, como el de varones por la igualdad, o la red de docentes varones que se generó en la Facultad de Medicina para analizar el feminicidio y cómo pueden actuar los varones.
Son buenas señales que tienen que amalgamarse con el movimiento feminista y proyectarse en la lucha anticapitalista, porque no son solamente cuestiones de género: en el fondo hay profundas relaciones de clase.
En el libro habla de socialismos, en plural, y plantea separar el socialismo del modelo soviético. ¿Qué características debería tener ese socialismo del siglo XXI?
El hecho de no haber podido construir un modelo socialista como el que queremos no significa que eso no pueda existir. Para mí es muy importante, porque estamos hablando de una nueva construcción histórica y social en la que hubo experiencias que fracasaron, la principal de las cuales es el modelo soviético, que se desvió hacia un modelo hiperautoritario y burocratizado, y que en vez de promover el desarrollo de las fuerzas productivas y tecnológicas las obliteró. Como fue tan fuerte el impacto de la construcción y de la caída del bloque soviético, creo que es importante decir que el socialismo es otra cosa, y los que pensamos desde una izquierda sin ataduras con esa historia lo vemos de manera distinta.
Los socialismos que tenemos que construir son variados, porque cada pueblo tiene que construirlos de acuerdo a sus condiciones y su cultura. Pero básicamente tienen que lograr que la sociedad, a través de los arreglos que se dé, controle los elementos fundamentales de la producción.
Eso es capital desde el punto de vista de la estructura económica. Tiene que ser un modelo profundamente democrático y participativo, en el que la gente sea la protagonista de la transformación y vea esos cambios en la vida diaria, con pluralidad de ideas y una defensa de la soberanía y de la liberación nacional: que cada nación se dé la forma de desarrollarse y progresar de manera libre y autónoma, manteniendo la soberanía de sus propias decisiones. Algo que hoy en nuestra región está muy amenazado por el colonialismo imperial del modelo de Trump.
En el ensayo destaca a Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. ¿Qué elementos de ellos podrían replicarse en Uruguay o en la región?
Mamdani ha hecho la revolución de las cosas simples, lo que plantea Yamandú. Lo está haciendo con impuestos a los ultrarricos que tienen segundas propiedades que valen una cantidad de plata inusitada: les puso un impuestito y con lo que recauda ha mejorado el transporte público, los jardines de infantes y la sanidad, que es un problemón en Estados Unidos, porque es para quien la paga y quien no la paga queda fuera del sistema. Ni siquiera Obama pudo avanzar con el Obamacare. Y lo que él ha hecho ha sido con y para la gente, que ha participado de esa revolución de las cosas simples y se ha empoderado, con ideas de fondo socialista graduales. No es un cambio radical, pero va en dirección al socialismo.
Y lo más curioso es que el tipo no tiene ningún empacho en decir que es socialista, y a mí eso me parece fantástico, porque mi generación, la que vivió la caída del Muro en el 89, quedó tan conmocionada que dejamos de hablar de socialismo y de revolución. El socialismo sigue estando vigente mientras podamos hablar de él y soñar con él; cuando lo dejemos de hablar y de soñar, va a ser letra muerta. Lo que están haciendo los socialistas democráticos de Estados Unidos es avanzar en la dirección correcta.
Para los izquierdistas de América Latina nunca debe ser indiferente lo que pase dentro de Estados Unidos. Por eso planteo en el libro que la verdadera lucha en este momento es panamericana. Uruguay está entre Brasil y Argentina, no podemos mudarlo, y formamos parte de una región en la que Estados Unidos es la principal potencia militar. No ver eso en clave geopolítica es complicado.
Tenemos que dialogar mucho más con esta gente de Estados Unidos, de Canadá y, por supuesto, de México, que tiene un gobierno de izquierda con mucha potencia y capacidad de comunicación. Más allá del rol hegemónico y probablemente imperialista que Estados Unidos va a seguir cumpliendo, poder soñar con relaciones entre naciones más sanas nos va a beneficiar a todos, también a los estadounidenses que plantean un cambio social a favor de los pobres y los más vulnerables, que allí son muchísimos.
Usted forma parte del gobierno del Frente Amplio. ¿Qué le genera que no se dé el paso de discutir un impuesto al 1% más rico en Uruguay?
Nosotros hicimos algo mucho más potente en términos impositivos, que además recaudó muchos más fondos, que son los que estamos manejando ahora en el presupuesto y en la Rendición de Cuentas: los impuestos a las importaciones y a las empresas transnacionales. Creo que por ahí está más que bien avanzar sobre los que más tienen. No es el mismo concepto, pero va en la misma dirección, como ha dicho el presidente de la República.
Y no tengo ninguna duda de que está todo abierto a la discusión: simplemente, en el marco actual se decidió avanzar por ese lugar y no por el impuesto al 1% más rico, pero probablemente siga estando en la discusión, y bienvenida sea. Hay motivos que tienen que ver con las inversiones y con el desarrollo de la cadena productiva que hacen que muchos dentro de las diversas familias de izquierda planteen reparos en este momento. La definición del gobierno fue avanzar en lo impositivo por el otro lado y beneficiar a los que más precisan con dinero de los que más tienen, pero por otro mecanismo.
¿Cómo conviven el Briozzo jerarca de este gobierno y el que volcó estas ideas en el libro? ¿Ve señales de las políticas que plantea en el ensayo?
Conviven muy bien. Yo convivo muy bien con varias facetas de mi vida: la política, la académica y, en este caso, la de gobernante. Creo que el gobierno del Frente Amplio, el gobierno de Yamandú Orsi, es un gobierno revolucionario en términos de lo que considero que es la revolución hoy, en el siglo XXI, porque es muy firme en las convicciones sobre la necesidad de disminuir la inequidad, de avanzar en la participación y de tener como prioridad el principio de la vida, el embarazo y la primera infancia, porque ahí tenemos situaciones escandalosas que ponen en riesgo el futuro de nuestro proyecto como nación.
Es muy firme en las ideas y estratégicamente muy flexible en las formas, y eso es muy importante. Por eso, aunque dialécticamente puede haber contradicciones entre el gobierno y la fuerza política, y hubo varias, creo que la flexibilidad estratégica es también propia de la revolución en esta etapa histórica. Y tácticamente hay que ser muy cuidadosos en el manejo de la comunicación y del diálogo. Creo que Yamandú Orsi tiene esa característica innata, que para mí lo hace el mejor gobernante para la transformación social que Uruguay precisa en este momento histórico y latinoamericano.
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