Contenido creado por Federico Pereira
Seré curioso

SERÉ CURIOSO

Berocay: “La política ha derivado hacia una cosa de publicidad: te vende cosas no reales”

El músico y escritor está de zafra con Ruperto Rocanrol. Acá habla de rock y periodismo en dictadura, y de tomarse a los niños en serio.

06.07.2023 12:00

Lectura: 22'

2023-07-06T12:00:00-03:00
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Por César Bianchi

Fotos: Javier Noceti / @javier.noceti 

Roy Marcos Berocay Anchústegui (68) pudo haber sido biólogo, doctor o artista como casi todos los Berocay —inicialmente Verocai— destacados. Se le dio por lo último. De joven abrazó una guitarra y quiso rebelarse ante el mundo, pero llegó la dictadura y prefirió casarse para “construir un refugio” a donde volver todas las noches y no hacer olas. Fue periodista, y ahí, cuando pudo, le dio algún dolor de cabeza a los militares, que en su miopía pasaron por alto algunas picardías de la imprenta. 

Hizo rock y blues, mientras escribía como periodista para ganarse un sueldo y como escritor por vocación, nomás. De esa pulsión nació una novela que pasó sin pena ni gloria, y luego un libro para niños, por encargo. Ahí la cosa cuajó. Nació el Sapo Ruperto y luego Maite con Pateando lunas, el libro que 30 años después sigue vendiendo e inspirando a niñas. En cuanto pudo vivir de los libros y la música, Roy dejó el periodismo escrito. Se mudó a Las Toscas (vive a 30 cuadras de la escultura de Ruperto en Parque del Plata), y por estos días de vacaciones de julio está de zafra con su banda Ruperto Rocanrol, donde toca con sus hijos Pablo y Bruno.

Berocay ha tocado en actos del Frente Amplio o sindicales, pero asegura que, por sus ideas, no tocaría en actos de los partidos más históricos. Hay algo de la realidad actual en el país que lo solivianta: “Se está dejando mucho de lado a la gente; se están defendiendo, de alguna manera, determinados sectores [...] y se está dejando de lado a la gente. No se está pensando en los trabajadores, en los jubilados, en los niños”. Insiste: “Las cosas no están bien. La política fue derivando hacia una gran cosa de publicidad, que te vende cosas que no son reales. Ahora hablamos re poco del agua, y no tenemos más agua potable”. 

“Se habla de los presos y la tortura, todo horrible, pero eso fue como una cárcel que se fue extendiendo hasta los límites del país: estábamos todos presos, en realidad. El día del golpe pasé por el Palacio caminando y estaban las tanquetas”

¿Cuál es el origen y la evolución de tu apellido? 

Berocay proviene del norte de Italia, de un pueblito que se llama Cortina D’Ampezzo, que ahora es como un centro de esquí; van los alemanes. Originalmente se escribía Verocai, y por alguna razón los integrantes de la familia han buscado el origen y un día en Buenos Aires un señor me contó que había rastreado el origen de la familia. Me llevó el escudo del apellido y me dijo que el apellido se remonta al año 1100. Hay un compositor de ópera, Giuseppe Verocai, que fue alumno de Vivaldi, por el 1700. Y los Berocay emigraron y, cuando vinieron a Uruguay, pasaron a terminar con y se cambió la v por b. Los Berocay de Paysandú y Salto eran de cierto nivel, hay un Dr. Berocay muy famoso, que fue una eminencia.

Escritor, músico, compositor y periodista, dice Wikipedia. ¿Qué prima en vos? ¿Qué oficio le gana a los demás?

Periodista ya no, pero el periodista mantuvo a los otros durante muchos años, porque era mi trabajo rentado. La música y la escritura no tenían un sueldo fijo, y el periodismo sí. Pero siempre lo concebí como un paso intermedio hacia la escritura; cuando pudiera dedicarme de lleno a la escritura literaria, dejaría el periodismo, y así fue. Y entre el músico y el escritor, es parejo… Pero paso mucho más tiempo dedicado a la música: hablando de música, grabando, componiendo, que escribiendo literatura. Lo literario es más una parte solitaria mía, y una vez que entrego un libro, vuelvo a la música. La música siempre fue mi plan A, digamos.

Siendo niño, desde tus 9 a los 14 años, viajaste a radicarte con tus padres en Chicago, Estados Unidos. ¿Por qué esa emigración? ¿Exilio político o económico?

Político no fue; fijate que eso fue en el año 64. Más bien se debió a que mi viejo tenía un espíritu aventurero. Mi viejo tenía un taller de chapa y pintura, le iba bien, no era un tema de pobreza. Pero él tenía amigos que se habían ido a Estados Unidos, y le gustó la idea de ir a probar un par de años, hacer algo de plata y volver. Fuimos por dos años y nos terminamos quedando casi cinco. Consiguió trabajo en la International Harvester, una empresa que fabricaba camiones y camionetas, y ya fue con trabajo. Pero al poco tiempo largó eso y puso un taller de autos con un amigo allá. Cerca de los cinco años, estaba la guerra de Vietnam; podían pasar dos cosas: siendo joven él, lo podían mandar a la guerra, y también estaba el riesgo de que nosotros nos acostumbráramos y no quisiéramos volver nunca. Ahí tomó la decisión de volver al país.

Volviste al país, te radicaste en Parque del Plata, fuiste al liceo de Atlántida, y empezaste a tocar la guitarra. Se podría decir que antes del periodista, primero llegó el músico de rock y blues, con las bandas Silos y Dekada. ¿Cómo fue intentar hacer rock en dictadura?

Lo que pasa que yo empecé antes, porque Silos es del 71, que igual era una época complicada. Pasaba la Policía y te trataba mal, te decían cosas, se metían contigo a ver si reaccionabas, no te dejaban tener el pelo largo… Con Silos y Dekada hacíamos covers, tocábamos Beatles, Rolling, Creedence, tocábamos pila, contratados, ¡y nos pagaban por tocar! Después sí, vino el golpe, y ahí se acabó todo. No podíamos hacer música, tenías que cortarte el pelo, para no llamar la atención, vestirte normalito… Cuando el golpe de Estado yo tenía 17 años, quería llevarme el mundo por delante y encarar una carrera musical, y de golpe tuve que bajar la cortina.

Había una especie de militancia que era más individual, no era algo orgánico en mi entorno. Yo había tenido una militancia gremial en el liceo, pero cuando el golpe se perdieron todas las condiciones: muchos se fueron del país, otros cayeron presos, y no te animabas a ir a hablar con alguien porque no sabías quién era qué. Siempre cuento que pasaban unos años y ponele que te volvías a encontrar con alguien que hacía pila no veías, y no hablabas de nada que tuviera que ver con la política o el gobierno, porque vos no sabías si trabajaba para los Servicios. Se habla de los presos y la tortura, todo horrible, pero eso fue como una cárcel que se fue extendiendo hasta los límites del país: estábamos todos presos, en realidad.

Hace unos días se cumplieron los 50 años del golpe de Estado. ¿Qué recuerdos evocás del 27 de junio de 1973?

Yo pasé por el Palacio [Legislativo] ese día. Me había independizado muy joven de mis padres, me había venido a vivir a Montevideo, trabajaba en una casa de máquinas de oficina que quedaba en Río Branco y Uruguay, que hacía limpieza de mimeógrafos. Con lo que ganaba ahí me daba para vivir. Vino el golpe, y el delegado de la empresa llamó a todos, avisó y votamos para ir a la huelga. Salimos y no había ómnibus en la calle, no había nada, entonces arranqué a caminar por Agraciada (hoy Avenida del Libertador), llegué hasta el Palacio —yo vivía en Marsella y Garibaldi— y cuando pasé por el Palacio vi las tanquetas. Era un día gris, los soldados con ponchos y escopetas, bordeando el Palacio Legislativo, y la gente pasaba y miraba de reojo. Era como si hubiera caído un Ejército de ocupación, algo así. 

Yo compartía el alquiler con un amigo, y como no teníamos laburo por esa situación, las vecinas nos traían comida… Y ta, de a poquito fuimos viendo qué pasaba, y veías pasar los camiones, esos “camellos” con los soldados apuntando de adentro hacia afuera con sus metralletas, y vos estabas en la parada y estabas quietito, para no llamar la atención. Nadie hacía ningún gesto ni hablaba. Fue muy duro. Yo todavía hablo de eso y me pongo mal… y fijate que ya pasaron 50 años.

A los 18 años te casaste, decidiste formar una familia, y tuviste que laburar de lo que venga. ¿Qué empleos tuviste?

Yo creo que hay un tema generacional ahí, y algún día alguien lo va a estudiar. Todos mis amigos, casi todos, nos casamos a los 18 o 19 años. Yo creo que hubo una especie de corriente, como de construir un refugio para meterse ahí, y esperar a ver qué pasaba. Entonces, sí, me casé a los 18, fui padre a los 19, nos fuimos a vivir a Buenos Aires. Estuvimos tres meses la primera vez, volvimos a Montevideo, después volvimos a ir y nos quedamos dos años allá. Hice de todo: limpié baños, hice trabajos de limpieza de máquinas de oficina, porque tenía cierta experiencia, vendí libros puerta por puerta, después cuando vine trabajé como soldador porque mi viejo me enseñó a soldar, laburé en una fábrica de radiadores, después en una fábrica de plástico, trabajé en un barco pesquero, trabajé en una imprenta…

Y a los 25 años, en dictadura (80-82), empezaste en el periodismo. Tuviste un inicio clásico: cronista policial, en El Diario de la noche. Linda época para cubrir policiales... ¿Cómo recordás el periodismo en esos años?

El Diario era un vespertino, y según me lo decía Romeo Otero, el secretario de redacción, el diario era: “Policiales, fútbol y carreras de caballos”. Eso era el diario. El gran título catástrofe podía ser: “La mató de tres hachazos”, medio amarillista… Y me pusieron en lo que llamaban “policía chica”. El jefe de la página era Romeo y se encargaba del crimen del día. Y “policía chica” era ir hasta la jefatura, levantar los partes del día y “traducirlos” al castellano. Todos los periodistas más o menos experimentados se habían ido del país o los habían echado, y quedábamos todos guachos: Jorge Burel, Alfonso Lessa, Miguel Muto, yo… 

Llegué a escribir en una columna de humor, o con Lessa hicimos una página de música los fines de semana y escribimos sobre canto popular. Metimos hasta en primera plana cosas de canto popular. Y nos mandamos las que podíamos. No había tanto control, entonces un día llega un parte de que habían procesado a cuatro soldados en el Chuy por contrabando. Y yo hice una nota con un título que decía: “Ocho militares procesados en el Chuy por contrabando”. Y la nota decía: “A continuación, transcribimos el comunicado del Comando Mayor del Ejército” y pusimos el comunicado, entonces era aséptico. Llegó el jefe de página y estaba furioso: “¡Cómo ocho militares!” “¿Y los soldados qué son?” Yo me hacía el gil. O había un buraco y nos pedían una foto de algo para rellenar, y poníamos una foto de una manifestación con un cartel que decía: “Abajo el fascismo”. Cosas así, que pasaban por el radar…

¿Qué fue El Conde de Saint Germain?

Una banda de rock, pero con espíritu blusero, e improvisábamos blues… Fue una banda importante, fuimos teloneros de BB King, y ahí compartía con Juan Faccini la autoría. Nos iba bien, iba mucha gente a vernos. La pasé bien. Eso fue en los 90.

“Un día llega un parte de que habían procesado a cuatro soldados en el Chuy por contrabando. Y yo hice una nota con un título que decía: ‘Ocho militares procesados en el Chuy por contrabando’. Llegó el jefe y estaba furioso: ‘¡Cómo militares!’ ‘¿Y los soldados qué son?’”

En 1989 pergeñaste al Sapo Ruperto. ¿Cómo nace ese personaje tan entrañable de la literatura infantil?

Mirá, en un año que estábamos de vacaciones en Parque del Plata, en una casa cerca del arroyo, uno de mis hijos encontró un sapo, se puso a jugar con el sapo y se me ocurrió ponerle Ruperto al sapo (no sé por qué). Y ese verano, todas las noches yo les contaba un cuento, entonces empecé a inventarles cuentos del Sapo Ruperto, que habíamos encontrado. Yo ya había publicado Pescasueños, mi primera novela (para adultos), y un día me llama el editor, Marchesi, que tenía ganas de publicar algo para niños, y si yo no animaba a escribir algo para niños (no había nada en ese momento). Me acordé de los cuentos del sapo que le contaba a mis hijos, y eso fue Las aventuras del Sapo Ruperto (1994). Ahí empezó a moverse la cosa, y me fue absorbiendo. Nunca me imaginé que iba a pasar lo que pasó con el Sapo Ruperto.

Pateando lunas marcó generaciones enteras. ¿Fue tu primer best seller?

Yo creo que sí. El Sapo Ruperto ha vendido muy bien, pero en su conjunto. En la época de la editorial TAE había libros con 14 reimpresiones, pero individualmente mi libro más vendido, desde hace más de 30 años, es Pateando lunas.

Hoy el fútbol femenino es una realidad consolidada, incluso por estos días están haciendo reclamos en la Mutual y hasta se televisa. Pero creaste a Maite, esa chica que quería jugar al fútbol y no la dejaban. ¿Cuántas gurisas se te acercaron para decirte que las inspiraste con esa historia?

Uff, pila. Gurisas y no tanto, mujeres grandes a esta altura también. Muchas. Mujeres que me dicen que ese libro les cambió la vida, les cambió la vida… Es emocionante. Mi primera noticia fue casi al principio, cuando recién había salido el libro —no había WhatsApp ni estaba desarrollado internet— y una maestra me contó que en su escuela había una niña medio hippie, medio Maite, que jugaba al fútbol y sus compañeros le hablaban mal, la maltrataban, y después que varios de ellos leyeron el libro, empezaron a tratarla bien, se había dado vuelta la cosa. Ahí como que caí en la cuenta que capaz que eso podía generar ciertas cosas. Pero no lo escribí pensando en que pasara eso. Yo me inspiré en mis dos hijas: Jenny y Micaela, que jugaban con sus amigos Salvador y Javier, y jugaban con ellos. A ellas no les hicieron ningún drama, pero se me ocurrió eso: una niña que quería jugar al fútbol y no la dejaban.

Y con Ruperto Rocanrol uniste dos oficios: el de músico con el personaje con el que se había encariñado tu público gracias al rol de escritor. Con el añadido de hacer rock con tus hijos... ¿Es más linda la música tocando con tus hijos?

No sé si es más linda… Pablo toca el teclado y el bajo, y Bruno toca la batería, a veces ha tocado Demian, que ha sido guitarrista de La Conjura, y acá se hace cargo del diseño gráfico y animación. Cuando vos tocás con otras personas x y sos un tipo conocido, llevás un tema, y capaz que nadie te dice: “Pah, Roy, este tema no va”. Pero con mis hijos yo les llevo un tema, y con franqueza me van a decir: “Pah, este tema es una porquería. ¿Vamos a cambiar esto?”. No hay tabúes, porque además, los criamos así. Y hay un desafío para mí en tocar con ellos, porque, además, son mucho mejores músicos que yo, y me ponen al día en un montón de cosas. Son tremendos músicos, por esto tocan en la banda, no porque sean mis hijos. 

“Para ‘Pateando lunas’ me inspiré en mis dos hijas: Jenny y Micaela, que jugaban con sus amigos Salvador y Javier. A ellas no les hicieron ningún drama, pero se me ocurrió eso: una niña que quería jugar al fútbol y no la dejaban”

Se suele repetir que es más difícil hacer reír a los niños que a los adultos, que es un público más desafiante y más difícil de conmover. ¿Pasa lo mismo con la literatura? 

Mirá, yo creo que hay un tema de tiempos de crédito. Vos comprás un libro y si llevás 60 páginas y no pasa nada, igual seguís leyendo, porque gastaste 700 pesos y en algún momento va a tener que pasar algo. Un niño, si vos no lo enganchaste en las dos primeras páginas, fuiste. Tenés que agarrarlo desde el principio y mantenerlo enganchado. Lo mismo me pasa con la banda: nuestros shows son de una hora y 20 minutos. Y eso exige meter un tema tras otro y no dejar silencios, manteneros entretenidos, porque, si no, los gurises se te van. Empiezan: “¡Estoy aburrido!” Ningún adulto te va a decir que está aburrido; a lo sumo, se pondrá a mirar el celular.

¿Los adultos subestimamos a los niños como seres pensantes?

Absolutamente. Nosotros nunca en la vida cambiamos el tono de voz para hablar con un niño. No les hablamos de forma aniñada. Ellos no hablan así entre ellos. Y hasta los peleamos, nos burlamos de ellos, y se enojan con nosotros, hay un ida y vuelta, y se sienten respetados. 

Dijiste hace algunas semanas en TV Ciudad que Horacio Quiroga fue tu primera influencia, pero si él quisiera sacar un libro ahora, no se lo publicarían porque, claro, mueren animales y hay ríos de sangre. ¿Triunfó la corrección política?

Por ahora sí. Como todas las cosas, cuando surgen, siempre se van a un extremo, y después con el tiempo, las cosas van encontrando un lugar más o menos medio y las cosas quedan en su lugar. Creo que estamos en un momento donde todo está sobregirado: “Ojo, no vayas a decir eso”, “cuidado con herir la sensibilidad de tales colectivos”, “ojo con que se ofenden estos o los otros”. Si vos le vas a hacer caso a todos, no vas a poder hacer nada, porque siempre alguien se va a ofender por algo, sobre todo en humor. No podrías hacer nada. Eso de la cultura de la cancelación es peligroso, o esto de reescribir los libros de Roald Dahl (el autor de Matilda), cuando se planteó en Inglaterra reescribir sus libros porque se mete mucho con los adultos y usa tales términos, que era justamente lo que le convertía en un tipo controversial. Entonces, yo digo que Quiroga hoy no podría publicar Los cuentos de la selva, porque están las rayas despedazadas por el tigre y hay ríos de sangre… Le dirían que no, porque es muy violento, que lo suavice un poco… ¡No se puede reescribir la historia!

En esa misma nota decías que solo falta ponerle pantalones al David frente a la Intendencia. Algo parecido a lo que se quiso hacer con el águila del Graf Spee, cuando se la quiso transformar en una blanca paloma de la paz, ¿no?

Disney llegó a la política. ¿Qué hacés con la historia? ¿La eliminás porque no te gusta? ¿Qué hacemos con el golpe de Estado del 73? ¿Los pintamos de colores a los militares? Hay cosas que tienen que permanecer, como referencia de lo que fue: “Mirá, esto es de tal época donde pasó tal cosa”. Hacé una paloma blanca, pero no tenés por qué eliminar otra cosa, histórica. Es muy orwelliano eso de reescribir la historia, acomodarla a como nos gustaría que sea.

“A un niño, si no lo enganchaste en las dos primeras páginas, fuiste. Tenés que agarrarlo desde el principio y mantenerlo enganchado. Lo mismo me pasa con la banda: meter un tema tras otro y no dejar silencios, porque, si no, los gurises se te van. Empiezan: ‘¡Estoy aburrido!’”

Sos un artista comprometido, de los que dicen lo que piensan en sus redes. ¿Cuánto te interesa la política?

Me interesa mucho, pero no la política partidaria, sino la política en función de cómo afecta la vida de las personas. Si yo dijera: “La verdad que este gobierno hizo las cosas maravillosamente bien, estamos viviendo un momento increíble y todo el mundo está feliz; los sueldos aumentaron”, bueno, ahí no diría nada. Pero cuando ves que las cosas no son como nos las vendieron, me expreso en mis redes como cualquiera. 

¿Qué es lo que más te preocupa de este momento que vive el país?

Si hablamos de temas puntuales, esto del agua es bastante complicado… Se está dejando mucho de lado a la gente, se están defendiendo, de alguna manera, determinados sectores —la famosa teoría del derrame, que nunca llega abajo, simplemente hacen más plata y se la llevan al exterior o la ponen en los bancos—, y se está dejando de lado a la gente. No se está pensando en los trabajadores, en los jubilados, en los niños. Lo que hay son muchos discursos, muchas palabras. Te dicen que hacen esto, te dicen que hacen lo otro, pero cada vez hay más gente en la calle, los sueldos no suben, la gente cada vez puede gastar menos…

Entonces, las cosas no están bien. Nos quieren vender algo que… A ver, la política fue derivando hacia una gran cosa de publicidad, que te vende cosas que no son reales. Ahora hablamos re poco del agua, y no tenemos más agua potable. 

Has tocado en actos del Frente Amplio. ¿Tocarías previo a un acto del Partido Nacional o el Partido Colorado?

Con Ruperto Roncanrol nunca tocamos en actos del FA; Roy Berocay, sí. Más bien he tocado en actos gremiales y del Pit-Cnt. Pero no, no tocaría. Cuando me invitan como Roy Berocay, voy como persona militante, voy a aquellos lugares donde están las cosas con las que estoy de acuerdo. Con Ruperto Rocanrol no he tocado en actos partidarios, sí en causas como el No a la Baja, cosas así, más sociales. No voy como profesional. ¿Viste cuando un jugador de Peñarol te dice que no jugaría en Nacional? Bueno, algo así, sin querer banalizarlo.

Has ganado un montón de premios, desde el premio Alas por el aporte cultural, ganaste un Florencio por música para teatro infantil, o el Bartolomé Hidalgo, por ejemplo, entre muchos otros. ¿Para qué sirven los premios y las distinciones?

Para tener ahí juntando polvo en un estante. En realidad, a uno no le sirve de mucho. Ta, está bueno el momento, te reconocen… Pero le sirve a esa gente que necesita que a vos te validen y dicen: “Ah, mirá, este debe ser bueno, porque ganó un premio”. Yo creo que es relativo, porque si cambiás los integrantes del jurado, capaz que le dan un premio a otro. ¿Cómo hacés para decir que tal libro es mejor que aquel otro, o tal música es mejor que aquella otra? Y aparte, así como gané muchos premios, he perdido muchos otros. 

“Las cosas no están bien. Nos quieren vender algo que… A ver, la política fue derivando hacia una gran cosa de publicidad, que te vende cosas que no son reales. Ahora hablamos re poco del agua, y no tenemos más agua potable”

Lo tenés de vecino al Sapo Ruperto, está ahí frente al arroyo Solís Chico de Parque del Plata. En 2014 un grupo de muchachos vandalizaron la escultura del personaje, y hubo que reconstruirla. ¿Cuánto te afectó el hecho?

Fueron unos gurises de un colegio de Montevideo —creo que de Carrasco o por ahí— que estaban de vacaciones. Habían hecho una fiesta, pasaron de madrugada medio copeteados, y, según, me enteré, pasó uno y sintió que el Sapo lo seguía con la mirada, y otro dijo que sí, que ellos avanzaban y el Sapo los seguía con la mirada. Y uno dijo: “¡Vamo’ a dársela!”. Fueron hasta ahí, lo agarraron a patadas y lo destruyeron. A mí me molestó, porque vos pensás: “¿Qué sentido tiene?”. Pero, por otro lado, yo fui adolescente, y también los entendía. Enseguida se supo quiénes fueron, los padres de los gurises se comunicaron y pagaron la reconstrucción. Los propios gurises ayudaron en la reconstrucción, y, al final, los echaron porque molestaron más de lo que ayudaban. Y ta, quedó por esa. Había gente que decía: “¡No, cómo los vas a perdonar!”. Pero ta, son gurises… 

Por estos días de vacaciones de julio estás de zafra, como los carnavaleros en febrero. ¿Son días que disfrutás o padecés? 

Lo padezco en todo lo previo, porque estás meses preparando las vacaciones de julio: eligiendo el lugar, las canciones, escenografía, animaciones, y cuando arranca, si ves que el espectáculo está bueno, es como un alivio. El año pasado agotamos 12 Sala Zitarrosa. Pero este año hubo un estrés extra, porque nos cambiaron las fechas de las vacaciones. Al correr para adelante una semana, ya hay una sala pedida, y quedamos una semana fuera de las vacaciones, pero vamos a tocar igual [en la Sala Zitarrosa, martes 18 a las 15 y 17 horas, miércoles 19, jueves 20 y viernes 21 a las 17, sábado 22 y domingo 23 a las 15 y 17 horas, entradas por Tickantel]. La plata que gasté en la escenografía, en la sala, en todo, ¿qué hago? Bueno, tocamos igual. Esto me generó un nivel de estrés que no me ha dejado dormir, porque se distorsionó todo… Pero en condiciones normales, ir a tocar lo disfruto.

¿El Sapo Ruperto es feliz?

Sí, el sapo es feliz porque hace lo que quiere. Hace lo que le gusta, está con sus amigos, pasa de aventura en aventura, así que sí.

¿Y vos?

Yo también. Nuestra cultura tiene un concepto de la felicidad como si estuvieras flotando en las nubes, como fumado. Yo creo que la felicidad es poder estar en paz con uno mismo, poder estar con la gente que querés, haciendo lo que te gusta hacer. Y yo tengo todo eso, así que soy feliz.

Por César Bianchi