Seré curioso

SERÉ CURIOSO

Balta: “Quiero honrar mis generaciones anteriores; ahora yo tomo la posta a ver qué pasa”

Cantautor y multiinstrumentista, niño mimado del carnaval e hijo de artistas negros, es el elegido por Drexler.

30.06.2022 09:42

Lectura: 21'

2022-06-30T09:42:00
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Por César Bianchi

Fotos: Javier Noceti / @javier.noceti

Es difícil definir a Facundo Balta. Es cancionista. Pero no sólo compone sus propios temas, también toca varios instrumentos: el piano y la trompeta con mayor dominio, pero también la guitarra, el bajo, el saxo y la batería. No le gusta que lo llamen “multiinstrumentista”, como también le huye (por respeto) a la palabra “cantautor”. Pero, además de componer, tocar y cantar sus propias canciones solo, en formación de trío, cuarteto o quinteto, también actúa.

Arriba del escenario, en carnaval, ha actuado quizás más de lo que ha cantado. Porque ahí va otro insumo para su definición: Facundo es un producto genuino del carnaval. Se inició con edad de un dígito tanto en el Carnaval de las Promesas como en el carnaval de mayores. Y en el verano del 2019 se alzó con el premio a Figura Máxima del Carnaval de las Promesas, galardón que otorga la Asociación de Directores (Adicapro) entre casi mil niños y adolescentes distribuidos en 37 conjuntos. Y es producto del carnaval porque sus padres son dos grandes carnavaleros que le inculcaron esa pasión.

Su padre, Gustavo Balta, un reconocido pianista, vive en España, pero le enseñó que si quería entender de veras la música, de forma integral, tenía que empezar por el piano. Y allá fue el niño Facu, con 4 años, a un conservatorio de piano. Hoy, el joven de 21 años estudia Licenciatura en Composición, pretende retomar sus estudios universitarios de Música en el IPA, o quizás estudiar Filosofía, porque son muchas las cosas que inquietan a Facundo.

Por ejemplo, el fenómeno cultural de la negritud y el racismo imperante en Uruguay. Sí, lo hay, asegura, porque lo vivió y porque le narraron miles de anécdotas aleccionadoras. También aprendió cómo crecer en el 40 Semanas, ese barrio en el que al caer la tarde había que dejar de jugar a la pelota porque las balas zumbaban.

Sobre qué le dejó la pobreza, la discriminación y su corta pero fructífera carrera artística -ya tiene tres discos- hablé en el Club Cultural Charco con Facundo Balta, el joven que se inspira en la música negra. Pelo enrulado, cara de niño, verborrágico y locuaz, el muchacho mimado por Jorge Drexler (lo contactó y lo invitó a ser su telonero en el próximo Antel Arena), contó por qué siente que cantarle siempre el amor es una bendición en claves de soul, funk, jazz, o bolero. Música “con swing”, resume, porque a Facu mucho no le gustan las etiquetas.

"Tenía casi 5 años cuando empecé a estudiar piano. Después me divorcié un poco del piano, porque mi viejo (que es pianista) viajó a España cuando yo tenía 7, me enojé con él y me alejé del piano. No quería saber nada con el piano, por asociarlo con él"

-Cantante, actor, arreglador musical, bailarín y músico que toca varios instrumentos. ¿Cómo podrías definir tu vocación?

-En realidad, a lo que me quiero dedicar es a hacer canciones: cancionista o cancionero, hay muchos que lo llaman cantautor. Yo le tengo mucho respeto a esa palabra, escuchaba a Jorge (Drexler) decir que le parecía una palabra fea. Yo me definiría como músico, creador y compositor.

-Desde los 5 años aprendiendo a tocar instrumentos musicales, ¿no? ¿Todo comenzó en un conservatorio de piano?

-¡Todo empezó en un conservatorio! Alta cultura, algo fifí, pero con una profe que me ayudó mucho, muy humana, que me pintaba las notas con colores… Yo tenía 4 años, casi 5. Mi viejo me dijo que empezara por el piano, porque así me iba a saber relacionar mejor con la música. Después me divorcié un poco del piano, porque mi viejo (que es pianista) viajó a España cuando yo tenía 7 años, me enojé con él y me alejé del piano. No quería saber nada con el piano, por asociarlo con él.

Después de muchos años de tocar trompeta, de tocar en la Juvenil del Sodre, y en Orquesta Metropolitana, de audicionar, y de tocar en el Carnaval de las Promesas, un día decidí volver al piano y a la parte compositiva, que es la que más me gusta. Empecé a estudiar Licenciatura en Composición. Pero sí, el piano fue el primer amor.

-¿Y después siguió con?

- Después seguí con la trompeta, la guitarra fue un amor del chucu chucu, es un instrumento más popular. Igual siempre me costó eso de cantar en fogones… quizás porque mi padre era un “bicho” también, es más reservado, mamá no, es más abierta. A mí me costó, ahora no, estoy más grande y lo veo más como un divertimento. (NdeR: Después aprendió a tocar el bajo, el saxo y la batería).

-Te fui a ver al Centro Cultural Charco y hablaste mucho con los espectadores. Fue una noche catártica. Ahí hablaste de enfrentar el pasado, contaste que te costó lidiar con algunas cosas. ¿Con cuáles?

-Todos tenemos traumas generacionales y no generacionales, que uno adquiere a determinada edad, y uno aprende a lidiar con ellos, y así se forja la identidad. Yo tengo los míos, los tuve y los tendré, vinculados a la parte paternal y maternal, y también en relación con lo económico. Hablo también de un proceso afro de discriminación, y de bullying que muchos padecemos de niños. Y también vinculado a la pobreza. A mí no me faltó nada gracias a mi vieja, pero ella llegó a adelgazar 35 kilos por no comer, pasamos muchos quilombos económicos, de hecho, los seguimos pasando, pero en una magnitud muchísimo menor. Hoy no pasamos hambre, pero está complicado llegar a fin de mes. Hoy se acomoda el cuerpo. En ese momento, para acomodar el cuerpo mi madre tuvo que hacer cosas complejas, y deshumanizadas, totalmente. Hablo de pobreza, y lo que la pobreza trae.

-A propósito de tu madre, en el Charco contaste que "Lágrima" la habías escrito en homenaje a ella, y te noté conmovido... ¿De qué habla?

-Esa canción es abrazar el dolor. “Lágrima” es un tema que empecé a pensar por la figura de Lágrima Ríos, como una persona negra que sube a un escenario y ahí arriba la aplauden todos, es regia, pero baja del escenario y nadie sabe quién es, nadie quiere conocerla, y nadie empatiza con lo que era ser una artista negra en esa época, y lo que ella significaba. También la analogía de subir al escenario y vivir, estar en exposición. Y también lágrima como lamento, abrazar el sufrimiento. Como la canción dice: Nadie quiere verla/Lágrima quiere pasear un rato entre cajones y la estación”, dice, o en otro momento: “Anochece hace rato y la función no se terminó”, en el sentido de que nadie quiere penar, todos esquivamos la pena. Nos escondemos detrás de la última serie de Netflix, nos escondemos atrás de la última canción favorita, atrás de Instagram, de nuestra ropa, de todo el brillo, para no penar. Y “Lágrima” es una canción que invita a penar, a darse cuenta que no está mal estar mal. Por eso es una canción para mi madre.

Justo había escuchado un disco de un rapero que me gusta mucho, Kendrick Lamar, que son cosas que habló con uno de los mejores terapeutas del mundo, cuando él venía de un mundo donde la ley era la trampa. Kendrick es nacido en Compton (California, Estados Unidos), un barrio jodido, y yo nací en un barrio donde dejabas de jugar a las seis de la tarde porque se escuchaban tiros y te tenías que meter adentro. Te hablo del barrio Lavalleja, al lado del 40 Semanas. Ahora me mudé a barrio Sur, pero crecí ahí y mi vieja vivió ahí 50 años de su vida. No es un ambiente bueno para nada, tampoco para ser artista, porque no se mira bien que seas artista, te miran feo, te critican. Habla de la parte barrial, de que es complicado enfrentar esos demonios que se quedan ahí, pero hay que afrontarlos, abrazarlos y saber que están contigo.

"Estoy seguro que muy pocos de los artistas de renombre internacional podrían subirse a un escenario carnavalero y estar a la altura de lo que hace gente como Aldo Martínez, “Pinocho”, bailarines como Eduardo Techera, o cantantes como Marihel Barboza"

-Debutaste en el carnaval mayor cuando eras un niño muy pequeño, casi a la misma edad que en Carnaval de las Promesas. ¿Cómo fue eso?

-Lo primero fue en Sarabanda, cuando tenía 9 años. Pero dos años antes hice Carnaval de las Promesas en una comparsa que se llama Arrasando, me llevaron mis papás porque yo tenía ganas de hacer carnaval. Dos años después, en Sarabanda, en un papel principal: éramos dos niños, y nos guiaban en una especie de espacio donde hablábamos de religión, éramos como peones de espectadores para contar la historia. Después estuve en Serenata Africana a los 11 años, ahí escribía mamá y actuaba mucho más que lo que cantaba.

-En enero de 2019, entre 984 niños y adolescentes fuiste distinguido como figura máxima del Carnaval de las Promesas. ¿Fue la confirmación que eras cosa seria y no serías un carnavalero más? ¿O apenas fue un premio que te marcó el camino?

-Hubo varios premios en Promesas. Yo admiro al carnavalero, y lo venero. Me parece una figura a la que se subestima muchísimo. Estoy seguro que muy pocos de los artistas de renombre internacional podrían subirse a un escenario carnavalero y estar a la altura de lo que hace gente como Aldo Martínez, lo que hacía “Pinocho” (Sosa), cosas que hacen grandes bailarines como Eduardo Techera, grandes cantantes como Marihel Barboza… Creo que la magia del escenario de carnaval es única, y me parece que se la infravalora muchísimo.

El premio de figura máxima fue un mimo maravilloso en Carnaval de las Promesas. Te pone en vidriera para tener más trabajo en carnaval de mayores. Desde lo artístico, fui muy premiado varios años, pero siempre me lo tomé de una manera súper profesional: lo hago para vivir y vivo para esto. En lo laboral, fue un antes y un después.

-Sos hijo de Gustavo Balta y Rosario “Charo” Martínez, dos renombrados carnavaleros. ¿Ellos te inculcaron el amor por el carnaval? ¿Cuáles son los recuerdos más antiguos que te ligan a esa fiesta popular?

-Mis padres son mis superhéroes artísticos. Recuerdo estar sentado arriba de la funda de un piano de papá, viendo a la gente arriba de un tablado, y ver que los artistas carnavaleros se sonríen… Porque son diferentes, sonríen diferente, lloran de otra forma y cantan de otra forma los que están arriba de un tablado. Hay una magia del escenario ahí que es inexplicable. Lo que me inculcaron mis viejos, más que el amor por el arte, es el amor por esa magia. Y se te vuelve una adicción: una vez por año lo tenés que hacer. El año que no hubo carnaval por la pandemia fue muy triste. Es algo que se educa y mis viejos tuvieron mucho que ver con eso.

-En el concurso pasado recibiste el premio al mejor arreglador en Zíngaros. Te tocó debutar en el primer año sin Ariel “Pinocho” Sosa, y encima ganaron la categoría. ¿Cómo lo viviste?

-Fue la mejor experiencia, por todo lo que significa subir con todo el fenómeno Zíngaros, que es una locura. ¡Además ganamos! Aprendí muchísimo… Lo que es el amor de la gente, la energía que recibís de miles de personas. No te conocen, no saben quién sos, ¡y te abrazan con un cariño! Lo que se vive ahí es maravilloso. 

Y la que más disfruté fue el último año en Promesas. Haber recibido el premio a Mejor Figura fue la frutilla de la torta. Fue el primer año que arreglé Saphirus, el conjunto en el que salí, y Zodíaco, de la que también fui arreglador, dirigía una banda en Promesas y además hacía carnaval de mayores en parodistas Los Antiguos. El 2019 fue el año que más disfruté, sabía que era el último porque sabía que no podría volver a repetirlo.

"Jugábamos al fútbol y cuando escuchabas tiros a las seis de la tarde, corré pa’ adentro. La Policía no llegaba. Era: 'de acá para acá somos de este barrio, de acá para allá son del otro' y se cagaban a tiros. Y nadie hacía nada"

-En algún momento de tu vida viviste en el barrio 40 Semanas, un barrio con mala prensa, al menos. ¿Cómo podrías calificar tu convivencia en un barrio al que los noticieros llaman "zona roja"?

-Es complejo respecto a la cultura. Lo que más me costó a mí en ese barrio fue a nivel cultural. Había una enorme ignorancia de lo que pasaba fuera del barrio, era como un cubo, una especie de submundo. Yo me daba cuenta que ese lugar era así, y lo podía ver de afuera porque salía todo el tiempo. Iba a una escuela de música cerca del centro. Pero jugábamos al fútbol y cuando escuchabas tiros a las seis de la tarde, corré pa’ adentro. Y era bastante seguido. La Policía no pasaba, no llegaba. Era: “de acá para acá somos de este barrio, de acá para allá son del otro” y se cagaban a tiros. Eran arreglos de cuentas… y nadie hacía nada. Sigo teniendo amigos ahí. Nunca me gustó que se diga que es un barrio feo, pero no puedo ignorar los datos, es algo real.

-Una amiga tuya, Romina Di Bartolomeo, me dijo: “Es un guacho súper consciente sobre el racismo en Uruguay, y su referencia musical es toda negra”. ¿Es así?

-Consciente del racismo sí, porque lo vivo, y lo que no vivo, me lo cuentan, y me han educado contándome lo que pasó. Y mis referencias musicales son todas afro, claramente. Uno escucha lo que le gusta, y lo que le llama la atención, y a mí me llama la atención el swing. Algunos lo llaman “sabor” porque la escuchamos a Celia Cruz decirlo así.  Me gusta muchísimo el jazz, y el jazz de negros. Escucho, estudio, consumo mucho eso, y la naturaleza jazzística, de donde reside esa energía. Y eso más negro no puede ser.

-Creo que el imaginario colectivo uruguayo no asume a la uruguaya como una sociedad racista. ¿Lo es?

-Creo que tiene mucho que ver con la nacionalización del candombe, porque el uruguayo lo ve como algo propio. Y los negros dicen: “Che, no se apropien de nuestro candombe”, o “bueno, ok, pero estudialo, racionalizalo de alguna manera para no decir algo que no es”. Hablo de la naturalización de la cultura negra, en general, viene por el lado musical, y eso ha llevado para todos lados. En lo laboral pasa (la discriminación), a muchas mujeres las han timado con el dinero, que aparece tarde, o no aparece. El amiguismo funca, pero el amiguismo en la cultura negra cuesta mucho más. Y la ignorancia… A mí me gusta discutir estos temas con amigos míos, y me lo desmienten. Lo que más me jode es la de “nada que ver, yo tengo un amigo negro”. Uno me dijo: “Si yo los abrazo y todo”. ¿Y vos te pensás que en la época de la esclavitud no lo abrazaban para meterlo o bajarlo de un barco? ¿Lo hacían de lejos?

-Decíamos que tus referencias musicales son negras, pero hay una honrosa excepción: Jorge Drexler, quien te elogió en Twitter, escuchó tu música, te conoció cuando vino hace algunas semanas a Montevideo y te eligió como telonero de su show. ¿Cómo nació ese vínculo? ¿Todo por iniciativa de él?

-Un familiar de él le pasó mi música. Yo soy amigo de Tavo Prada, el hijo de (Luis) “Tunda” Prada, que es primo de Jorge. Un día estando con Tavo, Tunda escuchó mi música, se interesó y se la dio a conocer a Jorge. Al otro día veo que Jorge me había escrito por Instagram. Ahí me escribió, charlamos, hubo un acercamiento. Él es un tipo muy ocupado, en ese momento estaba de gira y grabando su disco. Yo lo seguí desde siempre, desde la época de Eco, por allá por 2006, después escuché “Guitarra y vos”, escuché bastante Amar la trama. De grande racionalizás lo que hace y entendés por qué es el artista uruguayo más distinguido a nivel internacional.

"No me gusto mucho. Cuando termino un disco, no lo escucho como por tres o cuatro meses. Es como borrar la hoja: ya está, ya lo hice. Después que está en la calle, ya la gente interpreta las letras como quiere"

-Dijiste que tocás muchos instrumentos no por eso del "multiinstrumentista", sino porque te aburrís fácil de las cosas, te aburrís fácil de vos mismo, te escuché decir. ¿Qué cosas te aburren?

-Yo intento reducir mucho las opciones, porque cuanto más reducís las opciones menos pensas en la elección y más pensás en hacer lo mejor con lo que tenés. No me gusta ese mote del multiinstrumentista porque es mentira. Me agarra un buen saxofonista, que estudió años, y me arruina. En los únicos instrumentos que puedo decir que soy bueno son en el piano y en la trompeta, porque los estudié mucho. Ahí me defiendo a capa y espada, con los demás instrumentos, tengo una noción.

Y lo de que me aburro de mí es porque… no me gusto mucho. No me pongo a pensar en lo que hice, por lo tanto, busco salir de mí mismo, y cuando termino un disco, no lo escucho como por tres o cuatro meses. No me interesa saber lo que hice. Es como borrar la hoja: ya está, ya lo hice. Después que está en la calle, ya la gente interpreta las letras como quiere. Digo que me aburro de mi mismo, porque cuando termino algo, quiero olvidarme lo que hice, y hacer algo bien distinto.

-Puse tu nombre en Spotify y saltaron “Nena!”, “Tuyo”, “Deja vu”, “Entre Comillas”, “Equivocarme bien”, “Querer”, y se me pegaron "Baltástico" y "De Noche", a las que volví... ¿Tenés canciones preferidas, de tus tres discos? 

-Siempre tenés canciones preferidas. Hay algunas a las que recurro con frecuencia, otras que no escucho para nada. “Equivocarme bien” es una que recurro porque es una canción que hice en un momento en que necesitaba decir eso, y la necesito escuchar cada tanto. Después, “Nena!”, me gusta por el swing, y porque la hice de una manera muy divertida, y las del principio, del primer disco (2021) porque más se acercan a la música que escucho.

-¿Cómo comercializás tus discos, hoy que los CDs con casi piezas de museo?

-Pah, está complicado… No agarrás un sope, porque Spotify te paga 0,001 dólar por escucha. Hacés algo tocando, en shows. Pero si yo quiero grabar un disco en una plataforma no tengo que pagar nada, porque la mismas escuchas ya me autofinancian dos discos, a esta altura. Los que están cobrando son los que tienen 15 millones de oyentes mensuales, que tienen un buen sueldo por mes.

-¿Anhelás pegar un hit que suene todo el tiempo en la radio?

-No. Lo que sí anhelo es plata. Uno lo anhela por el lado de la entrada económica que trae pegarla. No me interesa tener un mar de millones de personas cantando una canción que hice. Creo que es un dominó, que una cosa trae a la otra. No anhelo pegar en la radio, pero no miento al decir que me gustaría que me mimen el lomo. Pero no anhelo un hit, si viene bienvenido sea. No he de decir que no lo he buscado; hay canciones que las detesto porque busqué que pasara eso.

-Tu música tiene una influencia del bolero (es bellísima tu versión de “Sabor a mi”), funk y candombe. ¿Cómo podrías definir tu música?  

-Intento que sea afro. Bueno… es lo que me sale. Sé que tiene todo ese universo debajo, pero también intento que sea fresca, intento hacer lo mismo de otra manera. Que sea música de mi generación, que pueda escucharla gente de mi edad y sea acorde, que corresponda. Porque me aburre hacer las cosas tal cual las hicieron mis padres o mis generaciones anteriores, aunque también quiero honrar esas influencias. Podemos hablar de Miles (Davis), de Charly (García), mis antecesores. Yo no quiero hacer lo mismo que ellos hicieron, pero gracias por traer su música hasta acá. Ahora yo agarro la posta y voy a ver qué pasa. Por eso me gustó lo que pasó con Jorge (Drexler), porque está genial que alguien como él, que tiene la posta, diga que está bueno que alguien de mi generación esté haciendo lo que yo hago. Intento que mi música sea fresca y que honre lo que hicieron mis generaciones anteriores. Y que sea negra.

-En el show en el que te vi dijiste dos veces que tus canciones son de amor, porque “no te sale” escribir sobre otra cosa. ¿Eso es una maldición o una bendición?

-Depende cómo lo veas. Yo creo que es una bendición, porque no hay nada más lindo que cantarle al amor, que debe ser la cosa que más humanos nos hace. Al amor y al error, que son la misma cosa, a veces. Y creo que es una bendición, porque no me molesta para nada. Pero si fuera una persona negada, sería horrible, porque no le podría escapar a cantarle al amor.

 "Dependiendo de dónde ponés el foco, cómo vas a evolucionar. La filosofía ayuda a saber a qué prestarle atención, saber dónde poner la lupa. Y por qué poner la lupa ahí. Mi lupa cambia de lugar todo el tiempo"

-Leí en una nota de El Observador que gustaría ir al IPA para ser profe de Música y de Filosofía. ¿Es un pendiente o estás estudiando en el IPA?

-Estudié en el IPA y abandoné, más por un tema de tiempos. Estudié para profe de Música. Ahora estoy con la carrera en Licenciatura en Composición en la Universitaria de Música. Estoy viendo qué hacer con esa carrera, porque quiero estudiar Letras. Tengo ganas de estudiarlo. O Filosofía, pero no para hacer el profesorado. Pero sí Filosofía, porque siempre leí y quiero seguir leyendo sobre eso.

-¿Para qué puede ayudar la filosofía a una sociedad?

-Yo creo que la vida es una cuestión de perspectiva. Todo depende de cómo se mire y cuánta atención le pongas. Dependiendo de dónde ponés el foco, cómo vas a evolucionar. A lo que vos le prestes atención te determina lo que vas a hacer. Y la filosofía ayuda a saber a qué prestarle atención, saber dónde poner la lupa. Y por qué poner la lupa ahí. Casi siempre cambia, mi lupa cambia de lugar todo el tiempo.

-¿La política te interesa? ¿Qué tan comprometido te sentís con alguna ideología?

-Me interesa la política. Debo reconocer que estoy en falta con determinadas cosas más que nada de este gobierno, con lo que está ocurriendo ahora. Me refiero a que me falta información, no estoy muy empapado de lo que está pasando ahora como para decir que estoy involucrado realmente. Pero sí me interesa la política, leo sobre eso, hablo sobre eso (mucho con mi madre). Me considero de izquierda, quizás centroizquierda, no soy comunista ni socialista. Pero vengo de cuna de izquierda.

-¿Cómo te imaginás dentro de 20 años?

-Es complicada esa… Yo soy bastante positivo con las cosas, intento atraer esa energía también. Intento pensar que va a pasar algo que quiero, y si no pasa, bueno, no pasa. Pero me imagino viviendo de esto.

-¿En Uruguay?

-No, no me imagino acá.

-¿Te ves como un artista de renombre internacional?

-Lo que sé es que tengo ganas de hacer cosas que acá no tienen mucho futuro. La música que más me gusta hacer no tiene acá un campo para laburar. Ya cruzando el charco a Argentina es otro cantar. Pero mi viejo vive en España, y he pensado ir a probar suerte por allá. Pero también soy muy uruguayo, me gusta mucho el carnaval y no está en mis planes irme ahora. Pero dentro de unos años… ¡Andá a saber qué música estoy haciendo a los 40! Me veo moviéndome mucho.

-¿Sos feliz?

-Vi una película que me cambió la cabeza, que es Soul, de Disney. Hay una analogía de una historia de dos peces: un pez llega y le dice al otro: “Che, estoy buscando el océano”, y el otro le dice: “Estás nadando en él”. Y lo otro le dice: “No, no, yo estoy buscando el océano”. Lloré mucho con esa película y esa escena, porque me di cuenta que yo estaba buscando una vida, y no una manera de vivirla que ya tenía. Eso me hizo meditar sobre lo que me estaba pasando. No sé si me considero una persona feliz, pero sí que intento “nadar” de una forma acorde a lo que es para mí la felicidad, que es vivir de la música y para ella.

Por César Bianchi