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Internacionales

Por The New York Times

Así se abalanza China sobre el suministro global de pescado

China ahora pesca en cualquier océano del mundo y a una escala que ridiculiza a flotillas enteras de algunos países.

04.10.2022 10:04

Lectura: 9'

2022-10-04T10:04:00-03:00
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Por The New York Times | Steven Lee Myers, Agnes Chang, Derek Watkins and Claire Fu

Las aguas alrededor de las fértiles islas Galápagos y su gran diversidad ecológica han atraído a los pescadores locales durante siglos. Ahora, esas aguas se enfrentan a un cazador mucho más grande y voraz: China.

Las Galápagos son parte de Ecuador. Y, a pesar de esto, cada año que pasa, una cantidad cada vez mayor de barcos comerciales chinos, a miles de kilómetros de su país, pescan ahí, a veces justo en el límite de la zona económica exclusiva de Ecuador.

Desde 2016, los barcos chinos han operado en las costas de Sudamérica casi todos los días, todo el año, moviéndose con las temporadas desde las costas de Ecuador y Perú y con el tiempo hasta Argentina, donde han pescado lo que lleva de este año, el equivalente en conjunto a más de 16.000 días.

La escala de tal operación ha encendido las alarmas sobre el daño para las economías locales y el medioambiente, así como para la sustentabilidad comercial del atún, el calamar y otras especies.

Durante las últimas dos décadas, China ha construido la flotilla de pesca de aguas profundas más grande del mundo por mucho, con casi 3000 embarcaciones. Tras haber mermado de forma dramática el suministro en sus propias aguas costeras, China ahora pesca en cualquier océano del mundo y a una escala que ridiculiza a flotillas enteras de algunos países.

El impacto se siente cada vez más, desde el océano Índico y el Pacífico sur hasta las costas de África y Sudamérica: una manifestación del poderío económico global de China en alta mar.

Esta labor de China ha desatado protestas diplomáticas y legales. La flotilla también ha estado vinculada con actividades ilegales, entre ellas invadir las aguas territoriales de otros países, tolerar abusos laborales y capturar especies amenazadas. En 2017, Ecuador incautó un carguero frigorífico, el Fu Yuan Yu Leng 999, el cual transportaba un cargamento ilícito de 6620 tiburones, cuyas aletas son una exquisitez en China.

No obstante, una gran parte de lo que hace China es legal… o, en mar abierto, al menos, casi no está regulado. Debido a la creciente demanda de una clase consumidora cada vez más próspera en China, es poco probable que termine pronto. Esto no quiere decir que sea sostenible.

En el verano de 2020, el grupo de conservación Oceana contó casi 300 embarcaciones chinas que operaban cerca de las Galápagos, apenas afuera de la zona económica exclusiva de Ecuador, las 200 millas náuticas de su territorio donde mantiene derechos sobre los recursos naturales conforme el Tratado sobre el Derecho del Mar. Los barcos se acercaron tanto a la zona que un mapeo satelital de sus posiciones detectó el límite de la zona.

Juntos, representaron casi el 99 por ciento de la pesca cerca de las Galápagos. Ningún otro país alcanzó a tener una presencia similar.

“Nuestro mar ya no puede con esta presión”, comentó Alberto Andrade, un pescador de las Galápagos. Andrade agregó que la presencia de tantos navíos chinos ha dificultado más la tarea de los pescadores locales dentro de las aguas territoriales de Ecuador, uno de los sitios del Patrimonio Mundial de la UNESCO que inspiró la teoría de la evolución de Charles Darwin.

Andrade organizó a un grupo de pescadores, el Frente Insular de la Reserva Marina de Galápagos, para solicitar la expansión de las protecciones para la pesca alrededor de las islas.

“Las flotillas industrializadas están arrasando con el suministro y nos da miedo que en el futuro ya no haya más pesca”, comentó. “Ni siquiera la pandemia los detuvo”.

Una labor industrial

China puede pescar a tal escala industrial gracias a navíos como el Hai Feng 718, un carguero frigorífico fabricado en Japón en 1996. El barco está registrado en Panamá y lo maneja una empresa de Pekín llamada Zhongyu Global Seafood Corp.

Su dueña es una empresa propiedad del Estado: China National Fisheries Corp.

El Hai Feng 718 es conocido como un navío transportista o barco nodriza. Tiene bodegas de almacenaje refrigerado para conservar toneladas de pesca. También transporta combustible y otras provisiones para barcos más pequeños que pueden descargar su captura y reabastecer sus tripulaciones en el mar. Como resultado, los otros navíos no necesitan invertir tiempo en regresar a un puerto, lo cual les permite pescar casi sin parar.

En el transcurso de un año que empezó en junio de 2021, el Hai Feng 718 se reunió con al menos 70 barcos pesqueros más pequeños con la bandera china en varios lugares del mar, según Global Fishing Watch, una organización de investigación que junta datos de localización desde transpondedores en los barcos. Cada encuentro, conocido como transbordo, representa la transferencia de toneladas de pescado que los barcos más pequeños habrían tenido que descargar en un puerto a cientos de kilómetros de distancia.

Los navíos siguieron juntos por las costas de Sudamérica en la que se ha vuelto una persecución anual de pesca.

Después de zarpar de Weihai, una ciudad portuaria en la provincia de Shandong, China, el Hai Feng 718 llegó a las Galápagos en agosto de 2021 y pasó casi un mes en las aguas cercanas a la zona económica exclusiva de Ecuador. Ahí, les dio servicio a varias embarcaciones como el Hebei 8588.

Estos navíos están designados para pescar calamares, una de las presas para la flotilla. Las luces que usan los barcos en la noche para atraer a los calamares a la superficie son tan brillantes que se pueden rastrear desde el espacio.

Un mes más tarde, la flotilla china viajó a la costa de Perú, donde el Hai Feng 718 avanzó furtivamente hacia más de dos docenas de barcos más pequeños, varias veces a algunos de ellos, incluso, de nuevo, el Hebei 8588.

Lleno de pescado, el barco nodriza regresó a China. Para diciembre pasado, ya estaba de nuevo en el mar, esta vez con dirección al oeste a través del océano Índico. Llegó a la costa de Argentina para el inicio de la temporada de los calamares en enero. En mayo, de nuevo estaba en las costas de las Galápagos.

Estas operaciones han permitido un auge en la cosecha de calamar. Entre 1990 y 2019, la cantidad de botes que pescan calamares en aguas profundas se disparó de seis a 528, mientras que la pesca anual reportada aumentó de unas 5000 toneladas a 278.000, según un informe de este año de Global Fishing Watch. En 2019, China representó casi todos los botes para pescar calamares que operaron en el Pacífico sur.

El acuerdo de transferir la pesca a otro barco no es ilegal, pero, según expertos, el uso de los barcos nodriza facilita que no se declare la pesca y se oculten sus orígenes. Otros países también despliegan flotillas para aguas profundas, entre ellos Japón, Corea del Sur y Taiwán, pero ninguno lo hace a la escala de China.

Tan solo el Hai Feng 718 tiene más de 14.000 metros cúbicos de espacio de carga, suficiente para transportar miles de toneladas de pescado.

Global Fishing Watch ha monitoreado un montón de “eventos de merodeo” sin explicación, en los que barcos grandes permanecen en una zona sin ninguna reunión registrada entre los barcos nodriza y las embarcaciones más pequeñas. Los expertos advierten que los barcos más pequeños quizás apagan sus transpondedores para evitar ser detectados a fin de ocultar una pesca ilegal o no regulada.

El impacto en ciertas especies en las costas de Sudamérica, como los calamares, es difícil de medir con exactitud. En algunas regiones, como el Pacífico sur, los acuerdos internacionales les exigen a los países informar sobre su trayectoria, aunque se cree que realizar reportes incompletos es una práctica común. En el Atlántico sur, no hay un acuerdo de ese tipo.

Ya hay señales preocupantes de una reducción en las existencias, lo cual podría presagiar un colapso ecológico de mayor envergadura. Las reacciones negativas en el mundo

En 2020, la aparición de la flotilla china al borde de las Galápagos centró la atención internacional hacia la escala industrial de esa flotilla de pesca. Ecuador interpuso una protesta en Pekín. Su presidente en aquel entonces, Lenín Moreno, prometió en Twitter que iba defender el santuario marino, al cual llamó “un semillero de vida para el planeta entero”.

China ha respondido con ofertas de concesiones. Anunció moratorias a la pesca en ciertas zonas, aunque sus críticos hicieron notar que las restricciones son para temporadas en las que la pesca no es tan abundante. China prometió limitar el tamaño de su flotilla de aguas profundas, pero no reducirla, y recortar los subsidios gubernamentales que les brinda a las empresas pesqueras, muchas de las cuales aún controla o posee el Estado.

En el año posterior al furor por las Galápagos, la mayor parte de la flotilla china mantuvo una mayor distancia de la zona económica exclusiva de Ecuador. Por lo demás, siguió pescando tanto como antes.

En Argentina, el año pasado, un grupo de ambientalistas, con el respaldo de Gallifrey Foundation, una organización conservacionista del océano, presentó una medida cautelar ante el máximo tribunal del país con la esperanza de presionar al gobierno a hacer más para que cumpla con sus obligaciones constitucionales de protección del medioambiente. Planean presentar una medida cautelar similar en Ecuador en los próximos meses. Estados Unidos también ha prometido ayudar a las naciones más pequeñas a contrarrestar las prácticas ilegales o no reguladas de la pesca que realiza China. La Guardia Costera de Estados Unidos, la cual ahora considera la práctica una de las amenazas más grandes a la seguridad en el océano, ha enviado barcos patrulla al Pacífico sur. “El desafío es persuadir a China de que también tiene una necesidad de garantizar la sustentabilidad de los recursos del mar a largo plazo”, comentó Duncan Currie, abogado en derecho ambiental internacional que asesora a la Coalición de Conservación de Aguas Profundas. “No estarán ahí para siempre”. Barcos pesqueros en la provincia china de Zhejiang en 2015. (Gilles Sabrie/The New York Times)