Seré curioso

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Antropóloga Lusiardo: “El cuerpo de Bleier se podía haber encontrado en 2005, no en 2019”

La coordinadora del Grupo de Antropólogos Forenses cuenta cómo es el día a día del trabajo buscando detenidos desaparecidos.

21.07.2023 10:46

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2023-07-21T10:46:00-03:00
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Por César Bianchi

Fotos: Javier Noceti / @javier.noceti

Cada vez que Alicia Lusiardo (50) llega al laboratorio para manipular huesos humanos, los saluda con cariño: “Buen día, ¿qué tal?”. Y de la misma forma se despide, cuando termina su jornada laboral: “Chau, hasta mañana”. El ritual comenzó con el maestro Julio Castro; con sus restos óseos, en realidad. Alguno de los 11 antropólogos forenses del GIAF (Grupo de Investigación en Antropología Forense) lo saludó: “Buen día, compañero” y se despidió con “hasta mañana, compañero”. Y quedó.

Lusiardo dice que eso responde a la “empatía” de su trabajo, más allá de la “objetividad”, que no falta. “Nosotros llegamos al cuerpo después de que ya le ha pasado lo peor que le puede pasar. Y de ahí en adelante todo lo que podamos hacer para devolverle un poquito de dignidad a él o ella —aunque no se va a enterar—, sentimos que es un acto que tenemos que realizar con respeto, con empatía y hasta con cariño”, explica.

Para la coordinadora del GIAF, el momento del hallazgo de restos humanos tras las excavaciones en predios militares cautelados es “el summum” de su trabajo, el instante en que todos los esfuerzos y privaciones valen la pena. Ahí descubren lo que para Lusiardo es la última página o el desenlace del libro personal de esa persona que no tiene nombre. O mejor dicho: tiene nombre, pero ellos todavía no lo saben. Tuvo nombre, perteneció a una persona con alegrías, miedos, tristezas, compromiso y militancias. Y ellos, los antropólogos forenses, deben ir descifrando las páginas previas, hasta llegar a la tapa y saber a quién pertenecieron esos huesos.

Lusiardo tiene su libro, su propio libro. Yendo de atrás para adelante, como le sucede a ella con los restos óseos, se podría decir que hoy es coordinadora del GIAF, pero también trabaja con el afamado Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y lo hace para el exterior, buscando resolver enigmas que camuflan mucha desazón. Ingresó al GIAF en 2007 cuando compañeras suyas convencieron al entonces coordinador, José López Mazz, de sumarla al equipo, y se perdió los hallazgos de Ubagésner Chávez Sosa y Fernando Miranda. Antes tuvo hijos, y antes que eso se casó. Con su marido viajó a Estados Unidos y allá realizó maestrías en lo suyo. Antes buscaba lo suyo: estudió Antropología Forense, pero intentaban convencerla de que hiciera otra cosa, que allí solo había lugar para un profesional de esa disciplina, que trabajaba en la morgue. Y muchísimo antes fue niña. Se crio en México y volvió a Montevideo en 1984, cuando tenía 12 años, y la llevaron al balcón de la casa de Líber Seregni para escuchar el discurso del general tras la recuperación de la libertad.

El 6 de junio, el equipo que lidera Lusiardo halló restos humanos de una mujer, que hoy están a estudio de sus pares argentinos. Y ella, por diferencias metodológicas, se cruzó con su exjefe, López Mazz, quien la cuestionó en televisión.

De joven fuiste periodista de policiales en La República, pero no te conformabas con sacar la foto e irte del lugar. Querías saber más. ¿Eso era afán periodístico o ahí, invisible, estaba el germen de la antropología forense?

En realidad, yo fui fotógrafa de La República de la nota que me tocara hacer: hacía deportes, política, pero es cierto que me gustaban mucho los policiales y a mis compañeros no, entonces me dejaban a mí. La verdad es que, aparte de tener un gusto por investigar y por la resolución de un crimen o un hecho que necesita una explicación, sí tenía esa curiosidad más allá de la investigación periodística, sino más bien del bichito científico. ¿Cuáles son los procesos internos de un cuerpo que llevan a esto? O después que tomé esta foto, ¿por qué el cuerpo se ve de la manera en que se ve? ¿Qué pasa cuando fallecemos? ¿Qué procesos se inician ahí? ¿Qué pasó con esta persona en términos de la investigación criminal? Eso me fascinaba y me sigue fascinando. Lo que yo no sabía para ese entonces, cuando estudiaba Antropología, cuando estaba medio perdida, no sabía que había una unión entre la investigación de un crimen y los restos humanos ya esqueletizados, de acuerdo al crimen que haya tenido lugar. Pero sí me picó el bichito ahí.

Aquí estudiaste Ciencias Antropológicas, pero no pudiste cruzarte con la antropología forense.  Hasta que fuiste con tu marido a Estados Unidos y allá estudiaste una maestría de antropología forense. ¿Cuál fue el primer caso que te tocó, en el cual sentiste que estabas aplicando los conocimientos de la carrera?

Mi marido fue a estudiar su doctorado y yo buscaba una opción para hacer antropología forense. Cuando nos mudamos a la Florida, después de un año en Washington, empecé mi maestría ahí, y el programa de la maestría era dentro de un laboratorio de antropología forense, y recibíamos casos de toda la Florida. Teníamos la oportunidad de formarnos, trabajando en casos reales. Pasado el primer año en el laboratorio (donde es más limpieza y acondicionamiento, las cosas más básicas), cuando me tocó mi primer caso en el segundo año, me tocó un cráneo. Y bueno, tratar de escribir un informe de ese caso fue lo primero. 

“Recién sentí que podía aplicar todo lo que había aprendido cuando empecé a trabajar en Derechos Humanos. Sentí que toda la carrera en Uruguay, más el posgrado en Estados Unidos, cobraban sentido”

Hubo casos complicados en los que uno hace una transferencia porque la persona fallecida a uno le parece a alguien, o porque te conmueve de determinada manera. En uno de los primeros casos tuve que retirar tejido blando, para quedarme con el esqueleto; era una mujer que había fallecido sola en su casa, y tenía la edad de mi mamá. Hice la transferencia inmediata de pensar que quien estaba ahí, en esa mesa de autopsia, era mi mamá y yo tenía, con un bisturí, que retirar todo el tejido blando. Y eso fue muy duro… Pero recién sentí que podía aplicar todo lo que había aprendido cuando empecé a trabajar en Derechos Humanos. Sentí que toda la carrera en Uruguay, más el posgrado en Estados Unidos, cobraban sentido: los conocimientos de antropología social para hacerle una entrevista a una familia, lo de arqueología para ayudar en una excavación y lo de antropología biológica y forense propiamente dicha, que ya es más a nivel laboratorio. Ahí sentí que todo encajaba en un lugar.

¿Cómo podrías definir la relación profesional de un antropólogo forense con los huesos?

Es una relación que, si bien es objetiva, no deja de ser empática. Hay muchas disciplinas forenses que hacen mucho hincapié en ser objetivos y en no dejarnos subjetivizar por el contexto. Los antropólogos sostenemos que es necesario investigar, conocer a las familias, interactuar con ellas al inicio y al final, y eso no nos hace menos objetivos. Podemos hacer nuestros análisis y nuestros dictámenes con objetividad. 

Después, el vínculo que tenemos con esos restos óseos o momificados o fragmentados es de mucho respeto, de mucha objetividad y mucha empatía; no solo por la familia, sino por esa persona. Nosotros llegamos al cuerpo después de que ya le ha pasado lo peor que le puede pasar. Y de ahí en adelante todo lo que podamos hacer para devolverle un poquito de dignidad a él o ella —aunque no se va a enterar nunca—, nosotros sentimos que es un acto que tenemos que realizar con respeto, con empatía y hasta con cariño. 

Le dijiste a Azul Cordo, para el libro Dicen las raíces: mujeres en la dictadura uruguaya (Lumen, 2023), que la formación te abrió un espectro laboral muy grande, “sobre todo en Uruguay, que está todo para hacerse”. En ese momento en el que regresaste al país, con el primer gobierno del Frente Amplio, ¿en qué pensabas que podías colaborar? ¿Qué sumabas vos al equipo?

Cuando regresé a Uruguay tenía la intención de ingresar a trabajar a la morgue judicial, en Montevideo o el interior. Pero esa no fue la opción, hasta el día de hoy. De esa manera, me quedé trabajando a distancia para Estados Unidos, en el programa de maestrías a distancia. Y quedé a la expectativa de lo que pudiera surgir. Lo que surgió a dos años de mi llegada al país fue el Grupo de Antropólogos [N. de R.: se refiere al Grupo de Investigación en Antropología Forense], pero sí con esa sensación de que podía estar aplicando los conocimientos que tenía a la investigación criminal de ese momento. No pensaba en Derechos Humanos, pensaba en trabajar en una morgue.

¿En qué consiste tu labor, la de un antropólogo forense, en las tareas de búsqueda?

Tenemos toda una tarea previa a llegar al lugar, que es una investigación preliminar. Aunque haya una denuncia concreta, y que no venga de una investigación del equipo, igual se hace esa investigación preliminar: fotografía aérea del lugar en distintas temporalidades, como para tener una cobertura que nos pueda permitir ver si hay cambios en el paisaje, pero también para corroborar la información que nos da el informante. Se hace cruzamiento de archivo, si es que hay algo en el archivo que sea aplicable a esa zona que se está señalando, se escuchan testimonios de otras personas sobre esos mismos lugares. Es todo un trabajo de oficina. 

Después, se concurre al lugar, se puede concurrir por segunda vez, y se hace una recorrida a pie, que se llama prospección, en la que se va pensando el lugar que se pedirá para abordar y cuál será esa estrategia de abordaje. Una vez que se solicita una cautela judicial sobre el lugar, se inician las tareas de desmalezado del terreno, para poder levantar un plano y, en ese plano, dibujar las coordenadas, los árboles que pueden haber quedado en pie tras el desmalezado, si en el terreno se ven indicios de alguna construcción (que haya algún vestigio cultural en la zona), si hay depresiones o acumulaciones de tierra —rasgos negativos y positivos de interés—, y según la extensión o el tipo de terreno se instrumenta el abordaje: ya sea con retroexcavadora o manual, como para poder implementar la logística. Se establece un campamento, un lugar donde dejar todas las herramientas para el trabajo diario, donde hacemos acopio de otros materiales o nos refugiamos si llueve o hace mucho calor. Una vez que tenemos todo eso, se levantó el plano y se decide por dónde se comienza a excavar esa cautela, se inician las tareas de excavación propiamente dicha de esa cautela.

Y después de que aparecen restos óseos, ¿qué hacen y cómo lo hacen? 

En estos contextos de Uruguay, donde se trabaja con retroexcavadora por la inmensidad de los predios y los tiempos, una vez que se detecta la presencia de huesos o quizás se pueda ver la cal —o se puede ver en los perfiles de la trinchera un cambio en la estratigrafía, que indica que hay una anomalía—, ahí la retro se retira. Ingresan los antropólogos a la trinchera a trabajar con excavación manual: pala para limpiar los perfiles, material fino —que normalmente es de madera para no dañar los huesos—, pinceles para poder limpiar lo que se necesite ver allí, cucharas, baldes y palitas. Empieza entonces un trabajo muy lento, de muchísima paciencia, para tratar de ver si la anomalía responde a lo que estamos buscando o si lo que vemos allí es un hueso. Despejamos las dudas con ese material fino, muy lentamente.

El martes 6 de junio, antropólogos del GIAF hallaron restos óseos en el Batallón 14. Profesionalmente, ¿qué me podés decir de ese hallazgo? ¿Qué se puede saber considerando los restos óseos encontrados?

Los restos óseos, normalmente, aportan mucha información en la reconstrucción del perfil biológico de la persona: ¿Es un hombre? ¿Es una mujer? ¿Qué edad tiene? ¿Qué estatura? En otros contextos importa el grupo ancestral o la afinidad biológica. Después, más allá de esa primera aproximación que nos da una idea de quién está allí representado, avanzamos en torno a otra información: ¿tiene algún traumatismo que pueda aportarnos información en relación a la causa de muerte? ¿O tiene huellas en sus huesos que nos permitan sumarle a ese perfil biológico otras características? Por ejemplo, esta persona tuvo una lesión, pero la tuvo en vida. Se fracturó un brazo, pero sobrevivió a eso, y como está tan bien remodelada la fractura, quizás fue en la niñez. Vamos ayudando a escribir ese libro que cuenta una historia de alguien sin nombre, vamos agregándole líneas que nos van dando información.

“Después de usar material fino, pinceles, cucharas, baldes y palitas, empieza un trabajo muy lento, de muchísima paciencia, para tratar de ver si la anomalía responde a lo que estamos buscando. Despejamos las dudas con ese material fino, muy lentamente”

¿Qué hacía en su vida diaria, ya sea ocupacional o recreativa? ¿Qué huellas dejó eso en sus huesos? ¿Qué enfermedad pudo haber tenido? ¿Cómo era su salud bucal? Todo eso lo vamos analizando e interpretando a partir de lo que los huesos puedan tener registro. A veces, no nos ayuda la conservación, como el caso de los huesos que encontramos el 6 de junio. Si bien la cal ayuda a que el ADN no se degrade, las raíces de la vegetación de ese lugar penetraron en esa cápsula de cal que se formó en ese molde, invadieron el espacio vacío y dañaron todos los extremos de los huesos. Hay muchas partes de ese esqueleto que están dañadas. 

Encontraron prácticamente todos los huesos del esqueleto…

Sí, está esencialmente completo. Son 206 huesos los que tiene un esqueleto; prácticamente están todos, el problema es cómo está cada uno de ellos: están muy dañados, en general, en todos sus extremos (todo lo que es el hueso esponjoso, el más frágil, está muy dañado). Eso hace que muchas de estas preguntas que podríamos llegar a contestar no las podemos contestar o tienen una respuesta vaga. 

No tenemos dudas de que se trata de una mujer, por eso lo transmitimos públicamente. En relación a la edad, tenemos muy poquita información y el rango cubre todas las posibilidades, entonces no es cualitativamente informativo.

En octubre de 2011 no estabas en el país cuando el GIAF halló los restos de Julio Castro, pero el 15 de marzo de 2012 fuiste vos la que encontró los huesos de quien fuera Ricardo Blanco Valiente. Es el motivo de tu trabajo diario, de toda tu formación, y tiene detrás un objetivo muy noble: darle un poco de paz a sus familiares. ¿Cómo reaccionaste al hallar esos restos óseos? 

Ese día éramos tres personas en campo. Ya había pasado el mediodía, era la hora del almuerzo, y teníamos como ritual inexplicable (porque no es una cábala) que siempre aparecen restos cuando alguien del equipo está de viaje. Pasó cuando apareció el maestro Julio Castro, que yo estaba en Perú, y ese día estaban de viaje varios compañeros. Después del mediodía estábamos en la carpa y cayó una rama cerca de la carpa de los militares, y yo dije tonteando: “Hoy tenemos un hallazgo”. Pero lo dije bobeando, eh. Y le mandamos un mensajito a los compañeros: “Alicia dice que hoy vamos a encontrar algo”. Nos levantamos a seguir excavando después del almuerzo y, al poco rato, aparecieron restos, y eran los restos de… bueno, no sabíamos de quién eran los restos. Se lo comentamos en el grupo de WhatsApp y los que estaban de viaje no nos creían, pensaban que era una broma, porque yo lo había adelantado. 

Y ese momento es… (Hace una pausa de unos segundos) El tiempo se detiene, estás mirando la cal, estás mirando los restos, se detiene el tiempo y lo primero que sentís es eso: una parálisis. Cuando el cerebro admite la noticia, cuando salís de esa parálisis, es una cosa que no podés controlar: euforia, gritos, abrazos entre nosotros, los propios militares también estaban conmocionados, porque estaban todo el tiempo al lado nuestro, nos veían trabajar. También estaban al aire libre con el calor y con el frío, igual que nosotros. Entonces, estaban conmocionados como nosotros.

¿Cómo es la relación con los militares?

Es una relación correcta, es buena, en general, sobre todo desde que se establecieron protocolos más claros que hacen que cada quien cumpla su función y cada quien entienda dónde están los límites de la función de cada uno. Antes eso no estaba muy claro, y traía una incomodidad para nosotros. Era estar siendo filmado todo el tiempo y escuchaban todo el tiempo lo que hablábamos, desde lo técnico hasta lo personal, porque en algún momento con quienes son tus compañeros de todos los días hablás de tus hijos. Entonces, no era cómodo que te estuvieran filmando y grabando todo el tiempo, y no sabías a dónde iban esas filmaciones y grabaciones. Eso era muy molesto para nosotros. 

“Estábamos en la carpa y cayó una rama cerca de la carpa de los militares, y yo dije tonteando: ‘Hoy tenemos un hallazgo’. Y le mandaron un mensajito a los compañeros: ‘Alicia dice que hoy vamos a encontrar algo’. Seguimos excavando y, al poco rato, aparecieron restos”

No se logró nunca un cambio, hasta que vino el Grupo de Verdad y Justicia y le hicimos el pedido: que por favor no queríamos trabajar así, incluso con la misma sugerencia del grupo argentino [Equipo Argentino de Antropología Forense, el EAAF], y ahí sí logramos que a través del grupo se pidiera a los jueces que estuvieran a cargo de las cautelas que la zona cautelar no fuera una zona donde pueda ingresar cualquiera, solamente los técnicos y quienes los técnicos indiquen podían entrar. Que fuera de la zona cautelada pueden filmar y hacer lo que quieran, pero dentro no. Establecer esos límites fue muy importante. Y hoy podemos tener una relación diaria, de buena convivencia.

¿Cuál es tu visión respecto a la Operación Zanahoria, es decir, que los militares desenterraron cuerpos y los colocaron en otros lugares que no fueron hallados?

Para empezar, es una visión de grupo, que compartimos todos los miembros del equipo. Creemos que es una visión que ha sido repetida en muchos informes oficiales, como puede ser la Comisión para la Paz o los informes que se le dieron al expresidente [Tabaré] Vázquez. Hay contradicciones en esos informes, y el argumento general es ese: que los cuerpos, con nombre y apellido de cada uno de los detenidos que fallecieron en determinadas circunstancias, fueron enterrados, desenterrados, cremados y tirados al Río de la Plata. Para nosotros, cada esqueleto que aparece, cada cuerpo, es una constatación de que eso no es cierto, de que eso no fue así. Nosotros no sabemos si hubo algún cuerpo que se desenterró, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que hasta ahora hemos encontrado un montón de cuerpos que, según esta hipótesis, no deberían haber estado ahí. 

Vamos a ver qué pasa con este último hallazgo, pero hasta ahora ha sido una constatación tras otra de que, supuestamente según la versión de la Zanahoria, todos estos cuerpos no deberían haber estado donde los encontramos, y cada vez que tenemos un hallazgo resurge esta teoría de la Zanahoria: aumentan los testimonios por la versión de la Operación Zanahoria después de los hallazgos. Porque nosotros, como forenses, investigamos y buscamos cuerpos; no tenemos una hipótesis de la Zanahoria para probar. A nosotros nos contratan para encontrar los cuerpos de los desaparecidos. Hasta ahora es lo que hemos venido haciendo, que lo juzgue cada cual como quiera. Pero esos cuerpos que, según la Operación Zanahoria, no debieron aparecer, aparecieron. Nosotros seguimos el mismo camino: el de buscar cuerpos.

A propósito, en las últimas semanas se dio un cruce de miradas con tu antecesor López Mazz, arqueólogo grado 5, quien cuestionó en Desayunos informales de canal 12 tu trabajo. Dijo: “Creo que está equivocada. Es una excelente antropóloga biológica, pero se extralimita en su especialidad. Las ciencias forenses establecen espacios concretos con protocolos para estos procedimientos y evidentemente ella no maneja con soltura el tema de la estratigrafía. Su posición tiene cosas que no son sólidas”. ¿Qué tenés para decir?

Somos once personas que trabajamos en el equipo, once colegas; la mayoría son arqueólogos y fueron formados por el Dr. López Mazz, quien es docente de la Universidad. Por lo tanto, no dudo para nada de la formación de mis colegas. Creo que son excelentes arqueólogos. Y justamente, lo bueno de trabajar en el GIAF es que tenemos gente más dedicada a la arqueología, gente más dedicada al análisis de restos óseos, otros más dedicados al área preliminar, y somos todos juntos los que abordamos caso a caso. Yo no soy arqueóloga, pero eso no quita que este equipo no pueda interpretar lo que estamos investigando porque, de hecho, hay por lo menos cuatro personas que trabajaban con el Dr. López Mazz desde 2005 y fueron seleccionadas por él. Y todos los miembros del equipo están de acuerdo en la conclusión que tenemos, hasta este momento. No es una postura mía, es una postura del equipo, y en realidad, no es una postura: es el resultado de lo que hemos ido encontrando. No sé por qué él tiene el empeño en señalar que no estamos capacitados para hacer un trabajo que lo hacía él con esta misma gente. El que no está más es él, pero es el mismo equipo haciendo el trabajo. 

“Nosotros no sabemos si hubo algún cuerpo que se desenterró, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que hasta ahora hemos encontrado un montón de cuerpos que, según la Operación Zanahoria, no deberían haber estado ahí”

Él dice que cambiaste la metodología de trabajo. ¿Es así?

El equipo cambió la metodología de trabajo, es cierto. No me lo atribuyo a mí. Cuando Madres y Familiares le retiró la confianza [a López Mazz], el equipo queda acéfalo. La Udelar no nombra un nuevo coordinador, me nombra a mí como “referente” y me aclaran que yo no soy la coordinadora. Generamos esta cosa de empezar a trabajar todos juntos, y todos a opinar, todos a vincularnos con Familiares por primera vez, vínculo con otras instituciones que estaban trabajando en la búsqueda, y recién cuando el Grupo de Trabajo de Verdad y Justicia toma la tarea de la búsqueda, es cuando me nombran coordinadora del equipo. Pero siguió siendo un grupo en el que todos opinamos, todos escuchamos, donde cada uno desde su saber hace aportes. Y ese cambio en la metodología es cierto: lo hicimos todos, después de sentarnos a hacer una autocrítica: “¿Por qué no estamos encontrando restos? ¿Hubo un operativo que los retiró, como dice la hipótesis de la Zanahoria? ¿O tal vez hay algo en el abordaje que haya que revisar?” Y eso fue lo que hicimos: revisar el abordaje y volver a trabajar en esos lugares. 

¿Y ahí qué se hizo?

Ahí vimos qué se había excavado, qué extensión de una cautela se había excavado, por qué se había excavado allí (qué información había dado lugar a esa intervención). Lo mapeamos todo y lo volvimos a interpretar. ¿Qué posibilidades hay de que se haya interpretado mal esta información? ¿Qué tal si “cruzando la cañada” era cruzándola desde el otro lado? O “subiendo la lomada y doblar a la derecha”, si yo entro por otro lado, es hacia otro lugar que debía subir la lomada. ¿Qué tal si el polígono de tiro o el polvorín era otro, y no el que se excavó?

De hecho, el hallazgo de los restos de Fernando Miranda se da a 90 metros de donde se encontraron los restos de Eduardo Bleier, pero el primero fue en 2005 y el segundo en 2019. ¿Cómo se explica?

Exacto: el cuerpo de Miranda se encuentra en 2005, y a 90 metros, pero en 2019, se encuentra el cuerpo de Bleier… El cuerpo de Bleier se pudo haber encontrado en 2005. Tuvimos que llegar al año 2019 para encontrarlo. ¿Por qué? Sencillamente, por abordar toda la zona y llegar al borde del arroyo Miguelete, con la misma información que había en 2005. Es una decisión de cómo vos lo interpretás y qué decisión metodológica tomás. ¿Hasta dónde excavo? Porque nadie te da precisión, salvo el famoso “punto G” de María Claudia García, en el que se dijo que en un lugar muy preciso con “99,9%” estaba el cuerpo [N. de R.: y no estaba, fue una información falsa]. Normalmente la información que tenemos es: “al fondo”, “en el monte”, “en el chiquero”, “ceca de”. Entonces, es una decisión tuya: “¿Hasta dónde excavo? ¿Por qué se excavó hasta ahí en el Batallón 13 y por qué no se siguió hasta el Miguelete? ¿Vamos a seguir hasta el Miguelete? Porque chances había. ¿Por qué no podría haber un cuerpo ahí? “Vamos”. Eso se hizo, y apareció el cuerpo de Bleier, pero en agosto de 2019.

Nosotros pedimos en 2020 volver al Batallón 14 con la misma estrategia. Volvamos al Batallón 14 porque hay lugares que se excavaron de manera poco exhaustiva, donde no se cubrió la cautela y donde hay mucha información de que ahí podría estar María Claudia [García de Gelman], y otra gente enterrada, si seguimos estos informes que tienen varias cuestiones que no fueron ciertas (pero no importa)… La información es esa: que hay cuerpos enterrados en el 14. Entonces, volvamos a esos lugares, volvamos a cubrir la totalidad de las cautelas, a ver si no hay un cuerpo cercano a otros enterramientos. Bueno: junio de 2023, otro cuerpo enterrado a 90 metros del maestro [Julio] Castro.

En el programa En perspectiva de Radiomundo dijiste, narrando el momento del hallazgo en excavaciones: “Es un subidón de adrenalina, una emoción muy grande, e inmediatamente esa alegría se transforma en tristeza”. Ampliame esto.

Foto: Gentileza del GIAF.

Foto: Gentileza del GIAF.

“El cuerpo de Bleier se pudo haber encontrado en 2005. Tuvimos que llegar al año 2019 para encontrarlo. ¿Por qué? Sencillamente, por abordar toda la zona y llegar al borde del arroyo Miguelete, con la misma información que había en 2005”

El otro día estaba escuchando un podcast que hablaba de las emociones y me iluminó. Hablaba de por qué sentimos esa sensación de alegría, que inmediatamente se transforma en tristeza. Decía que algo que buscamos durante muchos años, un día aparece, y es tremenda alegría, pero inmediatamente viene la tristeza porque hay un familiar al que le vamos a tener que dar una información que, si bien está esperando, es triste. Nunca es fácil enfrentar a un familiar, ni siquiera con los años que han pasado, y decirle que encontramos los restos de su familiar, y en qué condiciones, y qué trato sufrió. Te puedo decir que en los primeros minutos hay algo corporal que no lo podés dominar, ese subidón, y la parte de la tristeza, tarde o temprano te llega. Hay compañeros del equipo que lloran, lagrimean, otros demoramos un poquito más, nos llega con la reflexión…

Has dicho que te encontrás con la última página del libro o el último minuto de una película y tenés que ir hacia atrás, para conocer los instantes previos y explicar el contexto del hallazgo. ¿Cómo es eso? 

Es como que nosotros tenemos el final de la película: encontramos el cuerpo, encontramos un cuerpo. Y a partir de ese momento, la tarea es darle un nombre. Que no es un nombre que vamos a crear, es un nombre que ya existe. Esa persona ya existía, tenía una historia, tenía toda una vida, y nosotros tenemos que ir desde esos huesitos a descubrir esas páginas que ya estaban escritas. “Bueno, es una mujer. Tiene tal edad, tiene tal estatura, sus huesos tenían tal patología”, e ir llenando esas páginas que parecen estar vacías, hasta llegar al momento de la identificación y poder darle el nombre. Parte de esas páginas se van a llenar con lo que las familias nos van diciendo. Nosotros podemos decir: “Tiene unas inserciones musculares que no logramos entender qué actividad hacía la persona, pero sí sabemos que levantaba la cabeza y se tocaba el hombro”, y un familiar te dice: “Tocaba el violín”. Eso pasa en el momento de la identificación, cuando vienen al laboratorio. Es como un libro que alguien borró, y nosotros tenemos que volver a reescribirlo. 

¿Es cierto que cuando encuentran huesos y los llevan para el laboratorio les dicen: “Hola, compañero”, y cuando se van, se despiden: “Chau, compañero”?

Es cierto (se ríe). Es parte de lo que te decía al inicio. Nosotros sentimos un cariño por esos restos. Todavía no sabemos de quién son, hoy, a la fecha que estamos. Pero ya sentimos un cariño. Pero sí, es verdad, venimos de un fin de semana largo, abrís la puerta y le decís: “Hola, ¿qué tal?”. Los saludás… Eso se inició con el maestro Castro, que fueron los primeros que tuvimos para analizar nosotros, y no que pasaran a ser analizados por otra institución. Y quedó como un ritual. Nosotros también tenemos curiosidad y ansiedad por saber a quién pertenecen. Y lo buscamos tanto tiempo, y lo tenemos ahí, lo limpiamos, lo acondicionamos. Le damos un cariño.

¿En qué momento te sentís realizada y decís que valen la pena todos los años que estudiaste, que valió la pena la espera, las privaciones?

Yo me siento muy feliz y muy realizada profesionalmente, porque siempre tengo trabajo. Ahora, cuando estoy trabajando con restos humanos es cuando me siento fantástica. La búsqueda es tediosa, lo que hacen mis compañeros todos los días en campo es muy duro —hoy me mandaron fotos de hielo sobre el césped—, pero yo me siento realizada cuando estoy frente a restos humanos, puedo decir que hago un aporte. Estar con los restos óseos me hace sentir que vale la pena. Obviamente, el hallazgo de un cuerpo es el summum, es cuando decís: absolutamente todo valió la pena, solo por este momento, donde tenemos un resultado para darle a una familia.

¿Sos de las que dice “los vamos a encontrar a todos”, o queda lindo decirlo, pero está alejado de la realidad?

Lo que sé es que si depende de nosotros, vamos a seguir hasta encontrarlos a todos.

¿Sos feliz?

Muy.

Por César Bianchi