Mientras la atención internacional sigue concentrada en la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, un movimiento más discreto —pero potencialmente decisivo—, avanza en el Cuerno de África. Según el analista Shay Gal, el verdadero cambio en el corredor del mar Rojo no se está produciendo en la península arábiga, sino en Somalia, donde Turquía habría construido algo más que una relación de cooperación: una arquitectura de poder paralela.
El analista en política internacional señaló en un artículo publicado en Israel Hayom que, bajo el paraguas del desarrollo y la asistencia, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan ha construido en Somalia una red de influencia que incluye “una filial marítima de un orden estratégico que el mundo se niega a reconocer”.
De este modo, resume la ecuación: Somalia recibe protección, inversión y servicios esenciales; Turquía obtiene litoral, concesiones, ventajas políticas y un corredor de proyección militar en uno de los cuellos de botella más sensibles del comercio mundial.
“Bajo el pretexto del desarrollo, Turquía ha asumido el papel de Estado sustituto: una base para el entrenamiento de miles de soldados somalíes, un aeropuerto y un puerto bajo concesiones a largo plazo que controlan sus líneas de oxígeno, un hospital nacional que lleva el nombre de Erdogan y un banco estatal turco —el primer banco extranjero en Somalia en medio siglo— que le proporciona a Ankara acceso directo al gobierno. Esto es influencia, no filantropía. Somalia recibe protección e infraestructura; Turquía recibe costa, concesiones, negación de responsabilidad y un corredor de lanzamiento”, sostuvo Gal en el encabezado de su análisis.
“Los hutíes e Irán acaparan los titulares, pero el centro de gravedad se ha desplazado: un Estado miembro de la OTAN proyecta su poder mucho más allá de sus fronteras, y todos miran hacia otro lado”, dice en otro pasaje del texto.
La tesis del análisis apunta a que Turquía estaría utilizando Somalia como un espacio offshore, fuera de los mecanismos de control y supervisión que rigen para los miembros de la OTAN. En ese entorno, el gobierno de Erdogan podría probar capacidades militares —incluidos programas de misiles— sin el nivel de escrutinio que enfrenta en suelo propio.
“Somalia no es socia de Turquía; es su representante, no a través de milicias ni banderas, sino mediante una soberanía paralela: un ejército, pasos fronterizos, doctrinas y costa controlados por potencias extranjeras. Esto no es ayuda; es una reestructuración en el punto estratégico más sensible del comercio mundial”, afirma el analista.
Esto encajaría en un mosaico más amplio que Gal describe como una acumulación estratégica de más de una década: desde la planta nuclear de Akkuyu, construida con participación rusa bajo cláusulas poco transparentes, pasando por vínculos con experiencia nuclear paquistaní, hasta exploraciones de rutas de uranio. Así, Somalia aportaría el elemento faltante: una extensa costa desde la cual ensayar sistemas de lanzamiento.
El autor advierte que una Turquía con capacidad nuclear no solo alteraría equilibrios regionales, sino que pondría en crisis la lógica de disuasión que sostiene la arquitectura de seguridad desde el Egeo hasta el Golfo. En ese escenario, doctrinas ya utilizadas por Ankara en su retórica frente a Grecia, adquirirían una dimensión mucho más amplia.
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