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El hombre de la tele

Almendras: “Ministro que dice ‘hemos perdido la guerra’ envía un mensaje al narcotráfico”

El periodista policial habló de la postura de Carlos Negro, criticó las políticas de seguridad y advirtió sobre lo que puede venir.

26.09.2026 08:00

Lectura: 10'

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Por Joaquín Symonds

Es de las caras más conocidas e históricas de la crónica policial uruguaya. Formó parte de una generación dorada y supo cubrir hechos policiales que comenzaron a marcar la faceta humana más negativa de nuestra sociedad, a su decir.

Jean Georges Almendras está radicado en Italia desde hace varios años. Dice que jubiló, pero es en los papeles porque es el director del medio digital Antimafia Dos Mil y especialista en crimen organizado. 

Su paso por Canal 4 le dejó varias anécdotas, como quedar en la línea de fuego entre la Policía y delincuentes en un operativo del 25 de agosto de 1989 en la vieja calle Londres. Con el lanzamiento de su primer libro, llamado ¡No te apretés carajo!, Almendras recorre el detrás de la escena de su trabajo durante más de 20 años. 

En entrevista con Montevideo Portal opinó sobre los gajes de su oficio y la actualidad de la seguridad uruguaya, acusando al Estado de tener un rol protagónico en impulsar resultados negativos con intentos de políticas que solo buscan maquillar la realidad. 

¿Cómo ves que cambió la forma de hacer periodismo policial con la irrupción de la era digital? ¿Qué te costó y te sigue costando adaptarte?

Eduardo Galeano decía que un televidente le dijo: “No cambies nunca, Eduardo Galeano” Y él respondía: “No, tengo que cambiar”. El cambio hace parte de la comunidad humana, hace parte de las distintas áreas de la convivencia humana. El periodismo es una rama de esa convivencia ciudadana que ha sufrido cambios enormes en los últimos 50 años. La irrupción de lo digital y las redes en los últimos 10 o 15 años es una revolución industrial más brutal que las anteriores, con una voracidad, una crueldad y una brutalidad sin precedentes. Tiene aspectos positivos: de alguna forma democratiza, porque todos ahora tienen derecho a opinar y opinan en redes. Hay una praxis de la libertad de expresión. Pero también hay situaciones lamentables como producto de esa democratización. Yo trabajé simultáneamente en televisión y en diario, con lenguajes completamente diferentes, lo que me generaba una esquizofrenia en mi período laboral. Antes, para cubrir crónica policial, había que estar en la calle con un camarógrafo y una tecnología profesional que producía un material bien perfeccionado. Hoy, ante un hecho imprevisto, tres personas en una entrevista salen con sus celulares. Se pierde en calidad, pero el hecho llega a París o a China en diez minutos. Esa inmediatez también modificó el desarrollo gerencial de la crónica policial. El contenido de nuestra profesión se intensificó, pero la metodología, la praxis en el terreno, obviamente se modificó. Hubo una generación que marcó época en crónica policial: Zampayo, Almendras, Nano Fole. Esa generación ya no está.

¿En algún momento sentiste que perdiste sensibilidad o que cambiaron aspectos de tu personalidad por lo que viviste cubriendo policiales?

La crónica policial es una especialidad que nos pone codo a codo con la condición humana en sus facetas más negativas. Se involucra con la emocionalidad y la vida familiar del reportero gráfico, del chofer y del periodista. Hay pinceladas positivas: cubrir un parto en la vía pública donde interviene la Policía, o el trabajo de emergencistas en accidentes de tránsito o incendios. Pero en su 80%, es el deterioro del ser humano que genera el delito contra la propiedad, los delitos contra la vida y después el delito de cuello blanco, que son las grandes corrupciones. Las patas involucradas en la crónica policial son la policía, el guardia penitenciario —que es un gran problema—, el delincuente o privado de libertad, las víctimas, y los jueces penales o fiscales. Los periodistas debemos congeniar con esa diversidad de presiones, más la emocionalidad, más las presiones de los medios y la competitividad del rating. Hoy serían las visitas, el Instagram, el streaming, el YouTube. Ese estrés no se ha eliminado; al contrario, se ha amplificado. El periodismo policial es terreno, no es solamente escritorio, computadora o WhatsApp.

¿Te cuestionaste en algún momento el estrés del rating?

Si yo pensaba en ese contexto, si durante 30 años me costó un riñón... soy monorreno. Ya no tenía los dos riñones por el estrés. El rating era un problema gerencial, un problema de los mandos medios o de la dirección de los medios. Nosotros recibíamos la presión. Almendras no trabajaba pensando en el rating. En mi mente estaba adrenalínicamente buscar llegar cerca del hecho, a la hora y en el momento del hecho. No era un concepto numérico. No quería tener rating, no quería ser famoso ni protagonista. Yo no tenía en mi ADN ni en mis sueños hacer televisión. Empecé en Últimas Noticias, donde hice mi carrera como periodista. Fue la televisión la que me atrapó según las circunstancias del momento. Renuncié escandalosamente poco tiempo después de entrar, cuando estaba casi en la fama, porque había cosas que no me congeniaban en un ambiente que para mí era tóxico. El medio televisivo es competitivo, y donde hay competencia se transforma en toxicidad más tarde o más temprano. Colesterol bueno o colesterol malo, pero colesterol al fin. Después me enlazaron de vuelta y terminé durando en televisión 20 años en total.

¿Cómo surge la idea del libro y por qué ese nombre?

La pregunta que me suelen hacer es por qué lo escribí. Yo les contesto: ¿por qué no habría de escribirlo? Desde hace 20 años mucha gente me decía que debería escribir un libro. Ese deseo confluyó con algo personal: soy muy archivador de materiales. Tengo una biblioteca voluminosa y un archivo voluminoso, tanto en fotografía como en video, libros, expedientes y papeles. Eso me genera el gran problema en cada mudanza. Primero colecté material cotidianamente; mi familia, que pobre me tuvo que soportar, y mis hijos también. El libro muestra el detrás de escena de la crónica policial, la trastienda que el televidente no ve. Ninguno de mis colegas —no solo en el ámbito policial, sino en general— creo que ha incursionado en mostrar el detrás de escena del trabajo. No lo digo arrogantemente, pero los hechos son claros.

¿Qué significa el título No te apretés, carajo?

No es una expresión del código penitenciario. Es algo que le dije a mi camarógrafo. Ocurrió el 25 de agosto de 1989, en la calle Londres. En ese entonces el equipo era con cable y micrófono físico; estábamos tironeando el cable. Queríamos estar cerca, en plena línea de fuego, para poder mostrar el hecho. Si no, mostrás a dos kilómetros, como pasa ahora cuando la policía acordona. En aquellos años buscábamos formas de romper ese cerco y entrar. El camarógrafo era Hugo Morino, una excelente persona y un excelente profesional que hoy en día vive. El libro está dedicado a él, entre otros. “No te apretés, carajo”. Quizás me lo decía a mí mismo. Estaba a escasos siete metros del hecho; mis otros colegas habían quedado fuera del área de exclusión. Yo estaba dentro. No se sabía qué podía pasar. Después me lo dijeron policías: "Almendras, vos estuviste en línea de fuego”. Yo no me di cuenta en el momento, sino después. Ese episodio del 25 de agosto fue el que me catapultó en cierto sentido.

De todas las historias del libro, ¿hay dos o tres que te hayan marcado más, incluso al releerlas?

Es una pregunta precisa cuya respuesta tendría que fragmentar. Si bien el episodio que me catapultó fue el del 25 de agosto, ya antes había tenido otras situaciones y después también. El capítulo que más me permitió comprender desde adentro la condición humana de los privados de libertad se titula “Nos cagan a palos”. Es una realidad del hoy. Lamentablemente, el tema de los privados de libertad —tanto menores bajo órbita del INAU como adultos— es una asignatura pendiente que tiene el Estado uruguayo. Todos los gobiernos posdictadura miraron a un costado. Recién ahora parecen descubrir el problema que estuvo sentado bajo la alfombra hace más de 50 años.

¿Creés que las cárceles siguen siendo un generador constante de violencia hacia afuera? ¿O Uruguay está a tiempo de cambiar?

No quiero ser irrespetuoso con la pregunta porque debería largar la carcajada. Me río por no llorar. Uruguay tiene 17.000 privados de libertad sobre una población de aproximadamente 3,5 millones de habitantes. La situación carcelaria es patética. El Estado es cómplice, es ideólogo del delito, en definitiva. Lo digo con autoridad como cronista policial, no institucional. El problema es transversal, como el narcotráfico, independiente del partido político de gobierno. No voy a nombrar partidos. Hay temas sin voluntad política: corrupción, desaparecidos, narcotráfico organizado, tema penitenciario. Cuando no hay voluntad política, los problemas sociales desbordan. Un ministro del Interior que en su primer discurso dice “hemos perdido la guerra con el narcotráfico” envía un mensaje subliminal al narcotráfico: “Muchachos, vía libre”. Es nefasto. Las soluciones aplicadas —endurecimiento de penas, allanamientos nocturnos, tanquetas— son soluciones para tapar un cáncer con una curita. Quien domina el poder es el político, el legislador, el que está sentado en la Torre Ejecutiva. A menos que sea una democracia payasa.

¿El tipo de mensajes como ese impulsa que estructuras mafiosas, especialmente italianas, se instalen en Uruguay como sucursales?

Italia tiene 200 años de mafia en la península. No podemos compararnos. Pero Sudamérica tiene los coletazos de esos 200 años de mafia; Uruguay incluido, porque no estamos aislados. El narcotráfico organizado a nivel transnacional es un negocio, con el detalle de que es un negocio de muerte y de sangre.

El narcotráfico son Estados paralelos, financieramente paralelos, que tienen más capacidad económica que el propio Estado. Convive con el capital financiero. El caso Rocco Morabito es elocuente: cae detenido en setiembre de 2017 y llevaba 15 años en Uruguay, específicamente en Maldonado, viviendo como un empresario con familia. La metodología mafiosa italiana sembró su semilla acá hace más de 20 años. La fuga posterior fue escandalosa y requirió recursos. La justicia italiana ya sabía que se iba a fugar. La 'Ndrangheta no es “vamos a hacer una rapiña y listo”: es una cultura, una forma de vida, un Estado paralelo. Igual que Cosa Nostra. Italia hoy es un narcoestado donde la mafia hace parte del poder político. No estoy diciendo ninguna obscenidad; tengo evidencias. En 2024 vinieron a Uruguay la Policía Carabinieri y la Policía Investigativa Antimafia de Italia. El mensaje que transmitieron fue textual: “Señores, queremos sensibilizar que la modus operandi de la 'Ndrangheta... lo que está pasando en este territorio pasó en Palermo hace 30 años”. Yo lo publiqué en Antimafia 2000.

Hoy ya podemos decir que somos igual que Palermo. El narcotráfico hizo su estudio de mercado y concluyó que Uruguay es ideal. Antes era ruta; hoy es ruta, acopio e infraestructura. Los escándalos son elocuentes: el caso Marset, ministros que renunciaron o fueron sacados, toneladas de cocaína por el puerto de Montevideo con escáneres rotos o inexistentes, lavado de activos, proyectos de ley que favorecen al narcotráfico. La logística jurídica se está modificando a favor. Lo que está pasando en Italia está pasando acá.

Por Joaquín Symonds