Por Clemente Calvo
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Eran casi las 15 horas de un jueves de verano atípico. El sol, intenso y radiante, se veía atenuado por una brisa fresca que transformaba la jornada veraniega en un día disfrutable. Sobre el cruce de la avenida 18 de Julio y Fernández Crespo, decenas de personas se aglomeran frente al semáforo en rojo, esperando para cruzar la principal calle del país. A escasos metros de eso, los vendedores de la feria de los Techitos Verdes observan el flujo de peatones a la espera de que alguno de ellos se transforme en su cliente.
La situación de los Techitos Verdes es preocupante y dista mucho de la puerta de esperanza que parecía abrirse el 13 de agosto de 2020, cuando la plaza fue renovada e inaugurada por las autoridades de la Intendencia de Montevideo (IM). “Este es un nuevo lugar para el empleo de 94 familias. […] Este nuevo lugar, junto con su modelo de trabajo, tiene futuro”, aseguraba aquel día el entonces director de la División de Promoción Económica de la IM, Ricardo Posada. Hoy, sin embargo, cerca de 35 de los 94 puestos permanecen cerrados y desocupados. Montevideo Portal dialogó con algunos vendedores, quienes reclamaron a la comuna por su inoperancia e inflexibilidad.
Vendedoras sentadas. Foto: Montevideo Portal
Un descenso lento, pero pronunciado
“Hay gente a la que se le va el día sin abrir caja”, dice Fernando López, vendedor y presidente de la comisión que reúne a todos los feriantes del lugar. López vivió todas las etapas de la plaza comercial: tiene su puesto de ropa y artículos escolares desde octubre de 1991, cuando la promulgación del artículo D.2270.1 de la IM marcó el nacimiento de los Techitos Verdes y otras 15 ferias en distintos puntos de la capital. En ese sentido, sorprende que muchos comerciantes le cedan la responsabilidad de explicar la situación.
Para 1991, el desempleo en Uruguay alcanzaba cifras preocupantes. Como medida para mitigar el impacto de la desocupación y organizar el creciente flujo de vendedores ambulantes en la capital, se reglamentaron estos espacios con la premisa de que los trabajadores se reinsertarían en el mercado formal una vez que la economía se recuperara. “Solo existía un shopping: el Montevideo Shopping. Todavía 18 de Julio tenía una vida importante. Existían las galerías y se vendía muchísimo”, recuerda López.
La feria trascendió la crisis y permaneció hasta convertirse en un ícono de Montevideo, pero hoy ya no queda rastro de aquel laberinto artesanal formado por chapas verdes, rebosante de vida. Al caminar por la plaza Manuel Oribe, se observa a los vendedores matando el tiempo de múltiples maneras. Algunos se sientan en la vereda a conversar en grupo, esperando que algún transeúnte se detenga ante su mercadería para interrumpir la tertulia y ponerse de pie. Otros escuchan la radio mientras ven pasar el intenso tránsito por las calles del Cordón. Incluso un señor de lentes, de unos 60 años, duerme sentado dentro de su local de ropa para bebés.
Además, las reglas del juego cambiaron. Los feriantes concuerdan en que hubo dos momentos puntuales que propiciaron grandes golpes para la plaza. El primero fue la decisión del Banco de Previsión Social (BPS) de pagarles a jubilados y pensionistas de forma remota. “Acá cobraban 50.000 personas por mes. Vos tenías casi 20 días de pagos, de colas de jubilados y pensionistas que cobraban y venían acá a comprar”, relata López.
El segundo impacto llegó con la pandemia del coronavirus, cuando la virtualidad se convirtió en la norma para los empleados de organismos como el BPS, Antel o la Dirección General Impositiva (DGI), así como también para la atención al público. “Eso ya quedó, no va a volver para atrás. Entonces no hay gente”, se lamenta López. “Y a eso sumale el fenómeno de las compras por internet: Temu, Mercado Libre… Son cosas que pasan y no podemos hacer nada al respecto”, agrega.
No obstante, los feriantes coinciden en que existe un actor indispensable para revitalizar la feria, pero que representa, al mismo tiempo, según señalan, parte del problema: la intendencia.
Puestos vacíos. Foto: Montevideo Portal
Anclados en el pasado
“Mirá esto, mirá”: Uno de los vendedores de ropa para bebés, ubicado sobre la calle Fernández Crespo, toma una pequeña libreta de hojas blancas. Cada página representa un día de la semana. “Cuando vos veas que está subrayado, es porque ese día no vendí nada”, explica. El hombre pasa las hojas; por cada jornada de venta, hay dos o hasta tres sin facturación. “Hay semanas que me voy en cero”, confiesa el vendedor. Lo mismo ocurre con otra señora con un puesto de ropa. “Hoy no vendí nada, ayer apenas una cosita sola”, relata.
“No da para vivir. Te puedo asegurar que el 90 % tiene alguna otra entrada”, comenta Fernando López. “Yo tengo a mi esposa enferma”, añade otro feriante con pesadumbre. Él ya es jubilado, pero de 10 a 18 horas cumple su horario en el puesto. Al caer la noche, debe realizar otro trabajo para llegar a fin de mes.
Los locales son propiedad de la IM, y cada vendedor tiene un permiso de la comuna para operar allí. Por lo tanto, es la intendencia quien dicta las reglas del juego. Desde hace un tiempo, los vendedores tienen un convenio que los exonera del pago de un canon mensual a cambio de costear los servicios de seguridad y limpieza del lugar, lo que les implica el desembolso de $2.600 por puesto. Si bien los vendedores reconocen que existe un diálogo fluido con el gobierno departamental, también advierten que es la propia intendencia la que incide sobre la renovación y la supervivencia del sector.
Uno de los problemas centrales, según señalan los comerciantes, es la excesiva duración del proceso de otorgamiento de permisos, lo que explica por qué más del 30 % de los espacios permanecen desocupados. “Es muy burocrático el otorgamiento de los permisos, entonces de repente pasan años en que el mismo local está vacío”, comenta López.
Según el presidente de la comisión, esto ya fue planteado formalmente a la IM. “Esta administración [con Mario Bergara como intendente] de entrada nos dijo que plata no había. Nosotros no precisamos plata; acá lo que estamos pidiendo es una reorganización de la feria para ocupar los lugares de trabajo. Capaz que hay personas que hacen algún tipo de manualidad y necesitan exponerla, o gente que de repente vende por Instagram y lo único que precisa es un local para que vengan a ver sus productos”, explica López.
El segundo obstáculo radica en que es la comuna la que regula qué mercancías pueden comercializarse en los Techitos Verdes y, por lo tanto, las restricciones son múltiples. Los productos autorizados fueron fijados en el decreto original de 1991, y sufrieron una leve modificación en 2018. “Lo otro que estamos trabajando con la IM es para que en los locales nuevos que se otorguen haya una ampliación de rubros, porque la ley es muy vieja”, comenta Fernando López.
Según el artículo vigente, los feriantes pueden vender “baratijas, artículos de plástico, cuero, madera o pequeños artículos de goma, artesanías, manualidades, antigüedades, cuadros, libros usados, llaves en el acto, cosméticos, flores, pequeños materiales eléctricos, láminas y figuritas, juguetes, repuestos para cocina, prendas de vestir”, entre otros productos.
“Cuando se hizo la ley original, no existían los teléfonos celulares. Entonces no puedo vender nada relacionado a eso, por ponerte un ejemplo. Un desmorrugador, a quién se le ocurría por aquel entonces vender uno. O también servicios, como una pequeña barbería o un local de manicura, que podrían funcionar porque a veces los chiquilines que recién empiezan no tienen plata para alquilar un localcito”, detalla López.
Montevideo Portal intentó dialogar con el Departamento de Desarrollo Económico, pero desde la IM manifestaron que no harían declaraciones, ya que el presupuesto quinquenal presentado el pasado lunes a la Junta Departamental contiene propuestas para la feria. “Qué es lo que tiene la intendencia, hoy por hoy desconocemos”, comentó el presidente de la comisión.
A pesar de las dificultades que atraviesan los comerciantes, López todavía cree que, con la gestión adecuada, se puede revitalizar la feria. “Es como decir: eliminamos todos los almacenes de barrio porque hay grandes supermercados. No, siempre va a haber un nicho. Pero tienen que haber propuestas nuevas, más variedad y también estamos hablando de una pequeña placita de comidas, un espectáculo de vez en cuando, algún juego infantil… Ese tipo de atractivos que hay en todos lados y que son gotitas de agua que ayudan a que el lugar funcione”, concluyó.
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