Montevideo Portal
Por Federico Martínez.
Montevideo fue escenario días atrás de dos movilizaciones con visiones opuestas sobre la situación política en Cuba.
Mientras organizaciones como el Frente Amplio y el Pit-Cnt convocaron una marcha frente al Palacio Legislativo bajo la consigna “Por la paz y contra el bloqueo imperialista”, horas después dirigentes de los principales partidos políticos de la oposición, junto a ciudadanos cubanos y venezolanos, se movilizaron desde la Intendencia de Montevideo hasta plaza Independencia reclamando “el fin de la dictadura”.
Las convocatorias pusieron en evidencia el choque de posturas sobre la realidad cubana: por un lado, quienes condenan el embargo de Estados Unidos y apoyan al gobierno de la isla; por el otro, migrantes y líderes políticos que denuncian restricciones a las libertades y la presencia de presos políticos.
Más allá de las consignas, cubanos que hoy viven en Uruguay relatan su propia experiencia de vida y también dan su visión sobre las marchas, que para algunos representan una forma de visibilizar la situación que vivieron en Cuba y de expresar su postura desde el exterior.
Antonio Moreno, cubano de 27 años, vive en Montevideo con sus padres. Cuenta que llegaron juntos hace un año y tres meses desde La Habana, después de vender su casa y desprenderse de bienes y negocios para poder emigrar. Explica que la decisión no fue por “aventura”, sino por desgaste: los apagones les impedían trabajar y la escasez hacía cada vez más difícil conseguir comida.
Describe la crisis eléctrica con ejemplos familiares: su tío llegó a pasar 26 horas sin corriente y les pronosticaban hasta tres días seguidos sin electricidad. Aunque esté fuera del país, dice que le duele porque tiene parientes allá y quiere una mejora real, sobre todo por el impacto que esa situación tiene en la vida diaria y en servicios sensibles.
Sobre las dos marchas del sábado 28 de febrero en la capital, ve cosas positivas y negativas. Le inquieta que muchos migrantes puedan estar indocumentados y que la exposición pública termine influyendo en cómo las autoridades uruguayas miran la migración cubana. Aun así, entiende que el debate nace de un problema de fondo que empuja a la gente a irse.
Relata que en Cuba tenían una cafetería, pero sin electricidad no podían vender y todo se volvía pérdida. “Nos cansamos”, sugiere, porque el esfuerzo no rendía y la vida cotidiana estaba marcada por apagones y falta de productos básicos. Al llegar a Uruguay, afirma que el cambio fue total.
Hoy trabaja en una fábrica de nailon, no está estudiando y se define más ligado al trabajo y a los negocios.
En cuanto a la división de opiniones entre cubanos, reconoce que existe, pero sostiene que debería haber más personas críticas del gobierno, porque “nadie quiere irse de su país” si este tuviera perspectivas.
Según cuenta, no fue a las marchas porque no se enteró a tiempo, y si pudiera pedirles algo a los uruguayos sería facilitar vías legales para que más cubanos puedan llegar sin tener que pasar por cruces y rutas peligrosas. Él sueña con regularizarse para traer a familiares, aunque tenga que pagar el pasaje.
“Dictadura; bloqueo nunca vi”
María Guerra de 51 años es oriunda de Cárdenas, no fue a ninguna de las dos marchas en Montevideo, pero siguió todo por televisión. Desde su experiencia, tras 48 años en Cuba, resume su postura sin matices: “Quien defiende a un dictador es tan criminal como él”.
Cuando aparece la discusión entre “bloqueo” y “dictadura”, afirma: “Dictadura; bloqueo nunca vi”. “Mi país”, dice, “jamás” estuvo bloqueado en el sentido en que se repite afuera, y si hoy se usa esa palabra, para ella describe otra cosa: una asfixia interna que se siente dentro del país.
Sobre la movilización opositora, comenta que vio la presencia de venezolanos y lanza un deseo urgente de intervención: “Ya deberían de meterse a Cuba como hicieron en Venezuela”, “ojalá pasara hoy mismo”, repite, imaginando un giro. No lo plantea como un debate abstracto, sino desde lo íntimo: su madre sigue allá y ella tiene que enviar dinero desde Uruguay.
Al hablar de su vida en Centroamérica, explica que no pasó la necesidad que ve hoy porque siempre trabajó. Cuenta que tenía una fábrica de zapatos, pero la dejó atrás cuando se agotaron los materiales: sin insumos, “desaparece el negocio”. Aun así, retrata la cotidianeidad como un desgaste continuo, porque “no puedes ni siquiera” comprar una libra de carne para cocinar algo simple en familia.
Agrega que viajó en diciembre y que, según su mirada, había productos “por el mercado negro”, aunque a precios imposibles para la mayoría. Lo que existe, insiste, no se puede pagar: es una disponibilidad reservada para pocos, mientras el resto queda fuera.
Ya instalada en Uruguay, vive con su esposo en la zona de Villa Española. Él trabaja en un club. Ella dice que ha trabajado desde que llegó, aunque ahora está sin empleo y confía en que “va a aparecer trabajo”. Cierra marcando distancia de la militancia: “Yo no soy una persona de meterme en política”, pero aun así insiste en que lo que ocurre hoy con el pueblo cubano “es criminal”.
“Venimos a trabajar y a ayudar a los nuestros”
Yaser Padilla, de 31 años, cuenta que salió de La Habana hace dos años empujado por la política, la cual describe como “muy sucia”. Habla de corrupción, represión, amenazas y acoso que alcanzan también a la familia. En su testimonio, en Cuba “no puedes expresarte” ni “pensar diferente”, y reclamar derechos como en Montevideo sería imposible porque “no hay libertad de expresión”.
Dice que trabajó en la construcción por cuenta propia y también para el gobierno, y que eso le complicó irse. Relata un episodio decisivo: con pasaje en mano, en migración lo frenaron con un “usted no puede viajar”, lo detuvieron y lo llevaron a una estación hasta que perdió el vuelo. Luego le dijeron que fue “una equivocación”, pero él lo leyó como algo deliberado y decidió salir rápido.
Con el dinero que le quedaba, compró otro pasaje y se fue casi sin recursos, “con 100 dólares”, para evitar que le repitieran la misma jugada. Después vivió en Brasil y terminó eligiendo Uruguay porque lo ve “mejor”, con gente “educada” y “más tratable”. Dice que el país es distinto a los otros que conoció, aunque el empleo suele llegar por recomendaciones.
Aun así, rescata que con paciencia “te abren muchas puertas”. Cuenta que recién empezó a trabajar: lo llamó una empresa, le hicieron contrato, y enumera oficios que maneja (construcción, albañilería, carpintería, electricidad y plomería). También menciona que en Cuba tuvo negocio y gente a cargo, pero que el contexto lo hacía inviable.
Su vínculo con la isla sigue pesando: toda su familia está allá y lleva dos años sin verla. Describe apagones permanentes y un internet “malísimo”, y afirma que la vida cotidiana se volvió insostenible. En Brasil, agrega, el salario era muy bajo como para tener la prioridad de ayudar a la familia a distancia.
Sobre las marchas en Montevideo, minimiza la movilización favorable al régimen: dice que se planificó en redes y terminó siendo de “cuatro personas… cuatro viejos”. En cambio, define la marcha opositora como “exitosa”, con unión y apoyo, aunque muchos no fueron por trabajo o por vivir en otras ciudades. Afirma que hubo respaldo en redes y que él mismo hizo videollamadas para sumar.
En su interpretación, el problema no es un bloqueo externo, sino uno interno: “El bloqueo es el interno”, impuesto por la dictadura contra el pueblo. Denuncia hambre; “hay quienes desayunan y no almuerzan ni comen”, y dice que eso se ve “en la diaria”, con videos circulando. También pide más apoyo en Uruguay: “no somos personas de mal”, “venimos a trabajar y a ayudar a los nuestros”, relata.
Cierra describiendo su situación actual: vive en un “cuartico” en Maroñas. Al llegar no consiguió trabajo, se quedó sin dinero, pasó cuatro días en la calle y una semana en un refugio. Luego otro cubano, dueño de un hospedaje, le dio un margen. “Te voy a dar 15 días… y el otro mes me pagas”, le dijo.
Karla Chávez Sánchez tiene 18 años y vive en Uruguay desde hace cuatro años. Llegó desde un pueblo de Matanzas con su madre, su hermana y su padrastro, aunque explica que recién pudo salir de Cuba en 2022 debido a la pandemia de covid-19. Dice que emigró buscando “una vida mejor”, pero también por “problemas políticos”.
Cuenta que en la adolescencia empezó a entender un poco el mundo y tomó “una postura muy opositora en contra del régimen”. Esa posición, afirma, le trajo muchos problemas que podrían haber sido peores si no lograba irse. Hoy estudia en la Facultad de Información y Comunicación y trabaja en atención al público.
Sobre las marchas en Montevideo, cuestiona la convocada contra el bloqueo. Sostiene que, tras vivir casi 15 años allí, puede decir que “no hay un bloqueo” y que esa idea sirve para “blanquear la imagen del régimen”. Para ella, la discusión real no pasa por ahí.
Karla rechaza que los cubanos que viven en Uruguay estén divididos en lo esencial. Dice que la mayoría ve a Cuba como “un gobierno dictatorial”, reclama libertad y exige que “liberen a presos políticos”. La diferencia, explica, está en el miedo. “A pesar de que estemos fuera nos persiguen”, dice.
También pide que en Uruguay se entienda mejor “la diferencia entre un bloqueo y un embargo económico”. Para explicarlo, recuerda que “el pollo que comía tenía una bandera” de Estados Unidos, porque era importado desde allí. Con ese ejemplo, busca cuestionar una idea que, según ella, no describe lo que pasa en la vida cotidiana cubana.
Aunque una gran parte de su familia sigue en la isla, mantiene un activismo fuerte en redes. Dice que quiere “llevar un mensaje de aliento” a quienes están dentro de la isla. Recuerda que el 11 de julio de 2021 salió a manifestarse “sin miedo alguno”, porque “la tristeza, la decepción, la ansiedad y la depresión eran más grandes que todo el miedo”.
“En cuba todo está limitado”
Madelyn del Río tiene 53 años y vive en Uruguay desde 2019. Cuenta que llegó sola desde la ciudad de Caibarién, pero que con el tiempo pudo traer a su familia: “Tengo hermanos, pero traje a todos conmigo, mis hijos, mis nietas, todos están aquí”. Trabaja como niñera.
Su testimonio se planta contra la marcha convocada por el Frente Amplio y el Pit-Cnt, a quienes acusa de ser cómplices de dictaduras. Desde ahí introduce su idea principal. “Mi pueblo sufre hace 67 años una dictadura”, dice. Y, según ella, la explicación del bloqueo es una “falacia” que no describe lo que pasa en la vida real.
“En Cuba no existe bloqueo”, afirma de forma directa, y enseguida redefine qué entiende por bloqueo: el verdadero, dice, es el del Partido Comunista. En su relato, ese control se traduce en falta de libertades: no poder expresarse sin miedo, no poder elegir a quién votar como presidente, no poder vivir con pluralidad política.
También denuncia el control de la información. Explica que los medios no pueden “hablar todo” y que “en Cuba todo está limitado”, porque, según ella, existe un único órgano oficial y de ahí tiene que salir lo que se publica. Lo que desde afuera se discute como política internacional, Madelyn lo baja al terreno cotidiano: censura, límites, y una estructura única que decide qué se puede decir.
Sobre quienes defienden al actual gobierno cubano, sostiene que suelen estar vinculados al régimen. Habla de “agentes de seguridad del Estado” y de personas ubicadas en funciones diplomáticas, y dice que son los que se escucha “hablando bien de la dictadura” incluso fuera de la isla. Para ella, no es una opinión cualquiera: es un engranaje que el gobierno “exporta” a otros países.
Recuerda las movilizaciones posteriores al 11 de julio de 2021, cuando hubo protestas en Cuba, y cuenta que en Uruguay hicieron una marcha “multitudinaria” y que esta nueva convocatoria le sigue. Habla de consignas y de “mucho amor” por la libertad de la isla caribeña, pero pone una condición política fuerte: no habrá transición, insiste, si antes no liberan a los presos políticos; “todos tienen que salir primero”.
En paralelo a su denuncia, presenta su trabajo social. Explica que integra la Asociación Civil Manos Cubanas, fundada hace tres años, y aclara que es humanitaria, no política; ayudan a inmigrantes de cualquier nacionalidad y, cuando pueden, también a uruguayos.
Hacia el cierre, vuelve a la situación actual para justificar su urgencia: “ahora mismo mi pueblo tiene 72 horas de apagones”, dice, y lo califica como “no humano”. Según su mirada, mientras eso ocurre el gobierno insiste con la retórica del bloqueo, pero ella lo rechaza.
La doctora Daycee Zamora, médica cubana radicada en Montevideo desde hace siete años, fue una de las impulsoras de la marcha realizada el pasado sábado 28 de febrero por la tarde en la avenida 18 de Julio.
En su testimonio a Montevideo Portal, Zamora señaló que la movilización tuvo una gran convocatoria y marcó un precedente entre los cubanos que viven en libertad en Uruguay. También remarcó que el mensaje central no fue pedir ayuda material, sino “exigir derechos y visibilizar la situación que atraviesa el pueblo cubano”.
Además, destacó que la convocatoria fue especialmente valiosa porque muchas personas participaron “a pesar de la barrera del miedo que existe”, en alusión a posibles represalias contra cubanos en el exterior o contra sus familias en la isla. “Fue hermoso ver cómo podemos vivir en libertad y democracia en Uruguay”, afirma.
Por último, cuestiona al Frente Amplio y al Pit-Cnt por la movilización convocada el mismo día.
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