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Seré Curioso

“Creo que se viene un cambio grande en Venezuela, porque han pasado cosas tan fuertes”

Mariana Salas es una caraqueña geógrafa y cocinera. Hace 13 años que está en Uruguay y ayudó a coterráneos de forma directa tras el sismo.

04.07.2026 08:00

Lectura: 27'

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Por César Bianchi

Mariana Isis Salas (44) llegó a Montevideo casi de casualidad, para un congreso de geógrafos latinoamericanos. Y fue amor a primera vista, o casi. Cuatro años después, ni lo pensó. Hizo las valijas y dejó su Caracas natal para radicarse en Uruguay. No lo hizo porque la estuvieran expulsando Chávez ni Maduro, sino porque tenía el sueño de desarrollarse profesionalmente en el exterior.

Llegó en abril de 2013 y el otoño la maravilló de entrada: los árboles con sus hojas caducas en el piso la sorprendieron para bien. Después llegó el hábito del mate y el don de gentes de los uruguayos. Ganó un llamado del Ministerio de Vivienda y consiguió empleo, y como cocinera también trabajó, sobre todo vendiendo tequeños. Y empezaron a llegar cada vez más amigos venezolanos a Uruguay, con lo que se dio cuenta que algo pasaba en su país que expulsaba tantos compatriotas.

A la “democracia desdibujada” —Mariana dixit— le llegó la intervención extranjera de Trump en enero de este año, Maduro esposado y con lentes símil futuristas, y más recientemente, el brutal terremoto en Caracas y La Guaira y sus secuelas que ha dejado más de 2.000 muertos y decenas de miles de heridos y desaparecidos. Tal vez por tanto ensañamiento del destino con Venezuela, Mariana Salas dice que se imagina que “algo grande” está por llegar a su país. Algo así como decir que después de tanta infamia, seguro las buenas nuevas están por llegar. Eso, al menos, es lo que espera esta mujer que siente a Uruguay como su nueva patria, y que ha ayudado de forma directa a muchos caraqueños necesitados, y no se plegó a la recolección de otras organizaciones en la Embajada de Venezuela por entenderlas “desorganizadas”.

¿Quién sos?

Mi nombre es Mariana Isis Salas, algunos me conocen como Garza Mora porque es mi marca personal. Soy venezolana, me defino como mujer migrante. Soy geógrafa y cocinera, y me vinculo mucho con actividades culturales que tienen que ver con la promoción de nuestras culturas, porque trabajo con varios artistas migrantes y también uruguayos aquí en Montevideo.

Sos caraqueña. ¿Cómo recordás tu infancia en Caracas?

En Caracas la infancia podría ser similar a lo que sería aquí en Jacinto Vera donde vivo: los niños en la calle, jugando con vecinos en el barrio, en la plaza. Nosotros andábamos, salíamos de la escuela e íbamos a jugar por ahí. Aparte la escuela nos quedaba cerca, entonces nosotros íbamos caminando y volvíamos.

Por lo general, siempre viví o trabajé cerca de mi casa, que ahora que lo pienso, es un lujo, porque tengo amigos que tenían que viajar hasta dos horas para estudiar en Caracas o ir a trabajar. Yo siempre me moví entre Las Acacias, Los Chahuaramos… En la adolescencia empezó a ser más complicado por el tema de la violencia… Caracas siempre fue la ciudad latinoamericana más peligrosa del mundo, y nosotros crecimos con eso. De niño capaz no eras consciente; después, más de adolescente te dabas cuenta.

¿Cuándo fue la primera vez que fuiste consciente de esa violencia?

Desde chiquita. En mi casa se metían a robar. Teníamos que salirnos porque, bueno, para que no nos hicieran nada. Esos momentos eran tensos, muy chiquita, tendría 8 o 9 años.

Pero, en la adolescencia, ¿era más normal ver militares en la calle o qué?

Eso se volvió más común, sí. Al principio lo de siempre era ver gente muerta en la calle, porque lo mataron y justo pasaste por ahí y lo estaban levantando. Eso era muy común. Antes de yo venirme, Caracas era una ciudad donde había mucho tiroteo siempre. Y eso nos perturbaba mucho porque primero eran los fines de semana, pero después era cualquier día. Empezó a ser una ciudad mucho más peligrosa y nosotros igual nos movíamos. Uno se protegía andando en grupo con los mismos amigos, nos divertíamos en nuestro mundo, porque bueno, uno aprende a protegerse. Pero eso no quiere decir que no haya sido una ciudad violenta. De eso me di cuenta cuando vine a vivir a Uruguay…

Al comparar tu país con otro país…

Claro, porque (Uruguay) era mucho más tranquilo. Aparte Caracas se había puesto una ciudad muy ruidosa, en exceso. Siempre había elecciones de algo, siempre, durante todo el año, entonces era siempre parlantes. Mucha bulla, música, ruido. Estaba cansada, ahí me empecé a postular a trabajos…

Yo ya había venido a Uruguay en el 2009 a un congreso de geógrafos que se hizo acá, y ahí había conocido el país, porque vinimos varios geógrafos venezolanos, más otros de Brasil, Argentina, México, Perú.

¿Cómo advertiste esa vocación de geógrafa?

Cuando me fui a anotar a la Facultad de Humanidades —acá se estudia en Ciencias, de hecho, mi título aquí se ha validado en Ciencias, pero allá se estudia en la Facultad de Humanidades y Educación, la geografía tiene igual de peso lo social y lo ambiental—, era porque se ve que me gustaba eso. Allá era difícil entrar a estudiar en la universidad, porque como había tanta demanda, yo esperé dos años para poder entrar, después que me gradué del bachillerato. Y eso que iba con buenas notas. Pero había que hacer unas pruebas, no es que solo te anotabas y ya.

Me gustaba mucho la comunicación, también. De hecho, yo puse esas opciones: geografía, historia y comunicación social, como de última. Pero tengo mucha vocación por la comunicación.

¿Qué hace un geógrafo? Porque tengo claro a qué se dedica un docente de Geografía, no tanto qué hace un geógrafo…

Nosotros aquí estamos agrupados por una comunidad que se llama GeoRedUy, donde somos profesores y licenciados de geografía, ya sea graduados o estudiantes. Es una comunidad pequeña —imagínate que en Uruguay recién hay 60 o 65 geógrafos graduados, son muy poquitos—, y bueno, llegamos un montón de venezolanos también. La diferencia principal con los profesores y los licenciados es la pedagogía y la didáctica. Porque eso no nos lo enseñan a nosotros. Los geógrafos no estaríamos capacitados para dar clases, los profesores sí, porque tienen que estudiar didáctica y pedagogía para enseñar geografía.

Yo tengo experiencia tanto en Venezuela como en Uruguay como geógrafa. En Uruguay es como que recién se están dando cuenta, de todos los ámbitos de acción, que tenemos un rol a cumplir. Cuando yo me vine de Venezuela, la geografía estaba en su fase top, pero top, o sea, en casi todas las empresas públicas y privadas había un geógrafo. Trabajábamos siempre en equipos multidisciplinarios con ingenieros, arquitectos, con sociólogos, para mirar la parte territorial. Acá en Uruguay hay proyectos de los más técnicos vinculados a lo ambiental. Tengo amigos que trabajan en el Observatorio Ambiental Nacional, tengo amigos que trabajan en el Ministerio de Salud también, y tengo amigos que trabajan en la Dirección Nacional de Topografía, más vinculado a políticas sociales.

“Yo tengo experiencia tanto en Venezuela como en Uruguay como geógrafa. Cuando me vine de Venezuela, la geografía estaba en su fase top, en casi todas las empresas públicas y privadas había un geógrafo. Acá en Uruguay hay proyectos de los más técnicos vinculados a lo ambiental”

Yo hasta hace poco estaba trabajando en turismo rural y comunitario, porque me gusta también toda esa parte social que está vinculada a lo que yo hago en mi cotidianeidad. Pero el campo de acción del geógrafo, la base, es el territorio, el análisis de todas las relaciones sociales y ambientales que existen en el territorio. Y ahí nos sentamos a trabajar con nuestros profesionales, porque lo lindo de eso es que desde las otras miradas te cuentan cómo ellos ven el territorio. Uno siempre piensa en el mapa: cómo lo veo en el mapa. Es una profesión muy linda, es muy incomprendida.

¿El interés por la cocina nace en Venezuela? ¿Te gustaba cocinar allá?

Sí, yo estudié una tecnicatura en cocina, en gastronomía. Yo tengo dos vocaciones: la geografía y la cocina. De joven no me salía tan bien porque eso es algo que tú lo vas practicando también, pero mi abuela era cocinera, mi mamá era profesora de Biología, pero le gustaba mucho cocinar. Entonces había algo ahí.

La cocina en muchos países tropicales —porque no solamente en América, en África, en Asia también— la cocina tiene como un principio gregario. La cocina te junta. Cuando llega uno, lo primero que uno le dice es: “¿Quieres un cafecito?”. Porque es a través de alguna conexión, de alguna práctica cultural vinculada a la comida que nos conectamos.

Acá es similar. Acá en Uruguay, si querés juntarte con amigos, decís: “¿Vamos a hacer un asado?”. Y si tenés que hablar de un tema importante, también: “Hay que hacer un asado”.

Exacto. Por eso el asado tiene toda esa ritualidad que te lleva a eso. Cada quien tiene un rol, y se pide “un aplauso para el asador”. Cada cosa que voy pensando nos vincula mucho hacia el ritual de la comida, de algo. Capaz que cuando emigré, me di cuenta que la cocina tenía salida laboral más rápida que la geografía. Y mientras no encontraba trabajo en geografía, trabajé en no sé cuántos restaurantes.

Llegaste a Uruguay en 2013, tras tu visita inicial en 2009 en ese congreso de geógrafos latinoamericanos. Para llegar aquí, antes tuviste que tomar la decisión de irte de tu país…

Esa decisión la tomé en el 2009, cuando vine al congreso de geógrafos. Y cuando yo vine, vi una ciudad tranquila, que era lo que estaba buscando. Quería bajar un poco toda la locura caraqueña, esa locura que te gusta, pero que a veces te parece demasiado... Es como Buenos Aires, que a veces quieres ir unos días, pero enseguida vuelves. Y eso me gustó, me pareció siempre una ciudad segura para una mujer sola, como yo en ese momento. Yo justo había terminado una relación, y dije: “Este país me gusta”. Es un lugar lindo, es tranquilo. Y yo siempre tuve mucha fe en mi profesión.

“Mi motivación no era irme del régimen de Maduro. Yo sí quería estar en un lugar donde la decisión técnica estuviese por encima de la decisión política. Eso no pasaba allá. A mí me costaba mucho estar en una mesa de trabajo donde los profesionales decían 'no' y los políticos decían 'sí'”

¿Pero a su vez querías escapar del chavismo?

En aquel momento no... Mi principal motivación no era esa. Yo sí quería estar en un lugar donde la decisión técnica estuviese por encima de la decisión política. Eso no pasaba allá. A mí me costaba mucho estar en una mesa de trabajo donde los profesionales decían “no” y los políticos decían “sí”, entonces era como... Me frustraba, a mí me frustraba. Y decía: “No, así no puedo”.

¿Tuviste militancia política en Venezuela?

No, nunca, en ningún lado, ni aquí ni allá. Yo trato de no vincularme con nada político. Todos somos seres políticos, y tenemos sentimientos políticos, pero no lo mezclo, porque precisamente pienso que el proselitismo político no debería manchar las diferentes cosas que hacemos. Podríamos estar todos trabajando en el mismo proyecto, no importa el bando que sea. Eso lo he visto acá en Uruguay, lo he podido vivenciar.

Pero, ¿tú dirías que tu país, en los últimos 20 años, hubo un régimen democrático? ¿Creés que las elecciones fueron limpias y no hubo amaño?

Nosotros comenzamos con un régimen democrático que después se fue desdibujando, y ahora no sabemos ni lo qué es. Yo cuando me vine estaba toda la transición de cuando (Hugo) Chávez se fue a Cuba a internarse, y quedó (Nicolás) Maduro. Fue ese momento de transición que fue una locura. Y después ganaron las elecciones y todo eso. Y, bueno, después de ahí para allá el cuento todos lo sabemos, ¿no?

¿Tú crees que empeoró la salud democrática de Venezuela con Maduro?

Sí, sin duda. Nosotros tampoco nos dimos cuenta en un principio… Después, como que nos fuimos dando cuenta. A mí lo que me hizo cambiar el chip, lo que me hizo pensar: “Oye, aquí pasa algo” fue cuando se empezaron a venir más amigos. Porque yo fui la primera que llegué. Yo llegué sola a Montevideo. Yo no vine ni con familia, ni amigos de nada. Vine sola. Y después empezaron a llegar muchos amigos. Y lo que para mí fue mi ilusión de trabajar o estudiar afuera, para ellos era otra cosa. Era: “Yo me quiero ir de allá”.

Lo de tus amigos fue un exilio político, y no había sido tu caso.

Así es. Eso a mí me hizo abrir los ojos y decir: “Algo está pasando”. Porque inclusive nos decían: “No, son algunos, pocos”. Y ya cuando salió la estadística de 8 y 9 millones era tipo: “Bueno, en serio, aquí pasó algo”.

Se dibujó la democracia en Venezuela. Y nosotros hemos intentado vivir con eso… Es difícil porque al no estar allá… Yo me cuestiono sobre el criterio que yo pueda tener, porque yo no vivo allá, y no voy desde el 2018. Y las cosas que yo hoy puedo hablar es porque yo me comunico a diario con mis amigos, mi familia, y les pregunto tal cosa, y ellos me cuentan. Es a través de eso, porque también las noticias que llegan no te cuentan todo.

¿Y qué es lo que te dicen tus amigos y familiares? ¿Qué es lo que te llega allá?

Y bueno, ha habido periodos más rudos, que coinciden con la época de cuando mis amigos llegaron acá. Cuando ellos llegaron acá había mucha crisis allá, y esa crisis la vivió todo el mundo, no importa el bando político en el que estabas. Porque era difícil para todos. Y después, hubo momentos de mejora. Yo creo que el año pasado empezó a estabilizarse un poquito más. Parecería loco, porque después de aquellas elecciones que fueron medio fraudulentas, algo pasó que se empezó a estabilizar un poco más la economía. Yo no sentía de mis amigos que la estuviesen pasando tan mal. Ya el 17 y 18 fueron los años más difíciles, esos fueron los años catastróficos. Ya Chávez no estaba. Maduro es presidente desde el 2013, yo llegué a Uruguay y Maduro ya era presidente.

¿Y cómo tomaste la noticia de la intervención de Estados Unidos y la detención de Maduro el pasado 3 de enero?

Para nosotros fue fuerte… Estando tan lejos nos empezamos a enterar de cosas desde muy tempranito. No entendíamos nada.  Para mí fue triste.

Porque, por un lado, les quitaron al dictador, pero por otro lado, fue una clara injerencia foránea en los asuntos soberanos de los venezolanos. ¿Cuál fue tu reacción?

Yo creo que la celebración fue un poco irracional. Capaz celebré porque no quería ver más la cara de alguien que nos estaba haciendo daño —yo lo veo así—, con mis amigos hablamos de esto muchísimo, y teníamos miedo, era como tristeza de haber visto cómo entraron al país y bombardeaban. Y el hecho político de que se lleven al presidente, por más que haya ido elegido de la forma que podamos discutirlo. Pero entraron y se lo llevaron. Todo eso fue tan perturbador… Yo veía los videos de cómo bombardearon Caracas y me entristeció. Yo tuve que pedir licencia médica porque no lo superaba.

“Creo que la celebración porque se llevaron a Maduro fue un poco irracional. Capaz la gente celebró porque no quería ver más la cara de alguien que nos estaba haciendo daño, pero teníamos miedo, tristeza, de haber visto cómo entraron al país y bombardeaban”

Volvamos a 2013 cuando llegaste a Uruguay. ¿Cuáles fueron las primeras impresiones que te llevaste de Montevideo?

Llegué en otoño. Era la primera vez que vivía un otoño aquí. Nosotros somos un país donde casi todos nuestros árboles son perennes, y ver acá en otoño fue como lo llamativo: “Ah, mira, los árboles quedan sin hojas”. Eso me pareció curioso, y algo místico tiene el otoño aquí. Hay muchas canciones que hablan de la magia de abril. Yo vine justo en abril. Y hay algo ahí… Me gustó. Y sobre todo eso de estar sola, pero sentirme segura. Eso fue lo principal. Estuve igual pocos meses en Montevideo, porque después me fui a Artigas.

¿Por qué te fuiste a Artigas?

Porque gané un llamado del Ministerio de Vivienda —en aquel momento se llamaba Ministerio de Vivienda Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (Mvotma)—, quedé en un llamado y allá estuve tres años. Vivir en Artigas hizo que mi experiencia migratoria fuera totalmente diferente a la de mis amigos, porque vi a otro Uruguay. Otro Uruguay que a veces los mismos uruguayos no conocen. Si yo buscaba tranquilidad, eso fue realmente tranquilo, porque era una ciudad de 40.000 habitantes. Yo venía de una ciudad de 2.500.000 de habitantes (Caracas), pero eran 6 millones en la zona metropolitana. Entonces de 6 millones a 40.000 pobladores, el cambio fue muy fuerte.

Me dijiste que la cocina te ofrecía una salida laboral más rápida que como geógrafa. Trabajaste en varios restaurantes…

Trabajé en varios restaurantes, también hice una suplencia como profesora en el colegio Seminario, hasta que me salió ese llamado del Mvotma, y me fui a Artigas a trabajar. Pero cuando volví a Montevideo en el 2015, cuando me quedaba sin trabajo en geografía, me ponía a vender algo por mi cuenta, o me iba a algún restaurante. Vendía tequeños, sobre todo, e incursioné un tiempo con comida vegana. Durante el año tenía más clientes uruguayos y a fin de temporada tenía más clientes venezolanos. Hoy hay una comunidad de venezolanos importante en Uruguay, somos cerca de 50.000, si no aumentó más la cifra. Y de esos 50.000, casi 30.000 estamos acá en Montevideo.

¿Y se juntan a comer comida venezolana y hablar de su país?

Nosotros nos juntamos a comer de todo, porque en el ámbito en el que yo estoy me junto con migrantes de muchos países. Lo rico de mi experiencia ha sido eso: no moverme solo en un nicho de venezolanos, si no que somos un nicho de migrantes. Podemos hacer comida africana, mexicana, siempre nos juntamos y hacemos algo. Y la comida es algo central.

“Garza Mora es mi empresa, es mi marca personal. Es desde donde yo promociono la gastronomía y la cultura, todo lo que se vincula a través de la gastronomía. Es un puente para preservar la diversidad cultural a través de la comida”

¿Qué es Garza Mora?

Garza Mora es mi empresa, es mi marca personal. Es desde donde yo promociono la gastronomía y la cultura, todo lo que se vincula a través de la gastronomía. Es un puente para preservar la diversidad cultural a través de la comida. Eso es lo que es Garza Mora hoy día.

Tú también das talleres con la cocina como excusa…

Mi propuesta de taller de investigación es un laboratorio creativo que se llama Cocinas Culturales, y con este laboratorio he recorrido varias escuelas, centros juveniles, y hoy tengo un espacio permanente todos los martes acá cerca, en el Espacio Cultural Jacinto Vera, con talleres para infancia y para adultos, como decías: con la cocina como excusa. Con esas prácticas culturales nosotros recorremos todo el mundo. Tenemos un mapa donde vamos poniendo las recetas que hacemos y hablamos de las prácticas culturales. Y siempre lo que más buscamos es: “¿Qué es lo que nos une, de las prácticas culturales de otros países, con lo que hacemos en Uruguay?”. Y el mensaje lo llevamos hacia ahí. A través de estos talleres nos hemos dado cuenta de que nos unen muchas más cosas de las que pensábamos. Hay muchísimas cosas que nos unen, y eso es lindo: que el uruguayo se identifique con lo que hacemos, que ustedes ahora casi no lo hacen

¿Y Mosaico Cultural qué es?

Mosaico Cultural es mi otra banderita. Ahí estamos con 13 migrantes; es un espacio que gestionamos con Blanche Kambou, de Burkina Faso y Daniely Benítez, que también es de Venezuela. Nosotras tres gestionamos el espacio, y se nos suman 10 talleristas más, uruguayos y migrantes. A partir de ahí, todos los sábados en el Centro Cultural Terminal Goes, de 16:00 a 18:00 horas, hacemos talleres de diferentes temáticas. Por ejemplo, este sábado (hoy) hay un taller que se llama “Carrasquiñas, Juegos y canciones de Galicia”. Lo da una profesora que se llama Adriana Puoy, de un grupo que se llama “Quero vos”, que en gallego significa “Te quiero”. Después, el 25 de julio celebramos el día de la mujer africana, afrolatina y afrocaribeña, y vamos a hacer una actividad de calle. En junio estuvimos con San Juan, en agosto vamos a hacer talleres para infancias de Colombia, de Uruguay, de Burkina Faso, todo para las infancias.

Todo eso suena muy interesante, pero son trabajos honorarios…

Es gratuito, absolutamente honorario y gratuito. Lo comenzamos de manera autogestionada y descentralizada. El año pasado ganamos un fondo, el Fondo Municipal de Cultura Comunitaria, y con eso hemos costeado los talleres cada sábado. Hasta diciembre tenemos cubiertos todos los talleres.

¿Y de qué forma obtenés ingresos, entonces, cuando no conseguís empleo como geógrafa?

Yo estoy trabajando con mi taller de Cocinas Culturales. Ese taller es pago. Pero es muy barato (1.000 pesos), es un pago simbólico. Toda la gestión cultural que hago, no la cobro. Eso sí es totalmente voluntario. No es de ahora, tengo nueve años trabajando en diferentes proyectos comunitarios y no cobro por eso.  

Te mueve mucho más compartir cultura que generar ingresos; no tenés un fin lucrativo…

Es que mis ingresos los genero de otra forma: me pongo a vender comida, o tengo mis proyectos con geografía. Ahora acabo de terminar un contrato de trabajo en turismo rural. Es uno de los trabajos más lindos que he tenido, porque trabajo en la comunidad. Es ecoturismo y turismo rural comunitario. Fue un contrato con el Ministerio de Turismo. Como soy profesional independiente, siempre son contratos a término (un año o dos), y acaba de terminar. Me postulé para volver a entrar, así que veremos. Yo acompaño a los proyectos con investigación para que ejecuten fondos que los fortalezca en su propuesta turística. Y eso significa acompañarlos, gestionar talleres con ellos, acompañarlos en su propuesta de cómo venderlas. Es un trabajo muy lindo porque trabajo con la gente, que es lo que siempre me ha gustado.

¿Cómo te enteraste del terrible terremoto en Venezuela? ¿Y cuál fue tu reacción?

Era 24 de junio y nosotros celebramos San Juan, que es una fiesta declarada Patrimonio de la Unesco. Estábamos en la fiesta, literal, tocando los tambores no sé qué, y yo sentí el teléfono que estaba vibrando. Pero estaba en plena fiesta y no le di bolilla. Cuando tú empiezas, no es que la paras, no hay cinco minutos. Cuando terminó —terminamos como a las 22:30— empezamos a ver los mensajes y no entendíamos nada. De hecho, la gente misma no sabía la magnitud de lo que había pasado. Al día siguiente fue que nos dimos cuenta de la magnitud… Ahí si fue devastador cuando empezamos a ver todo lo que estaba pasando. Al principio se supo de Caracas primero, porque al ser la capital, pero al día siguiente nos enteramos de todo lo que pasó en La Guaira. Y ahí sí que yo quedé devastada.

¿Tenés amigos o familiares que hayan sufrido de cerca las consecuencias del sismo?

Sí, no solo yo, sino amigos cercanos, amigos mismos de Mosaico Cultural, cuyas familias quedaron sin casa. Se les derrumbaron. Fueron nada más en La Guaira, en el estado de La Guaira (antes era el estado de Vargas) donde hay 140 edificios colapsados. Hay una zona donde 50 edificios completos se cayeron. O sea, mucha gente quedó sin casa. Y muchos bebés quedaron huérfanos también. Entonces, nosotros ahí, entre el dolor de estar lejos, de no poder ayudar también, de no enterarte de muchas cosas… Yo tenía unas primas que quedaron en La Guaira, y no sabía si estaban vivos o no. Pensaba: “¿Dónde están?”. Recién aparecieron al segundo día, pero al primer día yo las di por muertas, porque no podíamos comunicarnos. Gracias a Dios lo que pasó fue que los dos primeros pisos de su edificio implosionaron, se hundieron, y los dos segundos pisos quedaron parados, como si nada. Pero bueno la contaron, volvieron a nacer, porque fue bastante fuerte.

¿Has participado de las campañas de ayuda humanitaria desde aquí? Organizaciones como Uruguayos en Venezuela organizaron una recolección de medicamentos y abrigos desde Montevideo para enviarlos a tu país…

Yo lo que hice, de manera personal, armé una colecta con todos mis amigos y conocidos, ya sea del trabajo, del canto, de la cultura, de la comida, de todo eso, entre 17 personas, más o menos, que son conocidos, colectamos cerca de 33.000 pesos y ese dinero lo envié a cuatro familias. Y una de ellas es un muchacho que tiene como una olla comunitaria y está comprando insumos para mandar a los hospitales. Fue lo más directo que pudimos hacer. Preferí juntar dinero para alguien que conozco, en quien confío, que yo le diga: “Compra tal cosa, que vi que tal persona necesita”.

Para mí las formas en las que se organizaron acá de colectas no las veo organizadas. De hecho, lo dijeron. “Todavía no se sabe cómo se va a hacer llegar todo eso que se juntó”. Yo me enteré de todo porque estoy conectada con todo, pero yo no participé porque no vi que estuviese organizada la forma de cómo llega eso a Venezuela. Y como conozco mi país, la gente necesita ayuda. No podemos esperar que eso llegue en 15 días. ¡Es ahora! Y si una amiga me dijo: “Me quedé sin casa”, yo no le puedo decir: “Voy a ver cómo te las envío”. No: junté plata rápido y la enviamos. Fue lo que hicimos entre esas 17 personas.

Otro padre me dijo: “Me desalojaron de mi casa, no tengo casa. Estoy durmiendo en la calle”. “Te voy a ayudar”, y lo hice rápido. Yo soy un poco así, en general. Ante la ambigüedad de cuándo llega algo allá, me organizo y lo hago yo, además con personas que me conocen, que confían en mí y en el trabajo que nosotros hacemos. Y ese dinero ya está allá. Y la gente lo está gestionando para lo que es una necesidad.

“Yo armé una colecta con todos mis amigos y conocidos, ya sea del trabajo, del canto, de la cultura, de la comida, de todo eso, entre 17 personas, más o menos, que son conocidos, colectamos cerca de 33.000 pesos y ese dinero lo envié a cuatro familias. Fue lo más directo que pudimos hacer”. 

Da la impresión que Venezuela no para de sufrir. Primero por cuestiones políticas y lo que entiendo era una dictadura, después por una intervención extranjera y dejan a una dirigente como Delcy Rodríguez que era la número dos del tan cuestionado Maduro, ahora este desastre natural y todas las víctimas inocentes que fallecieron, quedaron heridas o aún se buscan… ¿Te despierta alguna reflexión todo esto?

Yo todavía estoy racionalizando qué es lo que pasó, qué es lo que está pasando. Para mí, hay un movimiento de algo. Para mí, viene un cambio grande… Porque ha pasado tanta cosa seguida, aparte fuertes, no cosas bajitas ni poquitas. Porque yo, desde el dolor que tenía el 3 de enero, como que se me juntó ahora en junio. O sea, otra vez estoy ahí, como una tristeza que estoy gestionando, e intento gestionar a través de la ayuda de los cercanos. Y bueno, mi idea es no quedarnos con los brazos cruzados

¿Qué tendría que pasar para que volvieras a tu país?

Hoy día yo no pienso volver. Yo ya soy ciudadana uruguaya. Ya voté en las primeras elecciones, en 2024 voté por primera vez aquí como uruguaya. Y veo a Uruguay como mi lugar, donde voy a estar siempre. Estoy mimetizada con lo que pasa en Uruguay, con las culturas de Uruguay, por mi trabajo tengo muchísimos amigos uruguayos. Yo no me muevo solo en la comunidad venezolana.

Aquí, cada vez que hay una encuesta de opinión pública, la seguridad es la primera preocupación de los uruguayos. Más allá de lo que diga el Ministerio del Interior de turno, en general, los uruguayos sentimos la inseguridad. Tú hablaste de la violencia y la delincuencia en tu país. Lo pregunto porque, seguramente, si nos comparamos con los países de la región, Uruguay no sea un país tan peligroso. ¿Cómo ves la inseguridad en Uruguay, con ojos extranjeros?

Uruguay hoy día sin duda es un país seguro, porque tiene, además, otros factores que lo hacen seguro: hay seguridad social, seguridad jurídica, económica, laboral, con los matices que puede haber. Pero es un país seguro. Si hablamos de seguridad pública, lo que yo veo que perturba es la delincuencia, la inseguridad de la delincuencia, los hurtos. Eso perturba porque ya no es como antes. Cuando yo llegué a Uruguay no era así. Yo tengo 14 años aquí. He dicho en varios lugares que he estado: Uruguay cambió después de la pandemia. Para mí, la pandemia fue como ese momento bisagra, en que la ciudad ya no fue la misma. De hecho, para mí en la pandemia pasó algo.

¿Empeoró?

Empeoró sí. Para mí la ciudad fue otra, ya no fue lo mismo. De hecho, a mí nunca me habían robado, y me robaron después de la pandemia. Nunca antes me habían robado en Uruguay. Y claro, eso está asociado a lo que todos conocemos que es la droga, hay demasiada droga en la calle. Muchísima. En Venezuela no se ve tanta delincuencia, es todo más resguardadito, no se sabe dónde están las bocas de venta de droga; acá sí.

Pero, por otro lado, vos me dijiste que en Caracas viste muerto tirados en la calle y los militares que pasaban y los levantaban… Y eso estaba naturalizado.

Es que es otro tipo de violencia. El origen es diferente. Capaz que allá tenía que ver con otros factores, por ejemplo, con que había mucha pobreza y la gente robaba porque tenía hambre. Acá capaz que la delincuencia tiene un factor de raíz distinto, creo que es por la droga. Acá lo ves muy cercano, eso es lo que me impresiona. Como que todo el mundo lo sabe, eso me perturba un poco. Yo me cuido. Por ejemplo, ya no ando de noche. Así esté a cinco cuadras de casa, me tomo un taxi, porque me da miedo andar sola.

¿Sos feliz?

Hoy día te digo que sí. Estoy en pareja con Matías, es profesor de Literatura. Él me tira piques de la literatura con la comida, con la cocina. Mira, en este momento estoy triste por todo lo que pasa en Venezuela, pero hago muchas cosas que me gustan, y no es poca cosa. Todas las cosas culturales que hago, me gustan y las hago gratuitas porque me gustan. He logrado encontrar ese nicho que me encanta y a través de eso se han generado nuevos nexos, nuevas cosas. Y eso es lindo.

Por César Bianchi