“Burnout autista”, crisis y despidos: testimonios de cómo es tener TEA en el mundo laboral
Cinco personas hablaron sobre su neurodivergencia y los aspectos positivos en el mercado de trabajo, que no está apto para recibirlos.
Por Ignacio Palumbo
ipaludabe
El autismo se manifiesta de distintas formas en la vida cotidiana de quienes conviven con esta condición y puede implicar desafíos en diferentes ámbitos. La sensibilidad a las luces y los sonidos, las dificultades en las interacciones sociales y la necesidad de contar con estructuras y reglas claras son algunas de las características que pueden estar presentes.
En el mundo laboral, estas particularidades pueden traducirse en situaciones que van desde la necesidad de cambiar de área o declinar una oferta de trabajo hasta atravesar colapsos frecuentes, enfrentar dificultades para sostener un puesto o incluso ser despedido.
El trastorno del espectro autista (TEA) tiene su raíz en el tálamo, estructura dentro del cerebro, que “funciona como un filtro” de los estímulos que recibe una persona. Para los neurotípicos —en otras palabras, alguien “normal”—, funciona de forma “eficiente” al decidir “qué estímulos tienen permiso para entrar y cuáles no”, según dijo a Montevideo Portal el psicólogo Gonzalo Graña. En cambio, en el cerebro neurodivergente, el mecanismo de filtrado “no opera de la misma manera”, sino que el tálamo “deja pasar absolutamente todos los estímulos con la misma intensidad y volumen”, añadió el experto.
“Para el empleado autista, el crujido de un papel o el murmullo del pasillo tienen la misma relevancia biológica que las instrucciones directas de su jefe. No se trata de un problema de actitud, sensibilidad exagerada o falta de voluntad: es una inundación sensorial real que el cerebro no puede mitigar”, enfatizó Graña.
Estas son las vivencias de Vanessa Silva, Alexis Saavedra, Diego Vega, Neiger Rúa y Valentina Temez. En entrevista con Montevideo Portal, los cinco contaron qué dificultades enfrentaron en sus trabajos debido a su condición, qué valoran como aspectos positivos y analizaron si el mercado laboral uruguayo está capacitado para emplear personas con TEA.
Cinco personas con TEA, cinco trayectorias
cansancio, burnout y crisis
Hay un fenómeno vinculado a la neurodivergencia llamado masking, donde una persona autista debe “enmascararse” e “imitar” a los neurotípicos, algo que implica mucho esfuerzo, explicó Graña.
“Yo tenía que ponerme una máscara en la que me adaptaba a las personalidades y estaba hiperatento a los gestos de la gente, a lo que se esperaba de mí, y tenía que adaptar todo mi pensamiento a esos rasgos, a esas señales que para mí no tenían sentido, pero debía tenerlas en cuenta para sobrevivir en mi cabeza y adaptar mi personalidad; eso es agotador”, contó Rúa.
"Está el burnout por el trabajo, pero también el burnout autista"
Algo similar le ocurrió a Saavedra: una vez que aprendió a “enmascararse”, logró integrarse “mucho más” con sus pares, quienes a su vez lo aceptaron más a él.
Este fenómeno es más común en las mujeres, comentó Silva, y añadió que también ha sentido “ansiedad y estrés” como consecuencia de “enmascarar tanto”.
Pero esto es solo uno de los varios factores que pueden sobreestimular a una persona autista. “Está el burnout por el trabajo, pero también el burnout autista que cuesta mucho salir de ese estado”, contó Silva, que está por recibirse de psicóloga. Al respecto, consideró que esto le hizo enfermarse “mucho” porque “bajan las defensas”.
Algunos de los entrevistados sostuvieron que dejaron pasar oportunidades laborales debido a su condición y, en el caso de Temez, ella reconoció que se debía a que “no sabía cómo gestionar” muchas de las exigencias o situaciones que tendría que enfrentar, como reuniones con otras personas o ruidos. El burnout influyó en esto: ella reconoció que ha llegado a tener “uno o dos largos por mes”, por lo que sentía “culpa”. “El que me contrate no tiene por qué bancarse una persona enferma”, afirmó.
En su caso, pasaba jornadas “larguísimas” en su empresa familiar y llegaba a su casa “vomitando”. “Se me apagaban las luces, pero a un a un punto tal de estar en una cama y que no me salieran las palabras por días y no poder hacer más que tomar agua y a veces comer algo. […] Terminaba al límite de mi energía”, rememoró, y aclaró que “hace años” no sufre de esta manera.
Para Saavedra, por ejemplo, su burnout se dio por hacer “una cantidad” de tareas sin adaptaciones o que “no eran adecuadas” para su situación, lo que lo dejó “realmente agotadísimo”.
Vega contó, en tanto, que lo llegaba a vivir como una “crisis” o un meltdown. Si bien podría parecer “un capricho o un berrinche”, en realidad se trataba de “la descompensación total” de su sistema nervioso por “cosas que lo sobrepasaban”, como atrasarse 15 minutos de su horario de entrada al trabajo. “Se me descompaginaba todo”, aseguró.
Tuvo “varios” de esos episodios en su vida laboral, pero acotó que su desempeño “siempre fue muy bueno”: “Hacía la tarea correcta, pero después venía el descompense porque era un esfuerzo enorme poder llegar”, sintetizó.
"Hacía la tarea correcta, pero después venía el descompense porque era un esfuerzo enorme poder llegar"
La recepción del diagnóstico en la empresa: ¿aceptación o incomodidad?
Saavedra y Vega trabajan en la Intendencia de Montevideo (IM). El primero tiene 55 años, entró a la comuna hace 33 y recibió su diagnóstico en 2023; Vega tiene 35, está en la IM desde febrero de 2020 y recibió su diagnóstico a sus 32 años.
Ambos comentaron que dieron a conocer su TEA en sus espacios de trabajo y no tuvieron buena recepción por parte de sus jefaturas, cargos políticos en los dos casos. “Tuve problemas con las direcciones políticas, cuando descubrí mi diagnóstico y me di cuenta de que tenía ciertos derechos y que podía empezar a pedir que se cumplieran, y desde el otro lado hubo resistencia”, expresó Vega.
Él entró en el área de Políticas Sociales, pero debió ser transferido debido a estos “choques” y ahora se desempeña en el área de Liquidación de Sueldos con funcionarios de carrera como jefes, quienes “comprenden totalmente” su situación. “Desde que estoy donde estoy no he tenido otra crisis en el trabajo, en los cuatro años anteriores venía teniendo una por semana”, indicó Vega.
Saavedra, por su parte, ingresó a la IM por sorteo de un llamado obrero y fue subiendo en los distintos escalafones. Al igual que Vega, él tuvo una buena recepción por sus pares, pero no así por parte de sus superiores; ahora se encuentra en proceso de ser trasladado de área y dijo que se está intentando de “contemplar” su TEA. En ese marco, solicitó como aspecto “fundamental” que su jerarquía “no sea autoritaria”: “Me hace muy mal la gente autoritaria […] Me pongo muy mal si me hablan mal”, sostuvo.
Sin embargo, no siempre se tienen en cuenta las capacidades de las personas con TEA; Temez y Silva fueron despedidas de distintos puestos.
"Es como tener el motor de una Ferrari en un Fitito"
“Estuve en un trabajo en el me sacaron porque querían una persona con distintas capacidades. Y no entendí eso, al principio me sentí como muy frustrada porque cumplía laboralmente y hacía todas las tareas”, rememoró Silva acerca de un puesto administrativo que tuvo años atrás. A su entender, “influyó mucho el generar vínculos”, algo que a ella le dificultaba y le generó problemas con sus compañeros de oficina.
Según señaló, sus jefes buscaban que el personal “fuera muy unido” y “tuviera mucha conversación entre ellos”, cosa que ella no hacía. “Me parece que eso pudo perjudicarme, pero la manera en la que me sacaron fue un poco fea cuando me dijeron eso: ‘Precisamos a alguien con capacidades un poco distintas’, como aludiendo a lo que sería la condición, que eso me hizo sentir muy mal”, enfatizó Silva.
Ella había mencionado durante la entrevista laboral que es una persona neurodivergente, pero consideró que “no lo vieron como algo muy relevante o que influyera como para que no me pudieran tomar”.
En el caso de Temez, no solo le costó un trabajo, sino también una amistad. Ella atendía un kiosco con su mejor amigo, quien le dijo que “creía que lo mejor para [ella] era que no siguiera trabajando con él” cuando se enteró del diagnóstico. “Fue un despido”, recalcó.
Ella lo aceptó. “No quiero ocasionarte a vos un tema”, le dijo.
Temez trabajaba cuatro horas en ese puesto, pero “llegaba muerta” a su casa; no obstante, su jefe “nunca se había enterado” de lo que a ella le costaban esas “poquitas” horas, aseveró. “Él no tenía ni idea del cansancio que yo tenía o de que los fines de semana lo único que hacía yo era dormir para poder cumplir con esas cuatro horas bien”, manifestó, y defendió que hacía “superbién” su trabajo en ese lugar.
De todas formas, hoy ella admite que le contó de su autismo porque él era su mejor amigo. “¿Cómo no le iba a contar?”, apuntó. Al ser preguntada al respecto, Temez reconoció que no se lo hubiera contado si fuese únicamente su superior.
No todo son malas noticias
Ahora, Temez hizo su propio camino: a sus 52 años, cuatro después de haber sido diagnosticada, tiene un monotributo del Ministerio de Desarrollo Social y, gracias a él, vende perfumes árabes. En este empleo no ha sentido burnout.
El saber que es autista le “dio paz”. “Desde el diagnóstico dije ‘yo estoy bien así, listo’. O por lo menos necesito este trabajo que me permite recuperar toda la energía que fui drenando durante toda mi vida”, expresó.
Ella siempre buscó una explicación para entender por qué no era “normal” y el diagnóstico le dio justamente eso: “Tengo una cabeza que va a mil por hora, tengo ideas brillantes, todo el tiempo estoy buscando lo nuevo, encontrando los detalles, viendo cosas que las personas este por ahí no pueden ver, resolviendo problemas, pero mi cuerpo no me da. Es como tener el motor de una Ferrari en un Fitito”, ilustró.
Algo similar le ocurrió a Saavedra, quien subrayó que los autistas tienen “ciertas condiciones” que los neurotípicos no, y es el poder “ver las cosas de forma diferente”. “Todo el éxito de mi carrera se lo atribuyo a eso, a proyectos que he presentado porque yo veía las cosas de forma diferente, mientras los demás seguían hace años transitando ese camino como si fuera lo único que es posible”, esgrimió.
En tanto, Silva valoró la “combinación” del autismo con el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), que “se compensa el uno con el otro”. “El TDAH siempre busca la dopamina, estar a full, y el autismo tiene esto de querer cumplir con ciertas responsabilidades, con las rutinas”, explicó la estudiante de Psicología, y añadió que esto la ha ayudado a adaptarse “más que otras personas” laboralmente.
El caso de Rúa es el que sobresale entre los demás entrevistados, ya que él trabaja de forma remota realizando traducciones en modalidad freelance. “Es tremendamente beneficioso, yo me siento increíblemente privilegiado de tener un trabajo que no me exige estar en el tema de la etiqueta de oficina, en el tema de las interacciones sociales y de poder, y me permite tomarme mi ritmo y levantarme a caminar para regularme si quiero”, contó el joven de 29 años. Él trabaja para esa plataforma desde 2018, y en 2023 recibió su diagnóstico.
De los cinco entrevistados, Rúa es el único que no ha transparentado ante sus superiores que tiene TEA. A las agencias con las que trabaja “simplemente les interesa si te asignaron un trabajo”, por lo que “no saben mucho de tu vida personal”.
Naturalmente, esto no implica que esté exento de desafíos, como en cualquier otro puesto. Por ejemplo, su trabajo “no es tan constante” como un trabajo de oficina, por lo que “siempre está la preocupación y el estrés” de que debe encontrar nuevas agencias si una decae. “Al cerebro autista, al que le gusta la regularidad, eso es un desafío, porque cambia la rutina”, comentó.
el mercado laboral aún no se adecúa
Más allá de las experiencias vividas, hay un consenso casi unánime entre los entrevistados: el mercado laboral uruguayo no está listo para recibir a las personas con TEA.
“Le falta le falta mucho para comprender otras condiciones del trabajo. Por ejemplo, el nivel de detalle que podemos ver o la creatividad que tenemos en ciertas cosas, en vez de verlas como fortalezas las ven como debilidades”, consideró Vega.
Rúa listó qué cosas se pueden cambiar, como generar mayor flexibilidad horaria o “mejoras” en los ambientes laborales para que las personas con sensibilidades sensoriales “puedan manejarse de mejor manera”; también sugirió que las personas neurotípicas de las oficinas “tengan un mayor conocimiento” sobre las neurodivergencias y “cómo comunicarse con una persona que está en el espectro”.
"El nivel de detalle que podemos ver o la creatividad que tenemos en ciertas cosas, en vez de verlas como fortalezas las ven como debilidades"
Por su parte, Saavedra fue incluso un paso más allá: según mencionó, en otros países se realizan llamados específicos para neurodivergentes porque entienden que aportan “ángulos de visión distintos a los de la mayoría neurotípica”, lo que “puede aportar muchísimo”.
A su entender, esto podría replicarse en Uruguay, más teniendo en cuenta que es un país “tan conservador”, opinó.
Sin embargo, Silva puntualizó que algunas empresas nacionales utilizan “mucho la palabra ‘inclusión’, pero parece como si fuera un discurso político” que “realmente no se sabe cómo aplicar en la realidad”.
“En la realidad te exigen de la misma manera que le exigen a una persona que no es autista, pero de una forma en la que te deja bastante mal… Hasta en comentarios, que a veces te dicen ‘Pah, ¿pero no entendiste lo que te estoy diciendo?’. Hay veces que no entendemos la forma en la que lo estás explicando porque para nosotros es más concreto el pensamiento que tenemos y el lenguaje también. No es porque uno sea tonto, y a veces te catalogan como eso”, manifestó.
En esta línea, para Temez el problema incluso excede el ámbito laboral, ya que la sociedad en sí “no está preparada”. “¿Por qué debería cambiar en el ámbito empresarial si yo voy con el collar de girasoles [utilizado para comunicar que una persona tiene una discapacidad invisible] y nadie sabe lo que es y, si yo explico, a la mitad le importa tres pepinos? La otra mitad dice, ‘Ah, pero no parecés’”, cuestionó.
La opinión de expertos
Graña aseguró que los datos disponibles "demuestran de forma contundente" que la habilitación de espacios de baja estimulación sensorial (como salas silenciosas, iluminación cálida o natural, o "políticas libres de fragancias artificiales"), combinada con una flexibilidad estructural "profunda" (como el teletrabajo opcional y horarios adaptables) "incrementa la productividad de los equipos y la retención del talento neurodivergente en más de un 30%".
"Lejos de representar un gasto, estas adecuaciones blindan a la empresa contra la fuga de capital intelectual altamente especializado", recalcó el psicólogo.
Si eso se puede lograr, y la oficina se vuelve un entorno agradable para el trabajador con TEA, es que pueden "emerger sus verdaderas ventajas", indicó el experto. Esto es, por ejemplo, demostrar una capacidad "excepcional" para el pensamiento lateral, "niveles profundos de hiperfocalización" y una "alta eficiencia" en la resolución de problemas complejos.
Por su parte, Melodie Olivera, psicóloga especializada en autismo en adultos, consideró que el país "ha avanzado mucho en los últimos años" en cuanto a la visibilidad y diagnóstico de esta condición, pero "todavía está lejos de una verdadera inclusión laboral".
Así como recordó casos de personas "extremadamente capaces" que "durante años creyeron que eran 'malos empleados' cuando en realidad trabajaban en ambientes completamente incompatibles", también dijo que hay "historias muy lindas". "Empresas que aceptaron pequeños cambios en la forma de comunicarse, supervisores abiertos a escuchar y equipos que entendieron que incluir no significa tratar a todos por igual, sino ofrecer a cada uno lo que necesita para desarrollar su potencial", expresó, entrevistada por Montevideo Portal.
En este sentido, hizo hincapié en que el foco del diagnóstico de TEA "estuvo casi exclusivamente en la infancia" durante "muchos años". Sin embargo, enfatizó en que esos niños crecen y "continúan necesitando oportunidades, apoyos y acompañamiento" a lo largo de su vida, también en la adultez y el empleo.
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