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Adiós a las armas

“A cara de perro”: el libro sobre el número dos del MLN que la historia oficial olvidó

Alfonso Lessa reconstruye la vida de Lucas Mansilla, hombre de confianza de Sendic y luego de Wilson Ferreira.

07.11.2026 13:50

Lectura: 15'

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Por María Noel Domínguez

Hay nombres que la historia oficial repite hasta el desgaste y otros que desaparecen sin dejar rastro visible. Lucas Mansilla pertenece al segundo grupo. Fue, según múltiples testimonios recogidos por el periodista Alfonso Lessa, prácticamente el número dos del MLN-Tupamaros, hombre de extrema confianza de Raúl Sendic y artífice de algunas de las operaciones más audaces de la organización. Sin embargo, no figura en la historia oficial del movimiento. Cuando se leen los libros sobre el MLN, se repiten siempre los mismos nombres, y el de Mansilla brilla por su ausencia.

Esa ausencia es, precisamente, el punto de partida de A cara de perro, el libro que Lessa acaba de publicar y que reconstruye la trayectoria de un hombre que pasó de ser la mano derecha de Sendic a convertirse en hombre de extrema confianza de Wilson Ferreira Aldunate. “En el medio pasan muchas cosas”, dice el autor con deliberada economía de palabras.

La conversación con Montevideo Portal repasa esas muchas cosas: las operaciones más importantes del MLN, el exilio en Chile y en Buenos Aires, la decisión de terminar con la lucha armada, las muertes de los amigos y el silencio que duró sesenta años. Un silencio que Mansilla rompió —finalmente— antes de morir, sin llegar a ver el libro publicado.

Un tupamaro blanco

Empecemos por el principio: ¿quién era Lucas Mansilla para quienes no lo conocen, para quienes nunca escucharon su nombre a pesar de haber leído sobre el MLN?

Era un hombre tapado, tapado por la historia. No figura en la historia oficial del MLN. Cuando leés muchas fuentes sobre el movimiento, está ausente. Y, sin embargo, fue una mano derecha de Sendic. Él fue a buscarlo personalmente, siendo Mansilla muy joven, a Colonia. Y Mansilla era blanco, del Partido Nacional, lo cual ya dice algo sobre la heterogeneidad del movimiento. Lideró algunas de las operaciones más importantes: fue uno de los que condujo la fuga de Punta Carretas, el robo al Casino San Rafael, el robo de armas a la Marina y el copamiento de Pando.

Sin embargo, ese protagonismo no se tradujo en ningún lugar de la historia escrita del movimiento. ¿Por qué no aparece, por qué fue borrado o se borró él mismo de ese relato?

Hay un doble silenciamiento. Por un lado, una decisión personal suya de bajar el perfil y no aparecer. Quedó muy maltratado por las muertes de sus amigos. Nunca habló en sesenta años, a pesar de haber mantenido algunas actividades públicas. Por otro lado, el MLN lo silencia institucionalmente, porque él toma una decisión muy importante en Buenos Aires: terminar con la lucha armada. Y eso no se perdona fácilmente dentro de la historia oficial de la organización.

“El único que se le plantaba”

Se dice que era uno de los pocos que Sendic escuchaba de verdad, que podía hablarle de igual a igual. ¿Qué te transmitieron los testimonios sobre esa relación?

Lo escuchaba y lo respetaba como a nadie. Y eso no lo digo solo por el testimonio del propio Mansilla, sino por múltiples testimonios de gente del MLN que consulté. Era el único que se le plantaba a Sendic y le decía las cosas. Hablaba con calma, con tono moderado, podía discrepar y tomar decisiones propias. Probablemente por eso Sendic lo respetaba tanto.

Al leer las entrevistas que transcribís en el libro, uno nota que había que sacarle las cosas, que a veces repetía lo que el entrevistador decía antes de contestar. ¿Eso respondía a algún tipo de pacto de silencio sobre los capítulos más complejos y más oscuros de la historia del MLN, o era algo más personal?

No creo que haya formado parte de un pacto de silencio. Fue una decisión personal. Pensaba mucho las respuestas, siempre fue así. A veces repetía cosas para enfatizar lo que creía. Pero no hubo nada que yo le preguntara y que él se negara a responder. Nunca me pidió que apagara el grabador ni me dijo que algo estuviera fuera de límites. Esa apertura fue total.

Chile, Cuba y ochocientos tupamaros

¿Cómo fue su salida de Uruguay, en qué circunstancias se fue y qué encontró del otro lado de la frontera?

Estaba por fugarse de la cárcel cuando llegó su abogado, [Hugo] Batalla, y le dijo que era libre: en aquella época, si estabas procesado por delitos leves, podías irte del país después de determinada pena. Mansilla consultó a Sendic y este le dijo: “Andate y hacete cargo de la columna internacional”. Fue directamente a Chile, donde gobernaba Allende. Su primera misión fue salvar a los tupamaros que iban llegando del Uruguay y sacarlos de Chile. Llegaron a sacar ochocientos hacia Cuba. Él fue el encargado de eso.

¿Qué vínculo construyó con Allende durante esa etapa y qué rol cumplió el MLN en ese contexto político tan convulsionado?

Uno muy cercano. Allende tenía mucha confianza con los tupamaros y les pidió que mediaran con el MIR, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, que no estaba en la Unidad Popular y acosaba a Allende por izquierda: tomaba estancias, hacía ilegalidades. Mansilla intentó mediar. No tuvo éxito. Allende, por otra parte, no creía que fuera a haber un golpe. Estaba confiado en sus militares. Le dijo a Mansilla que si había un golpe se iba a suicidar. Eso está en el libro.

Buenos Aires: secuestros y una decisión histórica

En Buenos Aires el escenario era muy distinto al de Chile. Había vínculos con Montoneros, con el ERP, con toda una red de organizaciones armadas del Cono Sur. ¿Cómo era ese entramado?

Era un escenario muy complejo. Se funda primero en Chile, y se profundiza en Buenos Aires, la Junta Coordinadora Revolucionaria, integrada por el ERP —de origen trotskista—, el MIR de Chile, el ELN —lo que quedaba de la guerrilla del Che— y los tupamaros. En Buenos Aires, la Junta era básicamente el ERP y el MLN. La división de roles en los secuestros era clara: el ERP hacía la parte operativa y los tupamaros negociaban. Los secuestrados eran empresarios muy poderosos.

En ese contexto, aparece el episodio del dinero de los Mailhos, que tiene una historia propia. ¿Qué fue eso exactamente y cuál fue el destino de ese dinero?

Fue un robo que se hizo limpio, sin un herido. Y hay toda una discusión sobre el destino de ese dinero. Una parte, increíblemente, fue a financiar el diario El Debate del Partido Nacional. Otra parte, aparentemente, fue a gente del exilio, a Gutiérrez Ruiz, a Michelini. Hay una parte cuyo destino no está claro. Mandaron una parte importante a Bolivia. Y una parte desapareció. Todo indica que muchos operativos paramilitares o militares en Buenos Aires también buscaban ese dinero.

En ese contexto, mientras se hacían esos secuestros y esas operaciones, el MLN se estaba armando como nunca antes en su historia.

Exactamente. Tenían un garaje gigantesco, casi una manzana, con un armamento como no tuvieron nunca. Ochocientos tupamaros entrenando en Cuba a todo nivel: manejo de aviones, buzos, todo. Una estructura sin precedentes. Y empezó a surgir la idea —muy empujada por el ERP y los sectores más radicales del MLN— de hacer una contraofensiva en el Uruguay.

“Se acabó la lucha armada”

¿Cómo se evaluó la viabilidad real de esa contraofensiva, quién fue a ver qué había dentro de Uruguay y qué encontraron?

Se decidió mandar a Luis Alemany y a Prudencio a inspeccionar el terreno. Prudencio era un tupamaro que entraba y salía del Uruguay para salvar gente. Se encontraron con [William] Whitelaw en la playa de La Agraciada, y Whitelaw les dijo: “Mirá, no hay nada. No hay un militante. Está todo controlado”. Al final del libro hay documentación militar que muestra el nivel extremo de control que existía.

¿Y cómo reaccionó Mansilla cuando recibió ese informe, cuando le dijeron que adentro no había nada con qué sostener una contraofensiva?

Cuando fue informado por Whitelaw y Prudencio, dijo: “Se acabó la lucha armada”. Se convocó entonces el Comité Central el 8 de octubre del 74, en medio de grandes tensiones. Los que querían terminar la lucha armada eran acusados de “pequeña burguesía”, de “rencorosos”, de “denunciantes”. Había una discusión enorme sobre marxismo versus marxismo-leninismo. El comité deliberó dos días enteros sin parar.

¿Hubo riesgo real de violencia física en esa reunión, entre compañeros que hasta hacía poco habían combatido juntos?

Sí. Antes de comenzar, Mansilla hizo desarmar a los del ERP y a los tupamaros más duros, porque temían que fuera una trampa para matarlos. Había intención real de deshacerse de quienes querían terminar con la lucha armada. Mansilla fue muy hábil: hizo hablar a su gente para que contaran lo que habían visto en Uruguay. Y después hizo una jugada política brillante en la que propuso: “Nosotros nos vamos, le damos la dirección a los Cañeros” —nombre de Sendic—. Nadie se iba a animar a decir que no a eso. Finalmente, anunciaron que dejaban la dirección y la lucha armada.

¿Por qué Mansilla estaba tan convencido de que la contraofensiva era inviable, que no era una opción táctica, sino directamente una masacre anunciada?

Porque iba a ser una masacre de los dos lados. La relación de fuerzas era ampliamente superior para los militares, aunque fueran ochocientos hombres armados. Primero iban a matar a los rehenes —los presos políticos en Uruguay—, después al resto. Los montoneros hicieron algo similar en Argentina y los masacraron. Fue una decisión muy valiente y muy difícil, que siguieron los otros compañeros de la dirección.

“Y después vemos”

El libro plantea también una discusión ideológica de fondo que atraviesa toda la historia del MLN. ¿El movimiento quería defender la democracia o tomar el poder? ¿Hubo alguna vez claridad sobre eso?

Había una diferencia conceptual importante. Al inicio el objetivo declarado era “defendamos la democracia”, pero luego pasó a ser “obtengamos el poder”. No es lo mismo. Y en el fondo nunca fue defender la democracia: era hacer la revolución. Mansilla lo captó también. Sendic había quedado muy impactado con las marchas de los cañeros y con conocer el norte profundo del Uruguay. “Yo no conocía ese Uruguay”, decía. Vivían una situación lamentable, pero ese Uruguay no era representativo de la media de los obreros uruguayos. Y Mansilla, siendo blanco, fue convencido por Sendic, aunque él mismo dice: “La idea verdadera nunca fue defender la democracia. Era hacer la revolución y después...”.

¿Y qué venía después de la revolución, había algún programa, alguna idea concreta de qué hacer con el poder una vez obtenido?

Ahí está la cita que más me impactó de todo el libro. Le pregunté directamente qué venía después de la revolución, y me respondió: “Y después vemos”. No había una idea clara. El nucleamiento de los tupamaros era muy heterogéneo: blancos liberales, marxistas, marxista-leninistas, nacionalistas, anarquistas. Esa heterogeneidad no se notaba al principio; en la época de la derrota empezó a aflorar.

“Fuimos hijos de las circunstancias”

¿Cómo procesó Mansilla, en estas conversaciones que mantuviste con él, su propio rol en la violencia del MLN, en las cosas que hicieron y que costaron vidas?

No negó nada de lo que yo le pregunté. No hubo mea culpa propiamente dicho. Dice: “Somos hijos de las circunstancias”, algo parecido a lo que dice Mujica. Es autocrítico, pero no dice estar arrepentido. Sin embargo, como conclusión, dice que la guerrilla en Uruguay fue un gran error, un grave error. Eso implica crítica y autocrítica, porque él participó.

Hablás en el libro de que las acciones del MLN en sus inicios buscaban evitar la violencia, que había una especie de código de conducta en las primeras operaciones. ¿Cómo se fue erosionando eso?

Así es. Era la etapa de la propaganda armada. La Marina fue vaciada de armas sin una bala. El Casino San Rafael, sin una bala. Pando fue el más complicado, por un error en la salida: hubo cinco muertos. Tres tupamaros —se dice que los fusilaron, aunque no lo puedo confirmar—, un civil que no tenía nada que ver y un policía. Cuando Mujica dice, en la película de Kusturica: “Fuimos ahí y no pasó nada, después nos fuimos a tomar cerveza”, eso no es verdad. Hubo cinco muertos.

¿Y Amodio Pérez, el gran traidor según la narrativa oficial del MLN? ¿Qué responsabilidad le asigna Mansilla en la derrota del movimiento?

Ninguna. Eso es lo que dice Mansilla. “Fue un hombre que se quebró por amor”. Me dijo que tenía alguna información sobre si Amodio pudo haber entregado casas o gente, pero no lo atacó personalmente. Mansilla evita el ataque personal, aunque haya estado muy enfrentado con alguien. Con Fernando Vidorro, que salió de la cárcel y escribió un libro contra ellos, cuando Mansilla vuelve del exilio se reúne con él y le explica. También se reúne con Mujica para explicarle.

Las muertes que no pudo evitar

En Buenos Aires, las muertes de sus compañeros lo marcaron profundamente. Él había advertido sobre los riesgos y no lo escucharon. ¿Cómo vivió eso?

Él le avisó a Gutiérrez Ruiz: “Andate de Buenos Aires, que es un riesgo para vos y tu familia”. Gutiérrez Ruiz no lo creyó. Cuando se enteró de las muertes de Gutiérrez Ruiz, de Michelini, de William Whitelaw —que era su cuñado, porque Mansilla estaba casado con su hermana— y de Rosario Barredo, fue terrible para él. Whitelaw, por cierto, era el compañero de la secretaria de Allende, con quien tuvo un hijo. Para Mansilla esas muertes lo dejaron muy maltratado.

Y desde ese momento de quiebre profundo, ¿cómo se produce el camino que lo lleva a convertirse en hombre de confianza de Wilson Ferreira Aldunate, que era todo lo contrario a lo que él había sido?

A través de la Convergencia Democrática, creada en 1982. Reunía gente de muchos lados. Ahí Lucas Mansilla encontró en Wilson un nuevo líder. Wilson le vio algo parecido a lo que Sendic le había visto, aunque desde perspectivas totalmente distintas. Se reunían muchas veces en la casa de Luis Nieto en España, otro tupamaro. Wilson lo consultaba en cosas muy importantes, como la ley de caducidad. Y en 1984, cuando Wilson fue preso y designó a [Alberto] Zumarán como candidato alternativo, puso a Mansilla al lado de Zumarán. Luego también en el Senado.

“El Negro quiere hablar”

¿Cómo surgió, finalmente, el libro, después de tantos años de silencio de Mansilla, qué fue lo que hizo que ese muro se rompiera justo ahora?

Lo había tanteado más de una vez y él no quería hablar. Soy amigo cercano de amigos suyos del ex-MLN, que frecuentan mi casa. En enero de este año recibí un llamado de Luis Nieto mientras estaba de vacaciones afuera: “Mirá, el Negro quiere hablar con vos”. Llamé a Mansilla —el Negro Mansilla— y me dijo: “Te estoy esperando”. Hice un bolsito, me vine a Montevideo y fui a su casa. La primera reunión duró cuatro horas. Ahí empezamos.

¿Y cómo fue el proceso de trabajo con él, cómo se fue construyendo esa confianza y ese relato a lo largo de los meses?

Un subibaja de emociones. Tenía una memoria prodigiosa. Me recordaba detalles que yo mismo ya no recordaba. En julio, mientras hacía correcciones del libro, me llegó un mensaje de Carlos Pouso —otro extupamaro, uno de los pocos sobrevivientes uruguayos de aquel Comité Central—: “Murió Mansilla”. Murió antes de ver el libro publicado. Sé que seguía la marcha del libro a través de Nieto, de Pouso y otros. Qué suerte que pude hablar con él. Es completar una historia que estaba contada a medias, con el agujero negro de un hombre que estuvo en el centro de todo y del que nadie hablaba.

El libro

Durante más de sesenta años, Lucas Mansilla eligió el silencio.

Fue uno de los dirigentes de mayor peso del MLN-Tupamaros, hombre de confianza de Raúl Sendic y protagonista directo de algunos de los episodios decisivos de la organización. Sin embargo, su historia permaneció prácticamente fuera del relato público. Poco antes de morir, aceptó reconstruirla junto al periodista Alfonso Lessa.

En A cara de perro, Mansilla relata desde adentro el nacimiento y la evolución del MLN, sus operaciones, la derrota, el exilio y las profundas divisiones que atravesaron al movimiento. Pero, sobre todo, revela el debate que en 1974 llevó a un sector de sus dirigentes a abandonar definitivamente la lucha armada, en oposición a quienes proponían organizar una contraofensiva.

Su testimonio recorre también sus vínculos con figuras y organizaciones que marcaron la historia política de la región: Salvador Allende, Fidel Castro, el ERP, el MIR chileno, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz y Wilson Ferreira Aldunate, entre otros. Una trayectoria que muestra la profunda transformación de quien pasó de integrar una organización revolucionaria a defender con convicción la democracia, los partidos y los valores republicanos.

A partir de una extensa serie de conversaciones, documentos históricos, testimonios y revelaciones inéditas, Alfonso Lessa reconstruye la vida de una figura decisiva y casi desconocida de los Tupamaros, y suma una nueva perspectiva sobre uno de los períodos más intensos de la historia reciente del Uruguay.

Un libro sobre guerrilla y política, pero también sobre derrota, memoria, autocrítica y la capacidad de revisar las propias convicciones.

Editorial Sudamericana

Por María Noel Domínguez