Los recortes en The Washington Post son brutales.

Son brutales para los lectores del periódico, que pierden coberturas cruciales como deportes e información internacional. Y son brutales para cientos de empleados del Post, incluidos muchos cuyo trabajo es financiado por suscripciones.

Los recortes del Post también han llevado a mucha gente a señalar lo obvio: que el propietario del Post, Jeff Bezos —actualmente el cuarto hombre más rico del mundo, con una fortuna estimada en US$ 261.000 millones— podría financiar fácilmente las pérdidas del periódico… para siempre, sin siquiera notar el gasto.

No se habla de “periodismo en lugar de” porque, cuando se trata de una riqueza al nivel de Bezos, no hay que elegir: es posible pagar por periodismo y cohetes y superyates y bodas venecianas y fiestas en St. Barts. Los gastos de Amazon de Bezos en cosas como el documental de Melania son distintos de su gasto personal, pero el punto es que puede permitírselo, de la misma manera que una persona promedio puede permitirse comprar un café caro de vez en cuando.

Tampoco se entra a valorar cuánto de los problemas del Post son los mismos que enfrenta cualquier organización de noticias, frente a los que Bezos pudo haber agravado al girar hacia Donald Trump. Ni si el nuevo plan del Post —centrarse en un puñado de temas que cree que resonarán con una audiencia nacional, como política y bienestar— tiene sentido o es simplemente un movimiento tardío que muchos competidores del Post ya hicieron.

Pero el foco en Bezos subraya el problema que el Post lleva años enfrentando: era una operación con pérdidas que dependía de la buena voluntad de un multimillonario. Primero, para comprarlo a sus antiguos dueños, que lo dejaron ir por el precio de un acuerdo para un pódcast de Joe Rogan; y luego para financiar sus pérdidas durante años.

Tal vez Bezos esté realmente harto de pagar las pérdidas del Post. Tal vez financiar al Post ya no encaje con una visión del mundo de “resulta que Donald Trump en realidad es bueno ahora”. El punto es que el Post ha estado en la posición imposible de esperar que Jeff Bezos siguiera financiando esas pérdidas durante años. Ahora no quiere hacerlo. (Bezos aún no ha comentado públicamente sobre los recortes; Matt Murray, el editor jefe del Post, dijo a su equipo que los recortes buscan ayudar a “reinventar The Washington Post para esta nueva era. Este trabajo es difícil, pero es esencial”).

Esto pone de relieve lo precaria que es la situación de prácticamente todas las organizaciones periodísticas en Estados Unidos en este momento.

Hay un puñado de publicaciones realmente excelentes, controladas por multimillonarios o familias muy ricas —The New York Times, The Wall Street Journal y Bloomberg News— que están dirigidas a una audiencia nacional de alto poder adquisitivo, y les va bien. Existen algunas startups prósperas y publicaciones de nicho que tienden a centrarse en temas sobre los que la gente rica —o sus empleadores— está dispuesta a pagar para aprender más. Varias de ellas están enfocadas en el poder y Washington D. C., un sector que el Post debería haber dominado. También existen diversas formas de agregadores que se ganan la vida reempaquetando noticias que otros generan, como el boletín 1440.

Y eso es, más o menos, todo. El mercado de noticias locales está tan mal que se usa habitualmente la palabra “desierto” para describirlo. Ha habido muchos intentos de solucionarlo, y se siguen probando nuevas formas de abordar el problema. Todos ellos son necesarios porque realmente se necesitan noticias locales. Las noticias de televisión se están contrayendo porque la televisión se está contrayendo. Las revistas ahora son con frecuencia “marcas asociadas a hoteles o agencias de viajes”.

Ante esta realidad tan sombría, es natural mirar a Bezos y pensar: simplemente que pague. Sin embargo, depender de la buena voluntad de un multimillonario es una esperanza, no un plan.

El periodismo —por mucho que se ajusten tamaños, se automaticen procesos y se innove— es caro. Y hasta la llegada de internet, el periodismo solía existir en Estados Unidos a pesar de esos costos porque estaba empaquetado junto con otras cosas por las que la gente (suscriptores, anunciantes) estaba dispuesta a pagar.

Ahora que ese paquete se ha desarmado, se necesitan tanto nuevos modelos que sostengan lo que existe hoy como estructuras de propiedad que se conformen con negocios autosostenibles, no con expectativas de enormes beneficios. Esperar que un multimillonario lo arregle no es la respuesta.