Evaristo González: “Cuando creés que lo diste todo, todavía queda algo más para dar”
De limpiar baños en Australia a construir El Clon y asumir desafíos en Peñarol, una historia atravesada por el esfuerzo, la actitud y la decisión de ir siempre por más.
Evaristo González puede hablar durante horas de Peñarol, de El Clon, del rugby, del básquetbol o de los próximos desafíos de su empresa. Pero cuando se le pregunta por su historia, hay una idea que aparece una y otra vez: siempre hay que ir por una más.
No se trata solamente de una frase. Es, en buena medida, la forma en que construyó su recorrido. Desde una infancia atravesada por el divorcio de sus padres y una situación económica que no siempre fue sencilla, hasta los trabajos que comenzó a hacer en la adolescencia, su experiencia como inmigrante en Australia, la creación de su empresa y su llegada a Peñarol, hay un hilo conductor: no esperar que las cosas sucedan, sino salir a buscarlas.
“Tuve la fortuna de tener una madre que ofició de todo: de madre, de padre, y que nos guió a mis dos hermanas y a mí muy fuerte en lo que tiene que ver con la responsabilidad, la actitud. Y era innegociable que el camino lo teníamos que forjar nosotros”, recuerda en conversación con Montevideo Portal.
Evaristo es el menor de los tres hijos del primer matrimonio de sus padres. Nació en Montevideo, vivió sus primeros años en Florida y volvió a Montevideo con su madre y sus dos hermanas cuando tenía cinco años, después de la separación. A los 12 perdió a su padre. Pasó por distintas instituciones educativas antes de llegar a la Facultad de Ingeniería, una carrera que finalmente no terminó.
Tiene además un hermano, Nicolás, hijo del segundo matrimonio de su padre, que sí siguió la tradición familiar y se recibió de médico, gastroenterólogo. “Mi padre era cirujano, mi abuelo era cirujano, vengo de familia de médicos, y la verdad que el comercio no tiene nada que ver”, cuenta con humor.
En paralelo, él y sus hermanas comenzaron a trabajar desde jóvenes. En su casa había una idea clara: “Si querés algo, tenés que buscarlo vos. No esperes por los demás lo que tendrías que hacer vos”, recuerda que les repetía su madre.
Con el tiempo, esa enseñanza se transformó en una forma de entender la vida. “Los resultados que vos consigas están directamente relacionados con la actitud que hayas tenido”, sostiene.
El deporte fue otra de las grandes escuelas. Probó con distintas disciplinas hasta encontrar en el rugby un lugar donde se sintió cómodo. Jugó durante años, y allí incorporó algunas de las ideas que todavía hoy aparecen cuando habla de trabajo, liderazgo o proyectos. “El deporte es un educador maravilloso”, afirma.
Trabajo en equipo, respeto por las reglas y, sobre todo, vínculos. Para Evaristo, el rugby nunca terminó cuando dejó de jugar. Conservó amigos, siguió vinculado a la actividad y, años después, encontró la posibilidad de unir aquella pasión con otra: Peñarol.
Pero antes de eso estuvo en Australia. Tenía unos 25 años cuando decidió viajar para encontrarse con Silvia, su novia de entonces, quien había vivido buena parte de su vida en Australia. El país atravesaba una etapa de desempleo y, durante más de un mes, Evaristo recorrió distintos lugares buscando trabajo. Los pocos ahorros que había llevado empezaban a terminarse. Hasta que consiguió trabajo como limpiador. “Fue el empleo que más festejé en mi vida”, cuenta.
La frase puede resultar llamativa, pero tiene una explicación. Para él, esa oportunidad laboral significaba recuperar algo fundamental: la independencia. “Me di cuenta de que lo que hiciera lo tenía que hacer lo mejor posible. No me importaba si era limpiar baños o gerenciar. Dar el máximo. Dar bastante más de lo que me pidieran”, subraya.
La estrategia funcionó. A los seis meses era supervisor de los limpiadores y al año estaba al frente de un equipo de 72 trabajadores, en un edificio por el que pasaban más de 5.000 personas.
Más que el ascenso, lo que quedó de aquella experiencia fue una enseñanza: los resultados no son inmediatos y nadie te va a regalar nada. “Tenés que modificar muchas veces y salir de tu zona de confort. No podés decir ‘yo estoy bien acá’. Tenés que tomar riesgos y confiar en vos”, afirma.
Después de tres años en Australia, Evaristo y Silvia decidieron volver a Uruguay. Podían quedarse. Tenían una buena situación económica, un apartamento, un auto y una vida cómoda. Pero él quería volver. “Todo me tiraba: mi familia, mis amigos, el día a día, Peñarol”.
Al regresar, consiguió trabajo como vendedor en una empresa importadora. Le fue bien. Muy bien. Y descubrió que vender era algo que lo apasionaba. También podía haberse quedado allí, pero volvió a elegir el riesgo.
Junto a su hermana Virginia comenzó una pequeña empresa. Salían a recorrer el país, llegaban a hacer más de 2.300 kilómetros en una semana y visitaban clientes del interior para vender sus productos. “En vez de trabajar ocho horas, iba a trabajar 16, porque sabía que tenía relacionado un esfuerzo enorme”, cuenta.
Y hay algo que Evaristo repite cuando recuerda aquellos años: disfrutó el camino. “¿Disfrutaste cuando eras limpiador de baños? Sí, muchísimo. ¿Disfrutaste cuando trabajabas en Saman? Sí, muchísimo. ¿Disfrutaste cuando trabajaste de vendedor? Sí, muchísimo. Disfrutaba las cosas que hacía”, dice sin dudar.
También disfrutó cuando repartía leña y cargaba camiones. “Nunca lo tomé como un castigo. Nunca lo fue, porque había un propósito mucho más grande atrás de todo eso: salir adelante, ir para adelante”, agrega.
La empresa comenzó a crecer y, en 2000, Evaristo abrió un local en la zona franca de Iquique junto a otros dos socios y amigos. Al poco tiempo, uno de ellos le vendió su parte en el negocio en Chile. El otro, en cambio, atravesó dificultades durante la crisis de 2002 y decidió venderle su participación en Chile y, al mismo tiempo, cancelar la deuda que mantenía con Evaristo mediante tres comercios abiertos al público en Uruguay. Ese acuerdo marcaría el comienzo de una nueva etapa para Evaristo y daría paso a la construcción de El Clon.
El problema era que no sabía de retail. “Aprender de retail, leer sobre retail, ver los sistemas para poder desarrollar retail. Después, a medida que vas creciendo, te tenés que involucrar con la logística, lo financiero, el movimiento de todo”, explica.
Para él, ahí vuelve a aparecer la importancia de la actitud. “Lo educacional tiene que ver con la actitud. Para lo que vos quieras hacer vas a tener que aprender sobre ese tema. Le vas a tener que dedicar mucho tiempo”, insiste.
Esa misma mirada terminó llevándolo a involucrarse cada vez más en Peñarol. Primero estuvo el hincha, el que creció viendo al club ganar Libertadores, el Mundial de Clubes y el Quinquenio. El que disfrutó aquella época y que, con los años, sintió que tenía una deuda con el club por todo lo que había vivido.
La deuda, para él, no era económica; era emocional. Y esa sensación lo llevó a embarcarse en distintos proyectos. Entre ellos, el regreso del básquetbol, que comenzó desde la DTA, pasó por el Metro, atravesó la pandemia y llegó a la máxima categoría hasta conseguir finalmente el título de la Liga Uruguaya.
También impulsó el rugby en Peñarol, uniendo dos de sus grandes pasiones. El equipo llegó a conquistar tres veces el campeonato sudamericano y, para Evaristo, el proyecto tuvo además otro valor: contribuir al crecimiento del rugby uruguayo. Ambas iniciativas las hizo con el apoyo de amigos con los que comparte la misma pasión, como el contador Gustavo Guerra. “Siempre me acompañó en todas y yo a él”, recalca.
A esta altura de la conversación, la palabra que mejor parece definir su recorrido no es empresario ni dirigente: es desafío. Porque cada vez que aparece una zona de confort, Evaristo parece buscar la salida. “Creo que esa podría ser la definición de todo lo que he hecho en el proceso: no quedarme en la zona de confort, eso es lo que me mantiene con vida”.
Pero esa búsqueda también tiene un costo. Una vida de trabajo, decisiones y responsabilidades puede traer presión. Evaristo reconoce que su forma de vivir exige mucho, aunque también cuenta con una compañera que funciona como cable a tierra. Con Silvia lleva 35 años de casado y tienen dos hijos.
Para él, la pareja es una parte central de cualquier camino y habla de la importancia de compartir valores, de acompañarse en el camino, incluso cuando él decide embarcarse en “otro lío más”.
Al final de la entrevista, cuando se le pregunta qué le diría al Evaristo de 15 años, no habla del empresario en el que se convertiría ni de los logros que alcanzaría. Le diría que siga. “Que siga la política que tenía a esa edad: a toda pelota, como si fuera la última. Ir a todo. Primero, creer que uno sí puede”, dice convencido.
Después, agrega algunas reglas: ser justo con lo que uno hace, entender que nada es inmediato, no tenerle miedo a lo nuevo y no frustrarse cuando las cosas no salen a la primera.
Y vuelve al deporte para explicar su filosofía. Cuando un jugador está agotado, cuenta, el entrenador le pide una repetición más. Parece pequeña, pero es la que termina construyendo algo. Después de una más viene otra. Y otra. Hasta que uno descubre que el límite quizás estaba un poco más lejos de lo que pensaba. “¿Dónde está mi límite? El límite está en mí, en mi cabeza. Tengo que tirarlo abajo e ir por una más”, asegura.
Quizás en esa frase esté resumida buena parte de la historia de Evaristo González. No en los cargos, los negocios o los títulos, sino en una forma de enfrentar lo que viene: creer, trabajar, aprender, asumir el riesgo y volver a intentarlo. Siempre, una más.
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