“El conocimiento actualizado siempre es necesario”. Para el ingeniero en sistemas Eduardo Mangarelli, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad ORT Uruguay, esa premisa no perdió vigencia con el avance de la inteligencia artificial generativa (IAG). Al contrario: se volvió más urgente.
En conversación con Montevideo Portal, Mangarelli plantea que la expansión de la IAG atraviesa todas las áreas y combina, al mismo tiempo, oportunidad y desafío. La oportunidad es clara: niveles significativos de productividad para personas, empresas y sectores completos. El desafío es que ese impacto no ocurre por inercia y necesita conocimiento como respaldo.
“Lograr niveles significativos de productividad requiere formación. Se necesita una realfabetización digital: comprender cómo funcionan las herramientas, cuáles son sus límites y cómo utilizarlas correctamente para alcanzar el mejor resultado posible”, afirma.
Para ordenar el fenómeno, propone distinguir distintos niveles de uso. Las personas que utilizan la IAG como usuarias y quieren profundizar; quienes deben integrarla en su práctica profesional cotidiana; y quienes trabajan en la gestión de sistemas complejos, administración de equipos tecnológicos y análisis de grandes volúmenes de datos, en los cuales la IAG y el big data se entrelazan.
En todos los casos, el diferencial no está en el acceso, sino en el criterio. “Uno de los aspectos centrales es poder seleccionar la herramienta más adecuada según lo que quiero hacer”, subraya. En un entorno saturado de plataformas que generan texto, código o imágenes, la ventaja competitiva pasa por saber elegir y saber conducir el proceso.
Dar instrucciones claras y precisas —los denominados prompts— es parte de esa competencia. Pero también lo es contar con el conocimiento suficiente para interpretar resultados, detectar errores y no depender ciegamente de la tecnología. Mangarelli remarca que la IAG puede traducir más rápido o automatizar tareas con mayor eficiencia, pero no produce por sí sola un gran descubrimiento ni reemplaza la comprensión conceptual. El talento humano, insiste, no se sustituye: se potencia.
Desde su perspectiva, un punto neurálgico es la productividad. En momentos en que las autoridades y los actores económicos insisten en mejorarla en múltiples sectores, la IAG —con la formación adecuada y aplicada de forma efectiva— es hoy la principal aliada en ese sentido.
Foto: Javier Noceti
“Uruguay cuenta con una industria de tecnologías de la información robusta, que se ve potenciada por estas herramientas. En muchos sectores vinculados a la tecnología se puede aprovechar la IAG como vía de eficiencia y creación de nuevos servicios”, sostiene.
Pero la oportunidad no es exclusiva del sector tecnológico. Desde la salud hasta las finanzas, del agro al sector público, todas las industrias tienen margen para ganar eficiencia e impacto apoyadas en estas tecnologías.
En ese escenario, la formación se vuelve estratégica. Mangarelli destaca que la especialización continúa siendo un diferencial valorado en el mercado laboral. La Universidad ORT Uruguay incorporó distintas opciones en esta línea, entre ellas un posgrado en Inteligencia Artificial que registra alta demanda desde el inicio, no solo entre ingenieros, sino también entre profesionales de áreas como marketing y comunicación. El objetivo, explica Mangarelli, es que estudiantes de arquitectura, diseño, comunicación, ingeniería o finanzas puedan ejercer su profesión “amplificados” por estas herramientas.
La actualización es una constante. Desde el auge global de ChatGPT en 2023, la universidad revisa cada seis meses la formación del profesorado y adecúa los contenidos de las carreras a los cambios tecnológicos. La incorporación de IAG, aprendizaje automático y ciencia de datos se integra progresivamente junto con el análisis de riesgos y usos responsables. “El objetivo es ofrecer a los estudiantes las habilidades que el mercado y las empresas demandan para desarrollarse profesionalmente”, señala.
La transformación no se limita a los contenidos: también alcanza las formas de enseñar y evaluar. En los primeros años de estudio se prioriza la fijación de conocimientos base con pruebas escritas en papel, sin uso de celulares ni tecnología. En etapas más avanzadas, en cambio, se evalúa la capacidad de incorporar herramientas de IAG con criterio y pertinencia, demostrando comprensión y no una simple dependencia.
Mangarelli también subraya el rol del Estado. No se trata únicamente de formar especialistas, sino de garantizar una alfabetización básica en inteligencia artificial para toda la población, desde las primeras etapas del sistema educativo hasta la educación superior. Comprender posibilidades y riesgos forma parte de esa preparación. En ese sentido, considera positivo que el tema esté instalado en la agenda pública y que el gobierno actúe como promotor de espacios de diálogo entre el sector público, el privado y la academia.
Frente al vértigo de los anuncios y los diagnósticos extremos, el decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad ORT Uruguay propone evitar conclusiones apresuradas. La tecnología avanza rápido, sí. Pero el verdadero diferencial —recalca— no está en la herramienta, sino en la formación que permita usarla con sentido y convertir su potencial en impacto real.
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