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No es fácil

Unidos, pero ¿tanto? Cuando la extrema cercanía familiar se vuelve un problema

Qué es el “enmarañamiento” familiar, cómo se diferencia de la cercanía sana y qué propone una terapeuta para poner límites.

24.07.2026 07:00

Lectura: 5'

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Hay familias que funcionan bien estando siempre juntas, y otras que se llevan mejor cuando se ven menos, pero aun así hay amor sano y lazos fuertes. Y hay otro tipo de familias en las que unos marcan los lineamientos y otros acatan, aunque sin estar demasiado convencidos. En estas, por ejemplo, que un hijo mayor se mude o decida pasar las fiestas tradicionales con sus amigos puede ser una afrenta. Las facturas emocionales empiezan a llegar, se pagan con culpa y remordimiento, y pueden tener como recargo reproches o silencios que duelen más que un insulto.

Según la psicoterapeuta estadounidense Sharon Martin, a esto se le llama “enmarañamiento familiar” y es una dinámica disfuncional que aparece cuando las relaciones carecen de límites y no hay separación emocional suficiente entre los integrantes de la familia. En un artículo publicado en Psychology Today, Martin sostiene que ese funcionamiento suele confundirse con la cercanía, que es algo muy distinto y totalmente sano. Y, como casi todo el mundo valora tener una familia unida, la confusión se sostiene sola.

Cercanía y enmarañamiento no son lo mismo

En las familias sanas hay equilibrio entre la conexión y la independencia, escribe Martin. Mientras, en las enmarañadas, la lealtad y la cercanía emocional se valoran por encima de la autonomía: a los padres les cuesta dejar que sus hijos adultos vivan vidas propias y se establecen conductas que comienzan a generar molestias. Llamados varias veces al día, exigencia de respuestas inmediatas o recurrir a la culpa para conseguir lo que quieren, entre otras, forman parte de la estrategia.

La necesidad de control, seguridad o atención que expresan los padres termina pesando más que la necesidad de independencia que viene con la adultez de los hijos.

De hecho, Martin propone que el foco no es la frecuencia del contacto ni la cantidad de tiempo compartido, sino qué pasa cuando alguien intenta separarse. Por ejemplo, hay muchos casos de hijos mayores que viven con sus padres y los ven todos los días, y aun así tienen dificultades al plantear que tendrán planes lejos de casa o actividades que no incluyen a la familia.

Cómo se arma la trama, casi siempre en la infancia

El enmarañamiento suele empezar temprano, cuando un padre o una madre se apoya en un hijo para obtener sostén emocional, muchas veces por soledad, inseguridad o problemas de salud mental o de consumo de sustancias, explica Martin en el artículo de Psychology Today. Entonces, el menor queda en un lugar que no le corresponde: se siente obligado a cuidar del adulto, funciona como su psicólogo o confidente, y en algunos casos hasta se lo desalienta de cultivar intereses propios o amistades por fuera de la casa.

La consecuencia más visible, como todo hoy en día, tiene un nombre. Se le llama "parentificación". Quienes la padecen son hijos que asumen responsabilidades adultas para las que no están preparados, que se pierden buena parte de las experiencias típicas de la infancia y, con los años, tienden a volverse complacientes, perfeccionistas o adictos al trabajo.

Lo que deja el enmarañamiento en los hijos adultos

Cuando la cercanía se alimenta de culpa y obligación en lugar de respeto mutuo o de ganas de pasar tiempo juntos, según Martin, los efectos se arrastran mucho más allá de la casa familiar:

  • Falta de individualidad: los hijos adultos funcionan como extensiones de sus padres y reprimen lo que piensan y sienten para cumplir con lo que se espera de ellos.
  • Miedo a la separación: la distancia se vive con ansiedad y a veces con síntomas depresivos.
  • Culpa: tomar decisiones propias o pasar tiempo lejos de los padres genera malestar en lugar de alivio.
  • Comportamiento controlador: los integrantes de la familia intervienen en las decisiones y los vínculos de los demás, mientras las conversaciones honestas se esquivan y los conflictos se tapan.

En estas familias, agrega la especialista, la separación puede vivirse "como una traición" y la independencia, como una amenaza. Por eso poner límites resulta tan costoso: quienes lo intentan suelen sentirse culpables y terminan tolerando intromisiones que no quieren.

Qué se puede hacer, según la terapeuta

La propuesta de Martin no pasa por cortar el vínculo, sino por lo que ella llama “límites compasivos”, o sea dejar en claro, sin agresión, qué se está dispuesto a hacer y qué no. El paso más difícil viene después, ya que una típica familia “enmarañada” seguramente rechace esos límites. Pero quien lo hizo debe recordar que hacer feliz a la familia no es responsabilidad de nadie, ni hace falta permiso para construir una separación saludable.

A eso le suma recuperar decisiones propias, como pasar tiempo a solas, sostener amistades alejadas del ámbito hogareño y perseguir metas personales que no necesariamente deben ser de conocimiento de toda la familia. De ese modo, se puede explorar una identidad que muchas veces quedó sin desarrollar, porque el mandato fue ser quien los padres esperaban.

Además, la terapeuta pide paciencia: el enmarañamiento suele estar arraigado en la historia familiar y no se desarma de un día para el otro.