El actor Bob Odenkirk no lo recuerda. Fue en 2021, durante el rodaje de la última temporada de Better Call Saul, cuando se desplomó en silencio, sin previo aviso. Su corazón se detuvo y por unos minutos estuvo clínicamente muerto. Lo que él narra como un “tramo en blanco” fue para sus compañeros de set una escena de vida o muerte: reanimación cardiopulmonar, descargas de desfibrilador y un pulso que, finalmente, volvió.
“Si nadie hubiera estado ahí, yo no estaría aquí”, dijo tiempo después. La experiencia no solo le salvó la vida, sino que le cambió la forma de verla: el corazón no es solo una bomba que late; es un reloj emocional, una memoria viva.
Latidos que sienten
En el marco de la Semana del Corazón, esta historia se vuelve un recordatorio potente: lo que sentimos afecta directamente cómo late nuestro corazón.
“La salud del corazón no depende únicamente de lo que comemos o del ejercicio que hacemos, sino también de cómo vivimos emocionalmente”, explica la doctora Ana Mieres, directora técnica de UCM Falck. “El corazón es el gran cronista de nuestra vida cotidiana. Late diferente cuando reímos, lloramos o nos enojamos. Esa suma de variaciones deja huella en nuestra salud”.
La ciencia respalda esta visión. Un estudio de Harvard demostró que el riesgo de infarto se multiplica por cinco en las dos horas posteriores a un estallido de ira. No es solo una metáfora: una discusión o una ansiedad mal gestionada pueden sacudir al corazón como un sismo.
Pero el peligro no está solo en los estallidos ocasionales. “Lo más dañino es vivir en un estado de sobresalto constante”, advierte Mieres. “Nuestro cuerpo no distingue entre el ataque de un león o un correo que no respondimos. Reacciona igual: acelera el corazón, libera cortisol. Si ese estado se vuelve crónico, las consecuencias son muy concretas: hipertensión, inflamación, desgaste arterial”.
Cuando el dolor emocional se vuelve físico
La relación entre emociones y corazón es especialmente visible en cuadros de ansiedad, depresión o soledad. En 2023, la American Heart Association alertó que las personas con salud mental deteriorada tienen un 35 % más de riesgo de sufrir un evento cardiovascular en los años siguientes.
Existe incluso el llamado síndrome del corazón roto: una reacción física, similar a un infarto, desencadenada por una pérdida devastadora.
“He atendido a pacientes jóvenes, sin antecedentes cardíacos, que llegan con dolor de pecho o palpitaciones tras semanas de angustia”, dice Mieres. “El cuerpo habla, y el corazón suele ser su voz más clara”.
Una investigación de la Universidad Johns Hopkins con más de medio millón de personas halló que quienes padecían depresión tenían el doble de riesgo de enfermedad cardiovascular, incluso en adultos menores de 40 años.
El otro pulso
Así como reacciona al estrés, el corazón también responde a lo positivo. Estudios de la Universidad de Illinois indican que quienes cultivan vínculos sólidos tienen un 30 % menos de riesgo de infarto o ACV. Reír, sentirse acompañado, disfrutar una actividad placentera: todo eso reduce el nivel de cortisol y estabiliza el ritmo cardíaco.
“La esperanza también es medicina”, afirma Mieres. Una investigación británica mostró que las personas desesperanzadas tienen hasta seis veces más riesgo de morir que aquellas que mantienen confianza en el futuro.
Escuchar lo que late
Cuidar el corazón no es solo cuestión de chequeos médicos. También implica escucharnos emocionalmente, observar cómo vivimos y cómo nos afectan las emociones.
“Escucharse el corazón es más que hacerse un control médico. Es registrar cómo queremos vivir”, resume Mieres. “Porque el corazón, silencioso pero persistente, siempre nos está marcando la hora”.
Odenkirk lo entendió de forma simple, sin solemnidad. En una entrevista con The Guardian, dijo con una sonrisa renovada: “Tengo que seguir. Esto es genial”.
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