Contenido creado por María Noel Dominguez
Modo saludable

Tanto tanto ruido

Ruido: el enemigo invisible que activa el estrés y enferma el cuerpo

La sumatoria de daños reversibles puede terminar generando un daño irreversible, que no solo se expresa en sordera.

05.02.2026 08:18

Lectura: 8'

2026-02-05T08:18:00-03:00
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Por Patricia Vicente

Tránsito, bocinas, auriculares, música, notificaciones, Whatsapp, máquinas, una obra en construcción, el perro del vecino, la tele… ¿Cuántos estímulos recibimos por día por vía auditiva y los naturalizamos? Capaz que llegamos a la noche malhumorados y dormimos mal o nos sube la presión, pero nunca se nos ocurre pensar que el problema está ahí, en todo ese ruido.

Porque, aunque no lo notemos conscientemente, ante el ruido el cuerpo activa mecanismos de alerta, de defensa, y eso deja una huella que puede ir bastante más allá de la pérdida de audición o del molesto tinnitus.

Como explicó a Montevideo Portal Daniel Drexler, músico, médico, investigador y CEO de Levo Medical y Centro Tinnitus Montevideo, el problema no es solo cuánto ruido escuchamos, sino qué tipo de sonido, durante cuánto tiempo y cómo responde cada organismo.

Y el impacto no se limita al oído: puede afectar al cuerpo entero.

Cuándo el sonido se vuelve ruido

No existe una definición única de “ruido”, pero desde el punto de vista de la salud, lo importante es identificar qué información sonora puede resultar perjudicial para el cuerpo, señaló el médico. Ese riesgo depende de tres variables principales, que son la intensidad del sonido (que se mide en decibeles), la duración y el organismo que lo recibe.

“Nuestro sistema auditivo está preparado filogenéticamente, o sea, a lo largo de toda la evolución, para responder sin ningún tipo de problema a sonidos que están por debajo de los 80 u 85 decibeles. En esos niveles podemos manejar información sin que haya riesgo de daño. Una conversación humana en un entorno normal puede llegar a esas intensidades”, explicó Drexler

Por encima de ese umbral, el riesgo empieza a depender del tiempo de exposición. Un sonido de algo más de 90 decibeles durante unos minutos probablemente no genere daño, pero si esa exposición se repite durante horas, día tras día, el problema aparece. “Y por arriba de los 105 decibeles, ya el daño es instantáneo, independientemente del tiempo”, resaltó.

En resumen, existe una “zona de potencial riesgo” ubicada entre los 85 y los 105 decibeles, en la que hay que extremar los cuidados en cuanto a la duración de la exposición. “Además, hay que tener en cuenta que no todos los sistemas auditivos reaccionan igual: algunas personas tienen mayor resistencia genética en las células ciliadas del oído interno y otras no tienen ese tipo de resistencia y pueden desarrollar daño con la misma exposición”, explicó Drexler.

Por otra parte, hay que tomar en cuenta que no todos los sonidos afectan igual al oído. El sistema auditivo humano está mejor preparado para defenderse de los sonidos graves. Esto es así porque no existen en la naturaleza sonidos agudos (por encima de 3000 o 4000 hertz) de alta intensidad, salvo en eventos puntuales como por ejemplo un huracán. Por lo tanto, no tienen presión evolutiva y el cuerpo humano no tuvo necesidad de desarrollar un mecanismo de adaptación a ellos. Entonces, cuando se presentan, nuestro sistema no está preparado para defenderse.

Señales de que el ruido ya es dañino

En la vida diaria hay indicadores simples que nos permiten sospechar que el nivel sonoro no es saludable. Drexler puso varios ejemplos:

-      Si escuchás música con auriculares y el que va a tu lado en el ómnibus escucha perfectamente, es muy probable que estén por encima de los 85 decibeles.

-      Si hablás por teléfono y la persona sentada al lado está escuchando toda la conversación, ocurre lo mismo.

-      Si con auriculares puestos no escuchás a alguien que te habla, el nivel de sonido seguramente sea excesivo.

-      Si en un lugar tenés que gritar para hablar con otra persona, el entorno puede ser peligroso, sobre todo si la exposición es prolongada.

Una regla sencilla para aplicar es: si el sonido te aísla del entorno, el volumen probablemente no sea saludable.

Seguramente, todos conozcan esa molesta sensación de despertarse tras una fiesta o una salida a bailar: la cabeza retumba, los oídos zumban y quizá no escuchemos del todo bien. La mayoría de las veces, esto dura unas horas y el efecto se va. Y muchas veces también está asociado a “algún copetín” que uno haya tomado, reconoció el médico, pero “eso no significa que no haya habido daño”.

“La sumatoria de esos daños reversibles puede terminar generando un daño irreversible. Y esto cobra especial relevancia hoy, cuando vivimos mucho más tiempo que generaciones anteriores”, señaló Drexler. “A eso hay que agregarle el aumento del ruido promedio al que estamos expuestos. En los últimos años aumentó notoriamente nuestra expectativa de vida y nos ganamos un montón de años de yapa, pero hay que entender cuáles son los desafíos. Así como las rodillas son un desafío con la edad, la audición también lo es”, agregó.

Cuando el daño está hecho

Cuando hablamos de daño irreversible, no siempre se trata de una sordera total. Drexler aclaró que el impacto puede manifestarse como tinnitus o también como “una claudicación global del oído interno que incluya alteraciones del sistema vestibular (vértigos) y alteraciones auditivas con disminución de la sensibilidad, alteraciones en la discriminación (o sea que escuches, pero que no entiendas) y tinnitus”.

Frente a la pérdida de audición, el médico fue categórico: “Soy fan de los audífonos; son un sistema no invasivo que mantiene el flujo de información” y agregó que “no hay nada peor para el sistema nervioso central que dejar de recibir estímulos, ya que cuando eso pasa, las vías neurales —los nervios que transportan la información— comienzan a degenerarse y atrofiarse”. Por eso, la consulta precoz y la intervención temprana son vitales para que el cerebro no pierda su capacidad de procesamiento, dijo.

Para los casos de sordera total o sorderas parciales severas, también está la alternativa del implante coclear, un procedimiento que es accesible hoy en Uruguay y está disponible mediante el Fondo Nacional de Recursos.

El ruido como activador de estrés crónico

El impacto del ruido no se limita al oído, por lo que sus efectos exceden a la pérdida de capacidad auditiva. El oído cumple una función ancestral de detección de amenazas; es “como un sistema de radar a distancia”. “Es el que nos informaba que había un tigre en la puerta cuando estábamos durmiendo en la caverna”, ilustró el músico y médico.

“Por ello, todos nuestros sistemas de alerta, los que gestionan las reacciones de miedo, de detección de peligro, están muy ligados a la audición. Un ruido que, consciente o inconscientemente, interpretemos como una amenaza, desencadena mecanismos de huida y también mecanismos metabólicos, como liberación de nutrientes a la sangre, por si tenemos que salir corriendo y necesitamos energía y glucosa disponible”, explicó.

Todo esto se puede englobar en el concepto de estrés, que hace pagar un precio alto al cuerpo cuando se presenta innecesariamente y mucho más cuando se cronifica. “La vista, el tacto y el olfato también lo pueden despertar, pero uno de los puntos de entrada más potentes para los sistemas de alerta es el sistema auditivo”, dijo. “Entonces, si estamos durante muchas horas por día escuchando ruidos que son potencialmente interpretables como amenazas, estamos activando un sistema de estrés constante y eso tiene un efecto devastador sobre el cuerpo”, resumió.

“Hay un montón de cambios metabólicos que te preparan para algo que, en la mayoría de los casos, no va a suceder, porque no hay un tigre del que escapar, sino que era el ómnibus pasando por la puerta de tu casa cada 10 minutos. Entonces, se genera un daño sistémico: se altera el sistema vascular (se puede desarrollar hipertensión arterial), se altera el metabolismo (se puede desarrollar hipercolesterolemia) o se puede alterar el metabolismo de la glucosa y desarrollar una diabetes”, indicó. Y también se pueden producir trastornos del sueño y cambios crónicos en el estado de ánimo.

Claro que cada caso dependerá del organismo de la persona, de la edad y otros múltiples factores.

Escuchar más fuerte no es escuchar mejor

A todo esto se suma un fenómeno cultural: nos acostumbramos al ruido. Los sistemas sensoriales son dinámicos y se ajustan. Así como el ojo se adapta a la oscuridad, el oído se adapta al volumen. Pero cuando el sonido se sube desde el inicio, rápidamente se llega a niveles innecesarios y dañinos. En cambio, cuando se mantiene dentro de un rango más bajo, al principio puede parecer insuficiente, pero al rato el oído se adapta y la música se percibe con mayor claridad y definición.

“Hacer trabajar al sistema auditivo en el rango para el que fue diseñado —entre 60 y 85 decibeles— es simplemente respetar su funcionamiento”, afirmó.

En ese sentido, Drexler contó una anécdota: “Este año, en La Serena, Rocha, instalamos el escenario Nodriza, al que promocionamos como ‘el más silencioso de la Vía Láctea’. Al principio fue porque los vecinos se quejaban de que no podían dormir por los aplausos, entonces empezamos a bajar el volumen y después prohibimos los aplausos. El sistema está topeado en 85 decibeles, es un nivel de cuidado extremo. Y es muy loco porque la gente nos dice: ¡No entiendo por qué se escucha tan bien!’. Pero no hay ninguna magia: es que nuestro sistema está hecho para escuchar así”.