Qué es una vida sexual saludable (y por qué la frecuencia no la define)
Una terapeuta sexual propone tres preguntas incómodas para hacerse en pareja.
¿Con qué frecuencia habría que tener relaciones sexuales con tu pareja? ¿Es normal que me guste tal o cual práctica? ¿Soy una persona horrible si fantaseo con una expareja mientras estoy con mi pareja actual? Esas y otras preguntas aparecen una y otra vez apenas alguien se sienta en un consultorio de terapia sexual, según la terapeuta Sari Cooper. Las tres comparten un supuesto: que en algún lado existe una vara que mide si lo que uno hace está bien.
Cooper, terapeuta sexual acreditada y directora del Center for Love and Sex de Nueva York, publicó en Psychology Today un artículo de análisis en el que propone correr el eje de esa pregunta. Para ella, una vida sexual saludable no se define solo por variables como la frecuencia o el cuidado frente a infecciones de transmisión sexual y embarazos no buscados, sino por principios que sostienen una revisión honesta de lo que cada uno hace y por qué.
La profesional se basó en un modelo creado por Douglas Braun-Harvey y Michael Vigorito, autores del libro Treating Out of Control Sexual Behavior: Rethinking Sex Addiction (Tratamiento de la conducta sexual fuera de control: replanteamiento de la adicción al sexo), que definió como una plantilla para que los terapeutas ayuden a sus pacientes a evaluar por sí mismos si su vida sexual es efectivamente saludable. Cooper analiza tres de los seis principios que manejan los especialistas.
De dónde salió el modelo
El modelo fue creado por Braun-Harvey y Vigorito después de años de tratar a pacientes hombres, que llegaban a terapia por un comportamiento sexual descrito como compulsivo, hipersexual o fuera de control. Por ello, puede tomarse como una herramienta clínica pensada para una población específica. Sin embargo, la propuesta de Cooper es que el marco puede adaptarse.
A su criterio, sirve para cualquiera que quiera revisar su bienestar sexual y relacional de modo que refleje sus valores y prioridades reales, y no un estándar externo.
Consentimiento: no es no
Es el principio que Cooper ubicó como el más importante y básico, y su definición es más exigente que la habitual. El consentimiento, escribió, “debe ser continuo, no una pregunta única que se hace al inicio de un encuentro sexual”, tanto con una pareja nueva como con una de años. Cada persona tiene que sentirse lo bastante segura como para pausar o frenar algo cuando lo desee, incluso en medio de una experiencia que había aceptado al principio.
Aceptar verbalmente un encuentro puede ocurrir al inicio, pero si alguna de las partes siente presión para seguir adelante mientras está asustada, ansiosa o disociada, para Cooper el sexo ya dejó de ser plenamente consensuado en lo emocional. Según la dinámica de poder de esa relación, agregó, incluso podría leerse como coercitivo.
Y en ese sentido puso un ejemplo cotidiano: “Si una pareja acepta tener relaciones sexuales para evitar un conflicto o porque su pareja actuará de manera resentida si dice que no, esto no es sexualidad saludable y no se considera completamente consensual”.
Ese “seguirla” aparece con frecuencia en el consultorio, apuntó, y no solo del lado que suele suponerse. Muchos varones también atraviesan dudas o ambivalencia porque evitan quedar como alguien menos “hombre de verdad”, una creencia que Cooper atribuyó al sistema heteronormativo y patriarcal y que, según su experiencia clínica, a menudo termina derivando en trastorno eréctil o eyaculación precoz. Repetido durante meses o años, sostuvo, ese mecanismo puede hacer que las personas pierdan contacto con sus propios deseos.
Honestidad: poder hablar del tema
El segundo principio es menos dramático y probablemente más frecuente: la posibilidad de conversar. Una vida sexual saludable, planteó Cooper, depende de que ambas partes se sientan cómodas hablando de deseos, límites, preocupaciones y necesidades que cambian con el tiempo. Fantasías, frecuencia, incomodidades: nada debería quedar afuera.
La clave que señaló es de tiempo, no de tema. “Una conversación honesta significa abordar las inquietudes antes de que se conviertan en problemas de larga data”, escribió. Evitarlas, en cambio, suele impactar de manera negativa en los cimientos eróticos de la relación.
También planteó un modelo de cómo suena eso cuando se hace sin reproche. Una pareja podría decir: “Noté que mi deseo ha disminuido últimamente. No creo que se trate de vos, pero me gustaría que lo resolvamos juntos”. Conversaciones abiertas como esa fortalecen la intimidad, enfatizó.
Valores compartidos: acuerdos, no creencias
El tercer principio es el que más se presta a confusión. No hace falta tener las mismas creencias para que una relación funcione, aclaró Cooper, pero sí conviene compartir valores en materia de acuerdos eróticos. La compatibilidad va más allá de la libido, apuntó la terapeuta, y dijo que alcanza a temas como monogamia, pornografía o coqueteo.
El ejemplo que dio es el de la pornografía: si a una persona de la pareja le gusta verla y a la otra no, una pareja sana debería poder discutirlo y llegar a un punto en el que ambos se sientan seguros. Su formulación final de este principio es la más amplia de las tres: “Las parejas deben llegar a un acuerdo conjunto entre sí sobre todas las prácticas sexuales y eróticas, ya sea que se realicen en privado o entre ellas”.
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